Del sufrimiento a la paz Capítulo I

DEL SUFRIMIENTO A LA PAZ
Hacia una liberación interior
IGNACIO LARRAÑAGA





Dijo el amigo al amigo, sobre el puente:
mira qué alegres están los peces en el río.
El otro replicó:
¿cómo tú, no-pez,
conoces la alegría de los peces en el río?
Y respondió el primero:
por mi alegría sobre el puente

Apólogo chino


Aclaración
En el camino de la vida he visto levantarse, en cada encrucijada, la silueta negra y pertinaz del sufrimiento. Es el pan que nunca falta en la mesa humana. También he podido comprobar, por el trato con la gente, que la fe es el lenitivo más eficaz para amortiguar o eliminar el dolor, siempre y cuando sea llama viva en el corazón.

Pero, por desgracia, no siempre es así. Al contrarío, en la mayoría de las personas, la fe es una llama tan pálida y mortecina que no ofrece ninguna eficacia para transformar el sufrimiento. Incluso muchos la dejaron extinguirse por completo, y para otros, ni siquiera existió nunca.

La intención del presente libro es entregar al lector medios prácticos para que pueda, por sí mismo, neutralizar o al menos, atenuar todo y cualquier sufrimiento. Por eso, Del sufrimiento a la paz dedica los tres primeros capítulos a quienes no tienen fe, o la tienen débil. Y el cuarto, a quienes la tienen fuerte y fecunda. Por una parte, nos moveremos en una perspectiva simplemente humana, prescindiendo de los presupuestos de la fe. Y por otra, ofreceremos una reflexión desde una perspectiva cristiana.

EL AUTOR
Santiago de Chile, 17 de noviembre de 1984.


CAPITULO 1

Pórtico
“Con las piedras que encuentres
en el camino
sé delicado, y llévatelas.

Y si no las puedes cargar a hombros
como hermanas,
al menos, déjalas atrás
como amigas”
.
Anónimo

“El hombre es desgraciado
porque no sabe que es feliz.
¡Eso es todo!
Si cualquiera llega a descubrirlo,
será feliz de inmediato, en ese mismo minuto.
Todo es bueno”
.
Dostoyewski


Al caminar por los viejos senderos del hombre, he quedado sorprendido, más aún, asombrado, al comprobar cómo sufren las gentes día y noche, jóvenes y adultos, ricos y pobres.
Me duele el corazón. Llevo años buscando y enseñando (¿cómo llamarlo, terapias?) para sacar a hombres y mujeres de los pozos profundos en los que están sumergidos. He recorrido tiempo y distancias buscando recetas para enseñar al hombre a enjugar lágrimas, extraer espinas, ahuyentar sombras, liberarse de las agonías y, en fin, llevar a cada puerta un vaso de alegría. ¿Cabe oficio más urgente sobre el planeta?

¡Sufrir a manos llenas, he aquí el misterio de la existencia humana! Sufrimiento que, por cierto, nadie ha deseado, ni invocado, ni convocado, pero que está ahí, como una sombra maldita, a nuestro lado. ¿Cuándo se ausentará? Cuando el hombre mismo se ausente; sólo entonces.

¿Qué hacer con él entre tanto? ¿ Cómo eliminarlo o, al menos, mitigarlo? ¿Cómo sublimarlo? ¿Cómo transformarlo en amigo, o, al menos, en hermano? He aquí el problema fundamental de la Humanidad.

1. Comenzando por la casa
Se dice: mientras haya a mi lado quien sufra, yo no tengo derecho a pensar en mi felicidad.
Estas palabras suenan muy bien, pero son falaces. Tienen una apariencia de verdad; pero, en el fondo, son erróneas. A la primera observación del misterio humano, saltarán a nuestros ojos una serie de evidencias como éstas: los amados aman. Sólo los amados aman. Los amados no pueden dejar de amar.

Sólo los libres liberan, y los libres liberan siempre. Un pedagogo modelo de madurez y estabilidad hace de sus discípulos seres estables y maduros, y esto sin necesidad de muchas palabras. Lo mismo sucede con los padres respecto de sus hijos. Y, por el contrario, un pedagogo inseguro e inhibido, aunque tenga todos los pergaminos doctorales, acaba envolviendo a sus discípulos en un halo de inseguridad.

Los que sufren hacen sufrir. Los fracasados necesitan molestar y lanzar sus dardos contra los que triunfan. Los resentidos inundan de resentimiento su entorno vital. Sólo se sienten felices cuando pueden constatar que todo anda mal, que todos fracasaron. El fracaso de los demás es un alivio para sus propios fracasos; y se compensan de sus frustraciones alegrándose de los fracasos ajenos y esparciendo a los cuatro vientos noticias negativas, muchas veces tergiversadas y siempre magnificadas. Una persona frustrada es verdaderamente temible.

Los sembradores de conflictos, en la familia o en el trabajo, siendo perpetuamente espina y fuego para los demás, lo son porque están en eterno conflicto consigo mismos. No aceptan a nadie porque no se aceptan a sí mismos. Siembran divisiones y odio a su alrededor porque se odian a si mismos.

Es tiempo perdido y pura utopía el preocuparse por hacer felices a los demás si nosotros mismos no lo somos; si nuestra trastienda está llena de escombros, llamas y agonía. Hay que comenzar, pues, por uno mismo.
Sólo haremos felices a los demás en la medida en que nosotros lo seamos. La única manera de amar realmente al prójimo es reconciliándonos con nosotros mismos, aceptándonos y amándonos serenamente. No debe olvidarse que el ideal bíblico se sintetiza en “amar al prójimo como a sí mismo”. La medida es, pues, uno mismo; y cronológicamente es uno mismo antes que el prójimo. Ya constituye un altísimo ideal el llegar a preocuparse por el otro tanto como uno se preocupa por si mismo. Hay que comenzar, pues, por uno mismo.

Al respecto, no faltarán quienes arguyan alegremente: eso es egoísmo. Afirmar esto, sin mayores matizaciones, no deja de ser una superficialidad. Evidentemente, no estamos propiciando un hedonismo egocéntrico y cerrado. Si así fuera, estaríamos frente a un enorme equívoco, que podría resultarnos una trampa mortal. Efectivamente, buscarse a sí mismo, sin otro objetivo que el de ser feliz, equivaldría a encerrarse en el estrecho círculo de un seno materno. Si alguien busca exclusiva y desordenadamente su propia felicidad, haciendo de ella la finalidad última de su existencia, está fatalmente destinado a la muerte, como Narciso; y muerte significa soledad, esterilidad, vacío, tristeza. En sus últimas instancias, el egoísmo avanza siempre acompañado e iluminado por resplandores trágicos; egoísmo es igual a muerte, es decir, el egoísmo acaba siempre en vacío y desolación.

* * *
Estamos hablando, pues, de otra cosa. En este libro nos proponemos dejar al hombre en tales condiciones que sea verdaderamente capaz de amar; y sólo lo será —volvemos a repetirlo— en la medida en que él mismo sea feliz.
Y ser feliz quiere decir, concretamente, sufrir menos. En la medida en que se secan las fuentes de sufrimiento, el corazón comienza a llenarse de gozo y libertad. Y sentirse vivo ya constituye, sin más, una pequeña embriaguez; pero el sufrimiento acaba bloqueando esa embriaguez.

Después de todo, no queda otra disyuntiva sino ésta: agonizar o vivir. El sufrimiento hace agonizar al hombre. Eliminando el sufrimiento, el ser humano, automáticamente, recomienza a vivir, a gozar de aquella dicha que llamamos vida. En la medida en que el hombre consigue arrancar las raíces de las penas y dolores, sube el termómetro de la embriaguez y del gozo vital. Vivir, sin más, ya es ser feliz.

Si conseguimos que la gente viva, la fuerza expansiva de ese gozo vital lanzará al hombre hacia sus semejantes con esplendores de primavera y compromisos concretos.
Vámonos, pues, lenta pero firmemente tras esa antorcha. En el camino salvaremos los escollos uno por uno, y caerán las escamas. Y, desde la noche, irá emergiendo palmo a palmo una figura hecha de claridad y alegría: el hombre nuevo que buscamos, reconciliado con el sufrimiento, hermanado con el dolor, peregrino hacia la libertad y el amor.
 

2. La maldición de la mente
Para entender el misterio doloroso del hombre necesitamos remontar las corrientes zoológicas y navegar contra corriente hasta las remotísimas y dilatadas latitudes prehumanas desde donde venimos.
Luego de esta zambullida en los profundos mares prehumanos, y arribados a los ancestrales más primigenios del hombre, nos encontramos con que los seres anteriores al hombre en la escala general de la vida, los animales, no se hacen problemas para vivir; al contrario, todos sus problemas los encuentran resueltos. Estos seres prehumanos están dotados de mecanismos instintivos mediante los cuales solucionan automáticamente —casi mecánicamente— sus necesidades elementales. Por eso no sufren de preocupación ni de ansiedad.

Un halcón, un reptil, un antílope o un crustáceo viven sumergidos, como en un mar, en el seno gozoso y armonioso de la creación universal. Este seno sin contornos es un inmenso hogar en el que los seres prehumanos viven “cálida” y deleitosamente, y en plena armonía, generada por ese haz de energías instintivas que, como un misterioso entresijo, recorre y unifica a todos y cada uno de los seres de la escala zoológica.

Viven, pues, en una especie de unidad vital con todos los demás seres. No saben de aburrimiento ni de insatisfacción. No tienen problemas, repetimos. No pueden ser más felices de lo que son. Se sienten plenamente realizados. Esta “felicidad” la viven sensorialmente, aunque, como es obvio, no conscientemente.

Así vivía también el hombre en las primeras etapas de su evolución.
Pero en una de esas etapas aquella criatura que hoy llamamos hombre tomó conciencia de sí mismo: supo que sabía, supo quién era. Esta emergencia de la conciencia resultó para el hombre una contingencia de asombrosas, por no decir infinitas, posibilidades; pero, al mismo tiempo, una desventura con características casi de catástrofe.

Sintió que se le rompían las ataduras instintivas que lo ligaban al “paraíso” de aquel hogar feliz. Comenzó a experimentar la típica soledad de un exiliado, de alguien que ha sido expulsado de una venturosa “patria”. Se sintió solitario, porque comenzó a percibir que ahora era él mismo, diferente de los demás y separado de todos; que ya no estaba integrado unitariamente en el inmenso panteón de la creación, y que ya no era parte de aquella entraña tejida con todos los demás seres, sino que estaba aparte. Y, por primera vez, sintió tristeza y soledad.

Despertó de la larga y dulce noche prehumana; y, al despertar y tomar conciencia de sí mismo, la vida misma se le tornó en un enorme y aplastante problema: tenía que aprender a vivir.
Antes la vida se le daba hecha, espontánea y deliciosamente; ahora tendría que aprender a dar los primeros pasos con trabajo y fatiga. Antes el vivir era un hecho consumado; ahora un arte. Antes, una delicia; ahora, un desafío: todo lo tendría que improvisar, con sus correspondientes riesgos. De ahora en adelante, el interrogante será su pan y la incertidumbre su atmósfera.

Este despertar de la conciencia fue equivalente, en exacto paralelismo, al drama de un nacimiento: en el seno materno, la criatura todo lo tenía asegurado: respiraba y se alimentaba de la madre a través del cordón umbilical, sin esfuerzo alguno. Vivía en unidad perfecta con la madre, en una simbiosis plenamente gozosa, sin riesgos ni problemas. Sale a la luz, y todo son problemas: tiene que comenzar a respirar, a alimentarse trabajosamente; y, a lo largo de los años y hasta la muerte, su existencia será un incesante aprender a vivir.
Esto mismo sucedió con el “nacimiento” del hombre en el proceso evolutivo.

* * *

Al tomar conciencia de sí mismo, el hombre midió con precisión sus posibilidades y también sus impotencias. Y estas limitaciones se le transformaron en unos como muros estrechos de una cárcel, dentro de la que se sintió, y se sigue sintiendo, encerrado, sin posibilidad de evasión. ¿Cómo y en qué dirección salir? Y, por primera vez, el hombre se sintió desvalido e impotente.

Sin que se le pidiera autorización, y sin desearlo, se vio empujado al mundo; y, de pronto, se encontró con un ser desconocido, él mismo, en un lugar y tiempo que no había escogido, con una existencia no solicitada y una personalidad no cincelada por él mismo; con misteriosas dicotomías, que, como cuñas, lo dividen y desintegran, sin saber si es amasijo de piel, carne, huesos, nervios y músculos, o si, más allá de todo eso, su existencia tiene algún sentido.

El hombre se miró y se encontró extraño a sí mismo, como si tuviera dos personalidades al mismo tiempo, un ser incomprendido e incomprensible para sí mismo. Un desconcierto, poblado de interrogantes, cubrió sus horizontes como una densa niebla. ¿Quién soy yo? ¿De dónde vengo? ¿A dónde voy? Y sobre todo, ¿qué hacer conmigo mismo?

Levantó sus ojos, y allá, a lo lejos, distinguió oscuramente la roja puerta de la muerte. Se analizó a sí mismo y concluyó que era un ser nacido para morir. Cercado por sus cuatro costados, sitiado como una ciudad indefensa, asediado a diestra y siniestra por las fieras, ¿ cómo escapar? Y la angustia levantó su sombría cabeza, cerrándole el paso; una angustia que fue atenazando sus huesos y sus entrañas. ¿En qué dirección huir? No podía regresar al paraíso de la etapa prehumana; esa retirada estaba clausurada. Y viendo cerradas todas las salidas de la ciudad, el hombre pensó y deseó por primera vez la falsa salida de la muerte.
* * *

La razón lo obliga a caminar por los páramos infinitos hacia metas inaccesibles. Se propone alcanzar una cumbre, y, arribado a la cima, divisa desde allí otra montaña más alta que lo reclama. Alcanzada esta segunda cumbre, distingue desde ella otra altura más eminente que, como una luz fatal, lo seduce irresistiblemente. Alcanza también esta altura..., y así sucesivamente, su vida es un proyecto escalonado de cumbres cada vez más elevadas y cada vez más lejanas, lo que acaba dejándolo perpetuamente desazonado e inquieto.

Condenado a caminar siempre, siempre más adelante, el hombre no puede detenerse, porque está sometido a un imperativo categórico que no lo deja en paz, sino que lo impulsa hacia una odisea que nunca acabará, en dirección de una Tierra Prometida a la que nunca llegará. El hombre es un arco en tensión destinado a alcanzar estrellas imposibles.

Seducido por lo desconocido, irrumpe en las regiones ignotas para descifrar enigmas y llenar de respuestas los espacios vacíos. Vive atormentado por anhelos anteriores que ni él mismo entiende y que, por otra parte, es incapaz de sosegar; que lo arrastran hacia lo infinito y lo absoluto, y le obligan a darse a sí mismo la razón de su existencia y a encontrar respuesta a todas las preguntas.

Viene de un mundo unitario. Esta impronta original lo obliga a buscar unidad consigo mismo y con los demás; pero, al mismo tiempo, se siente disociado por urgencias interiores y desafíos exteriores.

* * *

La razón le dicta una cosa, y la emoción otra. Desea mucho, y puede muy poco. Lucha por agradar a todos, y no lo consigue. Busca la armonía consigo mismo y con los demás, y, sin embargo, siempre está en tensión.
Experimenta sensaciones desabridas, como la ansiedad, la depresión, la dispersión..., y no dispone de armas para ahuyentarlas.

Su mente es, con frecuencia, una prisión en la que se siente atrapado; y no puede prescindir de ella aunque quisiera, ni salir de esa prisión. Y así, a veces, una nube de obsesiones le obliga a dar vueltas y más vueltas, como una mariposa, en torno a una alucinación obsesiva, sin conseguir evadirse.
En suma, concluiremos con E. Fromm, que “la mente humana es la bendición y la maldición del hombre”. Es verdad que la Historia está lanzando sin cesar desafíos al hombre: cómo acabar con las guerras, superar el hambre, la enfermedad, la pobreza... Pero, por encima de todas las altas tareas que la Historia pueda encomendar al hombre, su quehacer fundamental y transhistórico es y será siempre: qué hacer y cómo hacer para llegar a ser dueño de su propia mente, de sí mismo. Dicho de otra manera: qué hacer para que la mente sólo sea fuente de toda bendición.




3. Unos amigos para el camino
En el capítulo III de este libro entregaremos, desarrollándolas ampliamente, numerosas y multiformes vías de salvación. Pero, antes de penetrar en ese valle, me propongo depositar en las manos del lector, para el camino y provisoriamente, unos instrumentos de salvación que le acompañarán, como otros tantos amigos, mientras vamos recorriendo e inspeccionando los diversos manantiales de sufrimiento. De esta manera, y como sin darse cuenta, el lector ya está comenzando a ingresar en el deseado templo de la salvación. Estos amigos para el camino son los siguientes:


3.1. Salvarse a sí mismo
Ante todo, es necesario que el lector tome conciencia desde el primer momento de que siempre que utilizo la palabra “salvarse” no estoy haciendo referencia a la salvación cristiana; aquella que nos alcanzó Jesucristo, y que se consumará en la gloria eterna. Por el contrario, entendemos aquí la salvación en su acepción más popular y llana.
Por de pronto, no se trata de salvar: esto es, una acción dinámica por la que alguien libra a otro de un peligro, como cuando un salvavidas salva a un náufrago de una muerte segura. Hablamos de salvarse: esfuerzo por el que uno mismo, con sus propios medios, se pone a salvo evitando caer en un peligro o saliendo de una situación mortal.

Más concretamente, nos referimos a ciertas iniciativas que cualquier persona puede utilizar, a modo de autoterapias, para evitar o mitigar el sufrimiento. Hablamos, por ejemplo, de salvarse del miedo, salvarse de la tristeza, salvarse de la angustia, salvarse del vacío de la vida, salvarse del sufrimiento.., y salvarse a sí mismo.
* * *

No hay especialista que pueda salvarme con sus análisis y recetas. La “salvación” es el arte de vivir, y el arte se aprende viviendo, y nadie puede vivir por mí o en lugar de mí. No hay profesional u orientador que sea capaz de infundir en el discípulo el coraje suficiente como para lanzarse por la pendiente de la salvación; es el mismo discípulo quien tiene que sacar desde su fondo ancestral las energías elementales para atreverse a afrontar el misterio de la vida con todos sus desafíos, reclamos y amenazas.

Es uno mismo quien puede y debe salvarse a sí mismo, para adquirir de esta manera la tranquilidad de la mente y el gozo de vivir. Para ello hay que comenzar por creer en uno mismo, y tomar conciencia de que todo ser humano es portador de inmensas capacidades que, normalmente, están dormidas en sus galerías interiores; capacidades por las que, una vez despiertas y sacadas a la luz, el hombre puede mucho más de lo que imagina.

Dispone, además, de la maravilla de su mente, grávida de fuerzas positivas a las que puede dar curso libre.
Hay que comenzar, pues, por creer en uno mismo y en la propia capacidad de salvación.

* * *

Cuando decimos salvarse no nos estamos refiriendo a “enfermedades” o, más concretamente, a disfunciones mentales. En el caso de tales “enfermedades”, se trata, generalmente, de síntomas compulsivos u obsesivos por los que el “enfermo” no consigue funcionar en la sociedad como una persona normal.
Estos “enfermos” quieren o quisieran encontrarse en un estado tal que no se sintieran más infelices de lo que puede sentirse cualquier persona normal; y eso significa curarse, para estos casos. Estas personas, sin embargo, son una minoría en la sociedad —así como los enfermos son excepción en el conjunto de la humanidad—; necesitan atención profesional, y no nos referimos a ellas en la presente reflexión.

Pero hay otras personas que funcionan socialmente bien mediante mecanismos de disimulo (los “enfermos” no consiguen disimular) o de sentido común, pero interiormente son tristeza y dolor. Estos no son “enfermos”, no tienen síntomas patológicos; pero sufren una agonía mortal, y, con frecuencia, ni siquiera saben por qué.

Sufren depresión, insomnio. Sacan a relucir sus problemas matrimoniales o profesionales. Pero no es ése su verdadero problema. Su problema es la sensación que tienen de que la vida se les va sin haber vivido; de que se les están pasando los años y van a morir sin haber vivido. No les falta nada, y por tenerlo todo, hasta tienen buena salud, física y psíquica; pero están dominados por la sensación de que les falta todo. Sin poder explicárselo, se sienten asediados por el vacío. Si se les pregunta por la razón de su vivir, responderán que no la tienen, o que, al menos, no la encuentran. Perciben que sus energías, si no están muertas, están, cuando menos, aletargadas, casi atrofiadas. Por eso sienten una desazón general y un cansancio vital.
* * *

Frente a este panorama, salvarse significa ir suprimiendo o disminuyendo las fuentes del sufrimiento mediante ejercicios y prácticas que más adelante expondremos, trasponer las fronteras del dolor y de la angustia, superar la preocupación obsesiva por si mismos, y así, adquirir la presencia de ánimo, el autocontrol y la serenidad, y, naturalmente, recuperar las ganas de vivir.

Salvarse significa soltar las energías almacenadas en el interior, que, frecuentemente, están constreñidas, y darles curso libre para el servicio de los demás. Significa, en una palabra, lograr plena seguridad y ausencia de temor; un ir avanzando, lenta pero firmemente, desde la esclavitud hacia la libertad.

Y esta sagrada tarea nadie la hará por mí o en lugar de mi. Yo tengo que ser el “salvador” de mí mismo.
Al fin y al cabo, estamos en el epicentro mismo del misterio humano: soy yo solo y sólo una vez. Los amigos y familiares pueden estar conmigo hasta unos ciertos niveles de profundidad. Pero en los niveles últimos, donde yo soy yo mismo y distinto de todos, “allá”, o asumo yo toda la responsabilidad o me pierdo, porque a esos niveles no llega ninguna ayuda exterior.

* * *
En las emergencias de la vida, con frecuencia nos encontramos con preciosos estímulos y luces. Hoy es la orientación de un maestro de vida; mañana, el acertado diagnóstico de un especialista; al día siguiente, el cariño y la veteranía de los padres. Entre todos ellos, sin embargo, no conseguirán salvarme.

Las orientaciones y consejos no tienen una eficacia salvadora automática por el hecho de que provengan de un maestro experimentado. Es la puesta en práctica la que convalida o invalida aquellas recomendaciones (y soy yo el que tiene que comprobarlo), porque, en fin de cuentas, cada persona experimenta las recetas con efectos diferentes, y es cada persona la que tiene que verificar si aquella recomendación le salva o no.
Al final, no existe otro “salvador” de mí mismo que yo mismo.

Debido a esto, ofrecemos más adelante algunos mecanismos sencillos, eficaces y prácticos, con los que cualquier persona pueda, por sí misma, eliminar por completo muchos sufrimientos o, al menos, suavizarlos. Si hasta ahora sufría como cuarenta grados —permítaseme la expresión—, que más tarde sufra como treinta y cinco, luego como treinta, y así sucesivamente.
Por eso, y para este contexto, sonará reiteradamente en los capítulos, que siguen esta urgente recomendación: ¡sálvate a ti mismo!


3.2. Despertar
Despertar es el primer acto de salvación.
La conciencia es como una minúscula isla, de pocos kilómetros cuadrados, situada en medio de un océano de profundidades insondables y horizontes casi infinitos. Este océano se llama el subconsciente.
A la vista nada se advierte. Todo está en calma. Pero en lo profundo todo es movimiento y amenaza. Hay volcanes dormidos que, de pronto, pueden entrar en erupción, energías ocultas que guardan retenida el alma de un huracán, fuerzas propulsoras que encierran gérmenes de vida o de muerte.

El hombre, por lo general, es un sonámbulo que camina, se mueve, actúa, pero está dormido. Se inclina en una dirección, y con frecuencia no sabe por qué. Irrumpe aquí, grita allá; ahora corre, más tarde se detiene; acoge a éste, rechaza a aquél, llora, ríe, canta; ahora triste, después contento: son, generalmente, actos reflejos y no plenamente conscientes. A veces, da la impresión de ser un títere movido por hilos misteriosos e invisibles.

Es el mar profundo del hombre, el lado irracional y desconocido que, mediante mecanismos que parecerían sortilegios, lo van llevando en direcciones inesperadas y, en ocasiones, por rumbos disparatados. ¿Qué se hizo de la brújula? ¿Funciona todavía la libertad? Cuántas veces el hombre no entiende nada. Y sufre.
* * *

Sufre porque está dormido. No se da cuenta de que, como lo diremos tantas veces, el sufrimiento humano es puramente subjetivo. La mente es capaz de dar a luz fantasmas alucinantes, que luego atormentarán sin piedad a quien los engendró. Los miedos son, generalmente, sombras fantásticas, sin fundamento ni base en la realidad. El hombre está dormido.

Y dormir significa estar fuera de la objetividad. Dormir es sacar las cosas de su dimensión exacta. Es exagerar los perfiles negativos de los acontecimientos-personas-cosas. Dormir es proyectar mundos subjetivos sobre los sucesos exteriores. Las inseguridades y temores son, por lo general, hijos de una obsesión.

El miedo —insisto— engendra y distingue fantasmas por todas partes: éste no me quiere, aquél está en contra de mí, ese proyecto está destinado a fracasar, todos se han conjurado contra mí, están tramando desplazarme del cargo, aquellos otros me han retirado su confianza aquélla ya no me mira bien, aquella otra no me saluda como antes, ¿qué le habrán contado acerca de mí?; la de más allá se muestra ahora fría y distante conmigo, ¿qué habrá pasado?... Y todo no es sino un engaño, o, al menos, una espantosa magnificación o mucha suposición. No hay nada de eso, o muy poco. Está dormido. Muchas personas viven estos sustos y alucinaciones en pleno día, con el mismo realismo con que se viven las pesadillas a media noche.
* * *

Los fantasmas narcisistas pueblan su alma de ansiedades, y no se dan cuenta de que todo es materia subjetiva, de que están dormidos. De tanto dar vueltas a sucesos infelices, acaban magnificándolos, y no se dan cuenta de que están soñando. Les sucede lo mismo que a las bolas de nieve: cuantas más vueltas dan, más grandes se hacen.

De pronto, se sienten atenazados por el terror, sin caer en la cuenta de que sólo se trata de una manía persecutoria, una alucinación que inventa y dibuja sombras siniestras, cuando, en realidad, nada de eso existe; están dormidos. Hechos intrascendentes los transforman en dramas, y peripecias ridículas las revisten con ropajes de tragedia. Están dormidos.

No quiero decir que todo esto suceda a la mayoría de las personas en este tono y con este colorido. También hay muchos sujetos verdaderamente objetivos, por supuesto. Sin embargo, el trato con numerosas personas, a lo largo de no pocos años, me ha enseñado que la proyección subjetiva es, si bien en grados y momentos diferentes, un hecho mucho más generalizado de lo que se cree.
De todos modos, en el presente caso me estoy refiriendo en particular a quienes tienen tendencias subjetivas, aunque no necesariamente en un grado elevado: los tipos aprensivos, obsesivos, acomplejados, pesimistas... Y no se trata de neurosis, sino de personas con inclinaciones subjetivas. Al exterior, su comportamiento no se diferencia del de los demás; pero interiormente no viven, agonizan.

* * *

Es preciso despertar. Y despertar es salvarse; es economizar altas cuotas de sufrimiento.
¿Qué es, pues, despertar? Es el arte de ver la naturaleza de las cosas, en uno mismo y en los demás, con objetividad, y no a través del prisma de mis deseos y temores.
Despertar es tomar conciencia de tus posibilidades e imposibilidades. Las posibilidades, para abordarlas, y las imposibilidades, para dejarlas de lado; darte cuenta de si un determinado hecho tiene remedio o no; si lo tiene, para encontrarle solución; si no lo tiene, para olvidarlo; tomar conciencia de que los hechos consumados, consumados están, y es inútil darse de cabeza contra ellos.

Despertar es darte a ti mismo un toque de atención para caer en la cuenta de que te estás torturando con pesadillas que son pura fantasía, de que lo que te espanta no es real; darte cuenta de que estás exagerando, sobredimensionando cosas insignificantes, y que las suposiciones de tu cabeza las estás revistiendo con visos de veracidad.

No te das cuenta de que tus aprensiones son sueños malditos, y nada más; y tus temores, puras quimeras. ¿Por qué tomarlas en consideración? Déjalas a un lado, porque son meros abortos de tu mente. Saber que los sueños, sueños son; saber dónde comienza la ilusión y dónde la realidad. Saber que todo pasará, que aquí no queda nada, que todo es transitorio, precario, efímero. Que las penas suceden a las alegrías, y las alegrías, a las penas; saber que aquí abajo nada hay absoluto; que todo es relativo, y lo relativo no tiene importancia o tiene una importancia relativa.
Despertar, en suma, es saber que estabas durmiendo.

Basta despertar, y se deja de sufrir. A media noche, el mundo está cubierto de tinieblas. Amaneces, y... ¿dónde se escondieron las tinieblas? No se escondieron en ninguna parte. Sencillamente, no eran nada. Y al salir la luz se ha comprobado que eran nada.
De la misma manera, cuando tú estabas dormido, tu mente estaba poblada de sombras y tristeza. Amanece (despiertas), y ahora ves que tus temores y tristezas eran nada. Y al despertar se esfuma el sufrimiento, como se esfumaron las tinieblas al amanecer.
Basta despertar, y se deja de sufrir.

Siempre que te sorprendas a ti mismo, en cualquier momento del día o de la noche, agobiado por la angustia o el temor, piensa que estás dormido o soñando; haz una nueva y correcta evaluación de los hechos, rectifica tus juicios, y verás que estabas exagerando, presuponiendo, imaginando. Dedícate asiduamente al ejercicio de despertar. Siempre que te encuentres turbado, levanta la cabeza y sacúdela; abre los ojos y despierta. Muchas tinieblas de tu mente desaparecerán, y grandes dosis de sufrimiento se esfumarán. Verás.

Este es el segundo ángel en el camino: despertar. A lo largo de los capítulos siguientes, frecuentemente haremos resonar este clarín: ¡despierta!




3.3. Paciencia
A las pocas semanas de nacer, los pájaros vuelan, los patos nadan, los gatos salen a cazar. A los quince minutos de haber salido a la luz, una llama ya se pone de pie y comienza a caminar detrás de su madre cordillera arriba. No necesitan aprender a caminar, volar, nadar, cazar. Por el mero hecho de existir, disponen de todos los resortes necesarios para defenderse y sobrevivir. Se podría decir que todas las técnicas vienen elaboradas en las entrañas de su organismo; las traen aprendidas sin necesidad de entrenamiento: es el equipo instintivo, que los conduce certeramente por los caminos de la supervivencia.

No sucede así con el hombre. Una vez nacida, la criatura humana es el ser más desvalido de la creación. Todo lo tiene que aprender; y no precisamente en fuerza de una inspiración interior, sino que son los otros quienes se lo tienen que enseñar: primero, a andar; luego, a hablar; más tarde, a pensar y educarse.

Aprende, en suma, a utilizar la inteligencia, en lugar del instinto; con la particularidad de que el instinto funciona espontáneamente, casi mecánicamente; y, en cambio, el uso de la inteligencia presupone riesgos, porque obliga al hombre a realizar un complejo proceso de análisis, comparación, exclusión, opción..., todo lo cual involucra grandes incertidumbres e impredecibles emergencias. Y por este camino le llega al hombre un desabrido visitante, que, como sombra, nunca más se apartará de su lado: la ansiedad.
* * *

El aprendizaje del arte de vivir no se termina cuando el hombre alcanza su mayoría de edad, o al conseguir un diploma universitario para ejercer una profesión y ser autónomo. Porque vivir no consiste en ganarse el sustento cotidiano o en formar un hogar. ¿Qué consigue el hombre con haber asegurado una sólida situación económica o con haber educado una hermosa familia, si su corazón sigue agonizando en una tristeza mortal?
Vivir es el arte de ser feliz; y ser feliz es liberarse, en mayor o menor grado, de aquella ansiedad que, de todas formas, seguirá porfiadamente los pasos humanos hasta la frontera final.

El arte de vivir consistirá, pues, en una progresiva superación del sufrimiento humano, y, por este camino, en una paulatina conquista de la tranquilidad de la mente, la serenidad de los nervios y la paz del alma.
Pero no se crea que esta felicidad la puede alcanzar el hombre como por arte de magia o como un regalo de Navidad. Si para obtener un título universitario o montar una próspera empresa el hombre ha necesitado largos años de esfuerzo, trabajando día y noche, con férrea disciplina, metodología y, sobre todo, con una tenacidad a toda prueba y por momentos heroica, que nadie sueñe con doblarle la mano a la ansiedad o en ganar la batalla del sufrimiento, llegando así a aquel anhelado descanso de la mente, con un trabajo esporádico y superficial. Cuando decimos paciencia, queremos significar esfuerzo, orden y dedicación en la práctica de los ejercicios de autocontrol, relajación, meditación..., que más tarde presentaremos.
* * *

No vas a conseguir nada con sólo leer estas páginas o con abrigar buenas intenciones; es imprescindible que los deseos se transformen en convicciones, y las convicciones, en decisiones. Las decisiones, a su vez, tienen que conducirte, como de la mano, a reordenar tu programa. de actividades; y, en medio de éstas, reservar espacios libres para practicar, diaria y metódicamente, los diversos ejercicios.

Si me dices que no dispones de tiempo, te responderé que el tiempo es cuestión de preferencias, y éstas, a su vez, dependen y derivan de las prioridades. Ahora bien, ¿cuál es la prioridad fundamental de tu vida?
No se trata de sanar una úlcera gástrica o de levantar un negocio deteriorado, ni siquiera de apuntalar un matrimonio resquebrajado. Todos estos propósitos son, ciertamente, nobles e importantes; pero en nuestro caso hay algo más primordial: nosotros estamos jugando y conjugando aquí nada menos que con el sentido de una vida, expresión escurridiza que, al pretender encerrarla en los moldes de una definición, se nos escapa de las manos.

¿Qué es, pues, sentido de la vida? Es aquel valor que da valor a todos los demás valores. De pronto, todo lo que es y hace una persona (palabras, actitudes, reacciones...) aparece revestido de un color y brillo tan particulares que no se puede explicar con palabras. Eso es el sentido de una vida. Es (¿cómo decirlo?) un cierto tono de alegría que no se traduce en una risa ni en una sonrisa; que envuelve a algunas personas vistiéndolas como de un aire primaveral, y que todos perciben desde lejos, y dicen: esa persona tiene un no sé qué, que no sé cómo calificarlo, pero ¡se la ve tan feliz!

Es, en fin, aquella sensación de plenitud que, en el otoño de sus años, al volver sus miradas hacia atrás, les hace exclamar a algunas personas: valió la pena; de verdad fue una venturosa aventura.

* * *

Pues bien, ese objetivo central de una vida no se conseguirá sin una dedicación metódica y ordenada. Para poder ahuyentar las sombras de la casa y dar lugar a la alegría, es imprescindible someterse a una ejercitación ininterrumpida de autocontrol y meditación a lo largo de los días y los años. No es necesario que lleves a cabo todas y cada una de las prácticas que incluiremos en el capítulo III. Sí es conveniente, sin embargo, probar y comprobar todas esas prácticas, y quedarse con las que produzcan mejores resultados.

No hay que olvidar nunca el misterio general e imponderable del ser humano; un mismo ejercicio, ejecutado en momentos diferentes, produce resultados diferentes en una misma persona. La vida es esencialmente ilógica, porque es esencialmente movimiento; movimiento oscilante de altibajos, sin vislumbrarse, con frecuencia, las causas que originan tan desconcertante vaivén.

Cuando el hombre tendría motivos más que suficientes para saltar de alegría, está abatido. De pronto, en los días azules, su alma está nublada; y en los días nublados, su alma está en azul. No hay lógica. Tal persona deseó ardientemente conquistar aquella meta soñada, y, alcanzado el sueño, se queda insatisfecha, con un amago de decepción. De repente, cuando sus negocios iban viento en popa, su estado de ánimo está por los suelos; y cuando, a su alrededor, todo es desastre y ruina, no se sabe qué ángel interior lo estimula para seguir luchando. Paciencia, que es el arte de saber, significa tomar conciencia de que la naturaleza humana es así. Hay que comenzar por aceptarla tal cual es, para no asustarse cuando los resultados no sean proporcionales a los esfuerzos o cuando los efectos hayan sido extrañamente imprevisibles.
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Poniendo por delante estos presupuestos, con frecuencia te encontrarás con el hecho de que un ejercicio de relajación y concentración correctamente efectuado hoy te dejará relajado, y mañana, tal vez, tenso. En la vida no hay procesos uniformes. Al quinto día, por ejemplo, percibirás un progreso notable en el descanso mental, y al trigésimo día te sentirás más ansioso que el primero. Es normal: el camino de la “salvación”, como el de la vida misma, no es llano y recto, antes bien, está erizado de dificultades: curvas violentas, pendientes empinadas, recaídas bruscas, contramarchas. Una meditación sobre la relatividad de la vida, hoy te deja insensible, y mañana te impacta profundamente.

El día menos pensado, cuando creías haber dado pasos decisivos hacia la tranquilidad mental, entras inesperadamente en una fatal crisis de angustia. Cualquier día vas a sentirte hastiado de todas estas “terapias” y caminos de paz, con la aguda sensación de estar perdiendo el tiempo, e incluso hasta de estar haciendo el ridículo; y es probable que te asalte el apremiante deseo de tirarlo todo por la borda. No te asustes contigo mismo.
¡Despenar!: saber que las cosas son así, y aceptarlas como son, he ahí el misterio de la paciencia. En realidad, estás avanzando; pero este ascender está cuajado de retrocesos, vacilaciones y altibajos. Acepta con paz esa realidad.

Los resultados dependen de una serie de factores. El esfuerzo y la dedicación en la práctica de los ejercicios es un factor predominante. También influye la constancia: si una persona que se ha ejercitado con regularidad por años abandona de pronto la ejercitación, percibirá de inmediato, e inequívocamente, un estado de debilitamiento interior; es decir, que el miedo y la angustia comienzan de nuevo a golpear las puertas, regresa el nerviosismo, y vuelve a sentirse otra vez desasosegado e infeliz.

Los resultados dependen también —y en gran medida— del punto de partida o estructura de personalidad. Una persona cuyas entrañas están tejidas de melancolía o timidez, por ejemplo, y con mayor razón si anda por los cuarenta o cincuenta años (lo que quiere decir que sus rasgos negativos congénitos han sido largamente alimentados y han echado sólidas raíces en el subsuelo), necesitará gran empuje y alto corazón, así como una gran firmeza, para progresar por el camino de la liberación y poder así saborear los primeros frutos del descanso.

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Desde antes de ver la luz, el ser humano trae escrita en sus entrañas la historia de su vida, y si no la historia misma, al menos los rasgos generales. Efectivamente: marcadas y selladas, allá, en las últimas unidades vivientes, llamadas genes, trae el hombre escritas en claves cifradas las tendencias fundamentales que conforman el entramado de una personalidad: inclinaciones hacia la sensibilidad, sensualidad, timidez, impaciencia, generosidad, nobleza, mezquindad... Son los códigos genéticos.

Esta estructura no cambia. Se muere como se nace. Podemos, eso sí, mejorar, como también empeorar, pero siempre a partir de una estructura básica. No hay que hacerse ilusiones: un tipo orgulloso-rencoroso, por ejemplo, nunca se transformará en un ser manso y humilde de corazón. Quienes nacieron encantadores, encantadores morirán. Estructuras personales fuertemente inclinadas a la melancolía, por ejemplo, o negativamente conformadas, no serán esencialmente alteradas, aunque sí podrán ser mejoradas. Pero esta mejoría lleva un ritmo lento y desigual: si notas alguna mejoría de un año para otro, si hoy sientes más facilidad en controlar tus nervios, si sufres menos que antes, si te encuentras más relajado..., es señal de que todo va bien.
Los sufrimientos provenientes de un modo de ser nunca desaparecen totalmente; pero pueden suavizarse hasta tal punto que el sujeto se sienta muy aliviado, casi feliz.

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Vale la pena sostener en alto el esfuerzo y la lucha, y canalizar todas las energías para una ordenada puesta en práctica de los mecanismos de liberación.
Es necesario despertar una y otra vez, y tomar conciencia de que se vive una sola vez; que este menú no se repite, y que tampoco podemos regresar a la infancia para reiniciar la aventura. .Los años no perdonan. La mayor desdicha humana consiste en experimentar que la existencia se nos escurre de entre las manos sin haber saboreado la miel del vivir. Vale la pena dedicar todos los esfuerzos a la tarea de las tareas: alejar de nuestras fronteras los enemigos de la vida: el sufrimiento y la tristeza.

Para alcanzar una cumbre tan alta, nos acompañará, en la pendiente de la ascensión, este tercer ángel: la paciencia.
El hombre de la sociedad tecnológica se ha acostumbrado a solucionar sus problemas buscando y esperando la salvación, poco menos que mágicamente, de los consultorios y las farmacias. ¡ Vana ilusión y peligrosa dependencia! Lo menos que le puede suceder es que acaba perdiendo la fe y la confianza en sí mismo, descuida el esfuerzo, abandona en un rincón la paciencia y, sobre todo, olvida el hecho de que lleva en sus manos armas poderosas para salvarse a sí mismo.

Quien esté dispuesto a alistarse en las filas de la Gran Marcha hacia la liberación de sí mismo debe despertar, ponerse en pie, armarse de paciencia y ceñirse de coraje.

3.4. Poder mental
Las cosas existen en la medida en que existen en mi mente. Si estás profundamente dormido, nada existe para ti en ese momento. Aunque estén sucediendo cosas horrorosas en el lugar donde vives o se incendie la casa de tu vecino, para ti nada sucede.

Si se están difundiendo noticias sumamente desfavorables para ti, pero no te enteras de nada, toda esa maledicencia no te hiere ni te turba. Es como si esparcieran pétalos de rosa sobre tu cabeza.
Supongamos que dejan de funcionar tu corazón y tu conciencia por un paro cardíaco...; pueden insultarte, herirte, despedazarte, y a ti nada te importa, porque ya nada existe para ti; Una vez que ha dejado de funcionar esa fábrica de ideas y de sueños —la mente— que los engendraba, ya no existen para ti problemas: enemistades, zancadillas, traiciones, ofensas... Para el muerto, todo está muerto.

De esto se trata: de adquirir un poder tan omnímodo sobre mi mente, que pueda interrumpir a voluntad su funcionamiento cuando me dé cuenta de que está siendo dominada por recuerdos desabridos y memorias dolorosas.

El ser humano, a través de un entrenamiento sostenido y metódico —que explicaremos en el capítulo III—, es capaz de llegar a adquirir la capacidad de suprimir momentáneamente toda actividad mental, de hacer un vacío o silencio total en su interior, hasta el punto de detener el curso del pensamiento cuando éste se halle atrapado por obsesiones o fijaciones negativas.

Este es, sin duda, el gran desafío del hombre para el hombre a lo largo de los siglos: qué hacer y cómo hacer para que yo llegue a ser dueño de mi mente, para que mi pensamiento esté únicamente ocupado por recuerdos estimulantes, ideas positivas, por motivos queridos por mí, y no por los que se me imponen.
Mientras no avancemos en esta dirección, no podemos hablar de libertad.

* * *
No hay peor prisión ni más dura esclavitud que una mente ocupada obsesivamente por evocaciones quemantes y complejos torturadores. Como tampoco mayor libertad que el tener a mano la llave que puede abrir y cerrar el curso de la actividad mental. Soberanía quiere decir ser el árbitro de mí mismo, de mi actividad interior.
Si todas las cosas existen para mí en la medida en que son captadas por mí, en la medida en que viven en mi mente, ya puede imaginar el lector que el dominio mental es un tesoro incomparable y la llave del reino de la serenidad.

Este es, pues, uno de los medios más poderosos de liberación. Con este fin, ofreceremos numerosos ejercicios para que el lector, a través de un paciente y constante entrenamiento, pueda alcanzar la capacidad de desconectar a voluntad el motor de su mente, de manera que se apaguen los fuegos y el alma se transforme en un huerto placentero.

Este poder mental será, pues, otro de los ángeles que nos acompañarán en todo momento en el largo recorrido que nos proponemos llevar a cabo. Para referimos a este poder, utilizaremos diversos términos, como dejar, soltar, desprenderse, desligarse, olvidar; en suma, expresiones que hagan referencia a esa sublime capacidad de desconectar a voluntad la atención de cualquier recuerdo o persona desagradable. Así lograremos amortiguar el ardor de tantos carbones encendidos.

Digamos, entre paréntesis, que, en ciertos ambientes, se utiliza la expresión poder mental para indicar la influencia que pueden ejercer ciertas personas sobre otras personas, acontecimientos o cosas. Como se ve por lo expuesto, nosotros lo entendemos aquí en un sentido muy distinto.

Confesiones de San Agustín Libro 13 Cap. I al XXXVIII

CONFESIONES
LIBRO DECIMOTERCERO
Interpretación alegórica de la creación genesíaca

CAPÍTULO I
Invocación a Dios




1. Yo te invoco, Dios mío, misericordia mía, que me criaste y no olvidaste al que se olvidó de ti; yo te invoco sobre mi alma, a la que tú mismo preparas a recibirte con el deseo que la inspiras.

Y ahora no abandones al que te invoca, tú que me has prevenido antes que te invocara e insististe multiplicando de mil modos tus voces para que te oyese de lejos, y me convirtiera, y te llamase a ti, que me llamabas a mí. Porque tú, Señor, cancelaste todos mis merecimientos malos, para que no tuvieses que castigar estas mis manos, con que me alejé de ti; y previniste todos mis méritos buenos para premiar a tus manos, con las cuales me formaste. Porque antes de que yo fuese ya existías tú; ni yo era algo, para que me otorgases la gracia de la existencia.

Sin embargo, he aquí que existo por tu bondad, que ha precedido en mí a todo: a aquello que me has dado de ser y a aquello de donde me has dado el ser. Porque ni tú tenías necesidad de mí, ni yo era un bien tal con el que pudieras ser ayudado, ¡oh Señor y Dios mío!, ni con el que te pudiera servir como si te hubieras fatigado en obrar, o menguara tu poder si careciese de mi obsequio; ni para darte culto como se cultiva la tierra, de modo que si no te doy culto quedarías baldío, sino para servirte y darte culto, a fin de que me venga el bien de ti, de quien me viene el ser capaz de ser feliz.

CAPÍTULO II
El bien de las criaturas es bondad de Dios


2. En efecto, de la plenitud de tu bondad subsiste tu criatura, a fin de que el bien, que a ti no te había de aprovechar nada ni, proviniendo de ti, había de ser igual a ti, sin embargo, porque podía ser hecho por ti, no faltase. Porque ¿qué pudo merecer de ti el cielo y la tierra que tú hiciste en el principio? Digan: ¿qué te merecieron la naturaleza espiritual y corporal, que tú hiciste en tu sabiduría, para pender de ella hasta las cosas incoadas e informes —cada cual en su género, espiritual o corporal— que van hacia la inmoderación y una desemejanza tuya lejana, lo espiritual informe de modo más excelente que si fuese cuerpo formado, y el corporal informe de más excelente manera que si fuese absolutamente nada, y así pendieran informes de tu palabra si no fuesen llamadas por esta misma palabra a tu unidad y formadas y hechas todas ellas por ti, Bien sumo, muy buenas? ¿Qué méritos podían tener contigo para ser siquiera informes, cuando ni aun esto serían si no fuera por ti?

3. ¿Qué pudo merecer de ti la materia corporal para ser siquiera invisible y caótica, cuando no sería esto si no la hubieras hecho? Ciertamente que, no siendo, no podía merecer de ti el que fuese. O ¿qué pudo merecer de ti la incoación de la creación espiritual para que, al menos, tenebrosa sobrenadase semejante al abismo, desemejante a ti, si no fuera convertida por el Verbo a sí mismo, por quien fue hecha; e iluminada por él, fuese hecha luz, si bien no igual, sí, al menos, conforme a la forma igual a ti? Porque así como en un cuerpo no es lo mismo ser que ser hermoso —de otro modo no podría ser deforme—, así tampoco, en orden al espíritu creado, no es lo mismo vivir que vivir sabiamente, puesto que de otro modo inconmutablemente comprendería

Pero su bien está en adherirse a ti siempre, para que con la aversión no pierda la luz que alcanzó con la conversión, y vuelva a caer en aquella vida semejante al abismo tenebroso. Porque también nosotros, que en cuanto al alma somos creación espiritual, apartados de ti, que eres nuestra luz, fuimos algún tiempo en esta vida tinieblas, y aun al presente luchamos contra las secuelas de esta nuestra oscuridad, hasta que seamos justicia tuya, en tu Unigénito, como montes de Dios, ya que antes fuimos juicios tuyos, como abismo profundo

CAPÍTULO III
Iluminación de las creaturas espirituales


4. En cuanto a lo que dijiste sobre las primeras creaciones: Hágase la luz y la luz se hizo, entiendo yo que no es incongruente aplicarlo a la criatura espiritual, porque ésta era ya una cierta vida, a la que habías de iluminar. Pero así como no tenía mérito alguno ante ti para ser una vida tal que pudiera ser iluminada, así tampoco, teniendo ya la existencia, pudo merecer de ti el ser iluminada. Porque ni aun su informidad te agradara si no fuese hecha luz, no por la existencia, sino por la intuición de la luz que ilumina y adhesión a ella, para que lo que de algún modo vive, y lo que vive felizmente, no lo deba sino a tu gracia, convirtiendo a mejor, hacia aquello que no es susceptible de cambio ni a mejor ni a peor. Lo cual eres tú solo, porque tú solo eres el único Ser simplicísimo para quien no es cosa distinta la vida y la vida feliz, porque tu ser es tu felicidad.

CAPÍTULO IV
Nada hizo Dios por necesidad


5. Pero ¿acaso te faltaría algo en cuanto Bien, cual eres tú para ti, aunque estas cosas no existieran en modo alguno o permanecieran informes, las cuales hiciste tú no por necesidad, sino por la plenitud de tu bondad, reduciéndolas y dándoles forma, aunque no como si tu gozo hubiera de ser completado con ellas? No, sino que, como a perfecto, te desagrada su imperfección, para que tú las perfecciones y te agraden, aunque no como a imperfecto, como si tú hubieras de perfeccionarte con su perfección.

Pero tu Espíritu bueno se cernía (superferebatur) sobre las aguas no llevado por ellas, como si en ellas descansara. Porque en quienes se dice que descansa tu espíritu, más bien son ellos los que descansan en él. Y tu voluntad se cernía incorruptible e incontaminable, bastándose ella misma en sí para sí, sobre aquella vida que habías creado, y para la cual no es lo mismo vivir que vivir felizmente, ya que vive aún flotando en su oscuridad, y a la que resta convertirse a aquel por quien ha sido hecha, y vivir más y más en la fuente de la vida, y ver en su luz la luz, y así perfeccionarse, iluminarse y ser feliz.

CAPÍTULO V
Esbozo de la Trinidad

6. He aquí que ante mí aparece como en enigma la Trinidad, que eres tú, Dios mío. Porque tú, Padre, en el principio de nuestra Sabiduría, que es tu Sabiduría, nacida de ti y coeterna contigo, esto es, en tu Hijo, hiciste el cielo y la tierra.

Muchas cosas hemos dicho ya del cielo del cielo, y de la tierra invisible y caótica, y del abismo tenebroso según la defectibilidad vagarosa de la informidad espiritual en que hubiera permanecido si no se hubiese convertido a aquel que le había dado aquella especie de vida y mediante la iluminación se hubiese hecho vida hermosa y llegado a ser cielo del cielo de aquel que después fue hecho entre agua y agua

Ya tenía, pues, al Padre, en el nombre de Dios, que hizo estas cosas; y al Hijo, en el nombre del principio en el cual las hizo; y creyendo a mi Dios trinidad, como la creía, tal yo le buscaba en sus sagrados oráculos; y ved que tu Espíritu se cernía sobre las aguas He aquí a mi Dios trinidad: Padre, Hijo y Espíritu Santo, creador de todas las cosas.

CAPÍTULO VI
Aparece el Espíritu Santo


7. Pero ¿cuál era la causa, ¡oh Luz verídica!, a quien acerco mi corazón para que éste no me enseñe cosas vanas y disipe en él sus tinieblas?; dime, te ruego por la caridad, que es mi madre; dime, te suplico, ¿cuál era la causa de que, después de nombrados el cielo y la tierra invisible y caótica y las tinieblas sobre el abismo, nombrase entonces tu Escritura a tu Espíritu? ¿Acaso porque convenía insinuarle así a fin de poder decir de él que se cernía, lo cual no pudiera decirse si antes no se mencionara aquello sobre lo que se pudiese entender que se cernía tu Espíritu? Porque ni se cernía sobre el Padre ni sobre el Hijo, y, sin embargo, no podría decirse propiamente que se cernía si no fuera sobre alguna cosa.

Así que era preciso que se nombrase primeramente aquello sobre lo que se cernía, y luego aquel a quien no convenía mencionar de otro modo sino diciendo que se cernía. Pero ¿por qué no convenía insinuarle de otro modo sino diciendo que se cernía sobre algo?

CAPÍTULO VII
La obra del Espíritu Santo



8. A partir ya de aquí, siga el que pueda con el pensamiento a tu Apóstol, que dice: La caridad se ha difundido en nuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos ha dado, y en orden a las cosas espirituales nos enseña y muestra la sobreeminente senda de la caridad, y dobla la rodilla por nosotros ante ti, para que conozcamos la ciencia sobreeminente de la caridad de Cristo; y que ésta es la razón por qué desde el principio se cernía de un modo de un modosobreeminente sobre las aguas.

¿A quién hablaré yo y cómo le hablaré del peso de la concupiscencia que nos arrastra hacia el abrupto abismo, y de la elevación de la caridad por tu Espíritu, que se cernía sobre las aguas? ¿A quién hablaré y cómo hablaré? Porque aquí no se trata de lugares donde somos sumergimos o emergidos. ¿Qué cosa más semejante y más desemejante a la vez? Se trata de afectos, se trata de amores. De un lado, la inmundicia de nuestro espíritu corriendo a lo más ínfimo por amor de los afanes; y de otro, tu santidad elevándonos a lo más alto por amor de la seguridad, para que tengamos nuestros corazones arriba hacia ti, allí donde tu Espíritu se cierne sobre las aguas, y de este modo vengamos al descanso sobreeminente, apenas haya pasado nuestra alma las aguas que son sin sustancias


CAPÍTULO VIII
Toda abundancia fuera de Dios es penuria


9. Cayó el ángel, cayó el alma del hombre, y con ello señalaron cuál hubiera sido el abismo de la creación espiritual en la profundidad tenebrosa si no hubieras dicho desde el principio: Hágase la luz y no hubiese sido hecha la luz y se adhiriese a ti obediente toda inteligencia de la celestial ciudad y descansase en tu Espíritu, que se cierne inmutablemente sobre todo lo mudable. De otro modo, aun el mismo cielo del cielo, que ahora es luz en el Señor, hubiera sido en sí mismo tenebroso abismo.

Porque aun en la misma mísera inquietud de los espíritus caedizos, que dan a entender sus tinieblas desnudas del vestido de tu luz, claramente nos muestras cuán grande hiciste la criatura racional, para cuyo descanso feliz nada es bastante que sea menos que tú, por lo cual ni aun ella misma se basta a sí. Porque tú, Señor nuestro, iluminarás nuestras tinieblas; pues de ti nacen nuestros vestidos y nuestras tinieblas serán como un mediodía

Dáteme a mí, Dios mío, y devuélvete a mí. He aquí que te amo, y si aún es poco, que yo te ame con más fuerza. No puedo medir a ciencia cierta cuánto me falta del amor para que sea bastante, a fin de que mi vida corra entre tus abrazos y no me aparte hasta que sea escondida en lo escondido de tu rostro

Esto sólo sé: que me va mal lejos de ti, no solamente fuera de mí, sino aun en mí mismo; y que toda abundancia mía que no es mi Dios, es indigencia.

CAPÍTULO IX
Mi amor es mi peso



10. Pero ¿por ventura, el Padre o el Hijo no se cernían sobre las aguas? Si se entiende por locomoción corporal, tampoco se cernía el Espíritu Santo; mas si es por la eminencia de la inconmutable divinidad sobre todo lo mudable, el Padre y el Hijo y el Espíritu Santo se cernían sobre las aguas. Pero entonces, ¿por qué se ha dicho esto únicamente de tu Espíritu? ¿Por qué se ha dicho únicamente de él esto, como si fuera un lugar donde estuviese, él que no es lugar y del que sólo se ha dicho que es don tuyo? En tu Don descansamos: allí te gozamos. Nuestro descanso es nuestro lugar. El amor nos levanta a allí y tu Espíritu bueno exalta nuestra humildad de las puertas de la muerte. Nuestra paz está en tu buena voluntad. El cuerpo, por su peso, tiende a su lugar. El peso no sólo impulsa hacia abajo, sino al lugar de cada cosa. El fuego tira hacia arriba, la piedra hacia abajo. Cada uno es movido por su peso y tiende a su lugar. El aceite, echado debajo del agua, se coloca sobre ella; el agua derramada encima del aceite se sumerge bajo el aceite; ambos obran conforme a sus pesos, y cada cual tiende a su lugar.

Las cosas menos ordenadas se hallan inquietas: se ordenan y descansan. Mi peso es mi amor (pondus meum, amor meus...), él me lleva doquiera que soy llevado. Tu Don nos enciende y por él somos llevados hacia arriba: nos enardecemos y caminamos; subimos las ascensiones dispuestas en nuestro corazón y cantamos el Cántico de las gradas o subidas. Con tu fuego, sí; con tu fuego santo nos enardecemos y caminamos, porque caminamos para arriba, hacia la paz de Jerusalén, porque me he deleitado de las cosas que aquéllos me dijeron: Iremos a la casa del Señor. Allí nos colocará la buena voluntad, para que no queramos más que permanecer eternamente allí.

CAPÍTULO X
Felicidad de los ángeles iluminados


11. Bienaventurada la criatura [espiritual] que no ha conocido otro estado, que hubiera sido el suyo, si luego que fue hecha, sin intervalo de tiempo, no hubiera sido exaltada por tu Don, que se cierne sobre todo lo mudable hacia aquel llamamiento por el cual dijiste: Hágase la luz, y la luz se hizo. Porque en nosotros se distingue el tiempo en que fuimos tinieblas y el tiempo en que hemos sido hechos luz; pero en aquélla se dijo lo que hubiera sido de no ser iluminada, y se dijo de este modo, como si primero hubiera sido fluida y tenebrosa, para que apareciese la causa por la cual se ha hecho que sea otra, esto es, para que, vuelta hacia la luz indeficiente, fuese también luz. Quien sea capaz, entienda, o te lo pida a ti. ¿Por qué me ha de molestar a mí, como si yo fuera el que ilumino a todo hombre que viene a este mundo?

CAPÍTULO XI
Imagen de la Trinidad en la criatura racional



12. ¿Quién será capaz de comprender la Trinidad omnipotente? ¿Y quién no habla de ella, si trata de ella? Rara es la persona que, cuando habla de ella, sabe lo que dice. Y se discute, se polemiza, pero nadie beligerante puede contemplar esta visión. Quisiera yo que los hombres reflexionaran sobre tres cosas que tienen en su interior. Estas tres realidades son muy distintas de aquella Trinidad. Pero las digo para que se ejerciten en sí mismos y prueben y sientan cuán diferentes son. Y las tres cosas que digo son: ser, conocer, querer. Porque yo soy, el que conoce y quiere; yo conozco que soy y quiero; yo quiero ser y conocer. Vea, por tanto, quien pueda, cuán inseparable es la vida en estas tres cosas, siendo una la vida, y una la inteligencia, y una la esencia; y, finalmente, cuán inseparable es la distinción, siendo así que hay distinción. Ciertamente que cada uno en presencia de sí profundice en sí mismo, se autoanalice y que después me hable. Y cuando hubiere descubierto algo sobre esto y acierte a expresarlo, no por eso piense haber encontrado aquel Ser que es inmutable sobre todas las cosas, y existe inmutablemente, y conoce inmutablemente, y quiere inmutablemente.

Ahora bien, ¿es la existencia en Dios de esta triplicidad de cosas lo que constituye la Trinidad? ¿Y cada una de esta triplicidad se da en las tres personas divinas y en cada una de ellas? ¿y se realizan lo uno y lo otro en Dios de modo maravilloso en una simplicidad que es también multiplicidad siendo la Trinidad en sí y para sí fin infinito, por el cual ella es, se conoce a sí misma y se basta inmutablemente en virtud de la grandeza ubérrima de su unidad? ¿quién podrá fácilmente imaginarlo? ¿Quién podrá explicarlo de algún modo? ¿Quién se atreverá a definirlo de alguna manera sin incurrir en temeridad?

CAPÍTULO XII
Creación espiritual humana por el bautismo



13. ¡Adelante en tu confesión, oh fe mía! Di al Señor tu Dios: Santo, Santo, Santo, Señor Dios mío; en tu nombre, Padre, Hijo y Espíritu Santo, hemos sido bautizados, en tu nombre, Padre, Hijo y Espíritu Santo, bautizamos; porque también entre nosotros hizo Dios en su Cristo el cielo y la tierra, los espirituales y carnales de tu Iglesia; y nuestra tierra, antes de recibir la forma de tu doctrina, era invisible y caótica [incomposita] y estábamos cubiertos con las tinieblas de la ignorancia, porque a causa de la iniquidad instruiste al hombre, y tus juicios son como grandes abismos

Pero, porque tu Espíritu se cernía sobre las aguas, no abandonó tu misericordia nuestra miseria, y así dijiste Hágase la luz. Haced penitencia, porque se ha acercado el reino de los cielos: haced penitencia. Hágase la luz. Y porque nuestra alma se había conturbado dentro de nosotros mismos, nos acordamos de ti, Señor, desde la tierra del Jordán y del monte igual a ti, pero hecho pequeño por causa nuestra; y así nos desagradaron nuestras tinieblas, y nos convertimos a ti y se hizo la Luz. Y ved cómo, habiendo sido algún tiempo tinieblas, somos ahora luz en el Señor

 CAPÍTULO XIII
Luz de fe, no de visión



14. Pero esto [luz] lo somos por fe, no por visión; porque por la esperanza estamos salvos; y la esperanza que ve no es esperanza. Todavía el abismo llama al abismo, mas ya es en la voz de tus cataratas. Ni siquiera aquel mismo que dice: No puedo hablaros como a espirituales, sino como a carnales, ni aun aquel juzga haber alcanzado el término, y, olvidado de lo que queda atrás, avanza hacia las realidades que tiene delante, y gime agobiado y tiene su alma sed del Dios vivo, como los ciervos de las fuentes de las aguas, y dice: ¿Cuándo llegaré?, deseoso de ser revestido de su morada celestial: y llama al abismo inferior, diciendo: No queráis conformaros con este mundo, sino reformaos en la novedad de vuestra mente, y no queráis haceros niños en la inteligencia, sino sed niños por la malicia para que seáis perfectos en la mente, y ¡Oh insensatos gálatas!, ¿quién os ha fascinado? Pero, no ya en su palabra, sino en la tuya, nos enviaste a tu Espíritu de lo alto por medio de aquel que ascendió a lo alto y abrió las cataratas de sus dones para que las impetuosas crecidas del río alegrasen tu ciudad. Porque por él suspira el amigo del esposo, teniendo ya en él las primicias de su espíritu, mas todavía gimiendo en sí mismo, esperando la adopción, redención de su cuerpo. Por él suspira, porque es miembro de la esposa; y por él se preocupa, porque es amigo del esposo: por él se preocupa, no para sí, porque no ya con la voz suya, sino con el estruendo de tus cataratas, llama a otro abismo al que la preocupación le llena de temor, no sea que como la serpiente sedujo con su astucia a Eva, así también sean corrompidos sus sentidos, degenerando de aquella pureza que hay en nuestro esposo, tu Unigénito. Y ésta es aquella luz de visión que gozaremos cuando le contemplemos tal cual es, y hayan pasado las lágrimas, que constituyen mi pan día y noche, en tanto que todos los días se me dice: ¿dónde está tu Dios?

CAPÍTULO XIV
Angustia y esperanza hasta la luz de la gloria


15. También yo digo: ¿Dónde estás, Dios mío? He aquí que donde estás siento en ti un leve respiro, al derramar mi alma sobre mí en el grito de alegría y alabanza del que celebra una festividad. Con todo, aún está triste mi alma, porque vuelve a caer y a ser abismo, o más bien siente que todavía es abismo.

Mi fe, que encendiste en la noche delante de mis pasos, le dice: ¿Por qué estás triste, alma mía, y por qué me conturbas? Espera en el Señor; su palabra es lámpara para tus pasos. Espera y persevera hasta que pase la noche, madre de los inicuos; hasta que pase la ira del Señor, de la cual fuimos hijos nosotros cuando fuimos tinieblas, cuyos residuos arrastramos aún en este cuerpo muerto por el pecado, hasta tanto que alboree el día y sean disipadas las sombras. Espera en el Señor: Mañana estaré ante él, y le contemplaré, y le alabaré eternamente. Mañana estaré ante él, y veré la salud de mi rostro, mi Dios, quien vivificará nuestros cuerpos mortales por causa del Espíritu que habita en nosotros porque sobre nuestro interior tenebroso e inestable se cernía misericordiosamente.

De ahí que hayamos recibido en este peregrinaje una prenda, para que seamos ya luz, en tanto que somos hechos salvos por la esperanza, e hijos de la luz e hijos del día, no hijos de la noche ni de las tinieblas, lo que fuimos, sin embargo. Entre las cuales y nosotros, aun en esta incertidumbre de la ciencia humana? sólo tú haces distinción, tú que pruebas nuestros corazones y llamas día a la luz y tinieblas a la noche. Porque ¿quién es el que nos discierne sino tú? Y ¿qué tenemos que no lo hayamos recibido de ti, nosotros, vasos de honor, sacados de la misma arcilla de la que otros han sido hechos vasos de ignominia?

CAPÍTULO XV
Firmamento espiritual es la autoridad de la Escritura


16. ¿Y quién sino tú, Dios nuestro, hizo para nosotros y sobre nosotros ese firmamento de autoridad en tu divina Escritura? Porque el cielo se plegará como un libro, mas ahora se extiende como una piel sobre nosotros. Porque de más sublime autoridad está revestida tu divina Escritura después que rindieron tributo a esta vida mortal aquellos mortales [hagiógrafos] por cuyo medio nos comunicaste aquélla. Y tú sabes, Señor, tú sabes cómo vestiste de pieles a los hombres cuando se hicieron mortales por el pecado. Por eso extendiste como una piel el firmamento de tu libro, tus concordes palabras, las cuales por ministerio de mortales colocaste sobre nosotros. Porque con la muerte misma de éstos se extendió de modo sublime sobre todas las cosas que tiene debajo la solidez de la autoridad de tus palabras, dadas a luz por ellos la cual, viviendo ellos aquí, no se hallaba tan sublimemente extendida, pues todavía no habías extendido el cielo como una piel ni habías aún dilatado la fama de su muerte por todas partes.

17. Veamos, Señor, los cielos, obra de tus dedos; purifica nuestros ojos de la nube con que los tienes velados. Allí está tu testimonio, dando sabiduría a los pequeñuelos. Saca, Señor, tu alabanza de la boca de los niños, y que aún maman. Porque no conocemos otros libros que tanto destruyan la soberbia, que tanto desbaraten al enemigo y defensor que resiste a tu conciliación, defendiendo sus pecados. No conozco, Señor, no conozco otros oráculos tan puros que tanto me persuadan a la confesión, y sometan mi cerviz a tu yugo, y me inviten a servirte gratis. ¡Que yo los entienda, Padre bueno! Concédeme esto a mí, ya sometido, puesto que para los sometidos las has establecido.

18. Otras aguas hay sobre este firmamento, a lo que yo creo inmortales y al abrigo de toda corrupción terrena. Alaben tu nombre, alábente los pueblos supracelestes de tus ángeles, los cuales no tienen necesidad de mirar este firmamento y conocer tu palabra leyendo. Porque ven siempre tu faz y allí leen sin las sílabas de los tiempos lo que quiere tu voluntad eterna. Leen, eligen y aman; leen siempre y nunca pasa lo que leen; porque eligiendo y amando leen la misma inmutabilidad de tu consejo. No se cierra su códice ni se pliega su libro; porque tú mismo eres para ellos esto, y tú eres eternamente, porque tú los ordenaste sobre este firmamento, que afirmaste sobre la flaqueza de los pueblos inferiores, en donde viesen y conociesen tu misericordia, que te anuncia temporalmente a ti, que hiciste los tiempos. Porque en el cielo, Señor, está tu misericordia y tu verdad sobre las nubes. Pasan las nubes, mas el cielo permanece. Pasan los predicadores de tu palabra, de esta vida a otra vida; pero tu Escritura se extiende hasta el fin sobre los pueblos. Y pasarán el cielo y la tierra, pero tus palabras no pasarán; se plegará la piel, y el heno sobre el que se extendía pasará con su brillantez; mas tu palabra permanecerá eternamente. Lo cual se nos muestra ahora en el enigma de las nubes y en el espejo del cielo, no como realmente es; porque también nosotros, aunque seamos amados de tu Hijo, no se nos ha mostrado aún lo que seremos. Miró a través del velo de la carne y nos acarició y nos inflamó, y corrimos tras su aroma. Pero cuando apareciere, seremos semejantes a él, porque le veremos tal cual es; tal cual es, Señor, nuestra capacidad de visión, que todavía no tenemos.

CAPÍTULO XVI
Solo Dios inmutable se comprende a sí mismo



19. Porque así como tú tienes la totalidad del ser, así tú solo conoces, tú que eres inmutablemente y conoces inmutablemente, y quieres inmutablemente. Y tu esencia conoce y quiere inmutablemente; y tu ciencia existe y quiere inconmutablemente, y tu voluntad existe y conoce inconmutablemente. Ni parece cosa justa en tu presencia que del mismo modo que se conoce a sí misma la luz inconmutable, sea así conocida del entendimiento mudable iluminado. De ahí que mi alma esté delante de ti como tierra sin agua; pues así como de suyo no puede iluminarse a sí misma, así tampoco puede saciarse de sí misma. Porque así como está en ti la fuente de la vida, así en tu luz veremos la luz

CAPÍTULO XVII
Alegoría del mar y tierra seca de las almas



20. ¿Quién ha juntado a los amargados (amaricantes) en una sociedad? Porque idéntico es para ellos el fin temporal y la felicidad terrena, por la que hacen todas las cosas fluctuando por la innumerable diversidad de afanes. ¿Quién sino tú, Señor, que dijiste que se congregasen las aguas en una sola masa y apareciese la tierra árida, sedienta de ti? Porque tuyo es el mar, y tú lo hiciste, y tus manos plasmaron la tierra seca. Porque no se llama mar a la amargura de voluntades, sino a la reunión de aguas. Porque también tú enfrenas los malos apetitos de las almas y les pones límites hasta donde permites que avancen las aguas, para que en ellos se rompa el oleaje haciendo así el mar según el orden de tu imperio que se extiende sobre todas las cosas.

21. Pero las almas sedientas de ti y que aparecen ante ti separadas de la sociedad del mar por otro fin, tú las riegas con una fuente secreta y dulce, a fin de que la tierra dé su fruto. Da, sí; su fruto, y mandándolo tú, su Dios y Señor, produce nuestra alma obras de misericordia según su género, amando a su prójimo con el socorro de las necesidades carnales, teniendo en sí la semilla de aquél por razón de la semejanza porque por nuestra flaqueza es por lo que nos compadecemos y movemos a socorrer a los indigentes, del mismo modo que quisiéramos nosotros que se nos socorriese si nos hallásemos en la misma necesidad; y ello no sólo en las cosas fáciles, como en hierba seminal, sino también en la protección de una ayuda robusta y fuerte, como árbol fructífero, esto es, benéfico, para arrancar al que padece injuria de la mano del poderoso; dándole sombra de protección con el roble poderoso del justo juicio.


CAPÍTULO XVIII
Místicas lumbreras del cielo o alegoría de las actividades apostólicas


22. De este modo, Señor, te ruego, de este modo te ruego que nazca —como tú lo haces, y como tú das la alegría y la facultad—, nazca de la tierra la verdad y mire la justicia, desde el cielo, y sean hechos lumbreras en el firmamento. Partamos con el hambriento nuestro pan, e introduzcamos en casa al necesitado sin techo, vistamos al desnudo y no despreciemos a los domésticos de nuestra semilla. A tales frutos nacidos en la tierra atiende, Señor, porque es bueno; y brote nuestra luz mañanera y, obtenido, a cambio de esta inferior cosecha de la acción, la inteligencia de la palabra de la vida superior en las delicias de la contemplación, aparezcamos en el mundo como lumbreras, adheridos al firmamento de tu Escritura. Allí, en efecto, discutes con nosotros, para que hagamos distinción entre las cosas inteligibles y sensibles, como entre el día y la noche y entre las almas dadas a las cosas inteligibles y a las sensibles, a fin de que no seas tú sólo ya el que en lo escondido de tu juicio, como antes de que fuera hecho el firmamento, hagas distinción entre la luz y las tinieblas, sino también tus espirituales [criaturas], colocadas y diferenciadas en el mismo firmamento, luzcan tu gracia manifestada por todo el orbe sobre la tierra, y hagan distinción entre el día y la noche y signifiquen los tiempos, porque lo viejo pasó y has urgido lo nuevo, y porque ahora está más cerca nuestra salud que cuando creímos, y porque la noche ha precedido y se acercó el día, y porque bendices la corona de tu año, enviando operarios a tu mies, en cuya siembra otros habían trabajado, y enviándolos a otra sementera, cuya mies se recogerá al fin [del mundo].

Así cumples los votos del deseoso y bendices los años del justo, mas tú eres el mismo, y en tus años, que no mueren, preparas el hórreo para los años que pasan.

23. Porque con eterno consejo derramas a sus propios tiempos bienes celestiales sobre la tierra; porque a uno le es dado por el Espíritu la palabra de sabiduría, como a lumbrera mayor, en favor de aquellos que se deleitan con la luz de la verdad clara, como en el principio del día; a otro le es otorgada la palabra de ciencia, según el mismo Espíritu, como a lumbrera menor; a otro la fe, a otro el don de curaciones, a otro el poder de milagros, a otro la profecía, a otro la discreción de espíritus, a otro el don de lenguas todos estos dones [últimos] son como estrellas. Porque todos ellos los obra uno e idéntico Espíritu, que reparte sus dones a cada uno como le place, y hace aparecer estrellas en sitio visible para utilidad de todos. La palabra de la ciencia, en la que están contenidos todos los misterios que cambian con los tiempos, es semejada a la luna; pero la restante lista de dones, que hemos mencionado después como estrellas, cuanto más difieren de aquella claridad de la sabiduría de que goza el precitado día, tanto se hallan más en el principio de la noche. Porque tales dones eran necesarios a aquellos a quienes aquel tu siervo prudentísimo no podía hablar como a espirituales, sino como a carnales, aquel, digo, que hablaba la sabiduría entre los perfectos. Pero como hombre animal, como niño en Cristo que se alimenta de leche, mientras no se robustezca para tomar alimento sólido y fortalezca su vista para contemplar el sol, no abandone su noche, antes conténtese con la luz de la luna y de las estrellas. Estas cosas tienes dispuestas muy sabiamente para nosotros, Dios nuestro, en tu libro, en tu firmamento, a fin de que discernamos todas las cosas con admirable contemplación, aunque sea todavía según los signos, y los tiempos, y los días, y los años.

CAPÍTULO XIX
Disposición del alma apostólica



24. Pero ante todo, lavaos, purificaos, arrancad la maldad de vuestras almas y de la presencia de mi vista, a fin de que aparezca la tierra árida. Aprended a hacer bien, juzgad al pupilo, haced justicia a la viuda, para que la tierra produzca hierba tierna y árboles frutales; y luego venid, dice el Señor, disputemos, a fin de que sean hechas las lumbreras en el firmamento del cielo y luzcan sobre la tierra

Aquel rico quería saber del Maestro bueno qué debía hacer para conseguir la vida eterna. Dígale el Maestro bueno —a quien él juzgaba hombre y nada más, pero que realmente es bueno porque es Dios—, dígale que si quiere conseguir la vida, guarde tus mandamientos separe de sí lo amargo de la malicia y de la iniquidad; que no mate, no fornique, no hurte, no diga falsos testimonios, a fin de que aparezca la tierra seca, y germine el honor de la madre y del padre y la dilección del prójimo.

Todo esto —dijo— lo he practicado. ¿De dónde, pues, tantas espinas si es tierra fructífera? Vete, arranca los espesos zarzales de la avaricia, vende lo que posees, y llénate de frutos dándolo todo a los pobres, y tendrás un tesoro en los cielos, y sigue al Señor si quieres ser perfecto, en compañía de aquellos entre quienes habla la sabiduría, aquel que conoce qué se debe dar al día y qué a la noche, como lo conoces tú, a fin de que sean también para ti lumbreras en el firmamento del cielo, lo cual no se hará si no estuviese allí tu corazón, ni tampoco podrá ser si no estuviera allí tu tesoro, como oíste del Maestro bueno. Pero se contristó la tierra estéril y las espinas sofocaron la palabra

25. Pero vosotros, raza escogida, lo más débil del mundo, que dejasteis todas las cosas para seguir al Señor, id tras él, confundid a los fuertes; id tras él, pies especiosos, y lucid en el firmamento, para que los cielos narren su gloria dividiendo entre la luz de los perfectos, aunque no como la de los ángeles, y las tinieblas de los pequeñuelos, aunque no de los desesperados: lucid sobre toda tierra, y el día, incandescente por el sol, anuncie al día la palabra de la sabiduría; y la noche, esclarecida por la luna, anuncie a la noche la palabra de la ciencia. La luna y las estrellas lucen en la noche, mas no las oscurece la noche, porque ellas mismas la iluminan, según su capacidad.

Ved aquí como si Dios dijera: Háganse lumbreras en el firmamento del cielo, y al punto se oyó un sonido del cielo, como si sonara un viento vehemente, y fueron vistas lenguas divididas como de fuego, el cual se puso sobre cada uno de ellos, y fueron hechas las lumbreras en el firmamento del cielo, teniendo palabras de vida. Discurrid por todas partes, fuegos santos, fuegos hermosos. Vosotros sois la luz del mundo, y no estáis debajo del celemín. Ha sido exaltado Aquel a quien os juntasteis, y os exaltará a vosotros. Discurrid y dadle a conocer a todas las gentes.

CAPÍTULO XX
Simbolismos del agua

26. Conciba aún el mar, y dé a luz tus obras, y las aguas produzcan reptiles de almas vivas. Porque, separando lo precioso de lo vil, habéis sido hechos boca de Dios, por la que dice: Produzcan las aguas, no el alma viva que debe producir la tierra, sino reptiles de almas vivas y volátiles que, vuelen sobre la tierra. Porque tus sacramentos, ¡oh Dios! reptaron por las obras de tus santos en medio de las olas de las tentaciones del siglo, para imbuir a las gentes con tu nombre en tu bautismo. Y de ellos algunos fueron hechos grandezas maravillosas, como los grandes cetáceos, y las voces de tus mensajeros volando sobre la tierra junto al firmamento de tu libro, propuesto a sí mismo como autoridad, bajo la cual revoloteen adondequiera que vayan. Porque no hay lengua ni palabras en las que no se oigan sus voces de ellos, habiéndose extendido por todo el mundo sus sonidos y llegado sus palabras hasta los confines de la tierra, porque tú, Señor, bendiciéndolas, las multiplicaste.

27. ¿Miento yo, por ventura, o soy un mistificador y no distingo los claros conocimientos de estas cosas en el firmamento del cielo, así como las obras corporales en el proceloso mar y por debajo del firmamento del cielo? Porque de las cosas susodichas existen nociones sólidas y cabales, que no reciben aumento de las generaciones, como las luces de la sabiduría y de la ciencia. De estas mismas cosas existen operaciones corporales muchas y varias, y creciendo una de otra se multiplican con tu bendición, ¡oh Dios!, que has tenido a bien reparar el fastidio de los sentidos mortales, para que en el conocimiento del alma la cosa que es única sea por las mociones del cuerpo figurada y dicha de muchos modos. Las aguas produjeron estas cosas, pero en tu palabra. Las necesidades de los pueblos extraños a la eternidad de tu verdad produjeron estas cosas, pero en tu Evangelio; porque las mismas aguas arrojaron éstas, cuya amarga languidez fue causa de que éstas saliesen a luz por tu palabra.

28. Hermosas son todas las cosas haciéndolas tú; mas he aquí que tú, que las has hecho todas, eres inenarrablemente más hermoso. Si Adán no se hubiera apartado de ti por la caída, de su seno no se hubiera difundido el salitre del mar, es decir, el linaje humano profundamente curioso, y procelosamente hinchado, e inestablemente fluido; y así no hubiera sido necesario que tus ministros obrasen místicos hechos y dichos corporal y sensiblemente en muchas aguas. Pues así se me han presentado ahora los reptiles y volátiles, por los cuales imbuidos los hombres e iniciados, sometidos a sacramentos corporales, no fuesen más allá, a no ser que el alma viviese espiritualmente en otro grado y mirase a la consumación después de la palabra del principio.

CAPÍTULO XXI
Simbolismos de la tierra


29. Y por esta razón, por tu palabra, no es ya la profundidad del mar, sino la tierra separada de lo amargo de las aguas, la que produce, no los reptiles de almas vivas y los volátiles, sino el alma viva. Porque ya no tiene necesidad del bautismo, necesario para los gentiles, como la tenía cuando estaba anegada por las aguas, pues ya no se entra de otro modo en el reino de los cielos desde que tú estableciste que se entrase de esa manera. Ni busca las grandezas de tus maravillas, para que tenga fe, puesto que no es de aquellos que no creen si no vieren signos y prodigios, estando ya separada la tierra fiel de las aguas del mar amargas en su infidelidad; y sabe que las lenguas son signos no para los fieles, sino para los infieles

Tampoco tiene necesidad la tierra, que fundaste sobre las aguas, de este género volátil, que las aguas produjeron por tu palabra. Envía a ella tu palabra por medio de tus nuncios —puesto que, aunque narramos sus obras, tú eres, sin embargo, quien obras en ellos— y produzcan el alma viva. La tierra la produce, porque la tierra es causa de que éstas se obren en ella, como fue la causa el mar de que se produjesen los reptiles de alma viva y los volátiles que vuelan debajo del firmamento del cielo, de los cuales ya no tiene necesidad la tierra aunque coma el pez, sacado del profundo, en aquella mesa que preparaste delante de los fieles; porque por eso fue sacado del profundo, para que alimente a la tierra seca.

También las aves son generación marina: no obstante, se multiplican sobre la tierra. Porque la infidelidad de los hombres fue causa de las primeras voces de los evangelizadores, aunque también los fieles son exhortados y bendecidos por ellos de mil modos de día en día. Pero el alma viviente toma su principio de la tierra, porque ya no aprovecha a los fieles, sino el contenerse del amor de este mundo, para que viva para ti su alma, que estaba muerta viviendo en delicias, en delicias mortíferas, Señor; porque tú solo eres la delicia vivificadora de un corazón puro.

30. Trabajen, pues, ya en la tierra tus ministros, no como en las aguas de la infidelidad, anunciando y hablando por milagros, sacramentos y voces místicas que atraen la atención de la ignorancia, madre de la admiración, por el temor de estos signos misteriosos —porque tal es la entrada a la fe en los hijos de Adán olvidados de ti en tanto que se esconden de tu faz y se hacen abismo—, sino trabajen también como en la tierra seca, separada de los peligros del abismo, y sean para los fieles modelo viviendo entre ellos excitándolos a la imitación. Porque de este modo oyen no sólo para oír, sino también para obrar. Buscad a Dios y vivirá vuestra alma, para que la tierra produzca el alma viva. No queráis conformaros con este mundo, absteneos de él. Evitando aquellas cosas que apeteciéndolas muere, es como vive el alma. Absteneos de la cruel firmeza de la soberbia, de la indolente voluptuosidad de la lujuria y del nombre falaz de la ciencia, a fin de que sean las bestias amansadas, y los brutos domados, y las serpientes inocuas. Movimientos de alma son éstos de un sentido alegórico; pero el fausto del orgullo, y el deleite de la libídine, y el veneno de la curiosidad son movimientos de un alma muerta; porque no muere ésta de modo que carezca de todo movimiento, sino que muere apartándose de la fuente de la vida, y ya así es recibida por el mundo pasajero y se conforma con él.

31. Pero tu Palabra, ¡oh Dios!, es fuente de vida eterna y no pasa; por eso en tu palabra es cohibido aquel apartamiento de él, cuando se nos dice: No queráis conformaros con este siglo, para que la tierra produzca en la misma fuente de la vida el alma viviente, y en tu palabra, por medio de tus evangelistas, un alma continente, imitando a los imitadores de tu Cristo. Porque esto es lo que quieren decir las palabras según su género, porque la emulación del varón viene del amigo: Haceos —dice— como yo, pues yo me hago como vosotros. Así en el alma viva habrá bestias buenas por la mansedumbre de sus acciones. Porque tú lo has ordenado diciendo: Haz tus obras con mansedumbre y serás amado de todo hombre. También habrá brutos buenos, que no estarán hartos si comieren, ni necesitados si no comieren; y serpientes buenas, no perniciosas para dañar, sino astutas para defenderse, y que exploran la naturaleza temporal en tanto cuanto basta para que por la inteligencia de las cosas creadas vislumbren la eternidad. Porque tales animales sirven a la razón cuando, refrenados para que no hagan progresos mortíferos, viven y son buenos.

CAPÍTULO XXII
La criatura humana a imagen y semejanza de Dios


32. Porque he aquí, Señor Dios nuestro y creador nuestro, que cuando fueren cohibidas del amor del siglo aquellas afecciones con las cuales moriríamos viviendo mal, y comenzare a ser alma viviente viviendo bien, y fuere cumplida tu palabra, que dijiste por tu Apóstol: No queráis conformaros con este siglo, se seguirá también aquello otro que añadiste al punto y dijiste: reformaos en la novedad de vuestra mente, no ya según su género, como imitando al prójimo que nos precede, ni viviendo según la autoridad de un hombre mejor. Porque no dijiste: «Sea hecho el hombre según su género», sino: Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza, para que nosotros probemos cuál sea tu voluntad. Pues a este fin, aquel tu dispensador, engendrando hijos por el Evangelio y no queriendo tener siempre de párvulos a estos que él nutriera con leche y fomentara como una nodriza, dijo: Reformaos en la novedad de vuestra mente a fin de conocer la voluntad de Dios y qué sea lo bueno, agradable y perfecto. Y por eso no dices: Sea hecho el hombre, sino: Hagámosle; ni dices según su género, sino a imagen y semejanza nuestra. Porque, renovado en la mente y contemplando tu verdad inteligible, no necesita de hombre que se la muestre para que imite a su género, sino que, teniéndote por guía, él mismo conoce cuál sea tu voluntad y qué es lo bueno, agradable y perfecto; y ya capaz, tú le enseñes a ver la Trinidad de su Unidad o la Unidad de su Trinidad. Y por eso habiendo dicho en plural: Hagamos al hombre, añadió en singular: e hizo Dios al hombre; y a lo dicho en plural: a imagen nuestra, repuso en singular: a imagen de Dios. Así es como el hombre se renueva en el conocimiento de Dios según la imagen de aquel que le ha creado; y, hecho espiritual, juzga de todas las cosas, que ciertamente han de ser juzgadas; mas él de nadie es juzgado.

CAPÍTULO XXIII
Potestad del hombre espiritual


33. En cuanto a que juzga todas las cosas, es lo mismo que decir que tiene potestad sobre los peces del mar, y las aves del cielo, y todas las bestias y fieras, y toda la tierra, y todos los reptiles que reptan sobre la tierra. Esto lo ejecuta por la inteligencia, por medio de la cual percibe las cosas que son del Espíritu de Dios. Mas, por el contrario, el hombre constituido en tal honor no lo entendió, siendo comparado con los jumentos insensatos y hecho semejante a ellos.

Pero en tu Iglesia, ¡oh Dios nuestro!, conforme a la gracia que tú le has dado, porque somos obra de tus manos, creados para obras buenas, tanto los que espiritualmente presiden como los que espiritualmente obedecen a los que presiden pues tú hiciste al hombre de este modo varón y mujer según tu gracia espiritual, en la que ya no importa sexo corporal de varón y mujer, por no haber judío, ni griego, ni esclavo, ni libre; tanto, digo, los que presiden como los que obedecen, juzgan ya espiritualmente no de los conocimientos espirituales que brillan en el firmamento, porque no conviene juzgar de tan sublime autoridad; ni siquiera de tu mismo Libro, aunque haya algo en él que no luzca; porque sometemos a él nuestra inteligencia y tenemos por cierto aun aquello que está cerrado a nuestras miradas y que está dicho recta y verazmente.

Porque el hombre, aunque ya espiritual y renovado por el conocimiento de Dios según la imagen del que le ha creado, debe, sin embargo, ser así obrador de la ley y no juez. Ni tampoco juzga de aquella distinción entre hombres espirituales y carnales, que son, ¡oh Dios nuestro!, bien conocidos para tus ojos, aunque no se nos han manifestado a nosotros con obra alguna todavía para que les conozcamos por sus frutos; pero tú, Señor, ya les conoces, y los has dividido y llamado en secreto antes de que fuera hecho el firmamento.

Tampoco juzga el hombre, aunque espiritual, de los turbulentos pueblos de este mundo. Porque ¿qué le va a él en juzgar de los que están fuera, ignorando quién vendrá de allí a la dulzura de tu gracia y quién permanecerá en la perpetua amargura de la impiedad?

34. Por eso el hombre, a quien tú hiciste a tu imagen, no recibió potestad sobre los luminares del cielo, ni sobre el mismo cielo invisible, ni sobre el día y la noche, que llamaste antes de la constitución del cielo; ni sobre la congregación de las aguas, que es el mar; sino que la recibió sobre los peces del mar, y las aves del cielo, y todas las bestias, y toda la tierra, y todos los reptiles que reptan sobre ella. Porque él juzga y aprueba lo que halla recto, y, al contrario, desaprueba lo que encuentra vicioso, sea en aquella solemnidad de rituales con que son iniciados los que tu misericordia busca en las aguas profundas, sea en aquella otra en que es presentado aquel pez que, sacado del profundo, come la tierra piadosa, sea, finalmente, en los signos de las palabras y en las voces sujetas a la autoridad de tu Libro, como revoloteando bajo el firmamento, interpretando, exponiendo, disertando, disputando, bendiciendo e invocándote con signos que brotan y suenan en la boca, para que el pueblo diga: Amén.

La causa de que deban ser pronunciadas físicamente todas estas palabras es el abismo mundano y la ceguera de la carne, por la que no pueden ser vistos los pensamientos, siendo necesario hacer ruido en los oídos. Así, aunque se multipliquen las aves sobre la tierra, con todo traen su origen de las aguas. Juzga también el que es espiritual, aprobando lo bueno y reprobando lo malo que hallare en las obras y costumbres de los fieles, de las limosnas como de tierra fructífera, y del alma viva por los afectos domeñados por la castidad, por medio de ayunos y de pensamientos piadosos, por la parte que en ellos toman los sentidos del cuerpo. Porque ahora se dice que juzga de aquellas cosas en las cuales tiene facultad de corregir

CAPÍTULO XXIV
La bendición de Dios

35. Pero ¿qué es esto y qué misterio hay en ello? He aquí que tú, Señor, bendices a los hombres para que crezcan y se multipliquen y llenen la tierra. ¿Es verdad que no nos indicas nada con esto, a fin de que entendamos algún tanto por qué no bendijiste igualmente la luz, a la que llamaste día, ni el firmamento del cielo, ni a los luminares, ni a las estrellas, ni a la tierra, ni al mar? Yo diría que tú, nuestro Dios, que nos has creado a tu imagen, yo diría que tú quisiste otorgar propiamente este don de bendición al hombre, si no hubieras bendecido también de este modo a los peces y cetáceos, para que creciesen, y se multiplicasen, y llenasen las aguas del mar, y se multiplicasen las aves sobre la tierra.

Asimismo, diría que esta bendición pertenece a aquellos géneros de cosas que, engendrando de sí mismos, se multiplican, si la hallase también en los arbustos, frutales y bestias de la tierra. Ahora bien, ni a las hierbas y plantas ni a las bestias y serpientes se ha dicho: Creced y multiplicaos, no obstante que también todas estas cosas aumenten y conserven su especie engendrando, como los peces, las aves y los seres humanos.

36. ¿Qué, pues? ¿Diré, ¡oh Luz mía, oh Verdad!, que huelga esto y que ha sido dicho en vano? De ningún modo, ¡oh Padre de la piedad!; lejos esté de tu siervo que diga semejante cosa de tu palabra. Y si yo no entiendo lo que quieres significar con esta expresión, usen de ella mejor los mejores, esto es, los que son más inteligentes que yo, cada cual según el saber que tú le hayas dado. Sea, pues, agradable ante tus ojos mi confesión, por la que te confieso, Señor, mi creencia de no haber tú hablado así en vano. Ni tampoco callaré lo que se me ocurriere con ocasión de esta lectura. Porque ello es verdad y no veo nada que me impida entender de este modo los relatos figurados de tus libros, pues sé que lo que es entendido de un solo modo por la mente puede ser expresado de muchos por el cuerpo, y lo que se expresa de un modo por el cuerpo puede entenderse de muchos por la mente. Sirva de ejemplo la simple noción de amor de Dios y del prójimo, con cuántos misterios y con cuántas lenguas, y en cada lengua, de cuán infinitos modos es enunciada corporalmente. Así es como crecen y se multiplican los embriones de las aguas.

Atiende nuevamente, cualquiera que seas tú el que esto lea; he aquí que de un solo modo presenta la Escritura y la voz pronuncia: En el principio creó Dios el cielo y la tierra. ¿Por ventura no es cierto que puede entenderse esto de muchos modos, no por falacia del error, sino por los diversos géneros de interpretaciones verdaderas? Así es como crecen y se multiplican los gérmenes humanos.

37. Y así, si entendemos las mismas naturalezas de las cosas no en sentido alegórico, sino propio, conviene el pasaje creced y multiplicaos a todas las cosas que son engendradas de semillas; pero si las tratamos en sentido figurado —lo que creo más bien que fue lo que intentó la Escritura, que no en vano atribuye esta bendición a solos los gérmenes de los animales acuáticos y de los hombres—, hallaremos ciertamente multitudes, tanto en las criaturas espirituales y corpóreas como en el cielo y la tierra; tanto en las almas justas y pecadoras, como en la luz y las tinieblas; tanto en los santos autores por quienes nos ha sido suministrada la Ley, como en el firmamento colocado entre las aguas; en la sociedad de los pueblos amargos, como en el mar; en el cielo de las almas pías, como en la tierra seca; en las obras de misericordia, según la vida presente, como en las hierbas seminales y en los árboles frutales; en los dones espirituales manifestados para utilidad, como en los luminares del cielo, y en los afectos formados por la templanza, como en el alma viva. En todas estas cosas hallamos multitudes, abundancias y aumentos; pero el que de tal modo crezca y se multiplique que, siendo una cosa sola, sea enunciada de muchos modos y que una sola enunciación sea entendida de muchas maneras, no lo hallamos sino en los signos corporalmente expresados y en las cosas inteligiblemente concebidas.

Por generaciones de las aguas entendemos los signos corporalmente expresados por causa de nuestra profunda corporeidad; y por generaciones humanas entendemos los conceptos inteligiblemente concebidos por la fecundidad de la razón.

Y ésta es la causa por qué hemos creído que a uno y otro de estos géneros les ha sido dicho por ti, Señor: Creced y multiplicaos, porque por esta bendición entiendo que nos ha sido concedida por ti la facultad y poder para expresar de muchas maneras lo que hubiéramos entendido de una sola, y de entender de muchos modos lo que leemos enunciado oscuramente de un solo modo. Y de esta manera es como se llenan de peces las aguas del mar, que no se mueven sino por los diversos signos corporales, y así también es como se llena la tierra de seres humanos, cuya aridez estimula el afán de saber bajo el control de la razón.

CAPÍTULO XXV
Frutos evangélicos de la tierra


38. También quiero decir, Señor Dios mío, lo que me advierte tu Escritura en lo que sigue; y lo diré sin avergonzarme, porque diré cosas verdaderas, inspirándome tú lo que de tales palabras quieres que diga. Porque no creo que diga verdad inspirándome otro fuera de ti, siendo tú la verdad, y todo hombre, mentiroso. Por eso, quien habla la mentira, habla de lo suyo. Luego para que yo hable la verdad debo hablar de lo tuyo.

He aquí que nos has dado para comida toda planta sativa que lleva simiente, la cual existe sobre toda tierra, y todo árbol que tiene en sí fruto de semilla sativa. Y no para nosotros solos, sino también para todo volátil y bestias de la tierra y serpientes; pero no para los peces y grandes cetáceos. Porque decíamos que por los frutos de la tierra se significaban y figuraban alegóricamente las obras de misericordia que son ofrecidas por la fructífera tierra para las necesidades de esta vida. Tal tierra era el piadoso Onesíforo, a cuya casa comunicaste misericordia por haber ofrecido alivio frecuente a tu Pablo sin haber tenido rubor de sus cadenas

Y esto hicieron otros hermanos que fructificaron con tal fruto supliendo desde Macedonia lo que le faltaba a Pablo. Pero ¡cómo se duele él de otros árboles que no le dieron el fruto debido, cuando dice: En mi primera defensa nadie me asistió, antes todos me abandonaron; no les sea esto imputado. Porque estos frutos les son debidos a los que ministran la doctrina racional por medio de la inteligencia de los misterios divinos, y se les deben como a hombres; más aún, se les deben como a alma viviente en cuanto se nos ofrecen para ser imitados en toda suerte de continencia. También se les deben como a aves de cielo por sus bendiciones, que se multiplican sobre la tierra, porque a toda la tierra llegó el sonido de su palabra.

CAPÍTULO XXVI
Fruto e intención de hacer el bien



39. Se alimentaban con estos manjares quienes se gozan en ellos; pero no se gozan en ellos los que tienen a su vientre por Dios. Porque en aquellos que los proporcionan no es el fruto lo que dan, sino la intención con que lo dan. Y así veo con toda claridad de dónde se gozaba aquel que servía a Dios, no a su vientre; le veo y le doy el parabién con toda el alma. Porque había recibido [Pablo] de los filipenses las cosas que le habían enviado por Epafrodito. Pero ya veo de dónde le venía el gozo; le venía el gozo de allí, de donde se alimentaba, porque, hablando con verdad, dijo: Me he alegrado vehementemente en el Señor, porque al fin habéis reavivado alguna vez hacia mí aquellos sentimientos en que antes abundabais y que os habían causado tedio. Estos, en efecto, con el largo tedio se habían marchitado y casi secado en orden a este fruto de buenas obras. Y [Pablo] se goza por ellos, no por él, porque brotaron, porque socorrieron su indigencia. Por esto dice a continuación: No digo esto porque me haya faltado algo; porque he aprendido a bastarme con las cosas que tengo. Sé lo que es tener poco y lo que es abundar; he probado todas las cosas y estoy hecho a todo: a estar harto, a tener hambre, a abundar y a padecer penuria; todo lo puedo en aquel que me conforta

40. ¿En qué, pues, te gozas, oh gran Pablo? ¿En qué te gozas? ¿En qué te apacientas, ¡oh hombre!, renovado en el conocimiento de Dios, según la imagen de aquel que te ha creado, ya alma viva por tan gran continencia, ya lengua voladora que habla misterios? Porque a tales animales les es debido este manjar. ¿Qué es lo que te alimenta? La alegría. Oigamos lo que sigue: Sin embargo —dice—, hicisteis bien participando de mi tribulación. De esto es de lo que se goza, de esto es de lo que se alimenta: porque obraron bien con él, no porque fuera aliviada su angustia, según aquel que te dice: En la tribulación me ensanchaste; porque también supo en ti, que eres quien le confortas, lo que es abundar y padecer penuria. Porque también vosotros, ¡oh filipenses! —dice—, sabéis que en el principio de mi predicación, cuando salí de Macedonia, ninguna iglesia me asistió con sus bienes en razón de lo dado y recibido, sino únicamente vosotros; porque una y más veces enviasteis a Tesalónica con qué atender a mis necesidades. Gózase [Pablo] ahora de que hayan vuelto a estas buenas obras, y se alegra que hayan brotado como la fertilidad del campo que revive.

41. Pero ¿es acaso por razón de sus necesidades por lo que dijo: Me enviasteis para remedio de mis necesidades? ¿Es acaso por esto por lo que se goza? No es por esto. Mas ¿de dónde sabemos esto? De lo que él mismo añade, diciendo: No porque busque la dádiva, sino porque deseo el fruto. He aprendido de ti, Dios mío, a distinguir entre el don y el fruto. Don es la cosa que da quien socorre tales necesidades, como, por ejemplo, el dinero, la comida, la bebida, el vestido, el hospedaje, la ayuda. Mas el fruto es la buena y recta voluntad del dador. Porque no dice solamente el Maestro: El que recibiere al profeta, sino que añadió a título de profeta. Ni dijo solamente: El que recibiere al justo, sino que añadió: a título de justo; porque así es como recibí aquél la merced del profeta y éste la del justo. Ni dijo solamente: El que diera a uno de mis pequeñuelos un vaso de agua fría, sino que añadió: únicamente a título de discípulo; y así agregó: En verdad os digo que no perderá su recompensa. Don es recibir al profeta, recibir al justo, dar un vaso de agua fría al discípulo; fruto, hacer esto a título de profeta, a título de justo, a título de discípulo. Con el fruto era alimentado Elías por la viuda, que sabía que alimentaba a un hombre de Dios y como a tal lo alimentaba; pero por el cuerpo era alimentado con el don. Ni era el Elías interior, sino el exterior, el que era alimentado, y que también era el que por falta de tal alimento podía morir.

CAPÍTULO XXVII
Simbolismo de los peces y cetáceos


42. Por eso diré la verdad en tu presencia, Señor. Cuando hombres ignorantes e infieles —para iniciar y ganar a los cuales son necesarios los sacramentos de iniciación y las grandezas de los milagros, los cuales creemos que han sido significados con los nombres de peces y cetáceos— acogen físicamente a tus siervos para sustentarlos o ayudarles en alguna necesidad de la vida presente, ignorando el porqué lo deben hacer y con qué fin, así ni aquéllos sustentan a éstos, ni éstos son sustentados por aquéllos; porque ni aquéllos obran estas cosas con santa y recta intención, ni éstos se alegran con las dádivas de aquéllos, al no ver todavía fruto. Porque, realmente, el alma se alimenta de aquello de que se alegra. Y ésta es la razón por qué los peces y los cetáceos no comen los alimentos que solo produce la tierra ya separada y apartada del amargor de las ondas marinas

 CAPÍTULO XXVIII
Y todas las cosas creadas eran muy buenas


43. Y viste, Señor, todo lo que hiciste y era muy bueno también nosotros lo vemos y nos parece muy bueno. En cada uno de los géneros de tus obras, cuando dijiste que se hicieran y se hicieron, viste que cada uno de ellos era bueno. He contabilizado que siete veces dice la Escritura que viste que era bueno lo que creaste, y la octava nos dices que viste todas las cosas que hiciste y que no eran simplemente buenas, sino muy buenas, todas ellas en conjunto. Porque tomadas cada una de por sí, son todas buenas; pero todas ellas juntas son buenas y muy buenas. Esto mismo se dice también de los cuerpos hermosos: que mucho más bello es un cuerpo formado de miembros todos ellos hermosos que cada miembro en particular por bello que sea, debido a la simbiosis ordenadísima del conjunto.

CAPÍTULO XXIX
Dios nos ve y habla desde su eternidad


44. Y puse atención para ver si eran siete u ocho veces las que viste que eran buenas tus obras cuando te agradaron; pero en tu visión no hallé tiempos por los que entendiera que otras tantas veces viste lo que hiciste; y dije: ¡Oh Señor!, ¿acaso no es verdadera esta Escritura tuya, cuando tú, veraz y la misma Verdad, eres el que la has promulgado? ¿Por qué, pues, me dices tú que en tu visión no hay tiempos, si esta tu Escritura me dice que por cada uno de los días viste que las cosas que hiciste eran buenas, y contando las veces hallé ser otras tantas? A esto me dices tú, porque tú eres mi Dios, y lo dices con voz fuerte en el oído interior a mí, tu siervo, rompiendo mi sordera y gritando: ¡Oh hombre!, lo que dice mi Escritura eso mismo digo yo; pero ella lo dice en orden al tiempo, mientras el tiempo no tiene que ver con mi palabra, que permanece conmigo igual en la eternidad; y así, aquellas cosas que vosotros veis por mi Espíritu, yo las veo; y asimismo, las que vosotros decís por mi Espíritu, yo las digo. Pero viéndolas vosotros temporalmente, yo no las veo temporalmente, así como, diciéndolas vosotros temporalmente, yo no las digo temporalmente.

CAPÍTULO XXX
Origen del mundo según los maniqueos


45. He oído, Señor Dios mío, y he gustado una gota de la dulzura de tu verdad, y he entendido que hay algunos a quienes desagradan tus obras, muchas de las cuales, dicen, las hiciste compelido por la necesidad, como la fábrica de los cielos y el ordenamiento de los astros; y esto, no de cosa tuya, sino que ya antes existían estas obras creadas en otro lugar y con otro origen; y que tú las redujiste, ajustaste y coordinaste, cuando de los enemigos vencidos fabricaste la fortaleza de este mundo, para que cautivos en esta construcción no pudieran rebelarse nuevamente contra ti; pero que otras cosas, como las carnes y los animales diminutos y todo lo que echa raíces en la tierra, ni las has hecho tú ni de ningún modo las has ajustado, sino que las ha engendrado y formado una mente enemiga y una naturaleza diferente de ti y no creada por ti. Locos, dicen estas cosas porque no ven tus obras a través de tu Espíritu, ni te conocen en ellas.

CAPÍTULO XXXI
Las obras de Dios deben verse desde el Espíritu de Dios


46. Pero los que ven las obras a través de tu Espíritu, tú eres quien las ves en ellos. Y, por tanto, cuando ellos ven que son buenas, tú eres quien ve que son buenas, y cualesquiera de ellas que por ti les agradan, tú eres quien se agrada en ellas, y las que por tu Espíritu nos agradan, a ti te placen en nosotros. ¿Quién de los hombres sabe las cosas del hombre sino el espíritu del hombre que está en él? Así también, las cosas que son de Dios no las sabe nadie sino el Espíritu de Dios. Pero nosotros —dice— no hemos recibido el espíritu de este mundo, sino el espíritu que es de Dios, para que sepamos las cosas que nos han sido donadas por Dios. No obstante, me siento tentado a preguntar: Ciertamente que nadie sabe las cosas que son de Dios sino el Espíritu de Dios; pero ¿cómo sabemos nosotros también las cosas que nos han sido donadas por Dios? Y oigo que se me responde: Las cosas que sabemos por su Espíritu, puede decirse que no las sabe nadie sino el Espíritu de Dios. Porque así como se ha dicho acertadamente de aquellos que habían de hablar con el Espíritu de Dios: No sois vosotros los que habláis, así también de los que conocen las cosas por el Espíritu de Dios se dice rectamente: No sois vosotros los que conocéis; y, consiguientemente, a los que ven con el Espíritu de Dios se les dice no menos rectamente: No sois vosotros los que veis. Así, cuanto ven en el Espíritu de Dios que es bueno, no son ellos, sino es Dios el que ve que es bueno. Una cosa es, pues, que uno juzgue que es malo lo que es bueno, como hacen los que hemos dicho antes; otra, que lo que es bueno vea el hombre que es bueno, como sucede a muchos, a quienes agrada tu creación porque es buena, y, sin embargo, no les agradas tú en ella, por lo que quieren gozar más de ella que de ti; y otra, finalmente, el que cuando el hombre ve algo que es bueno, es Dios el que ve en él que es bueno, para que Dios sea amado en su obra, el cual no lo sería si no fuera por el Espíritu que nos ha dado; porque el amor de Dios se ha difundido en nuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos ha dado, por el cual vemos que es bueno cuanto de algún modo es, porque procede de aquel que existe, no de cualquier modo, sino por esencia.

CAPÍTULO XXXII
Recapitulación y gratitud por la obra de la creación


47. ¡Gracias te sean dadas, Señor! Vemos el cielo y la tierra, ya la parte corpórea superior e inferior, ya la creación espiritual y corporal; y en el adorno de estas dos partes de que consta, ya la mole entera del mundo, ya la creación universal sin excepción, vemos la luz creada y separada de las tinieblas. Vemos el firmamento del cielo, sea el que está entre las aguas espirituales superiores y las corporales inferiores, cuerpo primario del mundo; sea este espacio de aire —porque también esto se llama cielo— por el que vagan las aves del cielo entre las aguas que van sobre ellas en forma de vapor y se condensan en las noches serenas en forma de rocío, y estas otras que corren pesadas sobre la tierra. Vemos en los vastos espacios del mar la belleza de las aguas reunidas, y la tierra seca, ya desnuda, ya formada de modo que fuere visible y compuesta y madre de hierbas y de árboles. Vemos de lo alto resplandecer las lumbreras: el sol, que se basta para el día, y la luna y las estrellas, que alegran la noche, y con todos los cuales se notan y significan los tiempos. Vemos toda la naturaleza húmeda, fecundada de peces y de monstruos y de aves, porque el espesor del aire que soporta el vuelo de las aves se acrecienta con la evaporación de las aguas. Vemos que la superficie de la tierra se hermosea con animales terrestres, y que el hombre, hecho a tu imagen y semejanza, por esta misma imagen y semejanza, esto es, en virtud de la razón y de la inteligencia, es antepuesto a todos los animales irracionales; pero como en el alma del hombre hay una parte que deliberando es dominante y otra que se somete obedeciendo, así vemos que la mujer fue hecha corporalmente para el varón; la cual, aunque tenga igual naturaleza de inteligencia racional, sin embargo, en cuanto al sexo del cuerpo está sujeta al sexo masculino, del mismo modo que el impulso de la acción se somete a la inteligencia para generar de la razón aptitudes y destrezas con que obrar rectamente. Vemos estas cosas, cada una por sí buena y todas juntas muy buenas.

CAPÍTULO XXXIII
Todas las criaturas de Dios tienen mañana y tarde


48. Te alaban tus obras para que te amemos, y te amamos para que te alaben tus obras, las cuales tienen por razón del tiempo principio y fin, nacimiento y ocaso, aumento y disminución, apariencia y privación. Tienen, pues, consiguientemente, mañana y tarde, parte oculta y parte manifiesta. Porque han sido hechas de la nada por ti, no de ti, ni de alguna cosa no tuya o que ya existiera antes, sino de la materia concreada, esto es, creada a un tiempo por ti porque tú formaste sin ningún intervalo de tiempo su informidad, Porque siendo una cosa la materia del cielo y de la tierra y otra la forma del cielo y de la tierra, tú hiciste, sin embargo, a un tiempo las dos cosas, la materia de la nada absoluta, la forma del mundo de la materia informe, a fin de que la forma siguiese a la materia sin ninguna demora interpuesta.

CAPÍTULO XXXIV
Exposición alegórica de toda la creación


49. También consideramos la significación por qué cosas quisiste que éstas fueren hechas con tal orden o con tal orden descritas, y vimos, por ser cada cosa buena y todas juntas muy buenas en tu Verbo, en tu Único, cielo y tierra, cabeza y cuerpo de la Iglesia, en la predestinación anterior a todos los tiempos sin mañana ni tarde. Pero cuando comenzaste a poner por obra temporalmente las cosas predestinadas para manifestar las cosas ocultas y componer nuestras descomposturas —porque sobre nosotros estaban nuestros pecados y habíamos descendido lejos de ti al abismo tenebroso, sobre el que se cernía tu Espíritu bueno para socorrernos en tiempo oportuno—, y justificaste a los paganos y los separaste de los malvados, y afirmaste la autoridad de tu Libro entre los superiores, que sólo a ti serían dóciles, y los inferiores, que habían de sometérseles a éstos; y congregaste a la sociedad de los infieles en una misma aspiración, a fin, de que apareciesen los anhelos de los fieles y te preparasen obras de misericordia, distribuyendo a los pobres las riquezas terrenas para adquirir las celestiales.

Luego encendiste algunas lumbreras en el firmamento, tus santos, que tienen palabra de vida, y, llenos de carismas espirituales, brillan con soberana autoridad.

Después, para instruir a las gentes infieles, produjiste los sacramentos y milagros visibles, y las voces de palabras según el firmamento de tu Libro —con que fuesen bendecidos también los fieles— de la materia corporal. Más tarde formaste el alma viviente de los fieles por medio de los afectos ordenados con el vigor de la continencia, y, finalmente, renovaste a tu imagen y semejanza al alma, a ti solo sujeta y que no tiene necesidad ninguna de autoridad humana que imitar; y sometiste a la excelencia del entendimiento la actividad racional, como al varón la mujer, y quisiste que todos tus ministerios, necesarios para perfeccionar a los fieles en esta vida, fuesen socorridos por los mismos fieles, en orden a las necesidades temporales, con obras fructuosas para el futuro.

Vemos todas estas cosas y todas son muy buenas, porque tú las ves en nosotros, tú que nos diste el Espíritu con que las viéramos y en ellas te amáramos.

CAPÍTULO XXXV
Dios, la paz sin ocaso


50. Señor Dios, danos la paz, puesto que nos has dado todas las cosas; la paz del descanso, la paz del sábado, la paz sin ocaso. Porque todo este orden hermosísimo de cosas muy buenas, terminados sus fines, pasará; y por eso se hizo en ellas mañana y tarde.

CAPÍTULO XXXVI
Descansaremos en Dios, el sábado de la vida eterna



51. Pero el día séptimo no tiene tarde, ni tiene ocaso, porque lo santificaste para que dure eternamente, a fin de que, así como tú descansaste el día séptimo después de tantas obras sumamente buenas como hiciste, aunque las hiciste estando en reposo, así el oráculo de tu Libro nos advierte que también nosotros, después de nuestras obras, muy buenas, porque tú nos las has donado, descansaremos en ti el sábado de la vida eterna.

CAPÍTULO XXXVII
Dios descansará en nosotros


52. Porque también entonces descansarás en nosotros, del mismo modo que ahora actúas en nosotros; y así será aquel descanso tuyo por nosotros, como ahora son estas obras tuyas por nosotros. Tú, Señor, siempre actúas y siempre descansas; no ves en el tiempo, ni te mueves en el tiempo, ni descansas en el tiempo, y, sin embargo, tú eres el que realizas la visión temporal y el tiempo mismo y el descanso del tiempo.

CAPÍTULO XXXVIII
El sábado del eterno descanso: Llamad y se os abrirá


53. Nosotros, pues, vemos estas cosas, que has hecho, porque son; pero tú, porque las ves, son. Nosotros las vemos externamente, porque son, e internamente, porque son buenas; pero tú las viste hechas allí donde viste que debían ser hechas. Nosotros, en un tiempo, nos hemos sentido movidos a obrar el bien, después que nuestro corazón concibió de tu Espíritu; pero en tiempo anterior fuimos movidos a obrar mal, abandonándote a ti; tú, en cambio, Dios, uno y bueno, nunca has cesado de hacer bien. Algunas de nuestras obras, por gracia tuya, son buenas; pero no sempiternas: después de ellas esperamos descansar en tu grande santificación. Pero tú, bien que no necesitas de ningún otro bien, estás en reposo, porque tú mismo eres tu reposo, tu quietud. Pero ¿qué hombre dará esto a entender a otro hombre? ¿Qué ángel a otro ángel? ¿Qué ángel al hombre? A ti es a quien se debe pedir, en ti es en quien se debe buscar, a ti es a quien se debe llamar: así, así se recibirá, así se encontrará, así se abrirá. Amén.