DEL SUFRIMIENTO A LA PAZ
Hacia una liberación interior
IGNACIO LARRAÑAGA
Hacia una liberación interior
IGNACIO LARRAÑAGA
“Dijo el amigo al amigo, sobre el puente:
mira qué alegres están los peces en el río.
El otro replicó:
¿cómo tú, no-pez,
conoces la alegría de los peces en el río?
Y respondió el primero:
por mi alegría sobre el puente
Apólogo chino
mira qué alegres están los peces en el río.
El otro replicó:
¿cómo tú, no-pez,
conoces la alegría de los peces en el río?
Y respondió el primero:
por mi alegría sobre el puente
Apólogo chino
Aclaración
En el camino de la vida he visto levantarse, en cada encrucijada, la silueta negra y pertinaz del sufrimiento. Es el pan que nunca falta en la mesa humana. También he podido comprobar, por el trato con la gente, que la fe es el lenitivo más eficaz para amortiguar o eliminar el dolor, siempre y cuando sea llama viva en el corazón.
Pero, por desgracia, no siempre es así. Al contrarío, en la mayoría de las personas, la fe es una llama tan pálida y mortecina que no ofrece ninguna eficacia para transformar el sufrimiento. Incluso muchos la dejaron extinguirse por completo, y para otros, ni siquiera existió nunca.
La intención del presente libro es entregar al lector medios prácticos para que pueda, por sí mismo, neutralizar o al menos, atenuar todo y cualquier sufrimiento. Por eso, Del sufrimiento a la paz dedica los tres primeros capítulos a quienes no tienen fe, o la tienen débil. Y el cuarto, a quienes la tienen fuerte y fecunda. Por una parte, nos moveremos en una perspectiva simplemente humana, prescindiendo de los presupuestos de la fe. Y por otra, ofreceremos una reflexión desde una perspectiva cristiana.
EL AUTOR
Santiago de Chile, 17 de noviembre de 1984.
CAPITULO 1
Pórtico
“Con las piedras que encuentres
en el camino
sé delicado, y llévatelas.
Y si no las puedes cargar a hombros
como hermanas,
al menos, déjalas atrás
como amigas”.
Anónimo
“El hombre es desgraciado
en el camino
sé delicado, y llévatelas.
Y si no las puedes cargar a hombros
como hermanas,
al menos, déjalas atrás
como amigas”.
Anónimo
“El hombre es desgraciado
porque no sabe que es feliz.
¡Eso es todo!
Si cualquiera llega a descubrirlo,
será feliz de inmediato, en ese mismo minuto.
Todo es bueno”.
Dostoyewski
¡Eso es todo!
Si cualquiera llega a descubrirlo,
será feliz de inmediato, en ese mismo minuto.
Todo es bueno”.
Dostoyewski
Al caminar por los viejos senderos del hombre, he quedado sorprendido, más aún, asombrado, al comprobar cómo sufren las gentes día y noche, jóvenes y adultos, ricos y pobres.
Me duele el corazón. Llevo años buscando y enseñando (¿cómo llamarlo, terapias?) para sacar a hombres y mujeres de los pozos profundos en los que están sumergidos. He recorrido tiempo y distancias buscando recetas para enseñar al hombre a enjugar lágrimas, extraer espinas, ahuyentar sombras, liberarse de las agonías y, en fin, llevar a cada puerta un vaso de alegría. ¿Cabe oficio más urgente sobre el planeta?
¡Sufrir a manos llenas, he aquí el misterio de la existencia humana! Sufrimiento que, por cierto, nadie ha deseado, ni invocado, ni convocado, pero que está ahí, como una sombra maldita, a nuestro lado. ¿Cuándo se ausentará? Cuando el hombre mismo se ausente; sólo entonces.
¿Qué hacer con él entre tanto? ¿ Cómo eliminarlo o, al menos, mitigarlo? ¿Cómo sublimarlo? ¿Cómo transformarlo en amigo, o, al menos, en hermano? He aquí el problema fundamental de la Humanidad.
Se dice: mientras haya a mi lado quien sufra, yo no tengo derecho a pensar en mi felicidad.
Estas palabras suenan muy bien, pero son falaces. Tienen una apariencia de verdad; pero, en el fondo, son erróneas. A la primera observación del misterio humano, saltarán a nuestros ojos una serie de evidencias como éstas: los amados aman. Sólo los amados aman. Los amados no pueden dejar de amar.
Sólo los libres liberan, y los libres liberan siempre. Un pedagogo modelo de madurez y estabilidad hace de sus discípulos seres estables y maduros, y esto sin necesidad de muchas palabras. Lo mismo sucede con los padres respecto de sus hijos. Y, por el contrario, un pedagogo inseguro e inhibido, aunque tenga todos los pergaminos doctorales, acaba envolviendo a sus discípulos en un halo de inseguridad.
Los que sufren hacen sufrir. Los fracasados necesitan molestar y lanzar sus dardos contra los que triunfan. Los resentidos inundan de resentimiento su entorno vital. Sólo se sienten felices cuando pueden constatar que todo anda mal, que todos fracasaron. El fracaso de los demás es un alivio para sus propios fracasos; y se compensan de sus frustraciones alegrándose de los fracasos ajenos y esparciendo a los cuatro vientos noticias negativas, muchas veces tergiversadas y siempre magnificadas. Una persona frustrada es verdaderamente temible.
Los sembradores de conflictos, en la familia o en el trabajo, siendo perpetuamente espina y fuego para los demás, lo son porque están en eterno conflicto consigo mismos. No aceptan a nadie porque no se aceptan a sí mismos. Siembran divisiones y odio a su alrededor porque se odian a si mismos.
Es tiempo perdido y pura utopía el preocuparse por hacer felices a los demás si nosotros mismos no lo somos; si nuestra trastienda está llena de escombros, llamas y agonía. Hay que comenzar, pues, por uno mismo.
Sólo haremos felices a los demás en la medida en que nosotros lo seamos. La única manera de amar realmente al prójimo es reconciliándonos con nosotros mismos, aceptándonos y amándonos serenamente. No debe olvidarse que el ideal bíblico se sintetiza en “amar al prójimo como a sí mismo”. La medida es, pues, uno mismo; y cronológicamente es uno mismo antes que el prójimo. Ya constituye un altísimo ideal el llegar a preocuparse por el otro tanto como uno se preocupa por si mismo. Hay que comenzar, pues, por uno mismo.
Al respecto, no faltarán quienes arguyan alegremente: eso es egoísmo. Afirmar esto, sin mayores matizaciones, no deja de ser una superficialidad. Evidentemente, no estamos propiciando un hedonismo egocéntrico y cerrado. Si así fuera, estaríamos frente a un enorme equívoco, que podría resultarnos una trampa mortal. Efectivamente, buscarse a sí mismo, sin otro objetivo que el de ser feliz, equivaldría a encerrarse en el estrecho círculo de un seno materno. Si alguien busca exclusiva y desordenadamente su propia felicidad, haciendo de ella la finalidad última de su existencia, está fatalmente destinado a la muerte, como Narciso; y muerte significa soledad, esterilidad, vacío, tristeza. En sus últimas instancias, el egoísmo avanza siempre acompañado e iluminado por resplandores trágicos; egoísmo es igual a muerte, es decir, el egoísmo acaba siempre en vacío y desolación.
* * *
Estamos hablando, pues, de otra cosa. En este libro nos proponemos dejar al hombre en tales condiciones que sea verdaderamente capaz de amar; y sólo lo será —volvemos a repetirlo— en la medida en que él mismo sea feliz.Y ser feliz quiere decir, concretamente, sufrir menos. En la medida en que se secan las fuentes de sufrimiento, el corazón comienza a llenarse de gozo y libertad. Y sentirse vivo ya constituye, sin más, una pequeña embriaguez; pero el sufrimiento acaba bloqueando esa embriaguez.
Después de todo, no queda otra disyuntiva sino ésta: agonizar o vivir. El sufrimiento hace agonizar al hombre. Eliminando el sufrimiento, el ser humano, automáticamente, recomienza a vivir, a gozar de aquella dicha que llamamos vida. En la medida en que el hombre consigue arrancar las raíces de las penas y dolores, sube el termómetro de la embriaguez y del gozo vital. Vivir, sin más, ya es ser feliz.
Si conseguimos que la gente viva, la fuerza expansiva de ese gozo vital lanzará al hombre hacia sus semejantes con esplendores de primavera y compromisos concretos.
Vámonos, pues, lenta pero firmemente tras esa antorcha. En el camino salvaremos los escollos uno por uno, y caerán las escamas. Y, desde la noche, irá emergiendo palmo a palmo una figura hecha de claridad y alegría: el hombre nuevo que buscamos, reconciliado con el sufrimiento, hermanado con el dolor, peregrino hacia la libertad y el amor.
2. La maldición de la mente
Para entender el misterio doloroso del hombre necesitamos remontar las corrientes zoológicas y navegar contra corriente hasta las remotísimas y dilatadas latitudes prehumanas desde donde venimos.
Luego de esta zambullida en los profundos mares prehumanos, y arribados a los ancestrales más primigenios del hombre, nos encontramos con que los seres anteriores al hombre en la escala general de la vida, los animales, no se hacen problemas para vivir; al contrario, todos sus problemas los encuentran resueltos. Estos seres prehumanos están dotados de mecanismos instintivos mediante los cuales solucionan automáticamente —casi mecánicamente— sus necesidades elementales. Por eso no sufren de preocupación ni de ansiedad.
Un halcón, un reptil, un antílope o un crustáceo viven sumergidos, como en un mar, en el seno gozoso y armonioso de la creación universal. Este seno sin contornos es un inmenso hogar en el que los seres prehumanos viven “cálida” y deleitosamente, y en plena armonía, generada por ese haz de energías instintivas que, como un misterioso entresijo, recorre y unifica a todos y cada uno de los seres de la escala zoológica.
Viven, pues, en una especie de unidad vital con todos los demás seres. No saben de aburrimiento ni de insatisfacción. No tienen problemas, repetimos. No pueden ser más felices de lo que son. Se sienten plenamente realizados. Esta “felicidad” la viven sensorialmente, aunque, como es obvio, no conscientemente.
Así vivía también el hombre en las primeras etapas de su evolución.
Pero en una de esas etapas aquella criatura que hoy llamamos hombre tomó conciencia de sí mismo: supo que sabía, supo quién era. Esta emergencia de la conciencia resultó para el hombre una contingencia de asombrosas, por no decir infinitas, posibilidades; pero, al mismo tiempo, una desventura con características casi de catástrofe.
Sintió que se le rompían las ataduras instintivas que lo ligaban al “paraíso” de aquel hogar feliz. Comenzó a experimentar la típica soledad de un exiliado, de alguien que ha sido expulsado de una venturosa “patria”. Se sintió solitario, porque comenzó a percibir que ahora era él mismo, diferente de los demás y separado de todos; que ya no estaba integrado unitariamente en el inmenso panteón de la creación, y que ya no era parte de aquella entraña tejida con todos los demás seres, sino que estaba aparte. Y, por primera vez, sintió tristeza y soledad.
Despertó de la larga y dulce noche prehumana; y, al despertar y tomar conciencia de sí mismo, la vida misma se le tornó en un enorme y aplastante problema: tenía que aprender a vivir.
Antes la vida se le daba hecha, espontánea y deliciosamente; ahora tendría que aprender a dar los primeros pasos con trabajo y fatiga. Antes el vivir era un hecho consumado; ahora un arte. Antes, una delicia; ahora, un desafío: todo lo tendría que improvisar, con sus correspondientes riesgos. De ahora en adelante, el interrogante será su pan y la incertidumbre su atmósfera.
Este despertar de la conciencia fue equivalente, en exacto paralelismo, al drama de un nacimiento: en el seno materno, la criatura todo lo tenía asegurado: respiraba y se alimentaba de la madre a través del cordón umbilical, sin esfuerzo alguno. Vivía en unidad perfecta con la madre, en una simbiosis plenamente gozosa, sin riesgos ni problemas. Sale a la luz, y todo son problemas: tiene que comenzar a respirar, a alimentarse trabajosamente; y, a lo largo de los años y hasta la muerte, su existencia será un incesante aprender a vivir.
Esto mismo sucedió con el “nacimiento” del hombre en el proceso evolutivo.
* * *
Al tomar conciencia de sí mismo, el hombre midió con precisión sus posibilidades y también sus impotencias. Y estas limitaciones se le transformaron en unos como muros estrechos de una cárcel, dentro de la que se sintió, y se sigue sintiendo, encerrado, sin posibilidad de evasión. ¿Cómo y en qué dirección salir? Y, por primera vez, el hombre se sintió desvalido e impotente.
Sin que se le pidiera autorización, y sin desearlo, se vio empujado al mundo; y, de pronto, se encontró con un ser desconocido, él mismo, en un lugar y tiempo que no había escogido, con una existencia no solicitada y una personalidad no cincelada por él mismo; con misteriosas dicotomías, que, como cuñas, lo dividen y desintegran, sin saber si es amasijo de piel, carne, huesos, nervios y músculos, o si, más allá de todo eso, su existencia tiene algún sentido.
El hombre se miró y se encontró extraño a sí mismo, como si tuviera dos personalidades al mismo tiempo, un ser incomprendido e incomprensible para sí mismo. Un desconcierto, poblado de interrogantes, cubrió sus horizontes como una densa niebla. ¿Quién soy yo? ¿De dónde vengo? ¿A dónde voy? Y sobre todo, ¿qué hacer conmigo mismo?
Levantó sus ojos, y allá, a lo lejos, distinguió oscuramente la roja puerta de la muerte. Se analizó a sí mismo y concluyó que era un ser nacido para morir. Cercado por sus cuatro costados, sitiado como una ciudad indefensa, asediado a diestra y siniestra por las fieras, ¿ cómo escapar? Y la angustia levantó su sombría cabeza, cerrándole el paso; una angustia que fue atenazando sus huesos y sus entrañas. ¿En qué dirección huir? No podía regresar al paraíso de la etapa prehumana; esa retirada estaba clausurada. Y viendo cerradas todas las salidas de la ciudad, el hombre pensó y deseó por primera vez la falsa salida de la muerte.
* * *
La razón lo obliga a caminar por los páramos infinitos hacia metas inaccesibles. Se propone alcanzar una cumbre, y, arribado a la cima, divisa desde allí otra montaña más alta que lo reclama. Alcanzada esta segunda cumbre, distingue desde ella otra altura más eminente que, como una luz fatal, lo seduce irresistiblemente. Alcanza también esta altura..., y así sucesivamente, su vida es un proyecto escalonado de cumbres cada vez más elevadas y cada vez más lejanas, lo que acaba dejándolo perpetuamente desazonado e inquieto.
Condenado a caminar siempre, siempre más adelante, el hombre no puede detenerse, porque está sometido a un imperativo categórico que no lo deja en paz, sino que lo impulsa hacia una odisea que nunca acabará, en dirección de una Tierra Prometida a la que nunca llegará. El hombre es un arco en tensión destinado a alcanzar estrellas imposibles.
Seducido por lo desconocido, irrumpe en las regiones ignotas para descifrar enigmas y llenar de respuestas los espacios vacíos. Vive atormentado por anhelos anteriores que ni él mismo entiende y que, por otra parte, es incapaz de sosegar; que lo arrastran hacia lo infinito y lo absoluto, y le obligan a darse a sí mismo la razón de su existencia y a encontrar respuesta a todas las preguntas.
Viene de un mundo unitario. Esta impronta original lo obliga a buscar unidad consigo mismo y con los demás; pero, al mismo tiempo, se siente disociado por urgencias interiores y desafíos exteriores.
* * *
La razón le dicta una cosa, y la emoción otra. Desea mucho, y puede muy poco. Lucha por agradar a todos, y no lo consigue. Busca la armonía consigo mismo y con los demás, y, sin embargo, siempre está en tensión.
Experimenta sensaciones desabridas, como la ansiedad, la depresión, la dispersión..., y no dispone de armas para ahuyentarlas.
Su mente es, con frecuencia, una prisión en la que se siente atrapado; y no puede prescindir de ella aunque quisiera, ni salir de esa prisión. Y así, a veces, una nube de obsesiones le obliga a dar vueltas y más vueltas, como una mariposa, en torno a una alucinación obsesiva, sin conseguir evadirse.
En suma, concluiremos con E. Fromm, que “la mente humana es la bendición y la maldición del hombre”. Es verdad que la Historia está lanzando sin cesar desafíos al hombre: cómo acabar con las guerras, superar el hambre, la enfermedad, la pobreza... Pero, por encima de todas las altas tareas que la Historia pueda encomendar al hombre, su quehacer fundamental y transhistórico es y será siempre: qué hacer y cómo hacer para llegar a ser dueño de su propia mente, de sí mismo. Dicho de otra manera: qué hacer para que la mente sólo sea fuente de toda bendición.
3. Unos amigos para el camino
En el capítulo III de este libro entregaremos, desarrollándolas ampliamente, numerosas y multiformes vías de salvación. Pero, antes de penetrar en ese valle, me propongo depositar en las manos del lector, para el camino y provisoriamente, unos instrumentos de salvación que le acompañarán, como otros tantos amigos, mientras vamos recorriendo e inspeccionando los diversos manantiales de sufrimiento. De esta manera, y como sin darse cuenta, el lector ya está comenzando a ingresar en el deseado templo de la salvación. Estos amigos para el camino son los siguientes:
3.1. Salvarse a sí mismo
Ante todo, es necesario que el lector tome conciencia desde el primer momento de que siempre que utilizo la palabra “salvarse” no estoy haciendo referencia a la salvación cristiana; aquella que nos alcanzó Jesucristo, y que se consumará en la gloria eterna. Por el contrario, entendemos aquí la salvación en su acepción más popular y llana.
Por de pronto, no se trata de salvar: esto es, una acción dinámica por la que alguien libra a otro de un peligro, como cuando un salvavidas salva a un náufrago de una muerte segura. Hablamos de salvarse: esfuerzo por el que uno mismo, con sus propios medios, se pone a salvo evitando caer en un peligro o saliendo de una situación mortal.
Más concretamente, nos referimos a ciertas iniciativas que cualquier persona puede utilizar, a modo de autoterapias, para evitar o mitigar el sufrimiento. Hablamos, por ejemplo, de salvarse del miedo, salvarse de la tristeza, salvarse de la angustia, salvarse del vacío de la vida, salvarse del sufrimiento.., y salvarse a sí mismo.
No hay especialista que pueda salvarme con sus análisis y recetas. La “salvación” es el arte de vivir, y el arte se aprende viviendo, y nadie puede vivir por mí o en lugar de mí. No hay profesional u orientador que sea capaz de infundir en el discípulo el coraje suficiente como para lanzarse por la pendiente de la salvación; es el mismo discípulo quien tiene que sacar desde su fondo ancestral las energías elementales para atreverse a afrontar el misterio de la vida con todos sus desafíos, reclamos y amenazas.
Es uno mismo quien puede y debe salvarse a sí mismo, para adquirir de esta manera la tranquilidad de la mente y el gozo de vivir. Para ello hay que comenzar por creer en uno mismo, y tomar conciencia de que todo ser humano es portador de inmensas capacidades que, normalmente, están dormidas en sus galerías interiores; capacidades por las que, una vez despiertas y sacadas a la luz, el hombre puede mucho más de lo que imagina.
Dispone, además, de la maravilla de su mente, grávida de fuerzas positivas a las que puede dar curso libre.
Hay que comenzar, pues, por creer en uno mismo y en la propia capacidad de salvación.
Cuando decimos salvarse no nos estamos refiriendo a “enfermedades” o, más concretamente, a disfunciones mentales. En el caso de tales “enfermedades”, se trata, generalmente, de síntomas compulsivos u obsesivos por los que el “enfermo” no consigue funcionar en la sociedad como una persona normal.
Estos “enfermos” quieren o quisieran encontrarse en un estado tal que no se sintieran más infelices de lo que puede sentirse cualquier persona normal; y eso significa curarse, para estos casos. Estas personas, sin embargo, son una minoría en la sociedad —así como los enfermos son excepción en el conjunto de la humanidad—; necesitan atención profesional, y no nos referimos a ellas en la presente reflexión.
Pero hay otras personas que funcionan socialmente bien mediante mecanismos de disimulo (los “enfermos” no consiguen disimular) o de sentido común, pero interiormente son tristeza y dolor. Estos no son “enfermos”, no tienen síntomas patológicos; pero sufren una agonía mortal, y, con frecuencia, ni siquiera saben por qué.
Sufren depresión, insomnio. Sacan a relucir sus problemas matrimoniales o profesionales. Pero no es ése su verdadero problema. Su problema es la sensación que tienen de que la vida se les va sin haber vivido; de que se les están pasando los años y van a morir sin haber vivido. No les falta nada, y por tenerlo todo, hasta tienen buena salud, física y psíquica; pero están dominados por la sensación de que les falta todo. Sin poder explicárselo, se sienten asediados por el vacío. Si se les pregunta por la razón de su vivir, responderán que no la tienen, o que, al menos, no la encuentran. Perciben que sus energías, si no están muertas, están, cuando menos, aletargadas, casi atrofiadas. Por eso sienten una desazón general y un cansancio vital.
Frente a este panorama, salvarse significa ir suprimiendo o disminuyendo las fuentes del sufrimiento mediante ejercicios y prácticas que más adelante expondremos, trasponer las fronteras del dolor y de la angustia, superar la preocupación obsesiva por si mismos, y así, adquirir la presencia de ánimo, el autocontrol y la serenidad, y, naturalmente, recuperar las ganas de vivir.
Salvarse significa soltar las energías almacenadas en el interior, que, frecuentemente, están constreñidas, y darles curso libre para el servicio de los demás. Significa, en una palabra, lograr plena seguridad y ausencia de temor; un ir avanzando, lenta pero firmemente, desde la esclavitud hacia la libertad.
Y esta sagrada tarea nadie la hará por mí o en lugar de mi. Yo tengo que ser el “salvador” de mí mismo.
Al fin y al cabo, estamos en el epicentro mismo del misterio humano: soy yo solo y sólo una vez. Los amigos y familiares pueden estar conmigo hasta unos ciertos niveles de profundidad. Pero en los niveles últimos, donde yo soy yo mismo y distinto de todos, “allá”, o asumo yo toda la responsabilidad o me pierdo, porque a esos niveles no llega ninguna ayuda exterior.
En el capítulo III de este libro entregaremos, desarrollándolas ampliamente, numerosas y multiformes vías de salvación. Pero, antes de penetrar en ese valle, me propongo depositar en las manos del lector, para el camino y provisoriamente, unos instrumentos de salvación que le acompañarán, como otros tantos amigos, mientras vamos recorriendo e inspeccionando los diversos manantiales de sufrimiento. De esta manera, y como sin darse cuenta, el lector ya está comenzando a ingresar en el deseado templo de la salvación. Estos amigos para el camino son los siguientes:
3.1. Salvarse a sí mismo
Ante todo, es necesario que el lector tome conciencia desde el primer momento de que siempre que utilizo la palabra “salvarse” no estoy haciendo referencia a la salvación cristiana; aquella que nos alcanzó Jesucristo, y que se consumará en la gloria eterna. Por el contrario, entendemos aquí la salvación en su acepción más popular y llana.
Por de pronto, no se trata de salvar: esto es, una acción dinámica por la que alguien libra a otro de un peligro, como cuando un salvavidas salva a un náufrago de una muerte segura. Hablamos de salvarse: esfuerzo por el que uno mismo, con sus propios medios, se pone a salvo evitando caer en un peligro o saliendo de una situación mortal.
Más concretamente, nos referimos a ciertas iniciativas que cualquier persona puede utilizar, a modo de autoterapias, para evitar o mitigar el sufrimiento. Hablamos, por ejemplo, de salvarse del miedo, salvarse de la tristeza, salvarse de la angustia, salvarse del vacío de la vida, salvarse del sufrimiento.., y salvarse a sí mismo.
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No hay especialista que pueda salvarme con sus análisis y recetas. La “salvación” es el arte de vivir, y el arte se aprende viviendo, y nadie puede vivir por mí o en lugar de mí. No hay profesional u orientador que sea capaz de infundir en el discípulo el coraje suficiente como para lanzarse por la pendiente de la salvación; es el mismo discípulo quien tiene que sacar desde su fondo ancestral las energías elementales para atreverse a afrontar el misterio de la vida con todos sus desafíos, reclamos y amenazas.
Es uno mismo quien puede y debe salvarse a sí mismo, para adquirir de esta manera la tranquilidad de la mente y el gozo de vivir. Para ello hay que comenzar por creer en uno mismo, y tomar conciencia de que todo ser humano es portador de inmensas capacidades que, normalmente, están dormidas en sus galerías interiores; capacidades por las que, una vez despiertas y sacadas a la luz, el hombre puede mucho más de lo que imagina.
Dispone, además, de la maravilla de su mente, grávida de fuerzas positivas a las que puede dar curso libre.
Hay que comenzar, pues, por creer en uno mismo y en la propia capacidad de salvación.
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Cuando decimos salvarse no nos estamos refiriendo a “enfermedades” o, más concretamente, a disfunciones mentales. En el caso de tales “enfermedades”, se trata, generalmente, de síntomas compulsivos u obsesivos por los que el “enfermo” no consigue funcionar en la sociedad como una persona normal.
Estos “enfermos” quieren o quisieran encontrarse en un estado tal que no se sintieran más infelices de lo que puede sentirse cualquier persona normal; y eso significa curarse, para estos casos. Estas personas, sin embargo, son una minoría en la sociedad —así como los enfermos son excepción en el conjunto de la humanidad—; necesitan atención profesional, y no nos referimos a ellas en la presente reflexión.
Pero hay otras personas que funcionan socialmente bien mediante mecanismos de disimulo (los “enfermos” no consiguen disimular) o de sentido común, pero interiormente son tristeza y dolor. Estos no son “enfermos”, no tienen síntomas patológicos; pero sufren una agonía mortal, y, con frecuencia, ni siquiera saben por qué.
Sufren depresión, insomnio. Sacan a relucir sus problemas matrimoniales o profesionales. Pero no es ése su verdadero problema. Su problema es la sensación que tienen de que la vida se les va sin haber vivido; de que se les están pasando los años y van a morir sin haber vivido. No les falta nada, y por tenerlo todo, hasta tienen buena salud, física y psíquica; pero están dominados por la sensación de que les falta todo. Sin poder explicárselo, se sienten asediados por el vacío. Si se les pregunta por la razón de su vivir, responderán que no la tienen, o que, al menos, no la encuentran. Perciben que sus energías, si no están muertas, están, cuando menos, aletargadas, casi atrofiadas. Por eso sienten una desazón general y un cansancio vital.
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Frente a este panorama, salvarse significa ir suprimiendo o disminuyendo las fuentes del sufrimiento mediante ejercicios y prácticas que más adelante expondremos, trasponer las fronteras del dolor y de la angustia, superar la preocupación obsesiva por si mismos, y así, adquirir la presencia de ánimo, el autocontrol y la serenidad, y, naturalmente, recuperar las ganas de vivir.
Salvarse significa soltar las energías almacenadas en el interior, que, frecuentemente, están constreñidas, y darles curso libre para el servicio de los demás. Significa, en una palabra, lograr plena seguridad y ausencia de temor; un ir avanzando, lenta pero firmemente, desde la esclavitud hacia la libertad.
Y esta sagrada tarea nadie la hará por mí o en lugar de mi. Yo tengo que ser el “salvador” de mí mismo.
Al fin y al cabo, estamos en el epicentro mismo del misterio humano: soy yo solo y sólo una vez. Los amigos y familiares pueden estar conmigo hasta unos ciertos niveles de profundidad. Pero en los niveles últimos, donde yo soy yo mismo y distinto de todos, “allá”, o asumo yo toda la responsabilidad o me pierdo, porque a esos niveles no llega ninguna ayuda exterior.
* * *
En las emergencias de la vida, con frecuencia nos encontramos con preciosos estímulos y luces. Hoy es la orientación de un maestro de vida; mañana, el acertado diagnóstico de un especialista; al día siguiente, el cariño y la veteranía de los padres. Entre todos ellos, sin embargo, no conseguirán salvarme.Las orientaciones y consejos no tienen una eficacia salvadora automática por el hecho de que provengan de un maestro experimentado. Es la puesta en práctica la que convalida o invalida aquellas recomendaciones (y soy yo el que tiene que comprobarlo), porque, en fin de cuentas, cada persona experimenta las recetas con efectos diferentes, y es cada persona la que tiene que verificar si aquella recomendación le salva o no.
Al final, no existe otro “salvador” de mí mismo que yo mismo.
Debido a esto, ofrecemos más adelante algunos mecanismos sencillos, eficaces y prácticos, con los que cualquier persona pueda, por sí misma, eliminar por completo muchos sufrimientos o, al menos, suavizarlos. Si hasta ahora sufría como cuarenta grados —permítaseme la expresión—, que más tarde sufra como treinta y cinco, luego como treinta, y así sucesivamente.
Por eso, y para este contexto, sonará reiteradamente en los capítulos, que siguen esta urgente recomendación: ¡sálvate a ti mismo!
3.2. Despertar
Despertar es el primer acto de salvación.
La conciencia es como una minúscula isla, de pocos kilómetros cuadrados, situada en medio de un océano de profundidades insondables y horizontes casi infinitos. Este océano se llama el subconsciente.
A la vista nada se advierte. Todo está en calma. Pero en lo profundo todo es movimiento y amenaza. Hay volcanes dormidos que, de pronto, pueden entrar en erupción, energías ocultas que guardan retenida el alma de un huracán, fuerzas propulsoras que encierran gérmenes de vida o de muerte.
El hombre, por lo general, es un sonámbulo que camina, se mueve, actúa, pero está dormido. Se inclina en una dirección, y con frecuencia no sabe por qué. Irrumpe aquí, grita allá; ahora corre, más tarde se detiene; acoge a éste, rechaza a aquél, llora, ríe, canta; ahora triste, después contento: son, generalmente, actos reflejos y no plenamente conscientes. A veces, da la impresión de ser un títere movido por hilos misteriosos e invisibles.
Es el mar profundo del hombre, el lado irracional y desconocido que, mediante mecanismos que parecerían sortilegios, lo van llevando en direcciones inesperadas y, en ocasiones, por rumbos disparatados. ¿Qué se hizo de la brújula? ¿Funciona todavía la libertad? Cuántas veces el hombre no entiende nada. Y sufre.
* * *
Sufre porque está dormido. No se da cuenta de que, como lo diremos tantas veces, el sufrimiento humano es puramente subjetivo. La mente es capaz de dar a luz fantasmas alucinantes, que luego atormentarán sin piedad a quien los engendró. Los miedos son, generalmente, sombras fantásticas, sin fundamento ni base en la realidad. El hombre está dormido.
Y dormir significa estar fuera de la objetividad. Dormir es sacar las cosas de su dimensión exacta. Es exagerar los perfiles negativos de los acontecimientos-personas-cosas. Dormir es proyectar mundos subjetivos sobre los sucesos exteriores. Las inseguridades y temores son, por lo general, hijos de una obsesión.
El miedo —insisto— engendra y distingue fantasmas por todas partes: éste no me quiere, aquél está en contra de mí, ese proyecto está destinado a fracasar, todos se han conjurado contra mí, están tramando desplazarme del cargo, aquellos otros me han retirado su confianza aquélla ya no me mira bien, aquella otra no me saluda como antes, ¿qué le habrán contado acerca de mí?; la de más allá se muestra ahora fría y distante conmigo, ¿qué habrá pasado?... Y todo no es sino un engaño, o, al menos, una espantosa magnificación o mucha suposición. No hay nada de eso, o muy poco. Está dormido. Muchas personas viven estos sustos y alucinaciones en pleno día, con el mismo realismo con que se viven las pesadillas a media noche.
* * *
Los fantasmas narcisistas pueblan su alma de ansiedades, y no se dan cuenta de que todo es materia subjetiva, de que están dormidos. De tanto dar vueltas a sucesos infelices, acaban magnificándolos, y no se dan cuenta de que están soñando. Les sucede lo mismo que a las bolas de nieve: cuantas más vueltas dan, más grandes se hacen.
De pronto, se sienten atenazados por el terror, sin caer en la cuenta de que sólo se trata de una manía persecutoria, una alucinación que inventa y dibuja sombras siniestras, cuando, en realidad, nada de eso existe; están dormidos. Hechos intrascendentes los transforman en dramas, y peripecias ridículas las revisten con ropajes de tragedia. Están dormidos.
No quiero decir que todo esto suceda a la mayoría de las personas en este tono y con este colorido. También hay muchos sujetos verdaderamente objetivos, por supuesto. Sin embargo, el trato con numerosas personas, a lo largo de no pocos años, me ha enseñado que la proyección subjetiva es, si bien en grados y momentos diferentes, un hecho mucho más generalizado de lo que se cree.
De todos modos, en el presente caso me estoy refiriendo en particular a quienes tienen tendencias subjetivas, aunque no necesariamente en un grado elevado: los tipos aprensivos, obsesivos, acomplejados, pesimistas... Y no se trata de neurosis, sino de personas con inclinaciones subjetivas. Al exterior, su comportamiento no se diferencia del de los demás; pero interiormente no viven, agonizan.
* * *
Es preciso despertar. Y despertar es salvarse; es economizar altas cuotas de sufrimiento.
¿Qué es, pues, despertar? Es el arte de ver la naturaleza de las cosas, en uno mismo y en los demás, con objetividad, y no a través del prisma de mis deseos y temores.
Despertar es tomar conciencia de tus posibilidades e imposibilidades. Las posibilidades, para abordarlas, y las imposibilidades, para dejarlas de lado; darte cuenta de si un determinado hecho tiene remedio o no; si lo tiene, para encontrarle solución; si no lo tiene, para olvidarlo; tomar conciencia de que los hechos consumados, consumados están, y es inútil darse de cabeza contra ellos.
Despertar es darte a ti mismo un toque de atención para caer en la cuenta de que te estás torturando con pesadillas que son pura fantasía, de que lo que te espanta no es real; darte cuenta de que estás exagerando, sobredimensionando cosas insignificantes, y que las suposiciones de tu cabeza las estás revistiendo con visos de veracidad.
No te das cuenta de que tus aprensiones son sueños malditos, y nada más; y tus temores, puras quimeras. ¿Por qué tomarlas en consideración? Déjalas a un lado, porque son meros abortos de tu mente. Saber que los sueños, sueños son; saber dónde comienza la ilusión y dónde la realidad. Saber que todo pasará, que aquí no queda nada, que todo es transitorio, precario, efímero. Que las penas suceden a las alegrías, y las alegrías, a las penas; saber que aquí abajo nada hay absoluto; que todo es relativo, y lo relativo no tiene importancia o tiene una importancia relativa.
Despertar, en suma, es saber que estabas durmiendo.
Basta despertar, y se deja de sufrir. A media noche, el mundo está cubierto de tinieblas. Amaneces, y... ¿dónde se escondieron las tinieblas? No se escondieron en ninguna parte. Sencillamente, no eran nada. Y al salir la luz se ha comprobado que eran nada.
De la misma manera, cuando tú estabas dormido, tu mente estaba poblada de sombras y tristeza. Amanece (despiertas), y ahora ves que tus temores y tristezas eran nada. Y al despertar se esfuma el sufrimiento, como se esfumaron las tinieblas al amanecer.
Basta despertar, y se deja de sufrir.
Siempre que te sorprendas a ti mismo, en cualquier momento del día o de la noche, agobiado por la angustia o el temor, piensa que estás dormido o soñando; haz una nueva y correcta evaluación de los hechos, rectifica tus juicios, y verás que estabas exagerando, presuponiendo, imaginando. Dedícate asiduamente al ejercicio de despertar. Siempre que te encuentres turbado, levanta la cabeza y sacúdela; abre los ojos y despierta. Muchas tinieblas de tu mente desaparecerán, y grandes dosis de sufrimiento se esfumarán. Verás.
Este es el segundo ángel en el camino: despertar. A lo largo de los capítulos siguientes, frecuentemente haremos resonar este clarín: ¡despierta!
3.3. Paciencia
A las pocas semanas de nacer, los pájaros vuelan, los patos nadan, los gatos salen a cazar. A los quince minutos de haber salido a la luz, una llama ya se pone de pie y comienza a caminar detrás de su madre cordillera arriba. No necesitan aprender a caminar, volar, nadar, cazar. Por el mero hecho de existir, disponen de todos los resortes necesarios para defenderse y sobrevivir. Se podría decir que todas las técnicas vienen elaboradas en las entrañas de su organismo; las traen aprendidas sin necesidad de entrenamiento: es el equipo instintivo, que los conduce certeramente por los caminos de la supervivencia.
No sucede así con el hombre. Una vez nacida, la criatura humana es el ser más desvalido de la creación. Todo lo tiene que aprender; y no precisamente en fuerza de una inspiración interior, sino que son los otros quienes se lo tienen que enseñar: primero, a andar; luego, a hablar; más tarde, a pensar y educarse.
Aprende, en suma, a utilizar la inteligencia, en lugar del instinto; con la particularidad de que el instinto funciona espontáneamente, casi mecánicamente; y, en cambio, el uso de la inteligencia presupone riesgos, porque obliga al hombre a realizar un complejo proceso de análisis, comparación, exclusión, opción..., todo lo cual involucra grandes incertidumbres e impredecibles emergencias. Y por este camino le llega al hombre un desabrido visitante, que, como sombra, nunca más se apartará de su lado: la ansiedad.
* * *
El aprendizaje del arte de vivir no se termina cuando el hombre alcanza su mayoría de edad, o al conseguir un diploma universitario para ejercer una profesión y ser autónomo. Porque vivir no consiste en ganarse el sustento cotidiano o en formar un hogar. ¿Qué consigue el hombre con haber asegurado una sólida situación económica o con haber educado una hermosa familia, si su corazón sigue agonizando en una tristeza mortal?
Vivir es el arte de ser feliz; y ser feliz es liberarse, en mayor o menor grado, de aquella ansiedad que, de todas formas, seguirá porfiadamente los pasos humanos hasta la frontera final.
El arte de vivir consistirá, pues, en una progresiva superación del sufrimiento humano, y, por este camino, en una paulatina conquista de la tranquilidad de la mente, la serenidad de los nervios y la paz del alma.
Pero no se crea que esta felicidad la puede alcanzar el hombre como por arte de magia o como un regalo de Navidad. Si para obtener un título universitario o montar una próspera empresa el hombre ha necesitado largos años de esfuerzo, trabajando día y noche, con férrea disciplina, metodología y, sobre todo, con una tenacidad a toda prueba y por momentos heroica, que nadie sueñe con doblarle la mano a la ansiedad o en ganar la batalla del sufrimiento, llegando así a aquel anhelado descanso de la mente, con un trabajo esporádico y superficial. Cuando decimos paciencia, queremos significar esfuerzo, orden y dedicación en la práctica de los ejercicios de autocontrol, relajación, meditación..., que más tarde presentaremos.
No vas a conseguir nada con sólo leer estas páginas o con abrigar buenas intenciones; es imprescindible que los deseos se transformen en convicciones, y las convicciones, en decisiones. Las decisiones, a su vez, tienen que conducirte, como de la mano, a reordenar tu programa. de actividades; y, en medio de éstas, reservar espacios libres para practicar, diaria y metódicamente, los diversos ejercicios.
Si me dices que no dispones de tiempo, te responderé que el tiempo es cuestión de preferencias, y éstas, a su vez, dependen y derivan de las prioridades. Ahora bien, ¿cuál es la prioridad fundamental de tu vida?
No se trata de sanar una úlcera gástrica o de levantar un negocio deteriorado, ni siquiera de apuntalar un matrimonio resquebrajado. Todos estos propósitos son, ciertamente, nobles e importantes; pero en nuestro caso hay algo más primordial: nosotros estamos jugando y conjugando aquí nada menos que con el sentido de una vida, expresión escurridiza que, al pretender encerrarla en los moldes de una definición, se nos escapa de las manos.
¿Qué es, pues, sentido de la vida? Es aquel valor que da valor a todos los demás valores. De pronto, todo lo que es y hace una persona (palabras, actitudes, reacciones...) aparece revestido de un color y brillo tan particulares que no se puede explicar con palabras. Eso es el sentido de una vida. Es (¿cómo decirlo?) un cierto tono de alegría que no se traduce en una risa ni en una sonrisa; que envuelve a algunas personas vistiéndolas como de un aire primaveral, y que todos perciben desde lejos, y dicen: esa persona tiene un no sé qué, que no sé cómo calificarlo, pero ¡se la ve tan feliz!
Es, en fin, aquella sensación de plenitud que, en el otoño de sus años, al volver sus miradas hacia atrás, les hace exclamar a algunas personas: valió la pena; de verdad fue una venturosa aventura.
Pues bien, ese objetivo central de una vida no se conseguirá sin una dedicación metódica y ordenada. Para poder ahuyentar las sombras de la casa y dar lugar a la alegría, es imprescindible someterse a una ejercitación ininterrumpida de autocontrol y meditación a lo largo de los días y los años. No es necesario que lleves a cabo todas y cada una de las prácticas que incluiremos en el capítulo III. Sí es conveniente, sin embargo, probar y comprobar todas esas prácticas, y quedarse con las que produzcan mejores resultados.
No hay que olvidar nunca el misterio general e imponderable del ser humano; un mismo ejercicio, ejecutado en momentos diferentes, produce resultados diferentes en una misma persona. La vida es esencialmente ilógica, porque es esencialmente movimiento; movimiento oscilante de altibajos, sin vislumbrarse, con frecuencia, las causas que originan tan desconcertante vaivén.
Cuando el hombre tendría motivos más que suficientes para saltar de alegría, está abatido. De pronto, en los días azules, su alma está nublada; y en los días nublados, su alma está en azul. No hay lógica. Tal persona deseó ardientemente conquistar aquella meta soñada, y, alcanzado el sueño, se queda insatisfecha, con un amago de decepción. De repente, cuando sus negocios iban viento en popa, su estado de ánimo está por los suelos; y cuando, a su alrededor, todo es desastre y ruina, no se sabe qué ángel interior lo estimula para seguir luchando. Paciencia, que es el arte de saber, significa tomar conciencia de que la naturaleza humana es así. Hay que comenzar por aceptarla tal cual es, para no asustarse cuando los resultados no sean proporcionales a los esfuerzos o cuando los efectos hayan sido extrañamente imprevisibles.
Poniendo por delante estos presupuestos, con frecuencia te encontrarás con el hecho de que un ejercicio de relajación y concentración correctamente efectuado hoy te dejará relajado, y mañana, tal vez, tenso. En la vida no hay procesos uniformes. Al quinto día, por ejemplo, percibirás un progreso notable en el descanso mental, y al trigésimo día te sentirás más ansioso que el primero. Es normal: el camino de la “salvación”, como el de la vida misma, no es llano y recto, antes bien, está erizado de dificultades: curvas violentas, pendientes empinadas, recaídas bruscas, contramarchas. Una meditación sobre la relatividad de la vida, hoy te deja insensible, y mañana te impacta profundamente.
El día menos pensado, cuando creías haber dado pasos decisivos hacia la tranquilidad mental, entras inesperadamente en una fatal crisis de angustia. Cualquier día vas a sentirte hastiado de todas estas “terapias” y caminos de paz, con la aguda sensación de estar perdiendo el tiempo, e incluso hasta de estar haciendo el ridículo; y es probable que te asalte el apremiante deseo de tirarlo todo por la borda. No te asustes contigo mismo.
¡Despenar!: saber que las cosas son así, y aceptarlas como son, he ahí el misterio de la paciencia. En realidad, estás avanzando; pero este ascender está cuajado de retrocesos, vacilaciones y altibajos. Acepta con paz esa realidad.
Los resultados dependen de una serie de factores. El esfuerzo y la dedicación en la práctica de los ejercicios es un factor predominante. También influye la constancia: si una persona que se ha ejercitado con regularidad por años abandona de pronto la ejercitación, percibirá de inmediato, e inequívocamente, un estado de debilitamiento interior; es decir, que el miedo y la angustia comienzan de nuevo a golpear las puertas, regresa el nerviosismo, y vuelve a sentirse otra vez desasosegado e infeliz.
Los resultados dependen también —y en gran medida— del punto de partida o estructura de personalidad. Una persona cuyas entrañas están tejidas de melancolía o timidez, por ejemplo, y con mayor razón si anda por los cuarenta o cincuenta años (lo que quiere decir que sus rasgos negativos congénitos han sido largamente alimentados y han echado sólidas raíces en el subsuelo), necesitará gran empuje y alto corazón, así como una gran firmeza, para progresar por el camino de la liberación y poder así saborear los primeros frutos del descanso.
Desde antes de ver la luz, el ser humano trae escrita en sus entrañas la historia de su vida, y si no la historia misma, al menos los rasgos generales. Efectivamente: marcadas y selladas, allá, en las últimas unidades vivientes, llamadas genes, trae el hombre escritas en claves cifradas las tendencias fundamentales que conforman el entramado de una personalidad: inclinaciones hacia la sensibilidad, sensualidad, timidez, impaciencia, generosidad, nobleza, mezquindad... Son los códigos genéticos.
Esta estructura no cambia. Se muere como se nace. Podemos, eso sí, mejorar, como también empeorar, pero siempre a partir de una estructura básica. No hay que hacerse ilusiones: un tipo orgulloso-rencoroso, por ejemplo, nunca se transformará en un ser manso y humilde de corazón. Quienes nacieron encantadores, encantadores morirán. Estructuras personales fuertemente inclinadas a la melancolía, por ejemplo, o negativamente conformadas, no serán esencialmente alteradas, aunque sí podrán ser mejoradas. Pero esta mejoría lleva un ritmo lento y desigual: si notas alguna mejoría de un año para otro, si hoy sientes más facilidad en controlar tus nervios, si sufres menos que antes, si te encuentras más relajado..., es señal de que todo va bien.
Los sufrimientos provenientes de un modo de ser nunca desaparecen totalmente; pero pueden suavizarse hasta tal punto que el sujeto se sienta muy aliviado, casi feliz.
Es necesario despertar una y otra vez, y tomar conciencia de que se vive una sola vez; que este menú no se repite, y que tampoco podemos regresar a la infancia para reiniciar la aventura. .Los años no perdonan. La mayor desdicha humana consiste en experimentar que la existencia se nos escurre de entre las manos sin haber saboreado la miel del vivir. Vale la pena dedicar todos los esfuerzos a la tarea de las tareas: alejar de nuestras fronteras los enemigos de la vida: el sufrimiento y la tristeza.
Para alcanzar una cumbre tan alta, nos acompañará, en la pendiente de la ascensión, este tercer ángel: la paciencia.
El hombre de la sociedad tecnológica se ha acostumbrado a solucionar sus problemas buscando y esperando la salvación, poco menos que mágicamente, de los consultorios y las farmacias. ¡ Vana ilusión y peligrosa dependencia! Lo menos que le puede suceder es que acaba perdiendo la fe y la confianza en sí mismo, descuida el esfuerzo, abandona en un rincón la paciencia y, sobre todo, olvida el hecho de que lleva en sus manos armas poderosas para salvarse a sí mismo.
Quien esté dispuesto a alistarse en las filas de la Gran Marcha hacia la liberación de sí mismo debe despertar, ponerse en pie, armarse de paciencia y ceñirse de coraje.
3.4. Poder mental
Las cosas existen en la medida en que existen en mi mente. Si estás profundamente dormido, nada existe para ti en ese momento. Aunque estén sucediendo cosas horrorosas en el lugar donde vives o se incendie la casa de tu vecino, para ti nada sucede.
Si se están difundiendo noticias sumamente desfavorables para ti, pero no te enteras de nada, toda esa maledicencia no te hiere ni te turba. Es como si esparcieran pétalos de rosa sobre tu cabeza.
Supongamos que dejan de funcionar tu corazón y tu conciencia por un paro cardíaco...; pueden insultarte, herirte, despedazarte, y a ti nada te importa, porque ya nada existe para ti; Una vez que ha dejado de funcionar esa fábrica de ideas y de sueños —la mente— que los engendraba, ya no existen para ti problemas: enemistades, zancadillas, traiciones, ofensas... Para el muerto, todo está muerto.
De esto se trata: de adquirir un poder tan omnímodo sobre mi mente, que pueda interrumpir a voluntad su funcionamiento cuando me dé cuenta de que está siendo dominada por recuerdos desabridos y memorias dolorosas.
El ser humano, a través de un entrenamiento sostenido y metódico —que explicaremos en el capítulo III—, es capaz de llegar a adquirir la capacidad de suprimir momentáneamente toda actividad mental, de hacer un vacío o silencio total en su interior, hasta el punto de detener el curso del pensamiento cuando éste se halle atrapado por obsesiones o fijaciones negativas.
Este es, sin duda, el gran desafío del hombre para el hombre a lo largo de los siglos: qué hacer y cómo hacer para que yo llegue a ser dueño de mi mente, para que mi pensamiento esté únicamente ocupado por recuerdos estimulantes, ideas positivas, por motivos queridos por mí, y no por los que se me imponen.
Mientras no avancemos en esta dirección, no podemos hablar de libertad.
Si todas las cosas existen para mí en la medida en que son captadas por mí, en la medida en que viven en mi mente, ya puede imaginar el lector que el dominio mental es un tesoro incomparable y la llave del reino de la serenidad.
Este es, pues, uno de los medios más poderosos de liberación. Con este fin, ofreceremos numerosos ejercicios para que el lector, a través de un paciente y constante entrenamiento, pueda alcanzar la capacidad de desconectar a voluntad el motor de su mente, de manera que se apaguen los fuegos y el alma se transforme en un huerto placentero.
Este poder mental será, pues, otro de los ángeles que nos acompañarán en todo momento en el largo recorrido que nos proponemos llevar a cabo. Para referimos a este poder, utilizaremos diversos términos, como dejar, soltar, desprenderse, desligarse, olvidar; en suma, expresiones que hagan referencia a esa sublime capacidad de desconectar a voluntad la atención de cualquier recuerdo o persona desagradable. Así lograremos amortiguar el ardor de tantos carbones encendidos.
Digamos, entre paréntesis, que, en ciertos ambientes, se utiliza la expresión poder mental para indicar la influencia que pueden ejercer ciertas personas sobre otras personas, acontecimientos o cosas. Como se ve por lo expuesto, nosotros lo entendemos aquí en un sentido muy distinto.
Vivir es el arte de ser feliz; y ser feliz es liberarse, en mayor o menor grado, de aquella ansiedad que, de todas formas, seguirá porfiadamente los pasos humanos hasta la frontera final.
El arte de vivir consistirá, pues, en una progresiva superación del sufrimiento humano, y, por este camino, en una paulatina conquista de la tranquilidad de la mente, la serenidad de los nervios y la paz del alma.
Pero no se crea que esta felicidad la puede alcanzar el hombre como por arte de magia o como un regalo de Navidad. Si para obtener un título universitario o montar una próspera empresa el hombre ha necesitado largos años de esfuerzo, trabajando día y noche, con férrea disciplina, metodología y, sobre todo, con una tenacidad a toda prueba y por momentos heroica, que nadie sueñe con doblarle la mano a la ansiedad o en ganar la batalla del sufrimiento, llegando así a aquel anhelado descanso de la mente, con un trabajo esporádico y superficial. Cuando decimos paciencia, queremos significar esfuerzo, orden y dedicación en la práctica de los ejercicios de autocontrol, relajación, meditación..., que más tarde presentaremos.
* * *
No vas a conseguir nada con sólo leer estas páginas o con abrigar buenas intenciones; es imprescindible que los deseos se transformen en convicciones, y las convicciones, en decisiones. Las decisiones, a su vez, tienen que conducirte, como de la mano, a reordenar tu programa. de actividades; y, en medio de éstas, reservar espacios libres para practicar, diaria y metódicamente, los diversos ejercicios.
Si me dices que no dispones de tiempo, te responderé que el tiempo es cuestión de preferencias, y éstas, a su vez, dependen y derivan de las prioridades. Ahora bien, ¿cuál es la prioridad fundamental de tu vida?
No se trata de sanar una úlcera gástrica o de levantar un negocio deteriorado, ni siquiera de apuntalar un matrimonio resquebrajado. Todos estos propósitos son, ciertamente, nobles e importantes; pero en nuestro caso hay algo más primordial: nosotros estamos jugando y conjugando aquí nada menos que con el sentido de una vida, expresión escurridiza que, al pretender encerrarla en los moldes de una definición, se nos escapa de las manos.
¿Qué es, pues, sentido de la vida? Es aquel valor que da valor a todos los demás valores. De pronto, todo lo que es y hace una persona (palabras, actitudes, reacciones...) aparece revestido de un color y brillo tan particulares que no se puede explicar con palabras. Eso es el sentido de una vida. Es (¿cómo decirlo?) un cierto tono de alegría que no se traduce en una risa ni en una sonrisa; que envuelve a algunas personas vistiéndolas como de un aire primaveral, y que todos perciben desde lejos, y dicen: esa persona tiene un no sé qué, que no sé cómo calificarlo, pero ¡se la ve tan feliz!
Es, en fin, aquella sensación de plenitud que, en el otoño de sus años, al volver sus miradas hacia atrás, les hace exclamar a algunas personas: valió la pena; de verdad fue una venturosa aventura.
* * *
Pues bien, ese objetivo central de una vida no se conseguirá sin una dedicación metódica y ordenada. Para poder ahuyentar las sombras de la casa y dar lugar a la alegría, es imprescindible someterse a una ejercitación ininterrumpida de autocontrol y meditación a lo largo de los días y los años. No es necesario que lleves a cabo todas y cada una de las prácticas que incluiremos en el capítulo III. Sí es conveniente, sin embargo, probar y comprobar todas esas prácticas, y quedarse con las que produzcan mejores resultados.
No hay que olvidar nunca el misterio general e imponderable del ser humano; un mismo ejercicio, ejecutado en momentos diferentes, produce resultados diferentes en una misma persona. La vida es esencialmente ilógica, porque es esencialmente movimiento; movimiento oscilante de altibajos, sin vislumbrarse, con frecuencia, las causas que originan tan desconcertante vaivén.
Cuando el hombre tendría motivos más que suficientes para saltar de alegría, está abatido. De pronto, en los días azules, su alma está nublada; y en los días nublados, su alma está en azul. No hay lógica. Tal persona deseó ardientemente conquistar aquella meta soñada, y, alcanzado el sueño, se queda insatisfecha, con un amago de decepción. De repente, cuando sus negocios iban viento en popa, su estado de ánimo está por los suelos; y cuando, a su alrededor, todo es desastre y ruina, no se sabe qué ángel interior lo estimula para seguir luchando. Paciencia, que es el arte de saber, significa tomar conciencia de que la naturaleza humana es así. Hay que comenzar por aceptarla tal cual es, para no asustarse cuando los resultados no sean proporcionales a los esfuerzos o cuando los efectos hayan sido extrañamente imprevisibles.
* * *
Poniendo por delante estos presupuestos, con frecuencia te encontrarás con el hecho de que un ejercicio de relajación y concentración correctamente efectuado hoy te dejará relajado, y mañana, tal vez, tenso. En la vida no hay procesos uniformes. Al quinto día, por ejemplo, percibirás un progreso notable en el descanso mental, y al trigésimo día te sentirás más ansioso que el primero. Es normal: el camino de la “salvación”, como el de la vida misma, no es llano y recto, antes bien, está erizado de dificultades: curvas violentas, pendientes empinadas, recaídas bruscas, contramarchas. Una meditación sobre la relatividad de la vida, hoy te deja insensible, y mañana te impacta profundamente.
El día menos pensado, cuando creías haber dado pasos decisivos hacia la tranquilidad mental, entras inesperadamente en una fatal crisis de angustia. Cualquier día vas a sentirte hastiado de todas estas “terapias” y caminos de paz, con la aguda sensación de estar perdiendo el tiempo, e incluso hasta de estar haciendo el ridículo; y es probable que te asalte el apremiante deseo de tirarlo todo por la borda. No te asustes contigo mismo.
¡Despenar!: saber que las cosas son así, y aceptarlas como son, he ahí el misterio de la paciencia. En realidad, estás avanzando; pero este ascender está cuajado de retrocesos, vacilaciones y altibajos. Acepta con paz esa realidad.
Los resultados dependen de una serie de factores. El esfuerzo y la dedicación en la práctica de los ejercicios es un factor predominante. También influye la constancia: si una persona que se ha ejercitado con regularidad por años abandona de pronto la ejercitación, percibirá de inmediato, e inequívocamente, un estado de debilitamiento interior; es decir, que el miedo y la angustia comienzan de nuevo a golpear las puertas, regresa el nerviosismo, y vuelve a sentirse otra vez desasosegado e infeliz.
Los resultados dependen también —y en gran medida— del punto de partida o estructura de personalidad. Una persona cuyas entrañas están tejidas de melancolía o timidez, por ejemplo, y con mayor razón si anda por los cuarenta o cincuenta años (lo que quiere decir que sus rasgos negativos congénitos han sido largamente alimentados y han echado sólidas raíces en el subsuelo), necesitará gran empuje y alto corazón, así como una gran firmeza, para progresar por el camino de la liberación y poder así saborear los primeros frutos del descanso.
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Desde antes de ver la luz, el ser humano trae escrita en sus entrañas la historia de su vida, y si no la historia misma, al menos los rasgos generales. Efectivamente: marcadas y selladas, allá, en las últimas unidades vivientes, llamadas genes, trae el hombre escritas en claves cifradas las tendencias fundamentales que conforman el entramado de una personalidad: inclinaciones hacia la sensibilidad, sensualidad, timidez, impaciencia, generosidad, nobleza, mezquindad... Son los códigos genéticos.
Esta estructura no cambia. Se muere como se nace. Podemos, eso sí, mejorar, como también empeorar, pero siempre a partir de una estructura básica. No hay que hacerse ilusiones: un tipo orgulloso-rencoroso, por ejemplo, nunca se transformará en un ser manso y humilde de corazón. Quienes nacieron encantadores, encantadores morirán. Estructuras personales fuertemente inclinadas a la melancolía, por ejemplo, o negativamente conformadas, no serán esencialmente alteradas, aunque sí podrán ser mejoradas. Pero esta mejoría lleva un ritmo lento y desigual: si notas alguna mejoría de un año para otro, si hoy sientes más facilidad en controlar tus nervios, si sufres menos que antes, si te encuentras más relajado..., es señal de que todo va bien.
Los sufrimientos provenientes de un modo de ser nunca desaparecen totalmente; pero pueden suavizarse hasta tal punto que el sujeto se sienta muy aliviado, casi feliz.
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Vale la pena sostener en alto el esfuerzo y la lucha, y canalizar todas las energías para una ordenada puesta en práctica de los mecanismos de liberación.Es necesario despertar una y otra vez, y tomar conciencia de que se vive una sola vez; que este menú no se repite, y que tampoco podemos regresar a la infancia para reiniciar la aventura. .Los años no perdonan. La mayor desdicha humana consiste en experimentar que la existencia se nos escurre de entre las manos sin haber saboreado la miel del vivir. Vale la pena dedicar todos los esfuerzos a la tarea de las tareas: alejar de nuestras fronteras los enemigos de la vida: el sufrimiento y la tristeza.
Para alcanzar una cumbre tan alta, nos acompañará, en la pendiente de la ascensión, este tercer ángel: la paciencia.
El hombre de la sociedad tecnológica se ha acostumbrado a solucionar sus problemas buscando y esperando la salvación, poco menos que mágicamente, de los consultorios y las farmacias. ¡ Vana ilusión y peligrosa dependencia! Lo menos que le puede suceder es que acaba perdiendo la fe y la confianza en sí mismo, descuida el esfuerzo, abandona en un rincón la paciencia y, sobre todo, olvida el hecho de que lleva en sus manos armas poderosas para salvarse a sí mismo.
Quien esté dispuesto a alistarse en las filas de la Gran Marcha hacia la liberación de sí mismo debe despertar, ponerse en pie, armarse de paciencia y ceñirse de coraje.
3.4. Poder mental
Las cosas existen en la medida en que existen en mi mente. Si estás profundamente dormido, nada existe para ti en ese momento. Aunque estén sucediendo cosas horrorosas en el lugar donde vives o se incendie la casa de tu vecino, para ti nada sucede.
Si se están difundiendo noticias sumamente desfavorables para ti, pero no te enteras de nada, toda esa maledicencia no te hiere ni te turba. Es como si esparcieran pétalos de rosa sobre tu cabeza.
Supongamos que dejan de funcionar tu corazón y tu conciencia por un paro cardíaco...; pueden insultarte, herirte, despedazarte, y a ti nada te importa, porque ya nada existe para ti; Una vez que ha dejado de funcionar esa fábrica de ideas y de sueños —la mente— que los engendraba, ya no existen para ti problemas: enemistades, zancadillas, traiciones, ofensas... Para el muerto, todo está muerto.
De esto se trata: de adquirir un poder tan omnímodo sobre mi mente, que pueda interrumpir a voluntad su funcionamiento cuando me dé cuenta de que está siendo dominada por recuerdos desabridos y memorias dolorosas.
El ser humano, a través de un entrenamiento sostenido y metódico —que explicaremos en el capítulo III—, es capaz de llegar a adquirir la capacidad de suprimir momentáneamente toda actividad mental, de hacer un vacío o silencio total en su interior, hasta el punto de detener el curso del pensamiento cuando éste se halle atrapado por obsesiones o fijaciones negativas.
Este es, sin duda, el gran desafío del hombre para el hombre a lo largo de los siglos: qué hacer y cómo hacer para que yo llegue a ser dueño de mi mente, para que mi pensamiento esté únicamente ocupado por recuerdos estimulantes, ideas positivas, por motivos queridos por mí, y no por los que se me imponen.
Mientras no avancemos en esta dirección, no podemos hablar de libertad.
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No hay peor prisión ni más dura esclavitud que una mente ocupada obsesivamente por evocaciones quemantes y complejos torturadores. Como tampoco mayor libertad que el tener a mano la llave que puede abrir y cerrar el curso de la actividad mental. Soberanía quiere decir ser el árbitro de mí mismo, de mi actividad interior.Si todas las cosas existen para mí en la medida en que son captadas por mí, en la medida en que viven en mi mente, ya puede imaginar el lector que el dominio mental es un tesoro incomparable y la llave del reino de la serenidad.
Este es, pues, uno de los medios más poderosos de liberación. Con este fin, ofreceremos numerosos ejercicios para que el lector, a través de un paciente y constante entrenamiento, pueda alcanzar la capacidad de desconectar a voluntad el motor de su mente, de manera que se apaguen los fuegos y el alma se transforme en un huerto placentero.
Este poder mental será, pues, otro de los ángeles que nos acompañarán en todo momento en el largo recorrido que nos proponemos llevar a cabo. Para referimos a este poder, utilizaremos diversos términos, como dejar, soltar, desprenderse, desligarse, olvidar; en suma, expresiones que hagan referencia a esa sublime capacidad de desconectar a voluntad la atención de cualquier recuerdo o persona desagradable. Así lograremos amortiguar el ardor de tantos carbones encendidos.
Digamos, entre paréntesis, que, en ciertos ambientes, se utiliza la expresión poder mental para indicar la influencia que pueden ejercer ciertas personas sobre otras personas, acontecimientos o cosas. Como se ve por lo expuesto, nosotros lo entendemos aquí en un sentido muy distinto.













































