Salvarse
“Sutil, misterioso y profundo
es el verdadero sabio,
hasta hacerse inasequible,
atento como el que avanza sobre el río helado,
rústico como un tronco de árbol,
humilde como la nieve que se derrite,
vacío como el valle,
simple como el agua”.
Lao-Tzé
“Voy a crear un cielo nuevo y una tierra nueva:
de lo pasado no habrá recuerdo
ni vendrá pensamiento,
sino que habrá gozo y alegría perpetua”.
Isaías
“Si eres puro,
la cobra puede picarte,
mas tú no tendrás fiebre.
Pero ¿cómo podría picarte
si eres puro?”
Ramdranath
Para colocamos en el contexto exacto, me permito recordar algunas precisiones.
1) Como dijimos anteriormente, al utilizar la palabra salvarse no nos referimos a aquella obra salvífica realizada por el Señor Jesús, por la que nos libró del pecado y de la muerte, salvación que se consumará en la gloria eterna.
Antes bien, entendemos la palabra salvarse en su acepción corriente y vulgar.
2) Pensando que la fe de mucha gente es tan débil que no constituye una fuerza eficaz para transformar el sufrimiento en fuente de paz, seguimos prescindiendo todavía en este capítulo de los presupuestos de fe y entregando medios humanos para atenuar o suprimir el sufrimiento. No obstante, el lector habrá podido advertir que el plan que estamos presentando es, según creemos, netamente evangélico, por su carácter liberador.
3) Permítanos el lector recalcar otro concepto ya expresado al principio: no estamos propiciando un hedonismo egocéntrico y cerrado: liberar al hombre del sufrimiento y hacerlo feliz. Ciertamente, ése ya sería un programa grandioso, y, de hecho, ése es el objetivo de todas las ciencias del hombre. Pero, en nuestro caso, queremos trascender ese objetivo: buscamos dejar al hombre en tales condiciones que sea capaz de amar.
4) En el presente capítulo, al hombre liberado o que está en camino de liberación lo denominaremos sabio.
1. Salvarse de la ilusión del “yo”
“Felices los pobres y los vacíos de sí, porque de ellos es el reino de la serenidad”.
1.1. Vacío mental
Escoge un lugar tranquilo. Siéntate en una posición cómoda. El tronco y la cabeza deben permanecer erectos; las manos, colocadas sobre las rodillas, a ser posible con las palmas hacia arriba. Mantén los ojos abiertos y fijos (pero no tensos, sino relajados) en un punto que esté ubicado frente a ti, a una distancia menor de un metro.
Suelta todo el cuerpo varias veces, hasta que lo sientas equilibrado.
Concéntrate en tu respiración. A ser posible, haz la respiración abdominal. Recuerda que toda respiración consta de inhalación (absorción de aire) y exhalación (expulsión de aire). Respira por la nariz, inhalando tanto aire cuanto puedas, no fuerte o ruidosamente, sino suavemente. Luego exhala tranquila y lentamente, expulsando el aire hasta vaciar completamente los pulmones. Al exhalar, pronuncia suavemente (mental o vocalmente) la palabra “nada”, sintiendo la sensación de nada, que todo tu ser se vacíe, al tiempo y de la misma manera que se vacían de aire los pulmones. Vuelve a inhalar, y vuelve a exhalar pronunciando nada, sintiendo que todo tu ser se relaja, que tu cerebro, brazos, estómago, piernas, quedan vacíos. Lo decisivo es permanecer el mayor tiempo posible con la sensación de mente vacía.
Al principio, tu mente no se vaciará tan fácilmente; al contrario, las imágenes rebeldes te acompañarán. Es normal. No trates de expulsar por la fuerza los pensamientos, no les des importancia, déjalos, suéltalos. Y vuelve a sentir el vacío al pronunciar “nada” durante la exhalación. Paulatinamente irás consiguiendo esa sensación sedante de serenidad en todo tu ser, como si la nada te cubriera de la cabeza a los pies y te penetrara. Es un descanso profundo.
Puedes hacerlo durante unos diez minutos después de levantarte y diez minutos antes de acostarte. Puedes hacerlo también durante el día, cuando te sientas tenso o cansado. Y, de todos modos, cuanto más tiempo dediques a esta ejercitación, mejor. Si al hacer este ejercicio te sientes soñoliento o demasiado rígido, déjalo para otro día.
No me cansaré de repetirlo: el secreto del éxito está en la práctica tenaz y perseverante, sin impaciencias y tranquilamente. Se avanza paso a paso. La clave está en repetir y repetir el ejercicio, mejorando cada vez un poco más los efectos. De pronto comenzarás a percibir que las obsesiones ya no te dominan como antes, las tensiones se sueltan, las ansiedades desaparecen, que duermes mejor, que eres más paciente y que estás recuperando el gusto de vivir. Hay que continuar y continuar incansablemente en la práctica diaria.
Ahora bien, ¿a dónde nos lleva este vacío mental?
1.2. Fuego fatuo
Una cosa es la persona y otra cosa el yo. Voy a extractar y estampar aquí algunas ideas de mi libro Sube conmigo (cf IGNACIO LARRAÑAGA, Sube conmigo. Para los que viven en común, Paulinas, Madrid 1984 13, 82-88).
La persona es una realidad conjunta y un conjunto de realidades. La persona tiene una constitución fisiológica, una capacidad intelectual, una estructura temperamental, equipo instintivo... Todo ese conjunto está presidido y compenetrado por una conciencia que, como dueña, integra todas esas partes. Todo ese conjunto integrado es tal individuo.
Ahora bien: esa conciencia proyecta para sí misma una imagen de toda la persona. Naturalmente, una cosa es lo que la persona es, y a eso lo llamamos realidad, y otra cosa la imagen que yo me formo de esa realidad. Si la realidad y la imagen se identifican, estamos en la sabiduría u objetividad.
Pero, normalmente, sucede lo siguiente: la conciencia comienza a distanciarse de la apreciación objetiva de sí mismo en un doble juego: primero, no acepta, sino que rechaza su realidad; en segundo lugar, le nace el complejo de omnipotencia: desea y sueña con una imagen “omnipotente”, por decirlo así. Del desear ser así pasa insensiblemente al imaginar ser así: una imagen ilusoria e inflada, que en la presente reflexión llamamos “yo”.
Después se pasa a confundir e identificar lo que soy con lo que quisiera ser (o imagino ser). Y en el proceso general de falsificación, en este momento, el hombre se adhiere emocionalmente, y a veces morbosamente, a esa imagen aureolada e ilusoria de sí mismo, en una completa simbiosis mental entre la persona y la imagen.
Como se ve, aquí no estamos hablando del verdadero yo, que es la conciencia objetiva de mi propia identidad, sino de su falsificación o apariencia, que es la que, normalmente, prevalece en el ser humano. Y por eso lo ponemos entre comillas (“yo”).
* * *
En definitiva, el “yo” es, pues, una ilusión. Es una red concéntrica tejida de deseos, temores, ansiedades y obsesiones. Es un centro imaginario al que acoplamos y atribuimos, agregamos y referimos todas las vivencias, sean sensaciones o impresiones, recuerdos o proyectos. El centro imaginario nace y crece y se alimenta con los deseos y, a su vez, los engendra, tal como el aceite alimenta la llama de la lámpara. Consumido el aceite, se apaga la llama; anulado el “yo”, cesan los deseos, y, viceversa, apagados los deseos, se extingue el “yo”. Es la liberación absoluta.
El “yo” no existe como entidad estable, como sustancia permanente. Tiene mil rostros, cambia como las nubes, sube y baja como las olas, es mudable como la luna: por la mañana está de cara alegre; al mediodía, una sombra cubre sus ojos; al atardecer, se le ve festivo; horas más tarde, una oscura preocupación se insinúa en su entrecejo.
El “yo” consta de una serie de yoes que se renuevan incesantemente y se suceden unos a otros. Es tan sólo un proceso mental que está constantemente en curso de destrucción y construcción. El “yo” no existe. Es una ilusión imaginaria. Es una ficción que nos seduce y nos obliga a doblar las rodillas y extender los brazos para adherimos a ella con todos los deseos. Es como quien se abraza a una sombra. No es esencia, sino pasión, encendida por los deseos, temores y ansiedades. Es una mentira.
* * *
Y esa mentira es la madre fecunda de todos los males.
Ejerce sobre las personas una tiranía obsesiva. Están tristes porque sienten que su imagen perdió color. Día y noche sueñan y se afanan por agregar un poco más de brillo a su figura. Caminan de sobresalto en sobresalto, danzando alucinados en tomo a ese fuego fatuo. Y en esa danza general, según el ritmo y el vaivén de ese fuego, los recuerdos los amargan, las sombras los entristecen, las ansiedades los turban y las inquietudes los punzan. Y así, el “yo” les roba la paz del corazón y la alegría de vivir.
El “yo” es, además, un Caín fratricida. Levanta murallas intransponibles entre hermanos y hermanos. Su lema es: todo para mí, nada para ti. Ataca, hiere y mata a quien brilla más que él. Detrás de todas las guerrillas fraternas ondea siempre la bandera e imagen del “yo”. En un parto nocturno da incesantemente a luz los amargos frutos de las envidias, las venganzas, rencillas y divisiones que asesinan el amor y siembran por doquier la muerte.
El amor propio no quiere perdonar; prefiere la satisfacción de la venganza: una locura, porque sólo él se quema A las gentes no les importa tanto el tener como el aparecer: les interesa todo lo que pueda resaltar la yana mentira de su figura social. Por eso se mueren por los vestidos, automóviles, mansiones, relumbrantes fiestas de sociedad, el aparecer en la página social de los grandes rotativos; por todo aquello, en fin, que sea apariencia. Es un mundo artificial que gira y gira en torno de esa seductora y yana mariposa.
1.5. De la sabiduría a la pureza
Todos los pobres son sabios y sólo los pobres son sabios, porque sólo ellos miran el mundo con ojos limpios, sin las interferencias alucinantes del “yo”. Los desposeídos están purificados de las escorias y el smog con que el “yo” contamina la interioridad; los pobres son puros, y los puros, sólo ellos, no solamente verán a Dios, sino que también verán el mundo tal como es, sin deformarlo con una visión interesada.
Todos aquellos que actúan bajo los impulsos del “yo” contemplan la vida a través del prisma de sus deseos o miedos. De una u otra manera, todo lo exterior lo hacen pasar por su órbita personal, lo pesan en la balanza de sus intereses, lo envuelven con los ropajes de sus deseos posesivos, y lo califican, lo rechazan o lo apetecen de acuerdo con sus intereses personales.
Es una monstruosa deformación; simplemente por mirar la realidad a través de sus fantasías. Hay que salvarse de la tiranía de sí mismo.
* * *
Tu vecino y tú sois un caso especial: los dos pertenecéis a partidos políticos antagónicos; y por eso existe entre vosotros desde hace años una mal disimulada enemistad. Todo lo perteneciente a la casa vecina lo encuentras mediocre, desde las plantas del jardín hasta el estilo arquitectónico de la casa...; nada de él te gusta, porque lo ves a través de la antipatía que le tienes.
Este sujeto es francamente desagradable. Es lo que piensa todo el mundo. En cambio, para ti es un hombre encantador. ¿A qué se debe este contraste? A que él tiene una gran estima por ti y no escatima elogios para ti; y tú lo conceptúas a través de la emoción gratificante que te causa esa estima.
Por el contrario, fulano es una persona objetivamente encantadora, y así lo reconoce la opinión pública. Pero como sucede que él te estima poco, tú esparces a los cuatro vientos que él es un sujeto ramplón, que su señora es vulgar y sus hijas nada agraciadas. Lo estás viendo y juzgando a través de la lente de tus antipatías.
* * *
Tus intereses te hacen distorsionar el verdadero rostro de la realidad. Haces que las cosas sean tal como tú deseas o temes. Pero ellas siguen siendo tal como son; sólo un hombre puro las puede contemplar en su esencial originalidad.
Mientras no seas puro no verás las cosas y personas en sí mismas, sino a través del miedo o de la codicia que te causan. Las mirarás apropiadoramente o repulsivamente, y de todas maneras, siempre deformadas.
Es inútil; mientras no te desprendas de esa argolla central en la que enganchas posesivamente todas las cosas, no tendrás ojos limpios para ver el mundo en su primordial virginidad.
Una vez que tu atención se haya purificado de las contaminaciones del “yo”, de sus delirios de grandeza y afanes posesivos, y puedas mirar como un niño, entonces todo aparecerá a tus ojos prodigiosamente transparente y distinto: las rocas son fuertes; las nieves, blancas; los arroyos, claros; las rosas, fragantes; el mar, ancho y profundo; el vecino, encantador; la vecina, dulce y discreta; hasta los enemigos resplandecen de dones; vivir es una dicha. Todo es bonito. Para los puros, todo es puro.
1.6. De la muerte al amor
Con la supresión del “yo” hemos conseguido la tranquilidad de la mente. Pero no basta. Necesitamos derivar las energías liberadas y cristalizarlas en el amor y la unidad. El Sermón de la Montaña, en sus primeros tramos, despliega el programa del despojarse; y posteriormente, en sus instancias decisivas, nos entrega el proyecto del darse.
La única muralla de separación entre el otro y yo es el “yo”. Al afirmarse en sí mismo y por sí mismo, el “yo” se siente distinto y, de alguna manera, opuesto a lo que no es él. De esta oposición nace una suerte de tensión o dialéctica, acompañada de un cierto sentimiento de inquietud. En definitiva, se produce algo parecido a un conflicto dualista, cosa que desaparece en cuanto es derribada esa muralla.
En cuanto el hombre se siente ligado y abrazado a sí mismo, diferente y opuesto a los demás, le nace automáticamente la inseguridad, por el hecho de encontrarse solitario; y, a la inversa, al desligarse de sí mismo y dejarse arrastrar por la corriente universal, se siente inmerso en la unidad con todos los seres, encontrando seguridad y armonía.
Ya no existen el sujeto y el objeto como polos opuestos; desaparece también la dicotomía yo-tú, yo-mundo. Y, en este momento, al perder los seres vivos (sobre todo el hombre) sus perfiles diferenciantes, el hombre se siente emparentado con todos los seres en su realidad última y acaba por instalarse en una común-unidad con todos en la más entrañable fraternidad. Es la experiencia de la unidad universal. Que sean uno. Es más que amor. En el amor, una persona ama a otra persona. Pero en esta experiencia los dos sujetos acaban por sentirse uno parte del otro, como en una empatía cósmica, hasta llegar a sentir las cosas del otro como si fueran propias. Es obvio que en este contexto no caben rivalidades ni envidias
* * *
Cuando el hombre ha detenido la actividad de la conciencia ordinaria, no se produce un vacío “hueco”, sino que la conciencia se hace presente en sí misma. Se trata de una presencia vital de la mente que se transparenta a sí misma, o de la presencia vital de la realidad de la persona que se hace presente a sí misma. Es la experiencia de la “in-sistencia”, es decir, mi realidad está toda en sí y toda-en-el-universo: se experimenta a sí mismo en los demás y a los demás en sí mismo.
Por eso el sabio respeta todo, venera todo, de tal manera que en su interior no da curso libre a actitudes posesivas ni agresivas. Es sensible hasta sentir como suyos los problemas ajenos. No juzga, no presupone, nunca invade el santuario de las intenciones. Sus entrañas están tejidas de fibras delicadas, y su estilo es siempre de alta cortesía. En suma, es capaz de tratar a los demás con la misma reverencia y comprensión con que se trata a sí mismo. Ama al prójimo como a sí mismo.
Es capaz, además, de .cargar a hombros con el dolor de la Humanidad. Sufre como suyas las llagas de los dolientes. Habiendo apagado la pasión del “yo”, ha pasado definitivamente a la compasión con el mundo.
* * *
Para conseguir esta liberación se necesita, en primer lugar, una práctica intensiva y constante de mente vacía.
En segundo lugar, es necesario que vivas despierto, atento a ti mismo. Mediante una constante introspecciónmeditación-intuición tienes que descubrir que el „„yo” (el falso yo) es la raíz de todas sus desventuras, y debes convencerte de la falacia e inexistencia de esa imagen ilusoria de ti mismo.
No le des satisfacciones a esa fiera hambrienta. Cuanto más la alimentas, más tiranía ejercerá sobre ti. Si hablan mal de ti, no te defiendas; deja que sangre hasta morir el amor propio. No te justifiques si tus proyectos no salieron a la medida de tus deseos. No des paso a la autocompasión, que es el bocado más apetecido por el “yo”. No busques elogios ni abierta ni solapadamente. Rehúye sistemáticamente los aplausos. No saborees el éxito.
Ahuyenta, en tu intimidad, los recuerdos halagüeños, que también son bocados exquisitos para el”yo”.
Si le vas retirando el aceite, la lámpara acabará apagándose. Esta es la batalla de la libertad.
Recuerda también las consignas tantas veces repetidas: no te hagas ilusiones, el progreso será sumamente lento; pasarán años hasta que puedas saborear la deliciosa fruta de la liberación; y en el camino habrá vacilaciones, retrocesos y desalientos. Así es la naturaleza humana; comienza por aceptarla tal como es.
2.1. La marcha hacia la libertad
Muchos millones de años atrás, durante el período jurásico, alcanzaron su pleno apogeo los gigantescos brontosaurios que pesaban treinta toneladas y medían veinte metros. Estos reptiles, de largo cuello y poderosa cola, probablemente se movían con elegancia en las aguas, pero eran torpes en la tierra y consumían grandes cantidades de energía para desplazar su peso colosal.
A juzgar por los fósiles descubiertos en el Colorado, su fuerza bruta debió ser abrumadora, pero estaba dirigida por un cerebro minúsculo, que pesaba medio kilo. La organización de las señales que recibía ese cerebro y de los mensajes que debía transmitir para mantener las funciones de la inmensa musculatura debía ocupar gran parte de sus escasas neuronas, dejando un margen muy pequeño para las tareas “inteligentes”. Y así, los brontosaurios pronto se extinguieron, debido, en gran parte, a la limitación de sus facultades “mentales”. Su enorme fuerza física no bastó para sobrevivir al cambio del ambiente.
* * *
Aunque nuestro cerebro es muy superior al de los demás mamíferos y vertebrados, de todas formas es muy limitado el control sobre nosotros mismos; y es temible que fuerzas inmensas como las que hoy posee el hombre estén manipuladas por cerebros subdesarrollados; subdesarrollados debido al poco control que el hombre ejerce todavía sobre su mente.
Ya se dijo en la ONU: puesto que las guerras se gestan en la mente humana, es ahí donde tendrá que iniciarse la construcción de la paz. También se ha dicho últimamente: “El mayor problema del hombre hoy día no es dominar el mundo físico, sino conocer su mente y controlar su conducta” (Beach). De otra manera, las enormes fuerzas de que dispone el hombre podrían arrastrarlo, casi inevitablemente, a su propia destrucción
Dicen los antropólogos, y en general los paleontólogos, que en el último millón de años se ha dado casi un salto en la planificación cerebral; es decir: en comparación con la evolución que experimentaba la organización cerebral en el período de los prehomínidos y antes, se ha producido una fantástica aceleración en el último millón de años en lo que se refiere al desarrollo cerebral.
Según Ramón y Cajal, el conocimiento de las bases físico-químicas de la memoria, de los sentimientos y de la razón haría del hombre el dueño absoluto de la creación, y su obra más trascendental sería la conquista de su propio cerebro. No deja de haber razón en esta afirmación. No obstante, el estudio de las funciones cerebrales de ninguna manera explica y agota la complejidad de las actividades mentales.
El camino que conduce a la libertad y a la felicidad está erizado de obstáculos, como hemos visto en las páginas anteriores; y no siempre el dominio de la estructura y funciones cerebrales coincide con el progreso paralelo de la libertad. Hay que preguntarse si el hombre moderno es, o no es, víctima de la angustia y el miedo en mayor o menor grado que el hombre sumerio, por ejemplo, o el mismísimo hombre del Neardenthal. O si el profesor de Harvard está más cerca o más lejos de la paz que, por ejemplo, el hombre africano de la tribu zulú.
Es verdad que la ciencia va obteniendo progresos espectaculares: en un grupo de setenta personas que sufrían angustia obsesiva, Grey Walter aplicó coagulaciones cuidadosamente dosificadas, hechas por medio de electrodos implantados en los lóbulos frontales, logrando la recuperación social de un 85 por 100.
No obstante, y hoy por hoy, la marcha hacia la libertad no avanza paralela a la del conocimiento científico; al contrario, esa marcha está constantemente torpedeada, según estamos comprobando, por mil estímulos que le vienen al hombre no sólo desde fuera, sino también desde sus mecanismos internos.
Cualquier cosa que se haga para desbrozar estos obstáculos hace más expedita la marcha hacia la libertad. Y es eso lo que pretendemos con estos ejercicios.
2.2. Relajación
Es el cerebro el que produce las corrientes neuroeléctricas y neuromagnéticas, las cuales se van instalando en las diversas partes del cuerpo. Hay unas zonas del cuerpo más acumulativas que otras. Como efecto de esta acumulación, el organismo puede cargarse de un alto voltaje eléctrico y la persona sentirse tensa.
Toda tensión es un esfuerzo, y todo esfuerzo, una quema de energías. Esta quema puede ser útil o inútil. Si la tensión se canaliza para el logro de un gran propósito, es un esfuerzo positivo. Lo lamentable es cuando la energía es desperdiciada inútilmente. Y no sólo puede ser un desperdicio inútil, sino también, y sobre todo, nocivo.
Y así nos encontramos con personas que viven día y noche en un tenso estado general, con el rostro crispado y la musculatura contraída, circunstancias ideales para que se produzcan los estados obsesivos y angustiosos. Y así, la persona llega a sentirse impotente, infeliz. La desgracia más grande es disponer de tiempo y no poder ocuparlo más que con la inquietud.
* * *
Salta a la vista el hecho de que las emociones fuertes, como la cólera, perturban la respiración, y las situaciones internas, como el temor, o agentes externos, como los desafíos, colocan el sistema neuromuscular en una tesitura tensa que consume grandes energías. Al quemarse tantas energías, el cerebro tiene que acelerar la producción, con lo que se produce la fatiga mental, que, en otras palabras, no es más que debilidad mental. Y éste es el terreno abonado, como dijimos, para la ansiedad y la depresión.
Nosotros aquí vamos a invertir el proceso. Trataremos de ubicar, mediante la concentración, las zonas crispadas que las soltaremos mediante la relajación. Y así ahorraremos grandes dosis de energía neuroeléctrica, con lo que el cerebro no necesitará trabajar tanto, sino que descansará.
Este descanso originará muy pronto el fortalecimiento, y ello, con otras palabras, equivale a recuperar el dominio de sí y la unidad interior. Y así nacerá el sosiego, y habitaremos de nuevo en la región del descanso y de la paz. Necesitamos tener una habitación interior a donde poder retirarnos cuando lo necesitemos; una habitación agradable, llena de riquezas: serenidad, energías positivas, ilusión de vivir...
El dominio de sí, la libertad, no es un don, sino una Conquista.
Suelta todo el cuerpo varias veces, hasta que lo sientas equilibrado.
Concéntrate en tu respiración. A ser posible, haz la respiración abdominal. Recuerda que toda respiración consta de inhalación (absorción de aire) y exhalación (expulsión de aire). Respira por la nariz, inhalando tanto aire cuanto puedas, no fuerte o ruidosamente, sino suavemente. Luego exhala tranquila y lentamente, expulsando el aire hasta vaciar completamente los pulmones. Al exhalar, pronuncia suavemente (mental o vocalmente) la palabra “nada”, sintiendo la sensación de nada, que todo tu ser se vacíe, al tiempo y de la misma manera que se vacían de aire los pulmones. Vuelve a inhalar, y vuelve a exhalar pronunciando nada, sintiendo que todo tu ser se relaja, que tu cerebro, brazos, estómago, piernas, quedan vacíos. Lo decisivo es permanecer el mayor tiempo posible con la sensación de mente vacía.
Al principio, tu mente no se vaciará tan fácilmente; al contrario, las imágenes rebeldes te acompañarán. Es normal. No trates de expulsar por la fuerza los pensamientos, no les des importancia, déjalos, suéltalos. Y vuelve a sentir el vacío al pronunciar “nada” durante la exhalación. Paulatinamente irás consiguiendo esa sensación sedante de serenidad en todo tu ser, como si la nada te cubriera de la cabeza a los pies y te penetrara. Es un descanso profundo.
Puedes hacerlo durante unos diez minutos después de levantarte y diez minutos antes de acostarte. Puedes hacerlo también durante el día, cuando te sientas tenso o cansado. Y, de todos modos, cuanto más tiempo dediques a esta ejercitación, mejor. Si al hacer este ejercicio te sientes soñoliento o demasiado rígido, déjalo para otro día.
No me cansaré de repetirlo: el secreto del éxito está en la práctica tenaz y perseverante, sin impaciencias y tranquilamente. Se avanza paso a paso. La clave está en repetir y repetir el ejercicio, mejorando cada vez un poco más los efectos. De pronto comenzarás a percibir que las obsesiones ya no te dominan como antes, las tensiones se sueltan, las ansiedades desaparecen, que duermes mejor, que eres más paciente y que estás recuperando el gusto de vivir. Hay que continuar y continuar incansablemente en la práctica diaria.
Ahora bien, ¿a dónde nos lleva este vacío mental?
1.2. Fuego fatuo
Una cosa es la persona y otra cosa el yo. Voy a extractar y estampar aquí algunas ideas de mi libro Sube conmigo (cf IGNACIO LARRAÑAGA, Sube conmigo. Para los que viven en común, Paulinas, Madrid 1984 13, 82-88).
La persona es una realidad conjunta y un conjunto de realidades. La persona tiene una constitución fisiológica, una capacidad intelectual, una estructura temperamental, equipo instintivo... Todo ese conjunto está presidido y compenetrado por una conciencia que, como dueña, integra todas esas partes. Todo ese conjunto integrado es tal individuo.
Ahora bien: esa conciencia proyecta para sí misma una imagen de toda la persona. Naturalmente, una cosa es lo que la persona es, y a eso lo llamamos realidad, y otra cosa la imagen que yo me formo de esa realidad. Si la realidad y la imagen se identifican, estamos en la sabiduría u objetividad.
Pero, normalmente, sucede lo siguiente: la conciencia comienza a distanciarse de la apreciación objetiva de sí mismo en un doble juego: primero, no acepta, sino que rechaza su realidad; en segundo lugar, le nace el complejo de omnipotencia: desea y sueña con una imagen “omnipotente”, por decirlo así. Del desear ser así pasa insensiblemente al imaginar ser así: una imagen ilusoria e inflada, que en la presente reflexión llamamos “yo”.
Después se pasa a confundir e identificar lo que soy con lo que quisiera ser (o imagino ser). Y en el proceso general de falsificación, en este momento, el hombre se adhiere emocionalmente, y a veces morbosamente, a esa imagen aureolada e ilusoria de sí mismo, en una completa simbiosis mental entre la persona y la imagen.
Como se ve, aquí no estamos hablando del verdadero yo, que es la conciencia objetiva de mi propia identidad, sino de su falsificación o apariencia, que es la que, normalmente, prevalece en el ser humano. Y por eso lo ponemos entre comillas (“yo”).
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En definitiva, el “yo” es, pues, una ilusión. Es una red concéntrica tejida de deseos, temores, ansiedades y obsesiones. Es un centro imaginario al que acoplamos y atribuimos, agregamos y referimos todas las vivencias, sean sensaciones o impresiones, recuerdos o proyectos. El centro imaginario nace y crece y se alimenta con los deseos y, a su vez, los engendra, tal como el aceite alimenta la llama de la lámpara. Consumido el aceite, se apaga la llama; anulado el “yo”, cesan los deseos, y, viceversa, apagados los deseos, se extingue el “yo”. Es la liberación absoluta.
El “yo” no existe como entidad estable, como sustancia permanente. Tiene mil rostros, cambia como las nubes, sube y baja como las olas, es mudable como la luna: por la mañana está de cara alegre; al mediodía, una sombra cubre sus ojos; al atardecer, se le ve festivo; horas más tarde, una oscura preocupación se insinúa en su entrecejo.
El “yo” consta de una serie de yoes que se renuevan incesantemente y se suceden unos a otros. Es tan sólo un proceso mental que está constantemente en curso de destrucción y construcción. El “yo” no existe. Es una ilusión imaginaria. Es una ficción que nos seduce y nos obliga a doblar las rodillas y extender los brazos para adherimos a ella con todos los deseos. Es como quien se abraza a una sombra. No es esencia, sino pasión, encendida por los deseos, temores y ansiedades. Es una mentira.
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Y esa mentira es la madre fecunda de todos los males.
Ejerce sobre las personas una tiranía obsesiva. Están tristes porque sienten que su imagen perdió color. Día y noche sueñan y se afanan por agregar un poco más de brillo a su figura. Caminan de sobresalto en sobresalto, danzando alucinados en tomo a ese fuego fatuo. Y en esa danza general, según el ritmo y el vaivén de ese fuego, los recuerdos los amargan, las sombras los entristecen, las ansiedades los turban y las inquietudes los punzan. Y así, el “yo” les roba la paz del corazón y la alegría de vivir.
El “yo” es, además, un Caín fratricida. Levanta murallas intransponibles entre hermanos y hermanos. Su lema es: todo para mí, nada para ti. Ataca, hiere y mata a quien brilla más que él. Detrás de todas las guerrillas fraternas ondea siempre la bandera e imagen del “yo”. En un parto nocturno da incesantemente a luz los amargos frutos de las envidias, las venganzas, rencillas y divisiones que asesinan el amor y siembran por doquier la muerte.
El amor propio no quiere perdonar; prefiere la satisfacción de la venganza: una locura, porque sólo él se quema A las gentes no les importa tanto el tener como el aparecer: les interesa todo lo que pueda resaltar la yana mentira de su figura social. Por eso se mueren por los vestidos, automóviles, mansiones, relumbrantes fiestas de sociedad, el aparecer en la página social de los grandes rotativos; por todo aquello, en fin, que sea apariencia. Es un mundo artificial que gira y gira en torno de esa seductora y yana mariposa.
En suma, el “yo” es una loca quimera, un fuego fatuo, etiqueta y ropaje, una vibración inútil que persigue y obsesiona. Es un flujo continuo e impermanente de sensaciones e impresiones, acopladas a un centro imaginario.
1.3. Apagar el Fuego
La tranquilidad mental es un estado en el que el hombre deja de referirse y agarrarse a esa imagen ilusoria. La liberación consiste en vaciarse de sí mismo, en extinguir la llama, en despertar y tomar conciencia de que estabas abrazado a una sombra cuando te aferrabas tan apasionadamente al “yo”. Sí, es necesario despertar de este engaño: el de suponer que era real lo que de verdad era irreal.
La tarea de la liberación consiste, pues, en ejercitarse intensamente en la práctica del vacío mental, para convencerse experimentalmente de que el supuesto “yo” no existe. Así como el origen de todo dolor, insistimos, está en el error de considerar la imagen del “yo” como entidad real, la liberación del sufrimiento consiste en salir de ese error.
Y desde ese momento, así como, caído el árbol, caen las ramas; así como, consumido el aceite, se extingue la lámpara, de la misma manera, yugulado el “yo”, quedan cercenados los sentimientos que estaban adheridos al centro imaginario.
Con otras palabras: extinguido el “yo”, se apagan también aquellas emociones que eran, al mismo tiempo, “madres” e “hijas” del “yo”: temores, deseos, ansiedades, obsesiones, prevenciones, angustias... Y, apagadas las llamas, nace en el interior un profundo descanso, una gran serenidad.
Muere el “yo” con sus adherencias, y nace la libertad.
Este programa es equivalente a los principios evangélicos: negarse a sí mismo; para vivir hay que morir, como el grano de trigo; el que odia su vida, la ganará.
Llegó, pues, la hora, hermano: la hora de aventar las ficciones, y liberarse de las tiranías obsesivas, recostarte en el rincón y dormir; dormir, que es olvidarse de ti mismo; soltar al viento los nombres, los pájaros y los lamentos; respirar como en la primera aurora del mundo; bañarte en las anchas desembocaduras de la paz y reposar en las frescas praderas.
Desde el seno de la noche levanta la luz su cabellera de plata. Los campos están grávidos. Conviven en el mismo cubil el tigre y el cordero, y el niño juega junto a un nido de víboras. Bienaventurados los pobres y desposeídos de sí mismos, porque saborearán el descanso y la paz.
Para obtener estos frutos hay que pagar un precio: el de ejercitarse asidua, incansablemente, en la práctica del vacío mental.
1.4. De la pobreza a la sabiduría
Quien se ha vaciado de sí mismo es un sabio. Si lográramos vaciamos por completo, volveríamos a la infancia de la humanidad.
Para el desposeído, el ridículo no existe; vivir es soñar; nunca el temor llamará a su puerta; las emergencias no le asustan; le tienen sin cuidado las opiniones sobre su persona; la tristeza no pisa sus fronteras.
Desaparecen los adjetivos posesivos „„mio”, „„tuyo‟‟, así como también los verbos pertenecer, poseer, verbos que son fuente de fricciones y conflictos, porque es el “yo” el que tiende, con sus brazos largos, las cadenas apropiadoras de las cosas, hechos y personas.
El que se vacía de sí mismo experimenta la misma sensación lenitiva que cuando desaparece la fiebre alta: descanso y refrigerio, justamente porque el “yo” es llama, fuego, fiebre, deseo, pasión.
Bien sabemos que el interior del hombre es frecuentemente morada llameante de dolor. ¿Qué sucede si la casa está incendiándose y tú estás dentro? ¿ Cómo escapar? No es necesario huir. Sabemos cómo se apaga el incendio. El que ha visto cómo el temor surge de la pasión, sabe que la tranquilidad de la mente se adquiere apagando la pasión. Basta despertar, abrir los ojos, levantar la cabeza y tomar conciencia de que estabas en un error: que estabas suponiendo que era real lo que en verdad era irreal.
Lo que importa es detener la actividad de la conciencia ordinaria, porque ella es una actividad centrada en el “yo”. Cuando la mente actúa, lo hace necesariamente alentando y engendrando el “yo” egoísta; el cual, a su vez, extiende sus brazos apropiadores (que son los deseos de poseer, la codicia, la sed de gloria) sobre objetivossucesos-personas, naciendo de esta apropiación los temores y sobresaltos. Al anular el curso de la actividad mental, desaparece este proceso.
El vacío de la mente instala al hombre en un mundo nuevo, en el mundo de la realidad última, diverso del mundo de las apariencias en que normalmente nos movemos. El que ama su vida, la perderá; el que la odia, la ganará.
* * *
Nada desde fuera, nada desde dentro logra remecer la serenidad del sabio. Lo mismo que un huracán deja inmutable el acantilado, así los disgustos dejan impasible al hombre sabio. Y de esta manera él se sitúa más allá de los vaivenes de las emociones y de las pasiones.
La presencia de sí es perturbada normalmente por los delirios del “yo”. Pero, una vez eliminado el “yo”, el sabio adquiere plena presencia de sí, y va controlando cuanto ejecuta, al hablar, al reaccionar, al caminar.
Por este sincero y espontáneo abandono de sí mismo y de sus cosas, el verdadero sabio, una vez libre de todas las ataduras apropiadoras del “yo”, se lanza sin impedimento en el seno profundo de la libertad. Por eso, una vez que ha conseguido experimentar el vacío mental, el sabio llega a vivir libre de todo temor y permanece en la estabilidad de quien está más allá de todo cambio.
Y así, el pobre y desposeído, al sentirse desligado de sí mismo, va entrando lentamente en las aguas tibias de la serenidad, humildad, objetividad, benignidad, compasión y paz. Como se ve, nos encontramos ya en el corazón de las Bienaventuranzas.
El hombre artificial, esto es, el que está sometido a la tiranía del “yo”, está siempre vuelto hacia afuera, obsesionado por quedar bien, por causar buena impresión, preocupado por el “qué piensan de mí”, “qué dicen de mí”; y, al vaivén de los avatares, sufre, teme, se estremece. La vanidad y el egoísmo atan al hombre a la existencia dolorosa, haciéndolo esclavo de los caprichos del “yo”.
El hombre sabio, en cambio, es un ser esencialmente vuelto hacia dentro: como ya se libró de la obsesión de la imagen, porque se convenció de que el “yo” no existe, le tiene absolutamente sin cuidado todo lo que se piense o se diga en referencia a un “yo” que él sabe que no existe; vive desconectado de las preocupaciones artificiales, en una gozosa interioridad, silencioso, profundo y fecundo.
Se mueve en el mundo de las cosas y los acontecimientos, pero su morada está en el reino de la serenidad.
Desarrolla actividades exteriores, pero su intimidad está instalada en aquel fondo inmutable que, sin posibilidad de cambio, da origen a toda su actividad.
* * *
La cobra podría inyectarle su veneno, pero el sabio no tendrá fiebre.
Pero... es imposible. La cobra, que es la cólera, no puede atacar al sabio. Sus fuentes profundas están purificadas, y el agua que brota desde ellas no puede menos de ser pura. Sin poder ni propiedades, el sabio hace el camino mirándolo todo con ternura y tratando a todas las criaturas con respeto y veneración. La túnica que lo envuelve es la paciencia, y sus aguas nunca serán agitadas.
No tiene nada que defender; a nadie amenaza y por nadie se siente amenazado; por eso cuenta con la amistad de todos. Armas, ¿para qué? Al que nada tiene y nada quiere tener, ¿qué le puede turbar? ¿Acaso no es la turbación un ejército alzado para defensa de las propiedades amenazadas? Pero a quien espontáneamente se desprendió hasta los escombros de sí mismo, ¿qué le puede turbar? ¿Desde qué trincheras lo pueden amenazar?
No, definitivamente, el verdadero sabio no puede ser picado por la cobra.
1.3. Apagar el Fuego
La tranquilidad mental es un estado en el que el hombre deja de referirse y agarrarse a esa imagen ilusoria. La liberación consiste en vaciarse de sí mismo, en extinguir la llama, en despertar y tomar conciencia de que estabas abrazado a una sombra cuando te aferrabas tan apasionadamente al “yo”. Sí, es necesario despertar de este engaño: el de suponer que era real lo que de verdad era irreal.
La tarea de la liberación consiste, pues, en ejercitarse intensamente en la práctica del vacío mental, para convencerse experimentalmente de que el supuesto “yo” no existe. Así como el origen de todo dolor, insistimos, está en el error de considerar la imagen del “yo” como entidad real, la liberación del sufrimiento consiste en salir de ese error.
Y desde ese momento, así como, caído el árbol, caen las ramas; así como, consumido el aceite, se extingue la lámpara, de la misma manera, yugulado el “yo”, quedan cercenados los sentimientos que estaban adheridos al centro imaginario.
Con otras palabras: extinguido el “yo”, se apagan también aquellas emociones que eran, al mismo tiempo, “madres” e “hijas” del “yo”: temores, deseos, ansiedades, obsesiones, prevenciones, angustias... Y, apagadas las llamas, nace en el interior un profundo descanso, una gran serenidad.
Muere el “yo” con sus adherencias, y nace la libertad.
Este programa es equivalente a los principios evangélicos: negarse a sí mismo; para vivir hay que morir, como el grano de trigo; el que odia su vida, la ganará.
Llegó, pues, la hora, hermano: la hora de aventar las ficciones, y liberarse de las tiranías obsesivas, recostarte en el rincón y dormir; dormir, que es olvidarse de ti mismo; soltar al viento los nombres, los pájaros y los lamentos; respirar como en la primera aurora del mundo; bañarte en las anchas desembocaduras de la paz y reposar en las frescas praderas.
Desde el seno de la noche levanta la luz su cabellera de plata. Los campos están grávidos. Conviven en el mismo cubil el tigre y el cordero, y el niño juega junto a un nido de víboras. Bienaventurados los pobres y desposeídos de sí mismos, porque saborearán el descanso y la paz.
Para obtener estos frutos hay que pagar un precio: el de ejercitarse asidua, incansablemente, en la práctica del vacío mental.
1.4. De la pobreza a la sabiduría
Quien se ha vaciado de sí mismo es un sabio. Si lográramos vaciamos por completo, volveríamos a la infancia de la humanidad.
Para el desposeído, el ridículo no existe; vivir es soñar; nunca el temor llamará a su puerta; las emergencias no le asustan; le tienen sin cuidado las opiniones sobre su persona; la tristeza no pisa sus fronteras.
Desaparecen los adjetivos posesivos „„mio”, „„tuyo‟‟, así como también los verbos pertenecer, poseer, verbos que son fuente de fricciones y conflictos, porque es el “yo” el que tiende, con sus brazos largos, las cadenas apropiadoras de las cosas, hechos y personas.
El que se vacía de sí mismo experimenta la misma sensación lenitiva que cuando desaparece la fiebre alta: descanso y refrigerio, justamente porque el “yo” es llama, fuego, fiebre, deseo, pasión.
Bien sabemos que el interior del hombre es frecuentemente morada llameante de dolor. ¿Qué sucede si la casa está incendiándose y tú estás dentro? ¿ Cómo escapar? No es necesario huir. Sabemos cómo se apaga el incendio. El que ha visto cómo el temor surge de la pasión, sabe que la tranquilidad de la mente se adquiere apagando la pasión. Basta despertar, abrir los ojos, levantar la cabeza y tomar conciencia de que estabas en un error: que estabas suponiendo que era real lo que en verdad era irreal.
Lo que importa es detener la actividad de la conciencia ordinaria, porque ella es una actividad centrada en el “yo”. Cuando la mente actúa, lo hace necesariamente alentando y engendrando el “yo” egoísta; el cual, a su vez, extiende sus brazos apropiadores (que son los deseos de poseer, la codicia, la sed de gloria) sobre objetivossucesos-personas, naciendo de esta apropiación los temores y sobresaltos. Al anular el curso de la actividad mental, desaparece este proceso.
El vacío de la mente instala al hombre en un mundo nuevo, en el mundo de la realidad última, diverso del mundo de las apariencias en que normalmente nos movemos. El que ama su vida, la perderá; el que la odia, la ganará.
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Nada desde fuera, nada desde dentro logra remecer la serenidad del sabio. Lo mismo que un huracán deja inmutable el acantilado, así los disgustos dejan impasible al hombre sabio. Y de esta manera él se sitúa más allá de los vaivenes de las emociones y de las pasiones.
La presencia de sí es perturbada normalmente por los delirios del “yo”. Pero, una vez eliminado el “yo”, el sabio adquiere plena presencia de sí, y va controlando cuanto ejecuta, al hablar, al reaccionar, al caminar.
Por este sincero y espontáneo abandono de sí mismo y de sus cosas, el verdadero sabio, una vez libre de todas las ataduras apropiadoras del “yo”, se lanza sin impedimento en el seno profundo de la libertad. Por eso, una vez que ha conseguido experimentar el vacío mental, el sabio llega a vivir libre de todo temor y permanece en la estabilidad de quien está más allá de todo cambio.
Y así, el pobre y desposeído, al sentirse desligado de sí mismo, va entrando lentamente en las aguas tibias de la serenidad, humildad, objetividad, benignidad, compasión y paz. Como se ve, nos encontramos ya en el corazón de las Bienaventuranzas.
El hombre artificial, esto es, el que está sometido a la tiranía del “yo”, está siempre vuelto hacia afuera, obsesionado por quedar bien, por causar buena impresión, preocupado por el “qué piensan de mí”, “qué dicen de mí”; y, al vaivén de los avatares, sufre, teme, se estremece. La vanidad y el egoísmo atan al hombre a la existencia dolorosa, haciéndolo esclavo de los caprichos del “yo”.
El hombre sabio, en cambio, es un ser esencialmente vuelto hacia dentro: como ya se libró de la obsesión de la imagen, porque se convenció de que el “yo” no existe, le tiene absolutamente sin cuidado todo lo que se piense o se diga en referencia a un “yo” que él sabe que no existe; vive desconectado de las preocupaciones artificiales, en una gozosa interioridad, silencioso, profundo y fecundo.
Se mueve en el mundo de las cosas y los acontecimientos, pero su morada está en el reino de la serenidad.
Desarrolla actividades exteriores, pero su intimidad está instalada en aquel fondo inmutable que, sin posibilidad de cambio, da origen a toda su actividad.
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La cobra podría inyectarle su veneno, pero el sabio no tendrá fiebre.
Pero... es imposible. La cobra, que es la cólera, no puede atacar al sabio. Sus fuentes profundas están purificadas, y el agua que brota desde ellas no puede menos de ser pura. Sin poder ni propiedades, el sabio hace el camino mirándolo todo con ternura y tratando a todas las criaturas con respeto y veneración. La túnica que lo envuelve es la paciencia, y sus aguas nunca serán agitadas.
No tiene nada que defender; a nadie amenaza y por nadie se siente amenazado; por eso cuenta con la amistad de todos. Armas, ¿para qué? Al que nada tiene y nada quiere tener, ¿qué le puede turbar? ¿Acaso no es la turbación un ejército alzado para defensa de las propiedades amenazadas? Pero a quien espontáneamente se desprendió hasta los escombros de sí mismo, ¿qué le puede turbar? ¿Desde qué trincheras lo pueden amenazar?
No, definitivamente, el verdadero sabio no puede ser picado por la cobra.
1.5. De la sabiduría a la pureza
Todos los pobres son sabios y sólo los pobres son sabios, porque sólo ellos miran el mundo con ojos limpios, sin las interferencias alucinantes del “yo”. Los desposeídos están purificados de las escorias y el smog con que el “yo” contamina la interioridad; los pobres son puros, y los puros, sólo ellos, no solamente verán a Dios, sino que también verán el mundo tal como es, sin deformarlo con una visión interesada.
Todos aquellos que actúan bajo los impulsos del “yo” contemplan la vida a través del prisma de sus deseos o miedos. De una u otra manera, todo lo exterior lo hacen pasar por su órbita personal, lo pesan en la balanza de sus intereses, lo envuelven con los ropajes de sus deseos posesivos, y lo califican, lo rechazan o lo apetecen de acuerdo con sus intereses personales.
Es una monstruosa deformación; simplemente por mirar la realidad a través de sus fantasías. Hay que salvarse de la tiranía de sí mismo.
* * *
Tu vecino y tú sois un caso especial: los dos pertenecéis a partidos políticos antagónicos; y por eso existe entre vosotros desde hace años una mal disimulada enemistad. Todo lo perteneciente a la casa vecina lo encuentras mediocre, desde las plantas del jardín hasta el estilo arquitectónico de la casa...; nada de él te gusta, porque lo ves a través de la antipatía que le tienes.
Este sujeto es francamente desagradable. Es lo que piensa todo el mundo. En cambio, para ti es un hombre encantador. ¿A qué se debe este contraste? A que él tiene una gran estima por ti y no escatima elogios para ti; y tú lo conceptúas a través de la emoción gratificante que te causa esa estima.
Por el contrario, fulano es una persona objetivamente encantadora, y así lo reconoce la opinión pública. Pero como sucede que él te estima poco, tú esparces a los cuatro vientos que él es un sujeto ramplón, que su señora es vulgar y sus hijas nada agraciadas. Lo estás viendo y juzgando a través de la lente de tus antipatías.
* * *
Tus intereses te hacen distorsionar el verdadero rostro de la realidad. Haces que las cosas sean tal como tú deseas o temes. Pero ellas siguen siendo tal como son; sólo un hombre puro las puede contemplar en su esencial originalidad.
Mientras no seas puro no verás las cosas y personas en sí mismas, sino a través del miedo o de la codicia que te causan. Las mirarás apropiadoramente o repulsivamente, y de todas maneras, siempre deformadas.
Es inútil; mientras no te desprendas de esa argolla central en la que enganchas posesivamente todas las cosas, no tendrás ojos limpios para ver el mundo en su primordial virginidad.
Una vez que tu atención se haya purificado de las contaminaciones del “yo”, de sus delirios de grandeza y afanes posesivos, y puedas mirar como un niño, entonces todo aparecerá a tus ojos prodigiosamente transparente y distinto: las rocas son fuertes; las nieves, blancas; los arroyos, claros; las rosas, fragantes; el mar, ancho y profundo; el vecino, encantador; la vecina, dulce y discreta; hasta los enemigos resplandecen de dones; vivir es una dicha. Todo es bonito. Para los puros, todo es puro.
1.6. De la muerte al amor
Con la supresión del “yo” hemos conseguido la tranquilidad de la mente. Pero no basta. Necesitamos derivar las energías liberadas y cristalizarlas en el amor y la unidad. El Sermón de la Montaña, en sus primeros tramos, despliega el programa del despojarse; y posteriormente, en sus instancias decisivas, nos entrega el proyecto del darse.
La única muralla de separación entre el otro y yo es el “yo”. Al afirmarse en sí mismo y por sí mismo, el “yo” se siente distinto y, de alguna manera, opuesto a lo que no es él. De esta oposición nace una suerte de tensión o dialéctica, acompañada de un cierto sentimiento de inquietud. En definitiva, se produce algo parecido a un conflicto dualista, cosa que desaparece en cuanto es derribada esa muralla.
En cuanto el hombre se siente ligado y abrazado a sí mismo, diferente y opuesto a los demás, le nace automáticamente la inseguridad, por el hecho de encontrarse solitario; y, a la inversa, al desligarse de sí mismo y dejarse arrastrar por la corriente universal, se siente inmerso en la unidad con todos los seres, encontrando seguridad y armonía.
Ya no existen el sujeto y el objeto como polos opuestos; desaparece también la dicotomía yo-tú, yo-mundo. Y, en este momento, al perder los seres vivos (sobre todo el hombre) sus perfiles diferenciantes, el hombre se siente emparentado con todos los seres en su realidad última y acaba por instalarse en una común-unidad con todos en la más entrañable fraternidad. Es la experiencia de la unidad universal. Que sean uno. Es más que amor. En el amor, una persona ama a otra persona. Pero en esta experiencia los dos sujetos acaban por sentirse uno parte del otro, como en una empatía cósmica, hasta llegar a sentir las cosas del otro como si fueran propias. Es obvio que en este contexto no caben rivalidades ni envidias
* * *
Cuando el hombre ha detenido la actividad de la conciencia ordinaria, no se produce un vacío “hueco”, sino que la conciencia se hace presente en sí misma. Se trata de una presencia vital de la mente que se transparenta a sí misma, o de la presencia vital de la realidad de la persona que se hace presente a sí misma. Es la experiencia de la “in-sistencia”, es decir, mi realidad está toda en sí y toda-en-el-universo: se experimenta a sí mismo en los demás y a los demás en sí mismo.
Por eso el sabio respeta todo, venera todo, de tal manera que en su interior no da curso libre a actitudes posesivas ni agresivas. Es sensible hasta sentir como suyos los problemas ajenos. No juzga, no presupone, nunca invade el santuario de las intenciones. Sus entrañas están tejidas de fibras delicadas, y su estilo es siempre de alta cortesía. En suma, es capaz de tratar a los demás con la misma reverencia y comprensión con que se trata a sí mismo. Ama al prójimo como a sí mismo.
Es capaz, además, de .cargar a hombros con el dolor de la Humanidad. Sufre como suyas las llagas de los dolientes. Habiendo apagado la pasión del “yo”, ha pasado definitivamente a la compasión con el mundo.
* * *
Para conseguir esta liberación se necesita, en primer lugar, una práctica intensiva y constante de mente vacía.
En segundo lugar, es necesario que vivas despierto, atento a ti mismo. Mediante una constante introspecciónmeditación-intuición tienes que descubrir que el „„yo” (el falso yo) es la raíz de todas sus desventuras, y debes convencerte de la falacia e inexistencia de esa imagen ilusoria de ti mismo.
No le des satisfacciones a esa fiera hambrienta. Cuanto más la alimentas, más tiranía ejercerá sobre ti. Si hablan mal de ti, no te defiendas; deja que sangre hasta morir el amor propio. No te justifiques si tus proyectos no salieron a la medida de tus deseos. No des paso a la autocompasión, que es el bocado más apetecido por el “yo”. No busques elogios ni abierta ni solapadamente. Rehúye sistemáticamente los aplausos. No saborees el éxito.
Ahuyenta, en tu intimidad, los recuerdos halagüeños, que también son bocados exquisitos para el”yo”.
Si le vas retirando el aceite, la lámpara acabará apagándose. Esta es la batalla de la libertad.
Recuerda también las consignas tantas veces repetidas: no te hagas ilusiones, el progreso será sumamente lento; pasarán años hasta que puedas saborear la deliciosa fruta de la liberación; y en el camino habrá vacilaciones, retrocesos y desalientos. Así es la naturaleza humana; comienza por aceptarla tal como es.
2. Ejercicios
2.1. La marcha hacia la libertad
Muchos millones de años atrás, durante el período jurásico, alcanzaron su pleno apogeo los gigantescos brontosaurios que pesaban treinta toneladas y medían veinte metros. Estos reptiles, de largo cuello y poderosa cola, probablemente se movían con elegancia en las aguas, pero eran torpes en la tierra y consumían grandes cantidades de energía para desplazar su peso colosal.
A juzgar por los fósiles descubiertos en el Colorado, su fuerza bruta debió ser abrumadora, pero estaba dirigida por un cerebro minúsculo, que pesaba medio kilo. La organización de las señales que recibía ese cerebro y de los mensajes que debía transmitir para mantener las funciones de la inmensa musculatura debía ocupar gran parte de sus escasas neuronas, dejando un margen muy pequeño para las tareas “inteligentes”. Y así, los brontosaurios pronto se extinguieron, debido, en gran parte, a la limitación de sus facultades “mentales”. Su enorme fuerza física no bastó para sobrevivir al cambio del ambiente.
* * *
Aunque nuestro cerebro es muy superior al de los demás mamíferos y vertebrados, de todas formas es muy limitado el control sobre nosotros mismos; y es temible que fuerzas inmensas como las que hoy posee el hombre estén manipuladas por cerebros subdesarrollados; subdesarrollados debido al poco control que el hombre ejerce todavía sobre su mente.
Ya se dijo en la ONU: puesto que las guerras se gestan en la mente humana, es ahí donde tendrá que iniciarse la construcción de la paz. También se ha dicho últimamente: “El mayor problema del hombre hoy día no es dominar el mundo físico, sino conocer su mente y controlar su conducta” (Beach). De otra manera, las enormes fuerzas de que dispone el hombre podrían arrastrarlo, casi inevitablemente, a su propia destrucción
Dicen los antropólogos, y en general los paleontólogos, que en el último millón de años se ha dado casi un salto en la planificación cerebral; es decir: en comparación con la evolución que experimentaba la organización cerebral en el período de los prehomínidos y antes, se ha producido una fantástica aceleración en el último millón de años en lo que se refiere al desarrollo cerebral.
Según Ramón y Cajal, el conocimiento de las bases físico-químicas de la memoria, de los sentimientos y de la razón haría del hombre el dueño absoluto de la creación, y su obra más trascendental sería la conquista de su propio cerebro. No deja de haber razón en esta afirmación. No obstante, el estudio de las funciones cerebrales de ninguna manera explica y agota la complejidad de las actividades mentales.
El camino que conduce a la libertad y a la felicidad está erizado de obstáculos, como hemos visto en las páginas anteriores; y no siempre el dominio de la estructura y funciones cerebrales coincide con el progreso paralelo de la libertad. Hay que preguntarse si el hombre moderno es, o no es, víctima de la angustia y el miedo en mayor o menor grado que el hombre sumerio, por ejemplo, o el mismísimo hombre del Neardenthal. O si el profesor de Harvard está más cerca o más lejos de la paz que, por ejemplo, el hombre africano de la tribu zulú.
Es verdad que la ciencia va obteniendo progresos espectaculares: en un grupo de setenta personas que sufrían angustia obsesiva, Grey Walter aplicó coagulaciones cuidadosamente dosificadas, hechas por medio de electrodos implantados en los lóbulos frontales, logrando la recuperación social de un 85 por 100.
No obstante, y hoy por hoy, la marcha hacia la libertad no avanza paralela a la del conocimiento científico; al contrario, esa marcha está constantemente torpedeada, según estamos comprobando, por mil estímulos que le vienen al hombre no sólo desde fuera, sino también desde sus mecanismos internos.
Cualquier cosa que se haga para desbrozar estos obstáculos hace más expedita la marcha hacia la libertad. Y es eso lo que pretendemos con estos ejercicios.
Es el cerebro el que produce las corrientes neuroeléctricas y neuromagnéticas, las cuales se van instalando en las diversas partes del cuerpo. Hay unas zonas del cuerpo más acumulativas que otras. Como efecto de esta acumulación, el organismo puede cargarse de un alto voltaje eléctrico y la persona sentirse tensa.
Toda tensión es un esfuerzo, y todo esfuerzo, una quema de energías. Esta quema puede ser útil o inútil. Si la tensión se canaliza para el logro de un gran propósito, es un esfuerzo positivo. Lo lamentable es cuando la energía es desperdiciada inútilmente. Y no sólo puede ser un desperdicio inútil, sino también, y sobre todo, nocivo.
Y así nos encontramos con personas que viven día y noche en un tenso estado general, con el rostro crispado y la musculatura contraída, circunstancias ideales para que se produzcan los estados obsesivos y angustiosos. Y así, la persona llega a sentirse impotente, infeliz. La desgracia más grande es disponer de tiempo y no poder ocuparlo más que con la inquietud.
* * *
Salta a la vista el hecho de que las emociones fuertes, como la cólera, perturban la respiración, y las situaciones internas, como el temor, o agentes externos, como los desafíos, colocan el sistema neuromuscular en una tesitura tensa que consume grandes energías. Al quemarse tantas energías, el cerebro tiene que acelerar la producción, con lo que se produce la fatiga mental, que, en otras palabras, no es más que debilidad mental. Y éste es el terreno abonado, como dijimos, para la ansiedad y la depresión.
Nosotros aquí vamos a invertir el proceso. Trataremos de ubicar, mediante la concentración, las zonas crispadas que las soltaremos mediante la relajación. Y así ahorraremos grandes dosis de energía neuroeléctrica, con lo que el cerebro no necesitará trabajar tanto, sino que descansará.
Este descanso originará muy pronto el fortalecimiento, y ello, con otras palabras, equivale a recuperar el dominio de sí y la unidad interior. Y así nacerá el sosiego, y habitaremos de nuevo en la región del descanso y de la paz. Necesitamos tener una habitación interior a donde poder retirarnos cuando lo necesitemos; una habitación agradable, llena de riquezas: serenidad, energías positivas, ilusión de vivir...
El dominio de sí, la libertad, no es un don, sino una Conquista.
1) Al principio es conveniente practicar estos ejercicios con una cierta rigidez. Pero, en la medida en que se va progresando, la misma práctica dará al ejercitante la sabiduría para realizarlos con espontaneidad creativa. Como la experiencia es maestra de la vida y cada persona experimenta un mismo ejercicio de diferente manera, es conveniente y lógico que cada persona vaya haciendo sus adaptaciones personales, introduciendo variantes en cuanto al tiempo y otros matices.
2) Lo ideal es, pues, que cada persona experimente gran parte de estos ejercicios, se vaya quedando con aquellos que mejores resultados le produzcan y acabe por hacerse su propia síntesis vital, un método práctico para vivir en la serenidad.
3) Nos permitimos recordar lo que dijimos al principio a propósito de la paciencia:
— Si quieres saborear la fruta de la serenidad, es imprescindible reordenar el programa de actividades y reservar espacios libres para practicar diariamente los ejercicios.
— Un mismo ejercicio, ejecutado en diferentes momentos, produce diferentes resultados a una misma persona.
— Los resultados no serán, pues, uniformes, sino imprevisibles.
— Un mismo ejercicio hoy puede dejarte relajado, y mañana, quizá, tenso.
— Cuando creías que todo marchaba bien, de pronto puede tomarte una crisis de angustia.
— El avance será, pues, lento y zigzagueante.
— En todo caso, vale la pena dedicarse asidua y ordenadamente a estas ejercitaciones, porque en ellas se juega el problema de la calma y de la serenidad.
2.2 Soltar los frenos.
La relajación equivale al principio de los resortes: se estira el resorte, y, al dejarlo, vuelve automáticamente a su posición original. Si se estira o se tensa un músculo, luego que se deja de tensar vuelve por sí mismo a su estado normal, a un estado relajado.
Este trabajo de tensar y aflojar podemos practicarlo consciente y voluntariamente. Y cuando hay dificultad para relajarse es aconsejable tensar los músculos al máximo nivel, y a partir de ahí soltar todo de un golpe.
Sucede, sin embargo, que, sin damos cuenta, la frente está arrugada, los hombros encogidos, los brazos rígidos y, en general, todo el cuerpo tenso.
Es igual al caso de un automóvil que avanza con los frenos puestos. En efecto, en la sociedad tecnológica, la mayoría de las personas vive con los nervios frenados: son las tensiones musculares inconscientes.
* * *
Hay que soltar los frenos, y es muy fácil. Se hace así: primeramente despierta, toma conciencia de que estás con los frenos puestos, es decir, que tu sistema neuromuscular está crispado, agarrotado. Y ahí mismo suelta todos los frenos, es decir, suéltate de un golpe, de arriba a abajo, todo entero. Piensa en tu corazón, y suéltalo.
Esta operación tan simple puede hacerse numerosas veces al día, en cualquier momento, en cualquier lugar: al detenerse ante un semáforo, en las horas de trabajo, en el metro, al llegar a casa, en un match deportivo, en una entrevista importante, en la cama, sobre todo cuando no se puede dormir...
Cada uno tiene que ir autoeducándose progresivamente hasta llegar a un estado natural de descanso.
Estatua yacente.
Es un ejercicio simple en que la imaginación juega un papel importante.
Te acuestas en la cama, o en el suelo, de espaldas, cómodo. Los brazos abandonados a lo largo del cuerpo, las manos sueltas.
Tranquilízate al máximo. Toma el control de todo tu ser, parte por parte: deja caer los párpados; suelta la mandíbula; reduce al mínimo posible la actividad mental; respira hondo y tranquilo. Recorre con la atención todo tu organismo; y si percibes que en él hay alguna parte tensa, envía allá una orden para relajarla.
Imagina ser una estatua yacente: siéntete pesado como el mármol, vacío de emociones y pensamientos como una piedra. Siente los brazos sumamente pesados; también las piernas; finalmente, todo el cuerpo. Vacíate por completo de actividad mental. Y sólo con la percepción pura de ti mismo, siéntete como una estatua de piedra que no piensa, ni imagina, ni se emociona.
Permanece así largo rato. Regresa a tu estado normal lentamente, con movimientos suaves.
Te acuestas en la cama, o en el suelo, de espaldas, cómodo. Los brazos abandonados a lo largo del cuerpo, las manos sueltas.
Tranquilízate al máximo. Toma el control de todo tu ser, parte por parte: deja caer los párpados; suelta la mandíbula; reduce al mínimo posible la actividad mental; respira hondo y tranquilo. Recorre con la atención todo tu organismo; y si percibes que en él hay alguna parte tensa, envía allá una orden para relajarla.
Imagina ser una estatua yacente: siéntete pesado como el mármol, vacío de emociones y pensamientos como una piedra. Siente los brazos sumamente pesados; también las piernas; finalmente, todo el cuerpo. Vacíate por completo de actividad mental. Y sólo con la percepción pura de ti mismo, siéntete como una estatua de piedra que no piensa, ni imagina, ni se emociona.
Permanece así largo rato. Regresa a tu estado normal lentamente, con movimientos suaves.
Relajación corporal.
Con este ejercicio, se obtienen los siguientes beneficios:
a) se relaja el cuerpo;
b) se ejercita intensivamente en la concentración o autocontrol;
c) se supera la fatiga nerviosa, y, con el consiguiente fortalecimiento mental, se avanza hacia el dominio de sí y la unidad interior.
Este ejercicio se puede realizar sentado en un sofá cómodo o acostado.
Siéntate correctamente: el cuerpo, erecto; la cabeza, también; los brazos y las manos cayendo naturalmente sobre los muslos. Suelta de un golpe todo el organismo; respira sereno; inunda de tranquilidad tu mundo interior y toma posesión completa de ti mismo. Ponte sensible y receptivo respecto de ti mismo, cariñoso e identificado con todo tu cuerpo, parte por parte, en la medida en que lo vas recorriendo. Mantén, al máximo posible, vacía tu mente de toda imagen o pensamiento durante todo el ejercicio.
* * *
Instálate todo tú en tu brazo derecho. Recórrelo desde el hombro hasta la punta de los dedos, despacio, sintiéndolo. Siente cómo está sensible, caliente, vivo. Percibe también, si es posible, el movimiento de la sangre y de las corrientes nerviosas.
Aprieta fuertemente, con variados y enérgicos movimientos, los dedos, hasta formar el puño, y suéltalos en seguida. Al mover los dedos, percibe en el interior del brazo el movimiento de los cables conductores de la corriente neuroeléctrica. Estira intensamente el brazo varias veces, y suéltalo en seguida. Finalmente, déjalo quieto. Concéntrate en él; identifícate con él: “este brazo es mío”. Siéntelo pesado, cada vez más pesado...
Pasa luego al brazo izquierdo y haz lo mismo.
Pasa después a la pierna derecha y haz exactamente lo mismo que con los brazos. Reconócela como tuya.
Recórrela desde el fémur hasta la punta de los dedos, percibiendo cómo está sensible, caliente. Aprieta los dedos y suéltalos. Siente cómo, al apretar los dedos, se tensa la musculatura de la pierna. Levántala un poco y estírala fuertemente, y déjala en seguida varias veces. Quieto, concéntrate en ella, y siéntela como tuya. Siéntela pesada, cada vez más pesada...
Haz otro tanto con la pierna izquierda.
Siente ahora, de un golpe, cómo las cuatro extremidades están distendidas, pesadas, descansadas.
Después, instálate en los hombros. Tranquila pero enérgicamente estira los hombros en todas direcciones, uno hacia arriba y el otro hacia abajo. Tensa y suelta toda la musculatura de la espalda varias veces. Encoge fuertemente los hombros y déjalos caer completamente.
Instálate ahora en tu frente, zona en la que se trasparecen las emociones. Frunce el ceño y estira la piel enérgicamente varias veces, y suéltala hasta que sientas que la frente queda tersa, relajada. Haz lo mismo con los párpados y con los músculos faciales. Son zonas de la expresión, y por eso muy sensibles.
Y ahora, serenamente, cierra los ojos. Instálate todo tú en los ojos: son las estrellas de tu firmamento. Quieto, deja caer los párpados, siéntelos pesados. Luego, tranquilo y concentrado en tus ojos, suéltalos con cariño, aflójalos una y otra vez, y cada vez más. Percíbelos pesados, como si estuvieras en un profundo sueño.
Finalmente, concéntrate en la nuca. Flexiona la cabeza, primero hacia adelante, lo más adelante posible, sintiendo en este balanceo cómo se sueltan los músculos de la nuca. Hecho todo con cierta energía, pero con tranquilidad. Luego gira la cabeza de la derecha hacia la izquierda, y a la inversa, dejándola caer suavemente, en esa rotación, lo más cerca de los hombros. Alterna, finalmente, los movimientos laterales de la cabeza con los movimientos verticales. Siente cómo se sueltan los músculos del cuello y de los hombros.
Y, para terminar, quédate quieto largos minutos, imaginando tu ser como un mar en calma. Sería maravilloso que ahora te sintieras dentro de ti mismo, pasivo, quieto, como dormido, por unos minutos. Sería también estupendo que llegaras a sentir cómo las corrientes nerviosas o sanguíneas cruzan tu cuerpo en diferentes direcciones.
Todo el ejercicio debe ser hecho tranquilamente, sin prisas, entre treinta y cincuenta minutos.
Relajación mental.
Este ejercicio se puede realizar sentado en un sofá cómodo o acostado.
Siéntate correctamente: el cuerpo, erecto; la cabeza, también; los brazos y las manos cayendo naturalmente sobre los muslos. Suelta de un golpe todo el organismo; respira sereno; inunda de tranquilidad tu mundo interior y toma posesión completa de ti mismo. Ponte sensible y receptivo respecto de ti mismo, cariñoso e identificado con todo tu cuerpo, parte por parte, en la medida en que lo vas recorriendo. Mantén, al máximo posible, vacía tu mente de toda imagen o pensamiento durante todo el ejercicio.
* * *
Instálate todo tú en tu brazo derecho. Recórrelo desde el hombro hasta la punta de los dedos, despacio, sintiéndolo. Siente cómo está sensible, caliente, vivo. Percibe también, si es posible, el movimiento de la sangre y de las corrientes nerviosas.
Aprieta fuertemente, con variados y enérgicos movimientos, los dedos, hasta formar el puño, y suéltalos en seguida. Al mover los dedos, percibe en el interior del brazo el movimiento de los cables conductores de la corriente neuroeléctrica. Estira intensamente el brazo varias veces, y suéltalo en seguida. Finalmente, déjalo quieto. Concéntrate en él; identifícate con él: “este brazo es mío”. Siéntelo pesado, cada vez más pesado...
Pasa luego al brazo izquierdo y haz lo mismo.
Pasa después a la pierna derecha y haz exactamente lo mismo que con los brazos. Reconócela como tuya.
Recórrela desde el fémur hasta la punta de los dedos, percibiendo cómo está sensible, caliente. Aprieta los dedos y suéltalos. Siente cómo, al apretar los dedos, se tensa la musculatura de la pierna. Levántala un poco y estírala fuertemente, y déjala en seguida varias veces. Quieto, concéntrate en ella, y siéntela como tuya. Siéntela pesada, cada vez más pesada...
Haz otro tanto con la pierna izquierda.
Siente ahora, de un golpe, cómo las cuatro extremidades están distendidas, pesadas, descansadas.
Después, instálate en los hombros. Tranquila pero enérgicamente estira los hombros en todas direcciones, uno hacia arriba y el otro hacia abajo. Tensa y suelta toda la musculatura de la espalda varias veces. Encoge fuertemente los hombros y déjalos caer completamente.
Instálate ahora en tu frente, zona en la que se trasparecen las emociones. Frunce el ceño y estira la piel enérgicamente varias veces, y suéltala hasta que sientas que la frente queda tersa, relajada. Haz lo mismo con los párpados y con los músculos faciales. Son zonas de la expresión, y por eso muy sensibles.
Y ahora, serenamente, cierra los ojos. Instálate todo tú en los ojos: son las estrellas de tu firmamento. Quieto, deja caer los párpados, siéntelos pesados. Luego, tranquilo y concentrado en tus ojos, suéltalos con cariño, aflójalos una y otra vez, y cada vez más. Percíbelos pesados, como si estuvieras en un profundo sueño.
Finalmente, concéntrate en la nuca. Flexiona la cabeza, primero hacia adelante, lo más adelante posible, sintiendo en este balanceo cómo se sueltan los músculos de la nuca. Hecho todo con cierta energía, pero con tranquilidad. Luego gira la cabeza de la derecha hacia la izquierda, y a la inversa, dejándola caer suavemente, en esa rotación, lo más cerca de los hombros. Alterna, finalmente, los movimientos laterales de la cabeza con los movimientos verticales. Siente cómo se sueltan los músculos del cuello y de los hombros.
Y, para terminar, quédate quieto largos minutos, imaginando tu ser como un mar en calma. Sería maravilloso que ahora te sintieras dentro de ti mismo, pasivo, quieto, como dormido, por unos minutos. Sería también estupendo que llegaras a sentir cómo las corrientes nerviosas o sanguíneas cruzan tu cuerpo en diferentes direcciones.
Todo el ejercicio debe ser hecho tranquilamente, sin prisas, entre treinta y cincuenta minutos.
Es, con mucho, el ejercicio más sedante. Está descrito al principio de este capítulo con el título vacío mental.
El arte de sentir.
El arte de sentir.
Este ejercicio es igualmente válido, tanto para la relajación como para la concentración. Ya hemos explicado largamente el fenómeno de la dispersión mental: el individuo, agredido por dentro y por fuera, acaba por disgregarse en medio de un desorden interior. Se siente desbordado por los nervios, e, igual que en la desintegración de un átomo, se produce en él una pérdida inútil de energías; y, tarde o temprano, el hombre es visitado por la fatiga nerviosa.
Hay que detenerse; dejar de pensar; dejar de inquietarse, y dedicarse al arte o deporte de sentir, simplemente percibir, no pensar. Los pensamientos dividen al hombre, quien acaba por sentirse desasosegado e infeliz al encontrarse incapaz de poner orden en su tumulto interior.
El día en que te encuentres en ese estado, deja todo a un lado y reserva un buen tiempo para dedicarte al deporte de sentir. Es una gimnasia psíquica que te devolverá la serenidad y el dominio interior.
* * *
Coloca delante de tus ojos una planta doméstica. Concéntrate en ella con calma y paz. Seguramente, ella te va a evocar recuerdos y pensamientos. Nada de pensar; simplemente mirarla, acariciarla con la mirada y sentirte acariciado por su verdor; mantenerte abierto a la planta, entregado a la sensación de sentir con tus ojos el agrado de su color, congratularte, teniendo la conciencia refleja de la sensación verde. Y todo esto sin ninguna ansiedad, con naturalidad.
Ponte delante de un paisaje con la misma actitud; recíbelo todo en tu interior, con agrado, con gratitud; el silencio de una noche estrellada, el cielo azul, la variedad de las nubes, la frescura matinal, el rumor de la brisa, la ondulación de las colinas, la perspectiva de los horizontes, esa flor, aquella planta... Recíbelo todo parte por parte, y no en tropel, en tu interior, con atención tranquila, pasiva, sin prisa alguna, sin esfuerzo, sin pensar en nada, agradecido, feliz.
Ponte delante del mar; vacíate de todo recuerdo, imagen y pensamiento, y en tus horizontes interiores, casi infinitos, recibe el mar casi infinito: llénate de su inmensidad, siéntete profundo como el mar, azul como el mar.
Siéntete admirado, descansado, vacío y lleno como el mar.
* * *
Luego, cerrados los ojos, dedícate durante unos quince minutos a sentir todos los ruidos del mundo, sin esfuerzo ni reflexión. Capta receptivamente todos los ruidos, uno por uno, y suéltalos en seguida, sin que ninguno se te prenda: los ruidos lejanos, los próximos, los suaves, los fuertes, la flauta del mirlo, los gritos de los niños, los ladridos de los perros, el canto de los gallos, el tictac del reloj... Sentirlo todo con el alma abierta, placenteramente, tranquilamente, sin pensar quién emite el ruido, como un simple receptor.
Si los ruidos son estridentes o desagradables, no los resistas, no te pongas a la defensiva; recíbelos cariñosamente, ámalos, déjalos entrar y acógelos con un espíritu agradecido, y verás que son tus amigos Pasa después al tacto. Deslígate de la vista y el oído, como si estuvieras ciego y sordo.
Comienza a palpar suavemente, concentradamente, durante unos minutos, tus vestidos y otros objetos, sean suaves, ásperos, fríos o tibios. No pienses de qué objeto se trata; simplemente percibe la sensación. Hazlo concentrado, con agrado, sereno, vacío, receptivo, con la mente silenciada.
Luego deslígate de todos los restantes sentidos y dedícate a sentir los diferentes perfumes: de las plantas, de la flor, de los diversos objetos, detenidamente.
Haz la misma cosa con el paladar; por ejemplo, percibir el “sabor” del agua pura.
Todo esto tiene que hacerse sin esfuerzo, sin crisparse.
Hemos conseguido, con estos ejercicios, poner orden en el tumulto de la mente, controlar la actividad mental, es decir, centrar la atención en las direcciones deseadas, y obtener alivio para el sistema nervioso. En efecto, aunque tan sólo hayas conseguido un pequeño resultado, verás cómo acabarás saboreando la plácida sensación de descanso.
Has comenzado a salvarte a ti mismo. Si avanzas pacientemente por esta ruta, se esfumarán las angustias y te visitará la anhelada serenidad.
Hay que detenerse; dejar de pensar; dejar de inquietarse, y dedicarse al arte o deporte de sentir, simplemente percibir, no pensar. Los pensamientos dividen al hombre, quien acaba por sentirse desasosegado e infeliz al encontrarse incapaz de poner orden en su tumulto interior.
El día en que te encuentres en ese estado, deja todo a un lado y reserva un buen tiempo para dedicarte al deporte de sentir. Es una gimnasia psíquica que te devolverá la serenidad y el dominio interior.
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Coloca delante de tus ojos una planta doméstica. Concéntrate en ella con calma y paz. Seguramente, ella te va a evocar recuerdos y pensamientos. Nada de pensar; simplemente mirarla, acariciarla con la mirada y sentirte acariciado por su verdor; mantenerte abierto a la planta, entregado a la sensación de sentir con tus ojos el agrado de su color, congratularte, teniendo la conciencia refleja de la sensación verde. Y todo esto sin ninguna ansiedad, con naturalidad.
Ponte delante de un paisaje con la misma actitud; recíbelo todo en tu interior, con agrado, con gratitud; el silencio de una noche estrellada, el cielo azul, la variedad de las nubes, la frescura matinal, el rumor de la brisa, la ondulación de las colinas, la perspectiva de los horizontes, esa flor, aquella planta... Recíbelo todo parte por parte, y no en tropel, en tu interior, con atención tranquila, pasiva, sin prisa alguna, sin esfuerzo, sin pensar en nada, agradecido, feliz.
Ponte delante del mar; vacíate de todo recuerdo, imagen y pensamiento, y en tus horizontes interiores, casi infinitos, recibe el mar casi infinito: llénate de su inmensidad, siéntete profundo como el mar, azul como el mar.
Siéntete admirado, descansado, vacío y lleno como el mar.
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Luego, cerrados los ojos, dedícate durante unos quince minutos a sentir todos los ruidos del mundo, sin esfuerzo ni reflexión. Capta receptivamente todos los ruidos, uno por uno, y suéltalos en seguida, sin que ninguno se te prenda: los ruidos lejanos, los próximos, los suaves, los fuertes, la flauta del mirlo, los gritos de los niños, los ladridos de los perros, el canto de los gallos, el tictac del reloj... Sentirlo todo con el alma abierta, placenteramente, tranquilamente, sin pensar quién emite el ruido, como un simple receptor.
Si los ruidos son estridentes o desagradables, no los resistas, no te pongas a la defensiva; recíbelos cariñosamente, ámalos, déjalos entrar y acógelos con un espíritu agradecido, y verás que son tus amigos Pasa después al tacto. Deslígate de la vista y el oído, como si estuvieras ciego y sordo.
Comienza a palpar suavemente, concentradamente, durante unos minutos, tus vestidos y otros objetos, sean suaves, ásperos, fríos o tibios. No pienses de qué objeto se trata; simplemente percibe la sensación. Hazlo concentrado, con agrado, sereno, vacío, receptivo, con la mente silenciada.
Luego deslígate de todos los restantes sentidos y dedícate a sentir los diferentes perfumes: de las plantas, de la flor, de los diversos objetos, detenidamente.
Haz la misma cosa con el paladar; por ejemplo, percibir el “sabor” del agua pura.
Todo esto tiene que hacerse sin esfuerzo, sin crisparse.
Hemos conseguido, con estos ejercicios, poner orden en el tumulto de la mente, controlar la actividad mental, es decir, centrar la atención en las direcciones deseadas, y obtener alivio para el sistema nervioso. En efecto, aunque tan sólo hayas conseguido un pequeño resultado, verás cómo acabarás saboreando la plácida sensación de descanso.
Has comenzado a salvarte a ti mismo. Si avanzas pacientemente por esta ruta, se esfumarán las angustias y te visitará la anhelada serenidad.
Nuestra atención, “la loca de la casa”, reclamada por mil estímulos exteriores e interiores, danzando al son de todos los ruidos y de todas las luces, incapaz de centrarse durante unos segundos en un punto fijo, la vamos a sujetar ahora allí donde nuestra voluntad determine. Si bien los ejercicios anteriores han sido y son también una ayuda preciosa para el autocontrol, las siguientes prácticas nos ayudarán más explícitamente.
Me bulle la cabeza, se lamentan los nerviosos. En efecto, mucha gente es incapaz de detenerse en una sola cosa, sea una idea, una flor o una melodía. Un tropel confuso de recuerdos, imágenes y sentimientos les cruza la mente en el más completo desorden. No saben lo que piensan, no saben lo que quieren. En los días de descanso descansan menos que en los días de labor, porque una mezcla anárquica de impresiones y proyectos los domina por completo. Tampoco descansan al dormir. ¿Resultado? Siempre están desasosegados y, sobre todo, muy fatigados.
* * *
La esencia de la concentración consiste en hacer lo que estamos haciendo, en estar yo presente en lo que hago. Lo importante es, pues, establecer una buena relación entre nuestra atención y nuestros actos. Y como generalmente no estamos presentes a nosotros mismos, por eso los estímulos exteriores nos golpean y nos hieren, porque nos toman desprevenidos, porque estábamos ausentes de nuestra casa.
Se trata de estar atento a una sola cosa a la vez. La atención es la facultad automática del sistema nervioso para valorar lo que interesa y dejar de lado lo que no interesa.
Cuando seguimos varias ideas, no simultáneas, sino entrecruzadas o interpuestas, y al mismo tiempo no podemos desentendemos de otra idea parásita, entonces la fatiga es muy grande. En cambio, cuando seguimos una idea con exclusión de toda otra, o estamos atentos tan sólo a lo que hacemos, olvidándonos de todo lo demás, entonces el cansancio es mínimo y el rendimiento máximo.
Y eso es lo que queremos conseguir con los siguientes ejercicios:
Un paseo por nuestros señoríos. Es un ejercicio más bien imaginativo, y su finalidad casi exclusiva es la del autocontrol.
Puedes hacerlo con los ojos abiertos, cerrados o semicerrados. Como siempre, la regla de oro es suprimir en todo momento la actividad mental, y simplemente percibir, con la mente vacía.
Después de la preparación previa, como en los otros ejercicios, concéntrate primeramente en tus pies, sin mirarlos. Contémplalos imaginativamente con todos los detalles, como si los estuvieses televisando o fotografiando: la forma en que están, el contacto o distancia de un pie respecto del otro, color y diseño de los zapatos, color o tibieza de los pies, si está frío el suelo que tocan... Sentirlo todo viva, detenida y sensorialmente; no en tropel, sino primero una sensación, luego otra, durante tres o cuatro minutos.
Pasa después suavemente con tu atención a tus manos, sin mirarlas. Contémplalas sensorialmente, como si las estuvieses televisando, en todos sus detalles: posición general, si están extendidas. o recogidas, si estén calientes o tibias, contactos entre ambas manos.
Después vete concentrándote dedo por dedo, medio minuto en cada dedo, comenzando por el dedo pequeño de la mano izquierda: si está separado o en contacto con el otro dedo, si recogido o retirado, imaginándolos sensiblemente, deteniéndote en cada detalle.
Y ahora, delicadamente, fija la atención en tu nariz. Percibe el aire que entra y sale por los orificios nasales.
Como es sabido, el aire que sale es más caliente que el que entra. Percibe esa diferencia, concentradamente, durante tres o cuatro minutos. Retira de ahí tu atención, como sierva obediente, y condúcela a tus pulmones. Quieto, concentrado, percibe durante unos minutos el movimiento pulmonar. No pensar, no forzar, no imaginar ese movimiento. Simplemente, sentirlo, seguirlo, como si tú fueras un observador de ti mismo, con gran tranquilidad, como quien observa, sin reflexionar, la corriente de un arroyo.
Al mando de tu voluntad, retira de allí tu atención y, suavemente, extiéndela a lo largo y ancho de tu organismo.
Con suma tranquilidad, con la máxima quietud y concentración, quédate alerta, viendo en qué parte de tu cuerpo sientes los latidos cardíacos. Y allí donde los sientas (en último caso, en el contacto con el pulso), instálate tú en ese punto y quédate absorto, “escuchando” los latidos; sólo sentirlos, sin pensar; unos cinco minutos.
* * *
Lo esencial es que la atención, en cada momento, esté en un solo punto.
Evita tensionarte durante el ejercicio, tal vez obsesionarte, sobre todo en los primeros pasos.
Despierta y cuida de que los músculos de la frente y de los ojos no estén arrugados, síntoma de preocupación y tensión psíquica; suéltalos, y también se soltará la tensión interior.
No te desanimes si sientes dificultades en la ejercitación.
Para eliminar el dolor. Sí, entre los grandes poderes, nosotros tenemos el poder de eliminar todos los dolores neurálgicos, y atenuar los orgánicos, mediante la concentración.
Sentado, sereno, después de relajarte, camina lentamente hacia el interior de ti mismo. Recorre tu mundo interior y detecta un punto donde sientas alguna molestia. Puede ser en cualquier parte del cuerpo; pero supongamos que te duele en la boca del estómago. Tranquilízate al máximo. Concéntrate en ese punto donde sientes el dolor. Con gran cariño transmite a esa zona una orden utilizando cualquiera de estas frases: sosiégate, descansa, duerme. Es conveniente que sea una sola frase. Absorto, concentrado, repite mentalmente, dirigida a ese punto, la palabra elegida, durante unos cinco minutos, con la máxima ternura, como lo hace una madre con su hijo más pequeño.
Es bien probable que el dolor se diluya como por encanto, a condición de que lo hagas muy concentrado y relajado.
Imagen y control. Hay movimientos involuntarios, como los del corazón, pulmones, intestinos..., y movimientos voluntarios: levanto el brazo, flexiono el dedo, inclino la cabeza.
Este ejercicio consiste en que no sólo mi conciencia promueve el movimiento voluntario, sino que lo acompaña; el movimiento es mío. Despacio, tranquilo, concentrado, haz los siguientes movimientos, acompañando siempre cada movimiento con la atención: doblar un dedo, luego otro, y otro. Mover el brazo en diferentes direcciones, flexionar el antebrazo.
Después, levantarse, tomar un objeto, desplazarlo a otro lugar y volver a sentarse, siguiendo conscientemente cada gesto.
Al cerrar la puerta, abrir el grifo del agua, tomar la cuchara, beber el vaso de agua, levantar el objeto caído..., tener la conciencia explícita de que yo estoy presente en cada acto, de que son acciones mías.
Caminar lentamente unos pasos, y tomar conciencia de todos los detalles: el suelo bajo los pies, el movimiento de los brazos, el ritmo de los pies...
* * *
Vamos a controlar también la actividad de los ojos. Generalmente, los ojos pasan por encima de todo y no se posan sobre nada. Durante unos minutos dedícate a detener tu conciencia sobre lo que ven tus ojos: la golondrina, el geranio, el macetero, el automóvil, la cortina..., llamando por su nombre a cada cosa que ves.
Haz otro tanto con el oído: cada ruido que captes, denomínalo mentalmente con su nombre.
Con los ojos cerrados o semicerrados dedícate durante unos minutos a dibujar en el aire, con el dedo, vanos gráficos: un triángulo, un trébol, una amapola... Después retén por un momento cada una de las figuras. Más tarde traza con el dedo en el vacío muchos números arábigos o romanos, y después represéntalos mentalmente.
Estás en una carretera recta y solitaria: a lo lejos aparece un automóvil, se acerca, pasa delante de ti, y se pierde en la lejanía, hasta desaparecer completamente.
Tienes un objeto delante de tus ojos. Míralo bien y graba sus detalles. Luego cierra los ojos y represéntalo mentalmente con todos sus detalles. Repite este ejercicio con plantas, personas, animales domésticos...
Toma con la mano derecha un libro, un lápiz, un cenicero, concentradamente. Luego déjalos en su lugar. Y ahora, mentalmente, imagina que todavía tienes el objeto en tu mano: sentir su peso, forma, temperatura.
Hemos estudiado anteriormente el flagelo de las obsesiones. En el camino de la vida uno se encuentra con gentes que sufren de complejos de culpabilidad, recuerdos obsesivos, fijaciones de toda clase, temibles fuentes de tristeza y angustia. Uno les aconseja que procuren retirar de sus mentes tales obsesiones, y siempre responden con las mismas palabras: “No puedo”. ¿Cabe mayor desgracia?
Esta liberación no la van a conseguir así sin más, como si tal cosa. Deberán ejercitarse pacientemente en prácticas que les ayuden a obtener el ansiado dominio sobre su mente y el consiguiente descanso. Para esta finalidad, les presentamos aquí unas cuantas técnicas.
1. Piensa en un disgusto de tu vida. Imagina que pasas por un prado verde. A una cierta altura sacas desde dentro de ti el disgusto y lo entierras bajo un metro de tierra. Y allá queda para siempre.
2. Piensa en otro disgusto que te obsesiona. Imagina que llegas a la orilla del mar. Allí está esperándote un angel con una barca. Extrae de tus entrañas ese disgusto y deposítalo en la barca. El ángel parte con esa carga mar adentro, mientras tú te quedas en la orilla. El ángel sigue alejándose con su barca hasta alta mar; allí el ángel ata una piedra pesada a tu disgusto y lo lanza a lo profundo del mar. Allí quedó tu disgusto, sepultado en lo profundo, para siempre.
3. Piensa en otro recuerdo desagradable. Encendemos una gran hoguera en el patio y echamos ese recuerdo, como un negro carbón, al fuego. A los pocos minutos, el fuego ha transformado tu recuerdo en una oscura humareda que asciende al cielo, hasta que se evapora en las alturas. Minutos más tarde, el humo se ha desvanecido por completo. El cielo está azul.
4. Concentrado, y con los ojos cerrados, imagina que desde tu garganta baja el número 1 hasta el estómago, en cuyo extremo derecho se clava. Después baja el número 2, y se clava junto al 1. Luego el 3, el 4 y el 5. Tú te colocas en el centro. Después baja el número 6, que se clava a tu izquierda. Luego los demás números, hasta el 10 inclusive, que quedan clavados hasta el extremo izquierdo. Ahora, tranquilamente, retiras, uno por uno, los cinco números impares, comenzando por la izquierda. Después, los números pares. Al final, también tú desapareces.
5. Colócate ante cuatro o cinco objetos. Nómbralos en alta voz. Cierra ahora los ojos y, comenzando por el último objeto, retíralos mentalmente uno por uno, arrojándolos a tus espaldas. Delante de ti no quedó nada. Colócalos de nuevo mentalmente. Y de nuevo hazlos desaparecer.
6. Imagina a tres amigos en una pantalla. Retira primero a uno, luego a otro y, finalmente, al tercero. Colócalos de nuevo en la pantalla. Retíralos de nuevo. Esta operación la puedes repetir varias veces.
7. Esa historia dolorosa cuélgala en la parte trasera del furgón del tren. Parte el tren. En la medida en que se aleja el tren, la historia dolorosa es cada vez más pequeña. Un poco después, diminuta, casi imperceptible, hasta que ya no se ve nada de ella, aunque sí el perfil del tren, que, finalmente, también desaparece.
La aspiración es el primer acto de nuestra vida, y la expiración, el último. Podemos aguantar varios días sin comer, pero no sin respirar. El oxígeno es el elemento esencial de nuestras células. El corazón y el cerebro son los órganos que más oxígeno consumen.
Una respiración insuficiente acumula en el organismo muchos productos tóxicos. El estado de tensión, nerviosismo y malhumor en que vive mucha gente es debido, en parte, a una deficiente irrigación. Normalmente, las personas que hacen su vida en oficinas, talleres, etc., tienen una respiración deficiente.
* * *
Los estados anímicos influyen decisivamente en la respiración. Cuando la persona está tranquila, su respiración es apacible. Cuando está agitada psíquica o físicamente, su respiración se torna irregular. Podemos afirmar, pues, que la respiración es el espejo de los estados interiores. Por consiguiente, será también correcta la conclusión inversa: si las tensiones interiores repercuten en la respiración, controlando la respiración podemos influir y modificar los estados interiores.
El pulmón es como el abanico que se pliega y despliega al ritmo de la respiración. Pero si, debido a estados emotivos u otros factores, la respiración es más corta, en ese caso el abanico se entreabre un tercio o un cuarto de su capacidad normal; esto es, el pulmón se despliega tan sólo en su parte inferior.
De las funciones fisiológicas autónomas, la única sobre la que podemos ejercer el control es la respiración: tenemos la posibilidad de abrir al máximo los pliegues del abanico. En la aspiración normal inhalamos medio litro de aire. En la aspiración profunda podemos inhalar más de dos litros de aire.
* * *
La respiración no debe ser forzada, sino calmada. Los que fuerzan la respiración elevan los brazos y contraen el tórax, la mandíbula y el cuello. Esta suele ser la respiración de los nerviosos: respirar con lo alto del pecho, dilatando y contrayendo la caja torácica. Así se suele respirar después de un fuerte esfuerzo físico. Pero los nerviosos lo hacen así en toda circunstancia.
Y lo correcto es lo contrario: lo esencial es relajarse por completo y espirar a fondo. Después, sin forzar nada, los pulmones, por sí mismos, se llenarán de aire.
La respiración tiene que ser nasal, sobre todo la aspiración, porque es en la nariz donde se filtra el aire y se calienta antes de llegar a los pulmones. La espiración, no obstante, podría hacerse con la boca entreabierta. Cada persona debe comprobar si le va mejor de una u otra manera. La nariz e
s como el embudo de un sistema de aireación. El aire es aspirado por la cavidad faríngea, que actúa sobre el aire como una aspiradora
Respiración abdominal. En síntesis, se trata de lo siguiente: se hinchan el abdomen y los pulmones simultáneamente. Se vacía los pulmones al mismo tiempo que se vacía el abdomen.
Es la respiración más relajada; trae sosiego y serenidad. Debe ser una respiración lenta, suave, silenciosa, sumamente tranquila y nunca forzada.
El movimiento se efectúa principalmente en la zona inferior a la caja torácica. Por ese movimiento del aliento, el diafragma ejercita un masaje sobre el abdomen, cuyos músculos se sueltan.
* * *
Sentado confortablemente en un sofá, después de expulsar todo el aire de los pulmones con una fuerte espiración de boca abierta, comienza la fase de la aspiración, dilatando en primer lugar el abdomen, en seguida la parte inferior del pecho y luego la parte superior al máximo posible, siguiendo con la atención ese movimiento (que es casi simultáneo entre el abdomen y los pulmones). No hay necesidad de alzar los hombros (gesto que denotaría alguna tensión); la columna vertebral se endereza y la cabeza queda recta.
Y ahora comienza la fase espiradora, contrayendo el abdomen (que fue primero en dilatarse) para terminar con la parte alta del tórax. Se expulsa completamente el aire viciado, contrayendo fuertemente, con lentitud y de una manera continua, los músculos del bajo vientre. La masa abdominal debe ser empujada hacia el diafragma, al que, al mismo tiempo, eleva. Se mantiene la contracción un par de segundos; luego se deja que los músculos se relajen suavemente y que el abdomen vuelva a su estado normal. Y de nuevo se comienza a aspirar.
Debe dirigirse la atención sobre el aire que se siente, se sigue, se le dirige. Es, pues, una respiración sentida, consciente y concentrada. Y por eso mismo podemos afirmar que se trata de un excelente ejercicio de concentración.
Se debe evitar cualquier violencia. No obstante, es difícil evitar que se produzca un cierto estado de tensión o de obsesión, sobre todo en los primeros pasos. Pero, después de un entrenamiento asiduo, el ejercitante. pronto experimentará el apaciguamiento y la calma. Para los efectos que queremos conseguir en este libro, la respiración más adecuada es la abdominal Puede practicarse sentado, acostado o de pie.
Respiración torácica. Aunque insistimos en que la respiración abdominal es la más sedante y psíquicamente benéfica, exponemos a continuación otras maneras de respirar, dado el pluralismo y variedad de efectos en las diversas personas.
La torácica es la respiración de los atletas y, en general, de todos los que realizan un gran esfuerzo físico.
Consiste en esto: en la medida en que se llenan los pulmones, se hunde el abdomen; y en la medida en que se vacían los pulmones, se dilata el abdomen.
Respiración alterna. Oprimir el orificio derecho de la nariz con el pulgar de la mano derecha, aspirando por el orificio izquierdo. Espirar por el orificio derecho mientras se cierra el orificio izquierdo con el índice de la misma mano.
Luego, aspirar por este orificio derecho y espirar por el izquierdo; y así, alternadamente, lo más lentamente posible, hecho todo con calma, sin ansiedad. Nunca más de diez respiraciones.
Respiración rítmica. No se debe olvidar que la espiración es siempre más lenta que la aspiración. Es frecuente encontrarse con personas cuya espiración dura el doble de tiempo, y aún más, que la aspiración
Cada individuo tiene su ritmo de respiración. Supongamos que en tu ritmo respiratorio la aspiración dura tres segundos y la espiración cinco. En este caso, la respiración alterna se hace así: se aspira durante tres segundos y se retiene el aliento durante dos segundos; se espira durante cinco segundos y permanece con los pulmones vacíos durante dos segundos, y así sucesivamente, manteniendo siempre esta cadencia. Con el tiempo podría ensayarse otro ritmo más lento.
Los ejercicios respiratorios pueden ser contraproducentes si no se hacen con calma y tranquilidad. Y nunca se debe pasar de tres minutos.
3. Relativizar
Salió al alba el hombre. Cabalgando sobre nubes blancas, dio pecho a mil aventuras y entró hasta el corazón de sonoros combates, entre locuras, sueno y oro.
Alta era la noche y distantes las estrellas. Avanzó entre una alameda de estandartes hasta el dosel de escarlata, hasta el sitial de oro. ¡Corona, laurel y gloria!
Descerrajó cerraduras de metal, deshizo las cadenas, recogió los huesos de los héroes, se plantó ante las fieras y a sus pies yacían encinas y combatientes.
Los centauros le precedían, y sus pies dejaban, al pasar, estelas en llamas, mientras devolvía a los galeotes al hogar y a los cautivos a la patria.
Pasó como relámpago de justicia por los tronos y tribunales y por todos los estrados imperiales, mientras guijarro, y granito, y sílice y cuarzo rodaban desangrados hasta el seno del ventisquero.
Después de surcar mares y estrellas en su nave de espuma, en cuya proa se leía Renombre, y después de doblegar todas las testas coronadas, regresó el hombre a su punto de partida, a las playas de arena, algas y residuos.
Regresó y despertó.
* * *
He comenzado el presente apartado con esta fantasía porque las dos figuras más señeras de la literatura castellana, Segismundo y Alonso Quijano (Don Quijote) fueron dos hombres que despertaron después de haber representado la comedia de la vida entre sueños, locuras y fantasías.
“Idos, sombras, que fingís hoy a mis sentidos muertos cuerpo y voz, siendo verdad que ni tenéis voz ni cuerpo; que no quiero majestades fingidas, pompas no quiero fantásticas, ilusiones que al soplo menos ligero del aura han de deshacerse; bien como el florido almendro que por madrugar sus flores sin aviso y sin consejo, al primer soplo se apagan, marchitando y desluciendo de sus rosados capullos belleza, luz y ornamento”. (La vida es sueño III, 3).
He aquí la pregunta clave: dónde está la objetividad y dónde la apariencia; cuál es el sueño y cuál la realidad.
El gran fraude de la humanidad es vivir soñando, concediendo alegremente carne de objetividad a lo que, de verdad, es una sombra; llamando verdad a la mentira, y al embuste, veracidad. Y las gentes entran en escena, representan de maravilla sus papeles, y los espectadores baten palmas; pero también los espectadores representan, sabiendo que todos engañan a todos; y el que no entra en la representación hace el ridículo, y sigue la farándula dentro de las sendas del arte de la comedia.
Todo esto puede sonar a literatura. Pero no lo es; es la verdad fría y desnuda como una piedra.
El escenario está presidido por una efigie, ídolo de luz que seduce y cautiva, y que, al mismo tiempo, es pólvora encendida que hace estallar rivalidades y enciende las guerras. Sobre el ceñidor de su cintura se lee: Apariencia. Y he aquí a la apariencia moviendo los resortes invisibles y últimos del corazón humano. ¿Cómo llamarla técnicamente? ¿El „yo” social? Podría ser. De todas maneras, ella es, ciertamente, la hija primogénita y legítima de aquel “yo” (falso) del que hablamos más arriba. Es una diosa caprichosa que reclama la devoción de los ofuscados mortales; y éstos se le rinden incondicionalmente, e izan la bandera, y tocan la trompeta, y doblan sus rodillas. No existe tiranía peor.
Y henos aquí con los valores invertidos: en el trono del ser (verdad) se sienta la apariencia; y a la apariencia la llaman verdad.
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Las gentes sufren aflicciones sobre aflicciones; no tanto por tener (mucho menos por ser), sino por aparecer, por exhibirse, transitando siembre por rutas artificiales. Se mueren por vestir al último grito de la moda. No les interesa tanto una casa confortable como una casa vistosa, enclavada en una zona residencial, que luce bien, aunque tengan que vivir durante años agobiados de deudas. Su única obsesión es quedar bien y causar buena impresión.
He aquí la fuente honda de preocupación y sufrimiento.
Es necesario despertar una y otra vez, tomar conciencia de que están sufriendo por un fuego fatuo, liberarse de esas tiranías y dejarse conducir por criterios de veracidad. Esta es la ruta de la liberación. En la actividad profesional, en el quehacer político, las gentes sufren por encaramarse a las alturas. Se desprecia a la ancianidad y las gentes se someten a cualquier sacrificio con tal de disimular el paso de los años; y se idolatra la juventud, como si la juventud debiera ser eterna, olvidándose de que también a los jóvenes se les acabará la primavera. Es un match de apariencias.
Para escalar puestos, tanto en las cortes como en las curias, incentivan rivalidades, colocan zancadillas, establecen sutiles juegos entre bastidores para desplazar a éste y, en su lugar, colocar al otro. ¡ Cómo se sufre! Es la obsesión invencible del poder y la gloria. Por supuesto, es legítimo y sano el deseo de triunfar y de sentirse realizado. Pero por triunfar casi nunca se entiende el hecho de ser productivo y sentirse íntimamente gozoso, sino el hecho de proyectar una figura social aclamada.
Y no se crea que todo esto es privilegio exclusivo de los poderosos de la tierra. También entre los humildes sucede otro tanto, aunque en tono menor. No hay sino observar las Juntas de vecinos, las pequeñas comunidades, diversas agrupaciones de trabajadores, y se verá qué pronto aparecen las rivalidades para ocupar cargos; y detrás de los cargos ondea siempre el pendón de la efigie.
Los artificiales viven sin alegría. El camino de la alegría pasa por el meridiano de la objetividad y veracidad. El corazón humano tiende a ser con frecuencia, y connaturalmente, ficticio. Es preciso renunciar a las locas quimeras, pisar tierra firme, soslayar inútiles sufrimientos y buscar la liberación por la ruta de la verdad.
Vamos a manejar la palabra relativizar. Se trata, sin embargo, de una palabra ambigua. Muchos tienen la impresión de que, al relativizar, estuviéramos encubriendo o disfrazando algo. ¿ Qué diríamos de quien se pone unos anteojos azules para ver azul el arrebol crepuscular? Justamente se trata de hacer todo lo contrario: de quitarse los anteojos y las caretas para ver las cosas tal como son, para reducirlas a sus exactas dimensiones; en suma, relativizar vale tanto como objetivar.
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La tendencia de la mente humana es la de revestir de valor absoluto a cuanto nos sucede en el momento, debido a la naturaleza de la mente humana y también a nuestra manera de experimentar la realidad.
La manera de experimentar las cosas es la siguiente: al sentir una emoción, al “vivir” un hecho es tal la identificación que se da entre esa vivencia y la persona, que aquélla absorbe a ésta de tal manera que la persona tiene la impresión de que en ese momento no hubiera más realidad que esa vivencia.
Y como la persona carece de distancia o perspectiva para apreciar objetivamente la dimensión de lo que está viviendo, porque la vivencia es demasiado inmediata y la envuelve completamente, y por eso la absolutiza, tiene la sensación de que lo que le está sucediendo en ese momento tiene una entidad desmesurada, a causa de su proximidad y de la falta de términos de comparación, de que el mundo se redujera a esto, y de que siempre será así. Entra también a jugar aquí, por consiguiente, el concepto de tiempo.
Por eso, la persona se inunda de angustia sintiéndose tomada, dominada enteramente por aquella sensación.
A esto lo llamamos absolutizar: la sensación de que no existe. otra realidad sino la presente y de que siempre será así. Frente a este absolutizar, nosotros proponemos el relativizar; situar los hechos en su verdadera dimensión y perspectiva. Proponemos esta relativización como uno de los medios más eficaces para aliviar el sufrimiento.
Son las leyes fundamentales del universo. Todo cambia, nada permanece. ¿Para qué angustiarse?
En un accidente mortal perdiste al ser más querido de la tierra. Aquel día la luz se extinguió y las estrellas se apagaron. ¿Para qué seguir viviendo?, pensaste. Aquello era el abismo, el vacío, la nada. Pasaron los días, y en tu alma no amanecía. Pasaron los meses, y comenzaste a respirar. Pasó un año, y el recuerdo del ser querido comenzó a esfumarse. Después de tres años, todo desapareció: vacío, ausencia, pena, recuerdos, todo se desvaneció. ¡Todo es tan relativo!
Existe la ley de la insignificancia humana. Supongamos que tú eres una personalidad descollante.
Existe la impresión de que eres insustituible en el ámbito familiar, en la organización sindical, en el mundo de la política. Y te llegó la hora de partir de este mundo. La gente repite la consabida frase: una pérdida irreparable. A los pocos días o semanas, sin embargo, todos los vacíos que dejaste están cubiertos. Todo sigue funcionando como si nada hubiera sucedido. ¡Es tan relativo todo!
En la ciudad en que tú vives, cincuenta años atrás había una generación de hombres y mujeres que sufrían, lloraban, reían, se amaban, se odiaban; delirios de felicidad, noches de angustia, éxtasis y agonía... Veinticinco años después, de toda aquella tremenda carga humana ya no quedaba absolutamente nada. Todo había sido sepultado en la cripta del silencio... Había en tu ciudad una nueva generación de hombres y mujeres que también se amaban, se casaban, se angustiaban; nuevamente lágrimas, risas, alegrías, odios... De todo aquello, ¿qué queda ahora? Absolutamente nada. Hoy en tu ciudad vive otra generación de hombres y mujeres (entre ellos, tú mismo) que se preocupan, luchan, se exaltan, se deprimen; miedo, euforia, noches de insomnio, intentos de suicidio... De todo esto, dentro de veinticinco años, y aun mucho menos, no quedará más que el silencio, como si nada hubiera sucedido. ¡Todo es tan relativo!
Si cuando estés angustiado y dominado por la impresión de que en el mundo no hubiera otra cosa que tu disgusto, si en esos momentos pensaras un poco en la relatividad de todas las cosas, ¡qué vaso de alivio para tu corazón!
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Abres el periódico una mañana, y quedas abrumado por las cosas que han sucedido en tu propia ciudad o en otros lugares del mundo. Lo abres al día siguiente, y de nuevo te sientes estremecido por una serie de noticias sobre asesinatos y secuestros. Las noticias del día anterior ya no te impactan ni existen para ti. Al tercer día, la prensa da cuenta de nuevos horrores, que vuelven a impactarte profundamente. Las noticias de los dos días anteriores ya se esfumaron. Nadie se acuerda de ellas. Y así día tras día. Todo fluye, como las aguas de un río; que pasan y no vuelven.
En síntesis, aquí no queda nada, porque todo pasa. Absolutizamos los acontecimientos de cada día, de cada instante; pero comprobamos una y otra vez que todo es tan relativo... ¿Qué sentido tiene sufrir hoy por algo que mañana ya no será? La gente sufre a causa de su miopía, o mejor aún, porque estén dormidos
Aplica esta reflexión a tu vida familiar, y verás que aquella terrible emergencia familiar del mes pasado ya pertenece a la historia; y el susto que hoy te domina, un mes después sólo será un recuerdo.
Sentado frente al televisor, vibras o te deprimes por. los avatares políticos, los torneos atléticos, las marcas olímpicas, los nuevos campeones nacionales, mientras tus estados de ánimo suben y bajan como si en cada momento se jugara tu destino eterno. Pero no hay tal: todo es tan efímero como el rocío de la mañana. Nada permanece, todo pasa. ¿Para qué angustiarse?
Todo es inconsistente como una caña de bambú, tornadizo como la rosa de los vientos, pasajero como las aves, como las nubes. ¡Relativizar!, he ahí el secreto: reducirlo todo a su dimensión objetiva.
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Lo que sucede en el mundo y a tu alrededor está marcado con el signo de la transitoriedad. En la historia, todo aparece, resplandece y desaparece. Nace y muere, viene y se va.
Estamos en los últimos tramos del siglo xx, un siglo que arrastra consigo una carga de sangre, fuego, destrucción, pasiones, ambiciones, lágrimas, gritos y muerte: dos guerras apocalípticas, indescriptibles, junto con centenares de otros conflictos y guerras, mortíferas como nunca; millones de muertos, millones de mutilados, pueblos arrasados, ciudades incendiadas, reinos milenarios borrados del mapa para siempre... Europa, otrora poderoso Continente, desangrada, desorientada... probablemente, nunca se ha sufrido tanto. Este siglo, con su infinita carga vital se hundirá pronto, y para siempre, en el abismo de lo que ya no existe.
Juntamente con el siglo, se acaba también el milenio. ¡Dios mío, qué vibración sideral en los últimos mil años!
¡Cuántos mundos que emergieron y se sumergieron! El Imperio y el Pontificado, reinos innumerables; catedrales universidades, renacimiento, guerras religiosas, descubrimientos, continentes nuevos, absolutismos, tiranías, democracias, artes y ciencias... El pulso del milenio se detiene. Muy pronto, la noche lo cubrirá con su mortaja de silencio para sumergirlo en lo profundo, el oscuro seno de lo que ya pasó, el océano de lo impermanente y transitorio.
* * *
Las ilusiones del “yo” y los sentidos exteriores nos ofrecen como real lo que en realidad es ficticio.
Resuene, pues, el toque de clarín, despierte el sentido y colóquese el hombre de pie para emprender el éxodo.
Es necesario salir; salir del error y de la tristeza: el error de creer que la apariencia es la verdad, y de la tristeza que el hombre experimenta al palpar y comprobar que lo que creía realidad no era sino una sombra vacía.
Hay que tomar conciencia de la relatividad de los disgustos, y ahorrar energías para tomar vuelo y elevarse por encima de las emergencias atemorizantes, e instalarse en el fondo inmutable de la presencia de sí, del autocontrol y la serenidad; y, desde esta posición, balancear el peso doloroso de la existencia, las ligaduras del tiempo y el espacio, la amenaza de la muerte, los impactos que le vienen al hombre desde lejos o desde cerca.
La vida es movimiento y combate. Y hay que combatir. El mundo se le ha dado al hombre para convertirlo en un hogar feliz. Las armas para esta tarea son: pasión y paz. Pero estas fuerzas se le invalidan al hombre en la guerra civil e inútil que le declara la angustia.
Para que el hombre pueda disponer de la pasión y paz necesarias para levantar un mundo de amor, sus entrañas deben estar libres de tensiones y bañadas de serenidad.
Siempre que el lector se sorprenda a sí mismo dominado por un acontecimiento que se le va transformando en angustia, deténgase y ponga en funcionamiento este resorte de oro: relativizar.
4. Desasirse
Y al relacionarse se encuentra, tanto consigo mismo como con los demás, con elementos que le agradan y que le desagradan. De acuerdo con ese agrado o desagrado, el hombre puede establecer dos clases de relaciones: adhesión o rechazo.
Hacia las cosas agradables puede nacerle el deseo de posesión, lo que sucede con frecuencia; y en este caso tiende hacia ellas un puente de energías adhesivas. Y así se produce una apropiación o asimiento. Así pues, con todo lo que le causa agrado puede establecer instintivamente un vinculo emotivo de posesión, un deseo vivo de apropiarse, una tendencia a asirse mediante las manos de sus deseos.
Ahora bien, si las cosas agradables que ya posee o desea apropiarse son amenazadas (siente que puede perderlas o le van a impedir apropiárselas), entonces le nace el temor, es decir, libera una cantidad determinada de energía mental para retener aquella realidad agradable que se le escapa o para defenderla contra los eventuales usurpadores.
Las cosas que le resultan desagradables las resiste transmitiendo una descarga emocional. Y entonces aparecen los sentimientos negativos, como la repulsa, el odio, etc.
En medio de estas reacciones-relaciones hay un común denominador que sostiene el andamiaje: asirse y desasirse. A estos niveles subyace el verdadero surtidor de sufrimiento y también la clave definitiva de liberación.
Asirse es una acción más enérgica que, por ejemplo, adherirse; es una prensión. Podemos asir las riendas del caballo o el volante del automóvil. Podemos asir la empuñadura de la espada o el manubrio del motor para ponerlo en acción. En tales casos asimos con las manos. Pero también podemos hablar de asimos, en cuyo caso entra en juego la interioridad, toda la persona: podemos asimos a una idea, al prestigio personal, a un proyecto, a una persona o a nosotros mismos. Las manos con las que nos asimos son las energías mentales y afectivas. También podríamos utilizar otros verbos, como apropiarse, etc.
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El mundo es falaz. Cuando decimos falaz nos referimos a una verdad aparente; la verdad aparente, en el fondo, es siempre una mentira. El mundo, en su falacia, cree que cuantas más propiedades tiene un hombre más señor es.
En efecto, si un sujeto posee dos haciendas, cuatro casas y tres automóviles, en todos esos “territorios” puede ejercer el señorío; y cuantos más “territorios” tiene, más señor es. Hasta aquí funciona bien la verdad aparente; pero la verdad de fondo es otra y la contraria: cuantas más propiedades tiene, más atado está el dueño, más atrapado; porque se establece una ligadura de pertenencia y posesión, un vínculo afectivo y a veces jurídico entre el dueño y su propiedad.
Por eso, los romanos decían: la propiedad reclama a su dueño. Así pues, cuando la propiedad se sienta amenazada, invocará a su dueño para que éste suelte los mastines que defienden la propiedad.
Con otras palabras: el propietario se turbará; y en la turbación se da rienda suelta a fuerzas ocultas y retenidas que, al soltarse, entran en batalla para la defensa de la ciudad sitiada. Propiedad y guerra son, pues, una misma cosa. Y en la turbación campean, en confuso tropel, el miedo, la violencia, la incertidumbre, la ansiedad.
Y por este camino, la apropiación se torna en una de las principales fuentes de sufrimiento.
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El dueño puede estar vinculado a la propiedad por medio de un nexo jurídico que, incluso, puede ser un documento notarial inscrito en el registro civil. Pero, sin ser propietario en este sentido jurídico, el hombre puede serlo de una manera más sutil, y, por consiguiente, más peligrosa, estableciendo un vínculo afectivo de apropiación con diferentes situaciones, cosas y personas.
Y en su transitar por entre los acontecimientos y las criaturas, el hombre puede lanzar tentáculos en todas direcciones, enganchando hoy el prestigio, mañana la belleza y al día siguiente el éxito.
Las adherencias pueden estar revestidas de mil distintos colores: el hombre desea desasosegadamente que el proyecto toque el techo más alto; que aquella persona acepte su opinión; conquistar el afecto de aquella otra persona, tan inasequible; que fulano no se muera; que mengano desaparezca del escenario; que aquel otro fracase; que Oriente pierda y Occidente gane; que su equipo salga campeón; que a los secuestradores los condenen a cadena perpetua; que su actuación resulte un gran éxito y él unánimemente aceptado y ovacionado; que a fulano todos le hagan el vacío, y mengano pierda el pleito; los acontecimientos transmitidos por los medios de comunicación social los rechaza o se adhiere a ellos apasionadamente al vaivén de sus intereses.
Así vive el “propietario”, sujeto a todo con lazos ardientes; y los lazos se le convierten en cadenas, y la vida en una inmensa cárcel. En todo momento, cuando presiente que sus criaturas encadenadas van a ser amenazadas, descienden sobre él las tinieblas del temor, le domina la ansiedad y la paz huye de sus aleros como paloma asustada.
En efecto, el deseo de apropiación deriva rápidamente en temor al no poder poseer el objeto deseado, o ante los eventuales competidores o usurpadores que puedan entrar en la lid para disputarle la presa. Y el temor, reiteramos, es un detonante desencadenador de energías tanto ofensivas como defensivas, para la conquista o defensa de algo. Por eso, el temor es guerra. Y también fuego.
Y algo peor: cualquier cosa, persona o situación a la que el hombre se adhiera posesivamente se le transforma en su “dueña”; es decir, el “propietario” queda atrapado y dominado por ella. En efecto, cuando el hombre logra asirse a alguna cosa, ésta se le transforma al mismo tiempo en botín de conquista y en conquistadora; porque es cosa digna de admiración ver cómo las posesiones absorben y obsesionan a los pobres seres humanos, convirtiéndolos frecuentemente en marionetas o en muñecos ridículos.
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Un hombre lleno de “posesiones” vive entre delirios. Minimiza o sobrevalora los acontecimientos o las cosas de acuerdo con sus deseos o temores. Un hombre así es un ser dormido. Y el hombre dormido no puede ver las cosas como son, sino que las reviste de sus pensamientos y las ve a la luz de sus ficciones, y no en sí mismas.
Este velo a través del cual ve la realidad, deformándola, origina sus ansiedades e inseguridades. Es, pues, un enajenado de la realidad real: proyecta sus sentimientos en los objetos, y es dominado por esos mismos objetos, que están cargados con sus sentimientos.
Por eso, el hombre dormido lleva una existencia fragmentaria, ansiosa e infeliz, porque, insistimos, vive revistiendo la realidad con sus propios deseos inconscientes y sus impulsos desconocidos. Gran parte de lo que considera real no es sino una sarta de ficciones que su mente construye y proyecta. De alguna manera, las situaciones-personas-cosas son valoradas en la medida en que el hombre se descubre en ellas a sí mismo o sus intereses. Casi podríamos hablar de un narcisismo cósmico.
En el estado de sueño se suspende la conciencia, pero en cada caso de emergencia (un temblor, un incendio) se recupera rápidamente. Por el contrario, en caso de locura, la conciencia de la realidad exterior no sólo está ausente, sino que ni siquiera es recuperable en casos de emergencia.
Como decíamos, la conciencia de muchas personas está amasada con ficciones y fantasías; y no tienen conciencia de la realidad. Ahora bien, ¿qué sucede cuando el hombre recupera la conciencia de algo de lo que hasta entonces no tenía conciencia? Simplemente se abre al conocimiento del carácter ficticio e irreal de su conciencia normal, es decir, se da cuenta de que estaba enajenado; despierta: entra en contacto con el mundo verdadero, porque anteriormente estaba dormido, ajeno a la realidad.
Podemos, pues, concluir que el sufrimiento es una pequeña enajenación. O, con otras palabras, al enajenamos, sufrimos. O sufrimos porque nos enajenamos. De alguna manera, todo sufrimiento es hijo de la ficción y de la mentira.
Si el propietario jurídico, o el emotivo, deshace el vínculo y se desprende de una propiedad, más libre se sentirá.
Si se desvincula de dos propiedades, sentirá doble caudal de libertad. Si, por hipótesis, renunciara afectivamente a toda las apropiaciones, sería el hombre más libre del mundo. He aquí, pues, que se abre delante de nuestros ojos el camino real de la liberación, la senda del desasimiento afectivo.
El desasido “se retira”, ¿cómo decirlo?, en cierto sentido, corta aquel lazo que vincula su pensamiento a los objetivos percibidos por los sentidos. Y así adquiere aquel desprendimiento o libertad frente al mundo exterior.
Como resultado, no se siente turbado por la percepción de las cosas o su recuerdo, ni amenazado por los sucesos presentes o pasados; y así, el desposeído se instala definitivamente en la región de la serenidad.
* * *
Para que un buque mercante, amarrado con gruesos cables a un dique, pueda surcar los mares, es necesario soltar previamente esas amarras. Para. sentirse libre y pleno en la vida, el hombre necesita renunciar, soltar los tentáculos apropiadores. Es verdad: hay que luchar para poner en pie un mundo más humano; pero hay que luchar sin esclavitudes interiores, con pasión y paz.
Desasirse equivale a tratarse a sí mismo y al mundo con una actitud apreciativa y reverente; no malgastar energías; avanzar hacia la seguridad interior y la ausencia de temor; caminar incesantemente de la servidumbre a la libertad. Y libertad significa dar curso libre a todos los impulsos creadores y benevolentes que yacen en el fondo del hombre Son los des-poseídos y los des-asidos de sí mismos los que entran en contacto con la verdad. Y verdad es igual a libertad. Son ellos, los pobres, los sabios, los despiertos, los que renunciaron a las ficciones egolátricas, los que poseerán el reino de la serenidad.
Despertar es, en alguna medida, dejar de sufrir.
Al quitarse el velo y soltar las amarras adhesivas, las facultades mentales comienzan a funcionar sin inquietud, apaciblemente. Al des-asirse, no se altera la actividad del hombre, pero sí el tono interior, el clima general.
Cuando el hombre queda desposeído, una gran libertad se apodera al instante de todo su ser, sintoniza fácilmente con la realidad y la percibe en plenitud. No s6lo percibe objetivamente el mundo, sino que, al soltarse de sí mismo, entra en la gran corriente unitaria, en el reino del amor.
Con otras palabras: al dejar de aferrarse a sí mismo, adquiere esa formidable facultad de receptividad o acogida. Como el corazón vacío no abriga ambición alguna ni alienta intereses sobre las criaturas, primeramente las contempla en su esencial virginidad: la rosa es fragante; Antonio, sencillo; las nubes, benéficas; el proyecto no tuvo éxito; la actuación de fulano ha sido notable... Y, en segundo lugar, una profunda corriente de unidad y amor se establece entre los seres y el des-poseido. El des-asido, pobre y vacío, ofrece un amplísimo espacio libre, a donde, en un gran movimiento de retorno, regresan las criaturas y son acogidas en una gozosa unidad. Donde hay pobreza, hay amor.
Las estrellas arden, pero, desde lejos, ¡parecen tan frías y silenciosas! Es su ley.
A la orilla de los ríos, en las enramadas, llegada la primavera, los ruiseñores cantan día y noche. Es su ley.
En el invierno, el valle se cubre de nieve, en la primavera de flores y en el otoño de frutos. En la época de los deshielos, el río se sale de madre, inunda los valles y arrastra consigo viviendas, animales y personas al seno de la muerte. Es su ley.
El gavilán se alimenta cazando con sus poderosas garras los incautos pajarillos y los pollitos del corral. Es su ley.
La brisa es fresca; el cierzo, frío; el bochorno, caliente. Es su ley.
Las vacas se alimentan paciendo mansamente en la pradera, y los lobos, devorando los corderos.
En el invierno, el valle se cubre de nieve, en la primavera de flores y en el otoño de frutos. En la época de los deshielos, el río se sale de madre, inunda los valles y arrastra consigo viviendas, animales y personas al seno de la muerte. Es su ley.
El gavilán se alimenta cazando con sus poderosas garras los incautos pajarillos y los pollitos del corral. Es su ley.
La brisa es fresca; el cierzo, frío; el bochorno, caliente. Es su ley.
Las vacas se alimentan paciendo mansamente en la pradera, y los lobos, devorando los corderos.
El huracán ha sembrado de ruinas la comarca. El rayo mató varias ovejas, al pastor y su perro. Es su ley.
Las aves vuelan, las serpientes reptan; el invierno es frío y el verano ardiente; los seres vivientes nacen, crecen y mueren. En la primavera llegan las golondrinas, y en el otoño se van. Es su ley.
* * *
Respetar las leyes del mundo, no irritarse contra ellas, entrar en su curso con gozo y mansedumbre, no enemistarse contra nada, dejar que las cosas sean lo que son, no pretender doblegar su voluntad, dejar pasar las cosas a tu lado, sin torcer su rumbo. He aquí el secreto de la paz.
¡Vivir!, que es sumergirse en la gran corriente de la vida, participar de alguna manera del pulso del mundo, mirar todo con veneración, tratar con ternura a todas las criaturas de Dios, sentir gratitud y reverencia por todo.
Cuando el corazón del hombre se haya desprendido de sus lastres y pertenencias y haya renunciado a la codicia del poseer; en suma, cuando se haya purificado de todo aquello que envenena las fuentes de la existencia, aquel día habremos retornado a la primera aurora, en que “todo era bueno”.
Cuando el corazón es luz, todo se viste de luz. De las altas cumbres no bajan aguas turbias, sino transparentes.
La vida nace, brilla y se apaga. Está bien. El dolor físico es la alarma de la enfermedad. Está bien. ¡Cuántas veces una sacudida fuerte en la propia historia sirvió para enmendar errores y emprender rumbos verdaderos! Está bien.
Fuera de casos excepcionales, todos tienen recta intención. El instinto primario del corazón humano es el de agradar, y su tendencia natural, la de la autenticidad. Vivir es un privilegio, y la existencia, una fiesta. Todo es bueno.
Las aves vuelan, las serpientes reptan; el invierno es frío y el verano ardiente; los seres vivientes nacen, crecen y mueren. En la primavera llegan las golondrinas, y en el otoño se van. Es su ley.
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Respetar las leyes del mundo, no irritarse contra ellas, entrar en su curso con gozo y mansedumbre, no enemistarse contra nada, dejar que las cosas sean lo que son, no pretender doblegar su voluntad, dejar pasar las cosas a tu lado, sin torcer su rumbo. He aquí el secreto de la paz.
¡Vivir!, que es sumergirse en la gran corriente de la vida, participar de alguna manera del pulso del mundo, mirar todo con veneración, tratar con ternura a todas las criaturas de Dios, sentir gratitud y reverencia por todo.
Cuando el corazón del hombre se haya desprendido de sus lastres y pertenencias y haya renunciado a la codicia del poseer; en suma, cuando se haya purificado de todo aquello que envenena las fuentes de la existencia, aquel día habremos retornado a la primera aurora, en que “todo era bueno”.
Cuando el corazón es luz, todo se viste de luz. De las altas cumbres no bajan aguas turbias, sino transparentes.
La vida nace, brilla y se apaga. Está bien. El dolor físico es la alarma de la enfermedad. Está bien. ¡Cuántas veces una sacudida fuerte en la propia historia sirvió para enmendar errores y emprender rumbos verdaderos! Está bien.
Fuera de casos excepcionales, todos tienen recta intención. El instinto primario del corazón humano es el de agradar, y su tendencia natural, la de la autenticidad. Vivir es un privilegio, y la existencia, una fiesta. Todo es bueno.





















