Del sufrimiento a la paz Capítulo II

DEL SUFRIMIENTO A LA PAZ
Hacia una liberación interior
IGNACIO LARRAÑAGA

CAPITULO II
Las fuentes
“¡Oh, la mente, sí,
la mente tiene montes,
precipicios a pico,
de horror,
por nadie sondados”.
G.M. Hopkins

“Las furias de tu corazón
no podrán hacer nada
para que, lo que sucedió,
no hubiera sucedido”.
“Deja que los muertos
entierren a los muertos”.
Evangelio



1. Los disgustos
Hoy más que nunca hay una sólida verdad, y es ésta: mente es el nuevo nombre de “infierno”. Infierno significa sin salida, y donde no hay salidas, hay angustia. Y angustia vale tanto como angostura, estrechamiento. Con sus muros circulares, la mente aprieta y estrecha entre sus anillos al pobre ser humano, que experimenta una sensación de ahogo y asfixia, como de quien tiene todas las salidas clausuradas.

Ya lo hemos afirmado anteriormente, y en las páginas que siguen vamos a desempolvar y airear esta verdad, noche terrible de la que es preciso despertar y salir: la masa general del sufrimiento humano es un producto de la mente. Para decirlo de una manera gráfica, el 90 por 100 del sufrimiento humano es materia subjetiva, como lo veremos a continuación. Naturalmente, no se trata de una proporcionalidad matemática, sino aproximativa.

Y este dato no es una amarga noticia, sino una buena nueva, porque está en nuestras manos la posibilidad de neutralizar, atenuar o transformar este subproducto de la existencia humana.

* * *

Somos nosotros mismos quienes engendramos los disgustos. Supongamos que hace tres meses te viste envuelto en aquel escándalo: fue una situación injusta en la que ciertas personas levantaron un edificio de suposiciones gratuitas sobre un hecho real de tu vida, y tu prestigio rodó por los suelos. Todo ese desgraciado conjunto de circunstancias ya es un hecho consumado, y quedó allí para siempre anclado en el espacio y en el tiempo.

Si tú relegas al pasado ese suceso, lo olvidas, ya no existe para ti. Pero eres tú (¡despierta!) quien ahora rehace aquella pesada cadena de desgracias, y comienzas a recordar aquellos hechos, removiéndolos y reviviéndolos en tu mente como si acabaran de suceder; y luego te enciendes en furia, rabia y vergüenza, como si estuvieras metido en un círculo de fuego..., y es ahora cuando un hecho pasado se transforma en disgusto. Pero eres tú (¡atención!), sólo tú, quien está transformando un acontecimiento de tu historia pasada en un disgusto.

El disgusto es, pues, un producto de tu mente. Despierta y despréndete de los recuerdos dolorosos. ¡Basta de sufrir!

2. El fracaso
He aquí otro veneno inagotable de abatimiento: el fracaso. También él es un producto mental. Veámoslo.
Tú tenías un proyecto, y calculabas que el plan alcanzaría un techo de cien puntos, digámoslo así; y te adheriste a esos cien puntos. Pero, al culminar la tarea, el proyecto alcanzó sólo cuarenta y cinco puntos. Fue, pues, un resultado negativo; pero, en realidad, no fue negativo, sino solamente inferior a tus previsiones.

Entre frustrado y herido por el amor propio, tu corazón comienza ahora a resistir mentalmente, a rechazar cordialmente aquel resultado, inferior a lo esperado. Y es entonces cuando ese resultado negativo se convierte en fracaso.
¿Dónde estuvo el error? ¿En haber apuntado demasiado alto, ilusionándote con alcanzar los cien puntos? No, ciertamente, sino en haberte adherido a esos cien puntos. Entre tu persona y los cien puntos se estableció, pues, una vinculación apropiadora.

Forjaste en sueños una imagen dorada, te identificaste con ella casi en una especie de simbiosis, y ahora la construcción de tu mente se derrumba, haciéndose trizas. Desilusión quiere decir que una ilusión se deshace y esfuma. Te hiciste una ilusión a la que te abrazaste con toda tu alma, y al deshacerse la ilusión se produjo en ti una especie de desgarramiento, el despertar amargo de quien estaba abrazado a una sombra.

* * *

El fracaso es, pues, un concepto subjetivo y relativo. Nace y vive en la mente cuando y en la medida en que rechazas el resultado. Y, a partir de ese momento, el fracaso comienza a presionarte, o, al menos, tú así lo sientes.
En la medida en que sientes esa presión, tú la resistes con toda el alma: presión y resistencia son siempre acciones correlativas. En la medida en que la resistes, la presión del fracaso es aceleradamente más opresiva.
Y así, encerrado en ese circulo vicioso, mortífero y fatal, el hombre puede llegar a ser víctima de profundas perturbaciones de personalidad. ¡Despierta, pues!, y advierte que no es el fracaso el que te tiene atrapado a ti, sino que eres tú y sólo tú el que está dándose de cabeza, con tus resistencias mentales, contra aquel resultado negativo. Es una locura.

Aquello que, inicialmente, no fue más que un resultado imprevisible y parcial, a fuerza de darle vueltas en la cabeza y resistirlo en el corazón, lo has ido convirtiendo en un espectro monstruoso que te atemoriza y oprime. El problema está en ti.

* * *

¿Qué hacer, pues? Mirando a tu futuro, es necesario distinguir dos cosas: el esfuerzo y el resultado. El esfuerzo depende de ti; el resultado, no.
En lo que depende de ti, debes lanzarte al combate con todas las armas y todos los medios a tu alcance: la experiencia de la vida, la colaboración de los demás, el sentido común, la ley de la proporcionalidad, el idealismo, el entusiasmo, la discreción... En un campo de batalla, el estratega no puede descuidar ningún detalle; de una pequeña imprevisión puede depender una derrota.

De igual manera, en cada proyecto de tu vida, luego de proponerte una meta alta, razonablemente alta, debes poner en acción, con sagacidad y tesón, todos los medios de que dispongas para alcanzar esa meta. Debe haber, pues, una pasión.
Pero también debe haber paz.
Como hemos dicho, el “pecado” consiste en establecer una atadura adhesiva y afectiva entre tu corazón y el resultado de aquel proyecto, lo que equivaldría a apropiarse un resultado imaginario y supuestamente alto.

Corres un riesgo, que consiste —reiteramos— no en que el supuesto resultado sea brillante, sino en habértelo apropiado antes de que se produjera; se trataba, pues, además, de una ilusión. A causa de esta apropiación, si el resultado es inferior a lo imaginado, vas a tener la impresión de que ha habido un robo, de que se te ha hurtado algo que ya considerabas como propio en tu imaginación. El mal estaba en la apropiación.

Y cuando una propiedad la sentimos amenazada, surge el temor, que no es otra cosa sino la liberación de energías defensivo-agresivas, desencadenadas para defender la propiedad amenazada. En nuestro caso, a este temor lo llamamos preocupación.
Y la preocupación por los resultados va ensombreciendo la vida y quemando gran parte de las energías psíquicas.

No es posible dormir bien cuando uno se siente atormentado por el aguijón del ¿qué será? Quien está agobiado por alguna preocupación tampoco se alimenta debidamente; y las tensiones impiden, asimismo, el buen funcionamiento del sistema digestivo, y especialmente de los intestinos. Cualquier persona que se encuentre en esta situación irá descendiendo cada vez más por la pendiente de la inseguridad, y acabará siendo dominada por toda clase de complejos. La preocupación por los resultados es, pues, la raíz de innumerables daños.

* * *

¿Qué hacer, pues? Una vez agotados todos los recursos y que se acabó el combate y todo está consumado, el sentido común y la sabiduría más elemental de la vida nos confirman que es insensatez perder el tiempo en lamentaciones, dándose de cabeza contra el muro indestructible de un hecho consumado. Relega los resultados al rincón del olvido y quédate en paz; una paz que brotará justamente cuando te hayas desasido de los resultados.

En último término, ¿de qué o de quién dependen los resultados? De una cadena absolutamente imponderable de causalidades, que, ciertamente, se halla muy lejos de mi alcance: cuántas veces mi libertad y la de los demás están notablemente condicionadas, al menos en ciertas zonas de nuestra personalidad; también influyen los estados de ánimo, los factores climáticos o biológicos, la rivalidad de los demás, o simplemente otras eventualidades imprevisibles

Si los resultados no dependen de ti, es locura pasar días y noches alucinado por la obsesión del fracaso. ¡ Basta de humillarse! ¿Avergonzarse? De nada. Y no permitas que los complejos llamen a tu puerta. Suelta las ataduras que te ligaban emocional y adhesivamente a los resultados, y quédate en paz con la satisfacción de haber hecho lo que estaba en tus manos, aceptando la realidad tal como es; ocupado, sí; pero nunca preocupado.

He aquí, pues, el secreto para el combate de la vida: engarzar en un mismo haz estas dos dispares energías: pasión y paz.

3. Los focos luminosos
El bien y el mal están siempre dentro del hombre. No proceden de afuera hacia adentro, sino de adentro hacia afuera. Todo hombre es poseedor de una varita mágica, capaz de transformar todo lo que toca en oro y bendición.

Porque, si es verdad que en la mente humana se fraguan los enemigos, también lo es que la mente del hombre es el hontanar de todo bien y todo amor.
Todo lo que resistimos mentalmente lo convertimos en enemigo. Si no me gustan estas manos, ellas son mis enemigas. Si no me gusta esta nariz, estos dientes, este color, esta estatura..., se convierten en mis enemigos, despiertan en mí los mismos sentimientos de repulsa que un verdadero enemigo. Y así, te esfuerzas por no aparecer en público, ocultas tus manos...; en suma, te tratas a ti mismo como si fueras enemigo de ti mismo, humillándote, avergonzándote. Y avergonzarse de sí mismo es lo mismo que autocastigarse. Muy en lo hondo de todos estos sentimientos palpitan un sinnúmero de fatuidades, actitudes narcisistas, truncadas escalas de valores, megalomanías y otras mil hijas de la vanidad; todo lo cual lo analizaremos más adelante. Por el momento, es suficiente con que caigamos en la cuenta de cómo y dónde se forjan nuestros enemigos.

Si tu vecino te desagrada, lo transformas en un enemigo. El problema no está en él, sino en ti. Y cuanto más lo resistas, más lo sentirás como enemigo. La enemistad crece en la medida que aumenta la repulsa de tu corazón.

Si no te gusta este día triste y oscuro, este día es tu enemigo. Si te molesta la tos de quien está a tu lado, la voz de un vecino, la manera de caminar de aquél, la mirada del otro, este ruido, aquella temperatura, esta actitud, aquella reacción..., tu alma acaba convirtiéndose en una ciudadela rodeada de enemigos por todas partes.

Y entonces millares de seres pueden ir despertando en ti sentimientos hostiles, reacciones agresivas y airadas.
Las realidades, en tu entorno, son tal como son; y si tú las dejaras ser como son, todas ellas serían tus amigas.
Pero los dardos parten de tus propias almenas.
Y aquí comienza a vislumbrarse uno de los grandes capítulos de salvación, que ofreceremos más adelante: dejar que las cosas sean lo que son; contemplar y considerar como buenas todas las cosas.

* * *

En toda reacción humana hay que distinguir dos elementos: el agente exterior (estímulo) y el impacto. Un agente exterior, estridente y violento, golpea en un mar de armonía, y no pasa nada, no se produce herida alguna.
Normalmente, el impacto es proporcional al estímulo; pero la cuantía del impacto puede depender también del receptor.

Por ejemplo, los defectos congénitos de personalidad aumentan en la medida en que aumenta el estado nervioso de la persona. Un tipo rencoroso lo es mucho más cuando está especialmente irritado. Un temperamento irascible se coloca al borde de la locura cuando enfrenta una crisis de nervios. En los momentos de agudo nerviosismo, una personalidad hipersensible es capaz de convenir las agujas en espadas.

El impacto depende, por consiguiente, no sólo de una estructura determinada de personalidad, sino también de los estados de ánimo.
Más aún, yo diría que el fenómeno de las tensiones, disgustos, furias, depresiones... no depende tanto de los agentes exteriores como de la debilidad o blandura del sujeto receptor. Porque, en último término, los agentes exteriores estimulan o impactan en la medida de la blandura de la materia receptora.

Ningún estímulo exterior, ni aun el más violento, puede herir a quien se esfuerza por temperar su carácter, transformar su corazón en un acogedor regazo, habituarse al autocontrol, serenar su sistema nervioso, entrenarse en la concentración y la meditación, avanzar, en fin, lenta pero firmemente hacia la tranquilidad mental y la paz.

* * *

Por este camino, llegamos a una halagüeña conclusión: en nuestras manos están las llaves de oro que pueden transformar los males en bienes y los enemigos en amigos.
La primera condición para esta portentosa alquimia es, una vez más, despertar sacudirse el sueño, liberarse de esa confusión nocturna, abrir los ojos y darme cuenta de que, si acepto a ese vecino desagradable, lo convierto en un buen amigo.

Como estoy irritado, todo me irrita. Como estoy desasosegado, todo me molesta. Las cosas-personas que me rodean son buenas, limpias, luminosas. Es mi óptica particular, son mis ojos los que las contemplan a través del prisma oscuro de mis descontentos; y por eso me resultan irritantes y hostiles. El problema está ahí.

La primera llave de oro consiste en contemplar y apreciar los lados positivos de las cosas-personas.

Si esas manos no son bonitas, ellas, en cambio, realizan millares de prodigios; tantos, que una tercera parte de la producción cerebral está dirigida y es consumida por las manos. ¿Pensaste alguna vez qué sería de ti sin esas manos? ¿ Has visto alguna vez una persona sin manos? Es una fatuidad monstruosa avergonzarse de ellas porque no tengan bellas proporciones, cuando, en realidad, son una maravilla de la creación. Nos dejamos deslumbrar por la envoltura de las cosas, que nos impide ver los tesoros interiores. Somos fatuos, y estamos dormidos.

Puede ser que tus ojos no sean hermosos, pero ¿qué sería de ti sin esos ojos, ventanas por donde penetra el resplandor del mundo? Es tan asombrosa su anatomía que los sabios enmudecen cuando logran captar toda su complejidad y precisión. ¿Qué sería de ti sin esos ojos? Una noche eterna.

Puede ser que esa dentadura no sea uniforme y blanca; pero ¿pensaste alguna vez con qué orden y sabiduría están dispuestos y articulados esos dientes y qué admirable función desempeñan en el sistema digestivo?

En este tu modo de ser, tal vez te pesen y opriman ciertas tendencias negativas, como el rencor o la impaciencia.

Hasta es posible que la cruz, pesada cruz, seas tú mismo para ti mismo. Pero ¿pensaste alguna vez que, si tienes siete defectos, dispones, en cambio, de sesenta cualidades?
Fracasaste en este último intento; pero ¿por qué no piensas en todos los intentos que te resultaron exitosos?
¿Por qué no fijar los ojos en los focos luminosos? Mientras los demás te consideran como un hombre de suerte y de éxito, tú, en cambio, te sientes descontento y abatido, porque fijas la atención precisamente en los episodios más negativos de tu vida.

* * *

Puede ser que tu compañero de trabajo o tu vecina sean impacientes e irascibles; pero te olvidas de que tienen un enorme espíritu de servicio, y aun, a veces, rasgos verdaderamente conmovedores de generosidad.

En la valoración global de una persona sucede, con frecuencia, que nos fijamos tan obsesivamente en un defecto determinado, que acabamos identificando y definiendo a esa persona como si „fuese” ese defecto, evaluando toda su personalidad a través de ese defecto y como concluyendo en la ecuación de que ella es igual a su defecto. Y muchas veces ni siquiera se trata de un defecto, sino de una reacción esporádica y aislada; y somos capaces de objetivar y retratar a la persona entera por ese momento de emergencia. ¡Una monstruosa caricatura, sin duda!

Siempre dormidos. Es necesario despertar y hacer funcionar correctamente el cuadro de valores.

De manera análoga, puede suceder otro tanto acerca de ti mismo o de tu propia historia: un defecto tuyo o un fracaso se te pueden fijar de tal manera que te puedes ir quedando con la impresión global de que tu vida o tu persona han sido, o son, una calamidad. Despierta, haz una correcta evaluación, y verás que son infinitamente más las joyas y los tesoros que las ruinas.

Te defraudaron los amigos. Aquel dorado proyecto se vino al suelo estrepitosamente. Un error de cálculo hizo que el negocio fracasara. Pero, ¡cuántas lecciones aprendidas! ¡Cómo te ayudaron e liberarte de manías de grandeza y otras obsesiones que te esclavizaban! No hay en el mundo infortunio o contratiempo que no encierre aspectos positivos y lecciones de vida.

Esta es, pues, la primera llave de oro, que más adelante estudiaremos a fondo: tratar de descubrir el lado positivo de las cosas.






4. Los imposibles, dejarlos

Hemos dicho que los acontecimientos-personas-cosas son mis enemigos en la medida en que yo los rechazo.
Las cosas me agradan o desagradan a la vista, al oído y a los demás sentidos; y al desagrado corresponde mi rechazo o resistencia. Pero “desagrado” es un concepto relativo; hace referencia a la relación entre el objetoagente y mi sensibilidad. Y esta sensibilidad es, o puede ser, terriblemente subjetiva: tornadiza, según el viento de los preconceptos, juicios de valoración, convicciones, fuerza de voluntad, estados de ánimo...

En el fondo, podemos decir que todo sufrimiento es una resistencia mental; y donde hay resistencia, hay sufrimiento. Ahora bien, si el hombre acaba constituyéndose en enemigo de todo cuanto rechaza, puede llegar a transformarse en un ser universalmente sombrío, suspicaz, temeroso y temible a la vez. Y puede entrar en un círculo vicioso: cuanto más le desagradan las cosas, más las rechaza, y cuanto más las rechaza, más le desagradan. Urge salir de estos círculos de fuego. Busquemos las puertas de salida. ¡Basta de sufrir!

* * *

La resistencia emocional es una oscura fuerza subjetiva que tiende a anular y dejar fuera de combate todo aquello que le desagrada. Un rechazo mental, con una estrategia aplicada metódicamente, puede ayudar a vencer, parcial o totalmente, a ciertos enemigos del hombre, como la enfermedad, la injusticia, la pobreza.

Por eso, y para evitar caer en los brazos de la pasividad, el caminante, frente a los obstáculos que le salen al paso en el camino, debe preguntarse: ¿Puedo anular este obstáculo? ¿En qué medida puedo mitigar su virulencia o peligrosidad? ¿Hay algo que hacer?
Y, como respuesta, nos encontraremos con realidades hostiles al hombre, que pueden solucionarse en un ciento por ciento; o, en algunas ocasiones, en un porcentaje menor: el 40, el 15 o el 5 por 100. En este caso hay que encender todos los motores, y poner en acción una estrategia con la plenitud de fuerzas, para dejar a los “enemigos” fuera de combate.

Puede suceder también que tengamos que enfrentarnos con situaciones o realidades que nos desagradan o nos provocan rechazo, y que no está en nuestras manos solucionarlas o son esencialmente insolubles. Las denominamos situaciones límite, hechos consumados o, simplemente, un imposible.

Y dejamos constancia aquí de lo que irá apareciendo a lo largo de estas páginas: que, en una proporción mucho más elevada de lo que pudiéramos imaginar, somos impotencia; que muchas veces no hay nada o muy poco que hacer; que nuestra libertad está profundamente condicionada, a veces aprisionada y con frecuencia anulada; que somos esencialmente indigentes; que lo que podemos es muy poco o casi nada. Quien sea capaz de aceptar todo esto sin sublevarse, ya está a la mitad de camino de la liberación.

Así pues, enfrentados a situaciones dolorosas, deberíamos preguntamos: ¿Puedo modificar esto que tanto me molesta? ¿En qué medida? ¿Qué es lo que puedo hacer? Si las puertas están abiertas y es posible hacer algo, hay que avanzar decididamente por esas puertas hasta el campo de batalla para librar allí el combate de la liberación.

Pero si las puertas están cerradas y no hay nada que hacer, es locura reaccionar airadamente, como si pudiéramos anular lo irremediable con actitudes agresivas.
He aquí, pues, la puerta ancha de la liberación: los imposibles, dejarlos


4.1. El tiempo pasado
El tiempo es metafísicamente irreversible. No es posible hacer el viaje de regreso al pasado a lomo del tiempo.
No podemos retroceder ni un minuto ni un segundo. Todo lo que ha sucedido desde este instante para atrás es un hecho consumado, un imposible. Y la rememoración del pasado puede convertirse en el manantial más abundante de tristeza y sufrimiento para la mayoría de las personas. Es hora de despertar, y... los imposibles, dejarlos.

¿Qué diríamos de una persona que se acercara a una pared y comenzara a darse golpes contra ella? Pues ésa es la situación de quien se empeña en amargarse la vida recordando y reviviendo historias dolorosas. Historias que son tan inconmovibles como los muros de una ciudadela. Los muros de tu casa, aunque sean de hormigón, pueden ser derribados golpe a golpe. Pero los bloques de los hechos consumados no serán removidos ni un milímetro por los siglos.
Avergonzarse de ellos recordándolos es como darse de cabeza contra la pared. Si nunca han de ser removidos, ¿por qué empeñarse en empujarlos? ¿Para qué resistirlos? Déjalos.

* * *

Hace cinco años te calumniaron. Hace dos años y medio te traicionaron. Sólo hace una semana hiciste el ridículo en un momento decisivo para tu vida profesional. Ocho meses atrás perdió la vida en un accidente de carretera uno de los tuyos. Hace siete semanas te viste envuelto en aquel juego de envidias y maledicencias y estuviste a punto de perder tu empleo.
Los hechos ya están consumados. Aunque viertas un mar de lágrimas, aunque te encolerices derramando amargura como un volcán, todo es inútil; esos hechos no serán alterados jamás. ¿Para qué resistirlos? Déjalos en el olvido.

Al recordarlos, les vuelves a dar vida. Es una locura. Sólo tú eres el afectado, y sufres. Quienes tanto daño te hicieron disfrutan ahora de la vida alegremente y nada les importa de ti. Ellos viven su vida y tienen sus propias preocupaciones. Al removerlos en tu recuerdo, sólo tú sufres, sólo tú te quemas. Estás dándote de cabeza contra los muros irremediables. Es una insensatez. Despierta, y las cosas que no tienen remedio, relégalas al olvido.
Basta de sufrir.
Graba bien esto en tu mente: las furias de tu corazón nada podrán hacer para que lo que sucedió no hubiera sucedido.

* * *

Hay personalidades con las siguientes características: son fuertemente subjetivas y con tendencias pesimistas.
Y, naturalmente, viven dominadas por delirios de persecución, accesos de suspicacia y de aprensión. Estas personas no viven, agonizan. A lo largo de los años me he encontrado a diario con esta clase de personas, si bien con fallas en proporciones diferentes.
Viven recordando historias pasadas, a veces muy remotas, en las que ellas se vieron envueltas en circunstancias desagradables; enfrentadas con personalidades importantes, por las que se sintieron despreciadas o rechazadas, o, al menos, subestimadas. Y ahora, después de tantos años, al recordar todo aquello, se llenan de vergüenza, tristeza y confusión tan vivamente como si hubiera sucedido ayer mismo.

Todo es una desgraciada re-creación subjetiva.

Cuando uno les dice: mira que estés metido en un sueño irreal, que todo es mentira, nada de eso existe ahora..., sienten un gran alivio.

Para estos sujetos, que son muchos, los archivos de su vida son una fuente abrumadora de tristeza. Reviven su historia con los colores más negros. Sin darse cuenta, porque están dormidos, continúan imaginariamente envueltos y enredados entre los pliegues de aquellos acontecimientos, ya tan lejanos, culpando a los demás, agrediéndolos mentalmente y esforzándose por justificarse ante sí mismos y ante los demás.

* * *

Les sucede exactamente igual que al que tiene una pesadilla nocturna y la vive de tal manera que despierta con taquicardia, sudores y otras manifestaciones características de quien ha afrontado una lucha horrible y descomunal. Asimismo, estas personas reviven en su imaginación historias tormentosas, hasta el punto de que quisieran justificarse y dar explicaciones a aquellas personas ante las que se sienten culpables, con el fin de recuperar la estima que perdieron. Reviven fragmentos de una historia que, al hacerse presentes, les vuelven a provocar, en mayor o menor grado, sentimientos de autocompasión o de culpabilidad.

Es un torbellino insensato e irracional. Una recordación y escenificación de una cabeza loca. Todo es mentira. Hay que despertar, liberarse de esas quimeras y respirar en paz. ¡Basta de sufrir!

Ya hemos dicho que los hechos consumados están anclados para siempre como muros inamovibles e indestructibles. Déjalos estar allí donde estén. Al recordarlos, te estás destruyendo. Ten piedad de ti mismo y no seas tu propio verdugo. Suelta todo, respira y sé feliz.
¿Qué le diríamos a alguien que tomara una brasa ardiente en sus manos? Le diríamos: ¡cuidado, suelta esa brasa, porque te vas a quemar! Eso mismo es lo que uno se ve obligado a gritar muchas veces para despertar a quienes estén dormidos sobre carbones encendidos. Y “soltar” quiere decir retomar el control de la mente, desligar la atención de aquellas escenas o personas, tranquilizar los nervios y recuperar la serenidad del espíritu.

* * *

Lo que acabamos de decir les sucede sobre todo a quienes tienen tendencias marcadamente subjetivas. Pero, en general, para la mayoría de las personas, los archivos de su vida se convierten en surtidores de agua hirviente: están tristes porque recuerdan cosas tristes, y al recordarlas, les dan vida, abriendo de nuevo las viejas heridas, que nunca dejan cicatrizar totalmente.

Por obra y gracia de una fantasía siempre activa, repiten una y otra vez los platos más amargos de la vida, lo que acaba cegándoles las fuentes de la alegría de vivir.
En todo momento, estas personas deben estar atentas a sí mismas, porque, al menor descuido, vuelven a “dormirse” y regresan a los campos minados de los recuerdos más ingratos, y su corazón comienza a sangrar de nuevo.
Es indispensable estar alerta y advertir que es una insensatez revolver los archivos que contienen una historia irremediablemente muerta. Es lo que expresa muy bien el refranero popular: “Agua que no has de beber, déjala correr”, o, como aconseja el Evangelio: “Deja que los muertos entierren a los muertos”. Deja que las hojas caídas se descompongan y mueran. Tú mira hacia adelante, y cada mañana comienza a vivir de nuevo.

Aquellas personas que influyeron tan negativamente en momentos decisivos de tu juventud, aquellas equivocaciones que más tarde tanto lamentaste..., déjalas, que las arrastre la corriente del olvido.
Aquel fracaso, que, por ser el primero, te hirió tan mortalmente que por muchos años respiraste por esa herida, aquellas hostilidades nacidas de ruines envidias, aquella zancadilla artera, aquellas incomprensiones, aquellas medias verdades, más perniciosas que la calumnia, que arruinaron tu prestigio..., déjalo todo, que lo arrastre la corriente a la región del olvido.

Los que nunca te apreciaron, los que siempre te despreciaron, aquella crisis afectiva que fue como un vendaval para el proyecto de tu vida, aquel descalabro en tus negocios que remeció la economía doméstica, aquellos ideales que nunca pudiste realizar..., déjalo todo en la paz de los muertos, y tú, vive.
Las aguas que pasaron, no vuelven a pasar. Requiem sobre las hojas muertas y los archivos olvidados. Tú levanta la cabeza, abre los ojos, mira hacia adelante y avanza hacia un mundo de alegría y esperanza.


4.2. Las piedras del camino
El camino está sembrado de piedras, generalmente toscas, con frecuencia puntiagudas, rara vez lisas y redondas. ¿Qué hacer con las piedras del camino? ¿Pulverizarlas a golpe de martillo? ¿ Sepultarlas bajo tierra? ¿Arrojarlas una por una al río?

El caminante tropieza con ellas a cada paso, se lastima los pies, se hiere y sangra. No las puede sortear haciendo un rodeo por las lomas onduladas. Quiéralo o no, las piedras están ahí, esperándole. ¿Qué hacer, pues, con ellas?

El avión llega con mucho retraso. La reunión concluyó en un clima muy tenso. El granizo arrasó con los trigales.
El jefe quedó muy ofendido. Se nos reventó un neumático. La conferencia se alarga demasiado. El locutor tiene una voz desagradable. El tráfico está atascado. ¡Qué tipo tan antipático! Hay una larga fila de espera. Los vecinos han sufrido un asalto armado. Han puesto una música estridente. No nos fue bien en los exámenes. Nuestro equipo perdió. Tenemos que cambiar de casa. La inflación se ha disparado. Ha habido un terrible accidente aéreo.

La tasa de crecimiento ha descendido. Las heladas amenazan la cosecha de este año. Los padres se han separado. En el Oriente ha recrudecido la guerra. Hemos perdido el pleito. En un accidente de carretera hubo tres muertos y cinco heridos. A mamá le han dado tres meses de vida. Las inundaciones han devastado el poblado. Al hermano le han hipotecado la casa. Según todos los indicios, se trata de un carcinoma...
He aquí las piedras en el camino.

Metidos en esta pira roja, cercados por todas partes, y diariamente, por las llamas hambrientas, ¿cómo mantener los nervios en calma? ¿Cómo no sucumbir a este asedio pertinaz? ¿ Cómo evitar ser devorados por la angustia? ¿Cómo salvamos de la muerte cotidiana? ¿Cómo transformar las piedras en amigas o hermanas?

* * *

La regla de oro es ésta: dejar que las cosas sean lo que son. Una vez que he llegado a la conclusión de que no hay nada que hacer por mi parte, y que los hechos se harán porfiadamente presentes a mi lado, sin mi consentimiento, la razón aconseja aceptarlo todo con calma, casi con dulzura.

Aceptar significa admitir, sin irritación, que el otro sea tal como es, que las cosas sean como son. Utilizamos indistintamente ambos verbos: aceptar y dejar; y, si bien es verdad que aceptar tiene un tono más bien activo, y dejar más bien pasivo, en el fondo, ambos hacen referencia a la misma actitud.

No te dejes acribillar por las saetas que te llueven desde todas partes. Más bien, suelta los nervios, concentra serenamente tu atención en cada suceso que se hace presente a tu lado, y, en lugar de irritarte, deja tranquila y conscientemente —casi cariñosamente— que cada cosa, una por una, sea.
No maltrates a las piedras que encuentres en tu camino. No las resistas. No te enojes con ellas ni las trates a puntapiés. Sólo tú sufres con eso. No transfieras cargas emocionales agresivas a todo lo que te sucede; el blanco de tales furias eres tú mismo, sólo tú.

Sé delicado con las piedras. Acéptalas tal como son. Tus cóleras no las pueden atemperar.
Sé cariñoso y dulce con ellas; ésa es la única manera de que ellas no te hieran. Y si no puedes asumirlas, si no las puedes cargar a hombros con ternura y llevarlas a cuestas, al menos déjalas atrás, sobre el camino, como amigas.

He aquí la piedra filosofal para transformar los enemigos en amigos y disecar innumerables manantiales de sufrimiento.


4.3. La hermana enfermedad
El aguijón de la enfermedad no es el dolor físico, ni la distorsión orgánica, ni siquiera las limitaciones de que rodea al sujeto, sino la perturbación mental.
Un perrito puede tener el colon irritado o insuficiencia coronaria; pero como no está vuelto sobre sí mismo ni pensando en su dolor o enfermedad, sino que vive “fuera de sí”, apenas sufre.

El perrito no molesta a la enfermedad con su irritación; deja en paz a la enfermedad, y así ésta no es una vecina molesta para él, sino una compañera de camino, casi una amiga.
He ahí la senda de la sabiduría. Una vez que el hombre ha hecho y está haciendo cuanto está en sus manos para vencer la enfermedad, debe deponer toda agresividad, no irritarse contra ella, no entrar en enemistad con ella, dejarla en paz.

Y si va a ser porfiadamente acompañado por la enfermedad a lo largo de los días, que no sea en calidad de enemiga, sino de hermana y amiga. Todo cuanto se acepta se transforma en amigo, en una reconciliación sin fronteras.
¡La hermana enfermedad!

* * *

Acepta con paz cualquier defecto corporal: reuma, artrosis, cojera, miopía, calvicie, canicie, dentadura defectuosa, nariz prominente, ojos apagados...; deformaciones o malformaciones en el rostro, la boca, la piel, el cuello, los brazos, la espalda, las manos, las piernas...; deficiencias en el oír, en el andar, en el hablar...
No avergonzarse de nada, no entristecerse, no ruborizarse, no irritarse, no resistir; aceptarlo todo tal como es, dejar que todo sea hacerse amigo de esas deficiencias, ver los ángulos positivos, agradecer... pensar que, si eres miope, pudiste haber nacido ciego; si no eres bello, podrías haber sido contrahecho.
A pesar de todo, eres una maravilla, y ¡gracias!



4.4. La hermana muerte
El hombre, con su furiosa resistencia mental, ha transformado la muerte en la emperatriz de la tierra y señora del universo. Ninguna realidad encuentra tanta oposición como ella, y por eso es la enemiga por antonomasia del hombre y de la humanidad. Y crece en la medida en que se la rechaza.

No obstante, no es ninguna realidad. Es, simplemente, un concepto subjetivo y relativo; y, por cierto, el peor aborto de la mente.

A este simple hecho o idea de cesar, el hombre lo reviste con colores rojos y perfiles amenazantes; cuanto más piensa en ella, más la teme, y cuanto más la teme, más la engrandece, hasta transformarla en espectro y maldición, abismo y vértigo alucinante.

Nace el hombre; a poco, abre los ojos, y allá, a lo lejos, divisa aquella puerta entreabierta que un día tendrá que transponer; y este pensamiento hace que su vivir sea un morir, porque aquel abismo lo seduce y aterra al mismo tiempo.

Es necesario despertar y tomar conciencia de que el mismo hombre, y sólo él, es quien engendra este fantasma.

* * *

Una golondrina no muere; simplemente se extingue, como una vela. Otro tanto sucede con animales considerablemente agresivos, como un tiburón, un rinoceronte o un toro. El más temible de los felinos es el leopardo. Cuando este felino es acorralado y atacado, al instante pone en juego su acometividad mortal.

Pero cuando la muerte pone en jaque al leopardo a través del torrente vital, el félino no resiste ni contra-ataca; humildemente se retira a un rincón de la selva, se acuesta y se deja llevar por la muerte como un manso corderito.

No muere, porque no resiste; no hay agonía. Por muy leopardo que sea, también él se apaga como una humilde vela.

El único ser de la creación que se hace problemas (¡y qué problemas!) con la muerte es el hombre: es en su mente —como dijimos— en donde a un simple concepto, la idea de acabar, la reviste con caracteres de maldición y estigma definitivos, y por eso se resiste a esa idea con uñas y dientes, transformando ese trance en el combate de los combates; precisamente, agonía significa, etimológicamente, lucha, el combare por antonomasia.

* * *

La magnitud de la victoria de la muerte sobre el hombre está en proporción con la desesperación y acometividad con que el hombre la rechaza. El problema principal de la humanidad no es cómo eliminar a este supremo enemigo (lo que, por otra parte, es una ilusión, porque todo lo que comienza acaba), sino en cómo hacer para transformar a la muerte en una hermana, una amiga.

Y nosotros ya sabemos qué hacer: hay que dejarse morir. Una vez que se ha hecho lo posible por esquivarla, pero “ella” ya está aquí golpeando la puerta, es preferible abrir voluntariamente la puerta, antes de que ella la derribe violentamente.

Es necesario despertar y convencerse de que todo lo que nace muere; y que, llegada la hora, de nada sirve resistir.
Repetimos: ¿qué diríamos de una persona que se da de cabeza contra una roca? La roca está ahí, inmóvil, inevitable. Déjala, y nada sucede. Pero es el hombre el que, en su insania, se da de golpes contra ella, estrellándose. La muerte está ahí, inexorable, como un acantilado. Pretender pulverizar el acantilado a golpes de martillo es una inmolación sin sentido.

Después de que se ha hecho lo posible para sostener en alto la antorcha de la vida, llegada la hora, y cuando “ella” está ya a la puerta, es una locura oponerse al desenlace inevitable. En ese trance, la sabiduría aconseja colgar la espada, soltar los remos, dejarse llevar.

El hombre debe hacerse amigo de la muerte; es decir, debe hacerse a la idea, hacerse amigo de la idea de tener que acabar. Serenamente, sabiamente, humildemente debe aceptar acabarse: soltar las adherencias que, como gruesas maromas, lo amarraban a la orilla, y... dejarse llevar mar adentro.

Todo está bien. Es bueno el duro invierno; luego vendrá la primavera. Después que yo acabe, otros comenzarán, así como muchos tuvieron que cesar para que yo comenzara. Las cosas son así, y es bueno que así sean, y hay que aceptarlas como son. Yo acabaré, otros me seguirán; y en su incesante ascensión, el hombre volará cada vez más alto y más lejos.
Todo está bien.

Esta es la victoria del hombre sobre la muerte. Y de esta manera hemos acabado transformando al peor enemigo en un amigo.


4.5. Dispersión y desasosiego
La dispersión, en sí misma, no es un germen de sufrimiento; más bien es efecto de múltiples factores que en seguida estudiaremos; pero, de todas formas, conlleva entre sus pliegues notables dosis de esa sensación desagradable que llamamos desasosiego; y éste transpone con la mayor facilidad las fronteras de la angustia.

La dispersión, en el sentido en el que la vamos a analizar aquí, se identifica, en cuanto al contenido y efectos, con el nerviosismo, entendiendo por nerviosismo una sobrecarga de energía neuroeléctrica en estado de descontrol.

La dispersión es la enfermedad típica de la sociedad moderna, la sociedad tecnológica. No está tipificada en ningún cuadro clínico; pero, de hecho, viene a ser el subsuelo ideal en el que normalmente germinan y se alimentan la depresión y la obsesión y, sobre todo, la angustia.

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En definitiva, la dispersión es la desintegración de la unidad interior. Sentirse integrado interiormente equivale a gozo y fuerza. Una persona dividida, en cambio, experimenta desasosiego y debilidad.
El sujeto dispersivo, en lugar de sentirse unidad, se siente como un acervo de fragmentos de sí mismo, yuxtapuestos y sin coherencia, como si diferentes y contradictorias fuerzas clavaran sus garras en él y lo tironearan en direcciones contrarias: desafíos por este lado, amenazas por el otro; frustraciones por aquí, entusiasmos por allá. ¿Resultado? Un descoyuntamiento, una formidable descomposición interna que le hace sentirse al hombre abatido e infeliz; infeliz, porque se siente débil, y débil, porque se sabe incapaz de retener en sus manos las riendas de sus energías e impulsos.

Es la dispersión, sobre todo cuando alcanza grados elevados, una de las sensaciones humanas más desapacibles, porque envuelve la vida toda con una vestidura tejida de malestar, nerviosismo e inseguridad, en que el vivir mismo es un desagrado.

* * *

Muchas veces se me presenta el hombre de hoy como una fortaleza asediada por tierra, mar y aire, con el agravante de tener encerrados y escondidos dentro de sus propios muros a numerosos enemigos.
Las presiones provienen de todas partes y convergen certeramente en el corazón de la fortaleza; no raramente, el lugar de trabajo es un avispero de intrigas; con frecuencia, el hombre siente a su costado una despiadada competencia profesional; muchas veces, las relaciones familiares son fuente de incomprensiones; y con cuánta frecuencia, ¡ ay!, el santuario del matrimonio se convierte en un cuadrilátero de combate y dolor; la salud experimenta alternativas inquietantes; la contaminación ambiental, el congestionamiento del tráfico, las multitudes hacinadas, las alteraciones atmosféricas, las irradiaciones telúricas, la granizada invisible de los rayos cósmicos...

El sistema nervioso del pobre hombre recibe este asedio implacable y va debilitándose golpe a golpe, hasta acabar como un luchador vencido.
Hay personalidades que, a causa de su sensibilidad, son más vulnerables; y estos hirientes estímulos pueden causarles estragos, hasta el punto de acabar en la angustia vital.

* * *

En épocas pretéritas, cuando todavía no existían los modernos medios de comunicación, el entorno vital del hombre se circunscribía al vecindario, aldea o pequeña ciudad. Hoy su entorno es planetario; tragedias acaecidas en el otro hemisferio, los flashes de la televisión nos las hacen presentes a los cinco minutos con imágenes vivas, a veces hasta espeluznantes.

Los persistentes y violentos impactos debilitan los nervios, perturban el sueño, arruinan la digestión intestinal y aumentan las palpitaciones cardíacas. Cuando los impactos son todavía más violentos, como un accidente mortal, el despido del empleo, el divorcio matrimonial, se produce una compleja cadena de procesos bioquímicos, y puede darse una profunda alteración de las funciones más vitales del organismo. El hipotálamo pone en movilización el sistema nervioso autónomo. La glándula adrenal segrega adrenalina y la vuelca en el torrente circulatorio. Se eleva la presión arterial. La respiración se hace más rápida y agitada. Pueden manifestarse agudas cefaleas o los primeros síntomas de una seria depresión.

Hasta ahora hemos visto que los dardos envenenados provenían de las antenas exteriores.
Pero los agentes pueden estar también agazapados entre los muros de la misma fortaleza. En tal caso, normalmente se imbrican en un solo haz los factores exteriores e interiores, hasta formar un nuevo y fatal círculo vicioso: los golpes exteriores provocan alta tensión interior, la cual, a su vez, desarticula la integridad psíquica, con lo que la tesitura interior se va haciendo cada vez más vulnerable. Y en estas condiciones, los impactos exteriores pueden causar heridas verdaderamente letales.

Por dentro, el hombre es un océano en perpetuo movimiento. Arrastra consigo un tumulto de vivencias contradictorias: esperanzas y desconsuelos, euforias y frustraciones. Las preocupaciones lo inquietan; las ansiedades se asemejan a la agitación de un mar de fondo. Los fracasos lo dejan marcado, herido, amargado. Tiene por delante importantes proyectos, que a un mismo tiempo lo seducen y perturban. Ciertos resentimientos y presentimientos se le fijan vivamente en el alma, como garras clavadas en la carne.

Esta enorme carga vital cae sin piedad sobre el hombre, avasallando su unidad interior, hasta despedazarla, lo mismo que una pesada piedra al caer sobre un vidrio. Su cabeza se asemeja a un manicomio. No sólo hay desorden, sino, sobre todo, falta de control. Cuanto más dividida y fragmentada está el alma, tanto más difícil es entrelazar, cohesionar y coordinar las diferentes partes.

Además, el hombre (“ese desconocido”) es una complejísima red de motivaciones, compulsiones e instintos, que hunden sus raíces en las más arcanas profundidades. La conciencia, respecto del inconsciente, es como un fósforo encendido en el seno de una oscura noche.
En medio de este insondable universo, el hombre, en cuanto conciencia libre, se siente zarandeado, sacudido, amenazado por un escuadrón compulsivo de fuerzas, sin saber exactamente de dónde provienen o a dónde lo llevan. Estos enemigos interiores, probablemente los más temibles, agreden desde dentro y golpean el entramado unitario de la personalidad hasta reducirla a pedazos. Es la dispersión.

La persona afectada por ella es como un ejército en el que el comandante en jefe ya no tiene autoridad sobre sus soldados; éstos hacen lo que quieren. Y un ejército sin autoridad ya está derrotado. Un hombre dividido y desintegrado interiormente, sin poder ni autoridad sobre sus facultades, ya declaradas en rebeldía, deja el paso libre a enemigos más temibles.
Una persona así no puede sentirse cómoda en la vida, no tiene la sensación de bienestar, sino que, por el contrario, se siente muy a disgusto, incómoda, invadida por aquella típica desgana de vivir.
He ahí la dispersión.

* * *

¿Qué hacer?
Hay quienes son constitutivamente nerviosos, dispersivos. Estos pueden mejorar. Los otros, los normalmente nerviosos, pueden sanarse por completo.
Una vez más, repetimos las mismas consignas: no hay recetas automáticas; el trabajo será prolongado, lento; no hay que asustarse de los altibajos, que pronto se manifestarán; hay que ser muy pacientes y constantes en la ejercitación.
Todos los elementos que aportaremos en el capítulo III servirán de ayuda. Pero los ejercicios específicos contra la dispersión son los siguientes: la relajación, la concentración, el silenciamiento.
Vale la pena someterse a una paciente autoterapia. Se trata de recuperar la unidad interior, la sensación de bienestar y el poder sobre sí mismo. Todo esto, a su vez, equivale a cerrar las puertas a las angustias, las obsesiones y depresiones.


4.6. Un enemigo invisible: la rutina
Es como la blanca termita, que, silenciosa e invisible, avanza por las entrañas de la madera, hasta corroerla y debilitar los fundamentos del edificio; es como la penumbra que, imperceptiblemente, se desliza en los aposentos interiores a la hora del crepúsculo: por no ser luz, no es amada; por no ser oscuridad, no es temida. Y así, pasadesapercibida. Se la llama rutina.

No es carcinoma ni tampoco un virus. No aparece tipificada en ningún cuadro patológico. Los profesionales no la conocen, o al menos no se preocupan de ella. Por eso nadie estudia su etiología ni se buscan remedios para combatirla. No se mete en aventuras ni se mezcla en escándalos. Pasa tan desapercibida, que nadie se asusta ni siquiera de su sombra.

* * *

Sin embargo, y por lo dicho, la rutina es la fuerza más desestabilizadora de las instituciones humanas y de la vida misma. Por de pronto, es, sin duda alguna, el roedor más temible de la institución matrimonial. Más allá de los problemas de adaptación que pueden surgir entre los esposos, ya desde el viaje de luna de miel comienza la rutina a socavar las raíces de la ilusión y el amor.

Se hace presente en las oficinas de los profesionales, en las actividades de los sacerdotes, en las tareas maternales, en la vida de las comunidades y los grupos; en fin, se apodera de todo el quehacer humano, hasta reducirlo todo a monotonía y aburrimiento.
Por los efectos de la rutina, las personas experimentan una constante caída de tensión en sus compromisos, pierden el ímpetu inicial, aflojan en el entusiasmo. Y aparece la apatía, desfallece la ilusión y se hace presente la tibieza. Nada es frío ni caliente, y por eso todo acaba causando tedio.

Una preciosa melodía que hoy nos arrebata, luego de escucharla quince veces, ya no nos gusta tanto, porque se nos está gastando. Si la oímos treinta veces, acaba por aburrirnos; y después de escucharla cincuenta veces, nos produce hastío. Un manjar exquisito, repetido durante varios días, mañana y tarde, primero cansa; luego, fastidia, y, finalmente, nos provoca náuseas.

* * *

¿Qué es, pues, la rutina? Si es difícil detectarla, más difícil es describirla y prácticamente imposible definirla.
Hay unos cuantos conceptos cuyas fronteras se entrecruzan con la rutina. Ellos son: aburrimiento, monotonía, tedio, náusea. A veces, no se perciben claramente las líneas divisorias entre unos y otros.
Digamos que cada momento nos ofrece una nota de novedad respecto del momento anterior. Por ejemplo: ahora hago gimnasia; anteriormente me había aseado; luego me dirijo a la oficina y trabajo durante varias horas; más tarde atiendo el consultorio; después oigo música; a continuación almuerzo; más tarde salgo de paseo... Es evidente que, objetivamente, cada momento es distinto del anterior, porque cada momento tiene un contenido —actividad— que le es propio.

Pero si, realizando actividades diferentes, yo no las percibo como distintas, ya estamos enfrentando el aburrimiento y situándonos en el umbral de la rutina. Ahora bien, si cada momento, como lo hemos dicho, implicaba una actividad peculiar, al perder ésta su relieve, aquellos momentos acaban perdiendo sus perfiles y sobreponiéndose los unos a los otros. Y así se desvanece y fenece el tiempo interior. Y estamos plenamente atrapados en las redes de la rutina

* * *

La rutina aparece, pues, cuando las cosas comienzan a perder sus perfiles diferenciadores para mí; las cosas pierden novedad, todo es igual, todo es informe y amorfo. Y entonces entra en juego la monotonía, que es madre e hija de la rutina. Y, como consecuencia, los elementos diferenciadores de cada momento comienzan a perder relieve, sobreponiéndose unos a otros, y tenemos la sensación de que el tiempo se ha detenido, es decir, que ha muerto el tiempo interior, que marca la transición entre una situación presente y la que le sigue.

Y peor aún: desaparece la capacidad de asombro, que es la facultad de percibir cada cosa como nueva, e incluso de captar cada vez como nueva una misma situación; lo que hace que la vida misma se torne en una eterna “poesía”, como aquella mañana de la creación en que el hombre ponía su nombre a cada cosa por obra y gracia del asombro. Cuando aparece la rutina, muere el asombro; o, mejor, la muerte de la capacidad de asombro se llama rutina.

Así es como la vida pierde sazón y sentido, belleza y novedad. Y por este camino pueden llegar el tedio y la náusea. Cuando un alimento se desnaturaliza, se corrompe; y entonces se produce esa reacción vegetativa que liamos náusea. De la misma manera, cuando las cosas, y la vida misma, pierden su naturaleza propia o identidad específica, el hombre puede experimentar aquello que los antiguos llamaban tedio de la vida, es decir, la náusea a nivel psicológico o experimental. Muchos dicen: ya todo me da igual. No se trata propiamente, como se ve, de una sensación de sufrimiento; pero ¿cabe sufrimiento mayor?

* * *

La rutina es motivada, en parte, por la repetición. Toda cosa o situación percibida por primera vez luce nueva; todo lo nuevo tiene una novedad. A la captación vivencial de esa cosa o situación la llamamos aquí novedad. Si la cosa tiene novedad, el momento también la tiene, y percibimos la diferencia entre uno y otro momento; a esa percepción la estamos calificando como tiempo interior.

En la medida en que la cosa o la situación se repiten, se me “gastan” es decir, pierden originalidad o capacidad de impacto; porque, en último término, la novedad no es otra cosa que la capacidad de impacto que la cosa produce sobre el sujeto receptor. Pero si la situación se repite una y otra vez y de la misma manera, pueden desaparecer el impacto, el asombro y la novedad.

Y así vemos cómo matrimonios que durante cuatro o cinco años vivieron plenamente su compromiso, comienzan a deteriorarse, hasta acabar arrastrando una existencia lánguida, dominada por la apatía, sin capacidad para infundir novedad al quehacer de cada día, sin ilusión.

Cada día nos cruzamos en el camino con jóvenes hastiados de la vida a sus veinticinco años, sin idealismo ni proyectos para el futuro, ahogando su aburrimiento en el alcohol y las drogas. Y se podría afirmar que son muy pocos los que, a lo largo de los años, conservan aquella especie de aura primaveral, que es flor y fruto de la capacidad de asombro. Así nos explicamos ese fenómeno humano de los viejos-jóvenes y de los jóvenes-viejos.

* * *

Hemos dicho que la repetición genera la rutina. Pero no siempre es exactamente así. Cuando los recintos interiores están poblados por el entusiasmo —ese “dios” interior, que es también un don de Dios—, una misma frase: “te quiero”, repetida cinco mil veces, puede tener mayor novedad la última vez que la primera. Cinco mil días vividos en compañía de una persona pueden resultar igualmente novedosos, y aun despertar el último de ellos mayor asombro y vibración que el primero. El misterio y la solución de la rutina residen, pues, en el interior del hombre.
Existe la tentación de recurrir a la variedad para superar la rutina: recorrer tierras nuevas, descubrir otros pueblos o paisajes desconocidos, entablar nuevas amistades, modificar los hábitos cotidianos. Todo está bien y constituyen ayudas positivas.
Pero no es ése el camino de la verdadera solución. La novedad debe venir de adentro hacia afuera, no de afuera hacia adentro. Un paisaje incomparable, contemplado por un espectador triste, no es más que un triste paisaje.

Para un enfermo de melancolía, una espléndida primavera es como un otoño lánguido. ¡ Cuántas veces los efectos de una sinfonía o de un poema dependen del estado de ánimo del oyente o el lector!

Lo que importa es conservar la lámpara encendida. Cuando el interior del hombre es luz, todo es luz. Como lo dijimos al comienzo, cuando las moradas del castillo interior están pobladas por la alegría, también están alegres los peces del río. Un espíritu abierto al asombro viste de novedad al universo entero.
He aquí el secreto: ser eternamente niños, para, al igual que en la primera mañana de la creación, ser capaces de poner un nombre nuevo a cada situación, a cada cosa, una por una.




5. Las obsesiones
Un sujeto está en su habitación. Entra un enemigo en ese recinto y cierra la puerta. El sujeto no puede expulsar al intruso, ni tampoco puede salir. Eso es la obsesión.
Yo he quedado asustado en más de una ocasión al comprobar cómo el fenómeno de la obsesión es un mar sin fondo y sin orillas de sufrimiento. Decenas de veces me he sentido absolutamente impotente, con el natural abatimiento que causa toda impotencia, para liberar a muchas personas de sus obsesivos círculos cerrados.

El fenómeno está emparentado con la ansiedad angustia, pero en sí mismo es otra cosa.
Entre ambas —obsesión y ansiedad-angustia— hay una relación de causa a efecto, a modo de un círculo vicioso, como veremos; pero encierran, repito, contenidos específicamente distintos.

El yo se siente ajeno a la representatividad obsesiva, como si un cuerpo extraño se hubiera incrustado en la personalidad. Se trata, en definitiva, de representaciones que se le imponen al sujeto y se le hacen presentes en el primer plano de la conciencia contra su voluntad; y le resulta difícil, casi imposible, alejarlas.

Lo específico de la obsesión es, pues, que el sujeto que la padece se siente dominado; se da cuenta de que el contenido obsesivo carece de sentido y que se ha instalado ahí sin motivo alguno. Pero, a pesar de todo, se siente impotente para ahuyentarlo. Esto es lo más característico del fenómeno obsesivo.

La mayor desdicha que puede experimentar un hombre es el no poder ser señor de si mismo, el sentir-se interiormente vigilado y paralizado por la presencia de un gendarme; es como si le hubieran encadenado de pies y manos, como si su libertad hubiera sido gravemente herida en un ala y se sintiera totalmente impotente para volar, para ser verdaderamente dueño y señor de si mismo, de su propio mundo.

Una vez más tenemos que precisar que no estamos hablando aquí de enfermos obsesivos, que necesitan una atención clínica, sino de aquellos que se ingenian para disimular su situación, y consiguen conducirse en la sociedad como personas normales, lo que, ya de por sí, es un indicador de que no se trata de enfermos clínicos; pero, al mismo tiempo, sufren intensamente, si bien a intervalos y en una variada escala de altibajos. De hecho, la obsesión acaba convirtiéndose en uno de los más abundosos surtidores de sufrimiento humano.


5.1. Ejemplos
Las representaciones obsesivas se dan en la más variada gama de matices, tonalidades e intensidad.
El pueblo se expresa con una frase plenamente certera y feliz cuando dice: se le pone, se le puso.
Una mujer vivió durante muchos años cuidando de su padre enfermo, y lo hizo con esmero y cariño. Meses después de fallecido el progenitor, se le puso en la cabeza a la hija que no había cuidado con suficiente solicitud a su padre mientras vivió. Se daba cuenta de que este pensamiento no tenía base alguna, pero no podía evitar que la dominara; y la dominó hasta el punto de que, cuando yo la conocí, vivía en una angustia mortal, al borde de la depresión.

Hay personas a las que, en lo mejor de una fiesta o en el día más feliz, se les pone la idea de que aquello va a acabar; y esta idea las domina de tal manera que las incapacita totalmente para disfrutar.

He conocido personas a quienes le sucede lo siguiente: al acostarse, por la noche, se les pone la obsesión que, si se duermen, la muerte les va a sorprender en pleno sueño y van a morir sin darse cuenta. Y esta idea fija les provoca una ansiedad tal que les impide dormir.

En los preparativos del viaje abren siete veces las maletas para comprobar si han metido algún objeto importante, u otras tantas veces vuelven a casa o se levantan de la cama para averiguar si la puerta estaba bien cerrada, o necesitan lavarse las manos o los dientes una y otra vez.

El pensamiento obsesivo se manifiesta frecuentemente en forma de interrogación, la cual incluye el miedo, que, a su vez, es un auténtico detonante: ¿Y si no duermo esta noche? Esta duda se torna obsesión, y la obsesión en angustia, y la angustia les impide dormir.

¿Y si me pongo colorado ante esta persona? La idea fija y el miedo desencadenan un proceso, y le salen todos los colores. Lo que tanto temía y se esforzaba por reprimir, se le impone.

¿Quién sabe si la presencia de fulano en la sala, durante mi charla, no me pondrá nervioso? Y, efectivamente, la fijación de esa persona le bloquea completamente la inspiración.
Como se ve, la duda y el miedo actúan como detonantes.

* * *

El barullo de la calle, el tictac del reloj, el ruido del agua, ¿no me perturbarán el sueño? Y se lo perturban.
¿No me impedirá estudiar el ruido del televisor? Y, por supuesto, se lo impide; pero no es el miedo, sino la idea obsesiva del ruido.
¿No me impedirán dormir los ronquidos de mi compañero de habitación? Y claro que se lo impiden; pero no son los ronquidos, sino la idea fija de los ronquidos.
Sabes que aquella persona piensa y dice que tú eres antipático. Te encuentras con ella, tratas de mostrarte simpático, pero te comportas con mayor torpeza que nunca. La idea obsesiva desencadena el proceso contrario: lo que intentabas evitar se te impone y domina.

¿Y si no doy bien la lección, si esta operación no me resulta, si se me olvida toda la materia de examen? Y claro que se le olvida, y opera desmañadamente, y da la lección de la manera más deslucida

La mayor parte de las llamadas dudas de fe se reducen a eso: el miedo represivo hace que aquello que se quiere evitar se le imponga y lo domine a uno. No son, pues, dudas de fe, sino reacciones psicológicas.

La misma cosa acontece con los pensamientos o deseos deshonestos: lo que se teme y reprime contraataca en la medida en que se reprime; es como un resorte demasiado apretado: cuanto más se lo fuerza, más fácilmente salta.

La duda degenera casi siempre en inquietud obsesiva; en relación con la salvación eterna, se plantea de esta forma: ¿quién sabe si me salvaré? ¿Y si estuviera predestinado a la condenación eterna? He conocido sacerdotes ya ancianos con dudas (duda obsesiva) acerca de la validez de su vocación, y, por consiguiente, de sus misas y confesiones. ¿Cabe angustia mayor? La religión sobre todo si está basada en la culpa y el temor, es una de las fuentes más profundas de obsesión y angustia. Hay personas que se confiesan diariamente, y aun varias veces por día, porque se les pone en la cabeza que no manifestaron bien sus pecados. Y cuantas más veces se confiesan, más intranquilos están..., pensando si habrán consentido en tales o cuales pensamientos o imaginaciones. ¡ Una tortura! Y dicen: si yo no tuviera el aguijón de estos escrúpulos sería la criatura más dichosa del mundo.

* * *

Sobre su historia tiene setenta y cinco recuerdos halagüeños y tan sólo cinco negativos. Pero se les ponen e imponen en el primer plano de la conciencia esos cinco puntos negros, de tal manera que acaban dominando todo su horizonte histórico, como si su vida se resumiera en esos cinco recuerdos negativos, resultándoles imposible realizar una evaluación correcta acerca de sí mismos.

Un solo fracaso les obsesiona a algunos de tal manera que, por largos años, respiran por esa herida; y desencadena en su interior un proceso general de inseguridad y de complejos de inferioridad, perturbando notablemente el desarrollo armónico de la personalidad y orientándola hacia actitudes pesimistas y reacciones negativas.

De pronto, el rencor adquiere en algunas personas caracteres obsesivos: el personaje más desagradable (un “enemigo”) invade su mente y se instala en ella con rasgos tan indelebles que son incapaces de expulsarlo. Y viven dominados por el recuerdo de ese “enemigo”.

Ciertas fobias o manías contra una determinada persona tienen también un carácter obsesivo. Se trata de un impulso insuperable e incontrolable de antipatía; una obsesión que nació y vive a despecho del sujeto afectado; pero ahí está, y ¿ quién podría desplazarla?

* * *

Las presunciones o aprensiones son ideas fijas revestidas en la mente del sujeto de tal realismo que nadie podría convencerle de que lo que está suponiendo no sea objetivo: fulano está en contra de mí; aquí nadie me quiere; el jefe ya se enteró; aquellos otros me han retirado su confianza; aquél no pasó a saludarme, lo que quiere decir que le “soplaron” lo que dije de él; entre bastidores están tramando desplazarme del cargo; ya nadie cree en mi...

Son suposiciones que carecen de todo fundamento. Puros fantasmas. Pero estas personas los revisten en su imaginación de un realismo tal que los viven con caracteres de pesadilla. ¡ Cuántas veces he visto despuntar la aurora de la alegría en sus rostros tan sólo con este toque de clarín!: ¡Despierta!, todo eso es mentira, un puro fantasma de tu mente.

Hay casos en los que no se dan propiamente contenidos, sino estados obsesivos; y esto es más grave. Estos sujetos no son torturados por obsesiones con perfiles concretos, sino por una confusa mezcla de recuerdos que los agobian, sombras que los entristecen, ansiedades que los turban, inquietudes punzantes llegadas en oleadas sucesivas sin que se sepa exactamente de dónde provienen ni a dónde los llevan, fondos oscuros, mundos ignotos, impresiones irracionales, sensaciones sin rostro..., todo lo cual envuelve a esas personas en un clima de temor confuso y oscuro, como si mil fieras invisibles se les cruzaran en el camino.

Estos estados se dan en ciertas personas y en determinadas circunstancias, y, probablemente, necesitan atención clínica.

5.2. Causas y remedios
He ahí la obsesión: noche de fantasmas, mar sin fondo de angustia y ansiedad. Leyendo las páginas precedentes, el lector se habrá preguntado: y ¿qué hacer para ahuyentar tantas sombras?

El fenómeno es sumamente complejo. Hay personas cuya constitución genética, recibida a través de los cauces hereditarios, es muy proclive a las fijaciones obsesivas. Basta con que en su entorno vital haga, de pronto, su aparición un factor estimulante, a modo de detonador, y entran rápidamente en crisis, se sienten sitiadas por la obsesión y no ven la manera de salir de esa situación.

Estos detonantes pueden tener tonalidades muy distintas. Podríamos multiplicar los ejemplos para demostrar cómo un mismo motivo, que a unos les provoca un pavor obsesivo, a otros los deja fríos; o lo que hoy asusta y obsesiona a una persona, al mes siguiente no le causa ningún efecto, y viceversa. Como veremos, el fenómeno depende también de los estados de ánimo: cuando un sujeto se halla en un estado altamente nervioso o dispersivo, normalmente será fácil presa de las obsesiones, lo que no sucederá cuando se encuentra tranquilo y en una situación normal.

En otras ocasiones se dan una serie de motivaciones y móviles que, desde la oscuridad, actúan sobre la persona. En este caso, los contenidos obsesivos se hallan ligados a la historia vital interna de la persona, en la que unas vivencias se engarzan con otras, emergiendo en la obsesión como una síntesis de carácter simbólico entretejida de acontecimientos pasados. -

En este caso, un buen tratamiento de psicoanálisis puede ayudar a descubrir y sacar a la luz las oscuras motivaciones que engendraron la obsesión. Con frecuencia, el mero hecho de tomar conciencia de lo que sucede en el misterioso plano de los submundos interiores suele ser el principio de la curación.

* * *

No nos estamos refiriendo aquí, lo repetimos una vez más, a los enfermos obsesivos, aquellos que necesitan una atención médica, sino a los que son obsesivos normales, sin olvidar que también éstos pueden caer, por emergencia, en crisis insostenibles.
Según he podido observar, estos obsesivos normales entran casi siempre en este temible círculo vicioso: la vida agitada, las pesadas responsabilidades, así como un entorno vital estridente y subyugador, conducen a estas personas a una desintegración de la unidad interior, que rápidamente deriva en fatiga cerebral, ya que, en fin de cuentas, toda dispersión no es sino una gran pérdida de energías, como también sucede con la desintegración del átomo.

Esta fatiga cerebral deriva inmediatamente en fatiga mental. Y fatiga mental no es otra cosa que debilidad mental, o lo que es lo mismo, incapacidad de ser señor de sí mismo, de adueñarse del curso de la propia actividad interior. El sujeto se siente impotente para retener y controlar las riendas de sus recuerdos, imágenes y emociones.
Es la impotencia.

Al sentirse la persona mentalmente débil, los pensamientos y recuerdos, por lo general desagradables y sin motivo ni razón de ser, se instalan en ella, apoderándose con facilidad de su mente y ocupando todo su territorio. Y siendo el enemigo —la obsesión— más fuerte que el dueño de la casa —la mente— ésta acaba siendo derrotada por aquélla.

Viéndose dominado e impotente para enfrentar al enemigo, el hombre es fácil presa de la angustia ansiedad, que, a su vez, produce una fatiga y debilidad mentales cada vez mayores. Cuanto mayor es la debilidad mental, mayor es la fuerza de las obsesiones para adueñarse, sin contrapeso, del hombre, con la secuela de una angustia cada vez más intensa.

Este es el círculo vicioso, mortífero y fatal, que mantiene a tantas personas, y por tanto tiempo, presas de insufribles agonías.

* * *

¿Qué hacer? Dejando de lado los casos clínicos, hay que comenzar por admitir que ciertos fármacos, como los sedantes, pueden ayudar en situaciones de emergencia, advirtiendo, sin embargo, que sólo son lenitivos y no atacan a la raíz del mal.

Cualesquiera otras “soluciones”, como las drogas, el alcohol u otras formas de evasión, son puros engaños, tienen efectos transitorios y generalmente resultan contraproducentes: empañan los ojos para no ver al enemigo, para olvidar que el enemigo está dentro de casa. Pero al despertar (cuando cesa el efecto de tales “remedios”), comprobarán que el enemigo continúa ahí, en el mismo recinto, y más fuerte que nunca. No hay manera de escapar de si mismo.

Para mí, los remedios son de tres clases y están al alcance de todos; pero hay que tener en cuenta que no se trata de recetas con efectos automáticos, como los fármacos. No.
Exigen un paciente entrenamiento, producen una mejoría lenta, a veces con muchos altibajos; pero es una mejoría real, que asegura un fortalecimiento de la mente.

Y ésta es la palabra clave: fortalecimiento. Porque de eso se trata: de fortalecer la mente, para que pueda sobreponerse a la obsesión, ser más fuerte que ella, sitiarla y alejarla de las propias fronteras.

* * *

El primer remedio consiste, una vez más, en no resistir la obsesión. No debe olvidarse que resistir equivale a apretarse contra algo, y todo aprieto ya es, de por sí, angustia.
La obsesión, si se la dejara, dejaría también de apretar, con lo que se esfumaría la angustia, la obsesión languidecería y moriría.
Hay que tener en cuenta cierto fenómeno que se produce en el proceso obsesivo, y que ha quedado resaltado en la descripción y análisis de las páginas precedentes, a saber: lo que se reprime y se trata de evitar, contraataca y domina. La represión aumenta, pues, el poder de la obsesión. Si se la dejara, iría perdiendo su fuerza y virulencia.

Así pues, dejar consiste en aceptar que ocurra aquello que se teme. Aceptar que no vas a poder dormir; aceptar que te vas a comportar torpemente con aquella persona o en aquella situación; aceptar que éstos o aquéllos no te quieran; aceptar no haber acertado en aquel proyecto; aceptar que se haya hablado mal de ti, etc.
Y verás cómo recuperas el sueño, cómo te tienen sin cuidado tantas cosas que antes te angustiaban y cómo desaparecen tantas obsesiones.

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En segundo lugar, debes ir adquiriendo aquel poder mental al que nos hemos referido más arriba, y que ampliaremos en el capítulo III: la capacidad de desligar, de interrumpir la actividad mental a voluntad, la posibilidad de desviar de grado el curso del pensamiento y de las emociones, la sublime aptitud para hacer un vacío total o suprimir momentáneamente la actividad pensante, deteniendo el motor de la mente y su consiguiente producción de ideas...

De esta manera se ahorra un gran caudal de energía cerebral. Y debido a este ahorro, el cerebro no necesita trabajar tanto. Al no trabajar tanto, la mente descansa y se fortalece.
Y así es como se puede alcanzar el pleno poder mental, esto es, la posibilidad de ser yo el único árbitro de mi propio mundo, en lo que consiste la libertad interior, y, en gran parte, la felicidad.

Para aplicar este remedio es necesario, naturalmente, un trabajo previo de entrenamiento por medio de los ejercicios que entregaremos. Pero vale la pena someterse a una práctica constante. Para muchas personas puede ser éste el único camino para la tan deseada tranquilidad mental.

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Finalmente, para liberarse de las obsesiones, al menos en muchos casos, será necesario practicar ejercicios de concentración, relajación y silenciamiento interior. Y, asimismo, dedicarse a meditar sobre la relatividad de hechos y cosas; a reevaluar y objetivar todo lo que el sujeto estaba distorsionando y sobredimensionando en su mente, reduciéndolo a sus justas dimensiones y situándolo en su lugar exacto. Todo ese material lo encontrará el lector en este libro.

En algunos casos, las obsesiones desaparecerán totalmente, y acaso, para siempre. Pero no sucederá así con quienes, por constitución genética, son portadores de tendencias obsesivas. Estos deberán permanecer en una perpetua vigilia de armas, porque en el momento en que entre nuevamente en acción un estímulo exterior, o simplemente los domine interiormente la fatiga o la dispersión, pueden entrar de nuevo en crisis.
En resumen, la “salvación” no se te va a dar como un regalo de Navidad. Eres tú mismo quien debes salvarte a ti mismo.



6. Impotencias y limitaciones
He aquí el misterio del hombre: infinito en sueños y tan poca cosa en posibilidades.
Como esas hendiduras abiertas en las pendientes de las montañas, así lleva el hombre marcadas en sus raíces unas fronteras infranqueables: desea mucho y puede poco; apunta alto y clava bajo; hace lo que no le gusta y no puede hacer lo que le gustaría; intenta ser humilde y no puede; se esfuerza por agradar a todos y no lo consigue; se propone metas concretas y, frecuentemente, se queda a medio camino.

Brega por transponer sus propias fronteras, suavizar los rasgos negativos de su personalidad; pero ciertos condicionamientos, que le vienen desde los senos más profundos de su ser, se le cruzan en el camino. Cuántas veces lucha por extirpar sus rencores, soslayar sus envidias, calmar sus tensiones y proceder siempre con paciencia y bondad...; pero no se sabe qué demonios interiores interceptan sus esfuerzos y lo dejan maniatado. Originalmente el hombre es contingencia, precariedad, limitación e impotencia. He aquí el hontanar más profundo del sufrimiento del hombre: sus propias fronteras.

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Ya desde su primera infancia, el ser humano se ciñe con el complejo de la omnipotencia: el niño vive la impresión de que el mundo entero gira en torno a él; y, respirando vapores narcisistas, mitifica cuanto le rodea: sus padres tienen belleza y poder, su hogar es el más importante del vecindario; y en medio de tanta maravilla, él, por supuesto, es una perla preciosa.

En cuanto se asoma al balcón de la vida, el niño comienza a despertar de aquel fantástico sueño, y comprueba que sus padres no son tan maravillosos como se había imaginado, ni su familia tan encumbrada, y que él tampoco es el eje del mundo.

Es un despertar amargo, ciertamente; pero es también el primer paso hacia la “salvación”.
El gran desatino, el error fundamental del hombre, consiste en querer permanecer encerrado, como en un tibio seno materno, en el limbo de los sueños y las ficciones. Sin darse cuenta, puede dedicarse a dar a luz ilusiones de omnipotencia y narcisismo haciendo girar en sueños el mundo y su escena en torno a su eje. Son muchos los que viven así.

Pero como la vida no es ensueño, la dura realidad le obligará a despertar a cada instante; y así es como su existencia puede transformarse en una cadena ininterrumpida de sobresaltos.
El primer capítulo de la sabiduría aconseja al hombre mirar con los ojos abiertos la fría objetividad, permanecer sereno y sin pestañear ante las asperezas de la realidad, aceptándola tal como es: que somos esencialmente desvalidos; que es muy poco lo que podemos; que nacimos para morir; que nuestra compañía es la soledad; que la libertad está mortalmente herida; que es muy poco lo que podemos cambiar; que, con grandes esfuerzos, vamos a obtener magros resultados.

Pero en lugar de mirar fríamente la cosa y aceptarla serenamente, el hombre puede sentirse también tentado a apartar la vista o esconder la cabeza bajo el ala, como el avestruz; a cubrirse de falsos rostros y atavíos ajenos, o, simplemente, buscar vías derivadas y salidas evasivas. ¡Vana ilusión! Tarde o temprano, las falsas seguridades se las llevará el viento, los maquillajes se desteñirán bien pronto, y el hombre se encontrará de nuevo desnudo y desvalido frente a la realidad fría y hostil. Es inútil: no hay retirada posible. Hay que comenzar por enfrentar la cosa y aceptarla sin turbarse.

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El instinto primario del corazón humano es agradar a todos. ¿Se consigue este deseo? Rara vez.
Todos los hombres desean y se esfuerzan por triunfar en los negocios, por ser felices en su matrimonio y su vida familiar... Hacen verdaderas proezas por dar alcance a estos ideales. Pero pasan los años y ¿cuántos son los que pueden cantar victoria? Muy pocos.

Para numerosas personas, la vida, en sí misma, no es más que una decepción. Son muy pocos los que responden que harían el mismo recorrido si se les diera la oportunidad de comenzar de nuevo. Muchos han podido alcanzar éxitos parciales en objetivos secundarios, pero sienten que no han acertado en lo fundamental, aunque se esfuerzan por ocultarse a sí mismos esta decepción o por equilibrar la balanza con pequeñas compensaciones y evasiones diversas.

Así pues, las desilusiones derivan de las ilusiones, y las decepciones, de las ensoñaciones. La gente comienza por encaramarse en el tejado de las ficciones, y así la caída no puede menos de ser mortal. Comienza por ilusionarse, cerrando los ojos a la realidad, acariciando fantasías desmedidas, y el despertar no puede menos de ser amargo, y enorme la frustración. Esta es la razón por la que nos encontramos en cada esquina con tanta gente decepcionada.

La vida del hombre sabio deberá ser una eterna pascua, o un constante paso de los sueños a la realidad, de las fantasías a la objetividad. El sabio sabe que no se puede ser completamente feliz, completamente perfecto; que en la vida deberán alternarse triunfos y fracasos, alegrías y penas. Por eso, el hombre sabio no se asusta ante las emergencias imprevisibles. Y apenas sufre.


6.1. Constitución genética y personalidad
Entremos, pues, en la tierra sagrada de la objetividad. Necesitamos declarar la guerra a los ensueños, desplumar las ilusiones, tomar con ambas manos la piedra dura y fría de la realidad y avanzar así hacia el reino de la sabiduría.

En este capítulo estarnos tratando de descubrir las raíces del sufrimiento. Nuestro intento es eliminarlo, o al menos, mitigarlo. Para lograr este intento, digamos, para comenzar: busquemos la línea divisoria entre lo posible y lo imposible; lo posible, para enfrentarlo y superarlo; lo imposible, para dejarlo atrás.
La personalidad es producto de dos factores: herencia y ambiente. Comencemos por el primero.
Haciendo una inmersión en el misterio radical del hombre y su libertad, descendamos en las aguas profundas hasta tocar el fondo del misterio: la composición bioquímica de la célula: analizaremos las últimas moléculas llamadas genes, donde está “escrita” con caracteres generales mi propia historia.

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En la segunda mitad del siglo XX se han producido descubrimientos trascendentales en diversos campos de la ciencia. Pero hay un avance que supera a los demás, y es el de la biología molecular, o más concretamente, el descubrimiento del código genético, que, a la larga, superará en trascendencia al de la energía nuclear. La ciencia del futuro es, pues, efectivamente, la biología molecular, y el ascenso del hombre seguirá los rumbos que le marque la ingeniería e industria genéticas.

Hace más de un siglo, experimentos hechos con guisantes por Gregor Mendel lo llevaron a establecer una primera regla genética por la que atribuye a ambos progenitores igual participación en la determinación de los rasgos hereditarios. Los factores hereditarios fueron bautizados, a principios de este siglo, con el nombre de genes.

A fines del siglo pasado, los científicos observaron en el microscopio que una célula, para poder dividirse (reproducirse), comenzaba a desplegar a uno y otro lado unos corpúsculos, a modo de filamentos, que más tarde recibirían el nombre de cromosomas.

Por otra parte, en la misma época se logró aislar del núcleo de la célula un elemento que se llamó nucleína. De esta nucleína consiguieron los bioquímicos desprender el ácido nucleico, un azúcar de cinco carbones, comprobándose que este azúcar tenía un oxígeno menos que la ribosa, y por eso se la llamó desoxirribosa. Y así, sin más, nos encontramos ante el ácido desoxirribonucleico, el famoso ADN, el cual viene a ser el portador del código genético.

Un gen es un fragmento de ADN con “información”, es decir, con un manual de instrucciones para programar un organismo. Cada individuo tiene una peculiar organización proteínico-enzimática que, en forma de cable cifrado o de cerebro electrónico, anida en el interior del gen; y esa organización viene a ser la base de la constitución y desarrollo de las sustancias celulares y glandulares, tejidos y órganos y, a través de todo esto, la base de las tendencias y rasgos fundamentales del individuo y, por ende, de su comportamiento.

En suma, cada uno de los genes están, según se cree, en un orden estable y constante a lo largo de cada cromosoma, desencadenando procesos enzimáticos que conducen a la aparición de los caracteres hereditarios.
En el núcleo de cada célula hay cuarenta y seis cromosomas; y no se sabe el número exacto de genes que hay en cada cromosoma; se estima que pueden variar entre diez mil y cien mil.

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El óvulo femenino, de un octavo de milímetro, es la célula más grande del organismo, mientras el espermatozoide —elemento masculino— es ochenta y ocho mil veces menor que el óvulo, es decir, exactamente la célula más pequeña del organismo. Pero, así y todo, ambos elementos contribuyen por igual a la información genética, aportando cada uno su propio mensaje. Con otras palabras: entre ambos organizan un plan general, al que responderán los rasgos fundamentales del futuro individuo. Se trata, pues, de un proceso genéticamente codificado, el código genético.

Ambas células (óvulo y espermatozoide) tienen funciones diferentes. La función única del espermatozoide es llegar al óvulo y entregar su programa para la organización del nuevo individuo, mientras que el óvulo aporta los elementos nutritivos, a modo de materia prima, para producir nuevas células para el futuro organismo.
El espermatozoide que llega primero al óvulo con su mensaje es aceptado sin más, mientras que los demás (¡y son millones!) son rechazados. De paso, hagamos referencia a un pavoroso misterio: si cada uno de los millones de espermatozoides tiene un programa original, como así es, en el mismo acto en el que fui concebido yo pude haber resultado —de acuerdo con el espermatozoide que hubiera llegado primero al óvulo— de millones de formas diferentes, hubiera podido tener millones de personalidades diferentes, de la misma manera que los hermanos son, a veces, tan diferentes entre sí, a pesar de tener los mismos códigos paternos.

Los genes, sea individualmente, sea a través de los enlaces moleculares producidos por la mutua interacción, decidirán el carácter general del futuro individuo. Pero este programa, elaborado en combinación con el espermatozoide y el óvulo, puede ser alterado, y, de hecho, siempre lo es, por factores externos, como las radiaciones solares o nucleares u otros “accidentes” a escala molecular, que pueden cambiar uno o varios elementos del código genético.
Así pues, el programa original genético puede tener variantes, y estas variantes pueden tornarse en factores preponderantes, es decir, pueden ejercer una función primordial en la organización del futuro individuo. De nuevo asoma a nuestros ojos el insondable misterio: en el mismo momento en que fui concebido, yo pude haber tenido a causa de las combinaciones internas y las influencias externas— millones de personalidades distintas de la que tengo.

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La diversidad de formas, color y comportamiento de los individuos es, pues, el resultado de los múltiples acoplamientos de los genes.
Así pues, los diversos procesos de segmentación y cruce de cromosomas, al igual que las mutaciones e influencias exteriores a la programación de los genes, mantienen inimaginablemente alto el número de combinaciones posibles; y de ahí provienen los casi infinitos matices humanos en las tendencias, actitudes, reacciones, impulsos de las personas, y, en una palabra, ahí reside el misterio único e irrepetible de cada personalidad.

Numerosos estudios señalan la relación de un gen con fases y aspectos del comportamiento sexual, por ejemplo, en los animales inferiores y superiores. Se ha demostrado que determinados genes, según sus combinaciones, originan y explican en gran parte los innumerables matices del modo de ser y el comportamiento de una persona: la creatividad, la afectividad, la intrepidez, la inhibición, el color de la piel, de los ojos o del cabello, la altura o la obesidad, la reactividad emotiva, la actividad locomotora, la capacidad intelectual, dificultades o facilidades de adaptación; los impulsos sexuales, las tendencias depresivas, la capacidad de lucha, las reacciones primarias y secundarias.

En las anomalías también es considerable el peso de la herencia. Se sabe, por ejemplo, que las alteraciones del metabolismo de la fenilanina deterioran el tejido nervioso y rebajan dramáticamente la capacidad intelectual. Otros trastornos, como la parálisis, desarreglos neuróticos o la demencia progresiva están relacionados con ciertos genes dominantes. Está demostrado que las mujeres que carecen del cromosoma X tienen trastornos en el desarrollo sexual y notables deficiencias en la inteligencia perceptiva y espacial.

Los experimentos que se siguen realizando en numerosos laboratorios del mundo están confirmando que los principales rasgos de la personalidad, como la inteligencia, las aptitudes, la emotividad, la extroversión y, tal vez, las grandes psicosis, están ligados a una combinación de genes.
El organismo está compuesto por diversos líquidos, huesos, piel, tejido muscular y nervioso. Hay una interacción profunda entre los procesos fisiológicos y los procesos de personalidad.

No se sabe la fórmula exacta, pero existe una evidente y profunda interdependencia entre las funciones cerebrales-glandulares y la conducta humana. Si se lesiona una determinada zona cerebral, hay una inmediata repercusión en ciertos aspectos del comportamiento. Un funcionamiento deficiente del hipotálamo, de la hipófisis o de las glándulas suprarrenales pueden explicar las desviaciones o excesos de un determinado sujeto en la conducta sexual.
La impulsividad y la afectividad están determinadas, frecuentemente, por el equilibrio endocrino.

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También el ambiente, como es obvio, contribuye a la formación de la personalidad.
Podríamos decir que la personalidad es la herencia más el ambiente, mutuamente relacionados y profundamente entrelazados.
Ahora bien, ¿en qué medida o proporción influyen un elemento y otro? ¿ Cuánto se debe a la determinación genética y cuanto al ambiente? Estamos en condiciones de afirmar que, grosso modo, la estructura cerebral y Qglandular contribuyen al temperamento, y el ambiente, a los hábitos, mentalidad... Pero no es posible una cuantificación ni se pueden establecer leyes de proporcionalidad.

La inteligencia, factor importante de la personalidad, está relacionada con el sistema nervioso central y con el sistema neuroglandular; y ambos sistemas, por otra parte, influyen decisivamente en el temperamento, que constituye la base de la personalidad.
En cada personalidad existen amplias variaciones en las células cerebrales, tanto en número como en metabolismo, conexión y disposición general. De acuerdo con estas combinaciones, completamente desconocidas para la ciencia hasta el día de hoy, puede darse una gran variedad en lo que se refiere a condiciones intelectuales: un sujeto es dueño de una poderosa inteligencia lógica, pero tiene mala memoria; y con su inteligencia lógica es una lumbrera para las ciencias exactas y una nulidad para la filosofía.

Hay quienes tienen una excelente memoria para los números, pero muy escasa para los nombres y nula para recordar lugares.
El niño que fue una nulidad en la escuela, hoy hace prodigios en un taller mecánico; y el premio Nobel en astrofísica es incapaz de cambiar una rueda de su automóvil.
Personas que hasta los quince años ocupaban los últimos lugares en el aula despiertan tardíamente, y acaban brillando como astros en la Universidad.
Hay quienes se mantuvieron siempre en los primeros puestos a lo largo de su carrera, y luego resultaron mediocres en la vida profesional; mientras que otros que fueron una mediocridad en el aula, han brillado con luces propias en la vida.
Un organista que puede interpretar brillantemente cualquier partitura, es incapaz de improvisar cinco compases seguidos.

Evidentemente, para estos efectos contribuyen los factores ambientales, como la nutrición y los estímulos exteriores. Un adolescente humillado por sus compañeros en la escuela puede emprender dos caminos opuestos:
acomplejarse, inhibirse o amargarse; o, por el contrario, en una actitud reactiva, sacar desde su intimidad humillada todas las energías para transponer sus límites y triunfar en toda la línea.

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Lo que sucede en el nivel intelectual sucede igualmente con los rasgos emocionales y temperamentales.
Hay aspectos de personalidad que están más sujetos a la influencia del ambiente y otros a la constitución genética.
La facilidad es un síntoma de tendencia hereditaria. Se adquieren más fácilmente ciertos hábitos a causa de la existencia de predisposiciones congénitas. Se aprende con mucha mayor facilidad las matemáticas que la historia cuando se tiene una disposición genética en ese sentido.

Si un sujeto se adapta al medio ambiente más rápidamente que otro, si se manifiesta afectuoso, si se comporta con equilibrio frente a los conflictos, si se muestra dadivoso..., quiere decir que existían en él esas tendencias congénitas.
En términos generales, podríamos establecer las siguientes reglas orientadoras: las disposiciones básicas se heredan; el ambiente determina qué disposiciones van a desarrollarse y en qué medida; las disposiciones básicas pueden ser modificadas por el ambiente; la cuantía del influjo del ambiente depende del grado o intensidad de los rasgos.
Un individuo puede ser reservado y retraído por temperamento; pero, en otros casos, el retraimiento puede ser efecto de escarmiento en la propia vida.

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Una familia con idénticos progenitores y un mismo ambiente genera personalidades tan diferentes que, a veces, los hermanos no se parecen para nada unos a otros en ningún sentido.
En general, en cada grupo familiar se dan elementos comunes: físicamente, todos los hermanos son parecidos; se da bastante semejanza en cuanto a inteligencia y tiempos de reacción (primarios, secundarios); la semejanza se va desdibujando en lo que se refiere a estructuras temperamentales, sensibilidad, estados de ánimo y propensión neurótica. Finalmente, el parecido se esfuma casi por completo en lo referente a opiniones, escala de valores, creencias religiosas, áreas de interés. A pesar de todas las convergencias, siempre nos topamos con el misterio inédito y absoluto de cada persona.

En cualquier grupo humano, entre cien personas encontraremos diez que son zurdas. Desde los primeros años, el zurdo recibe una fuerte presión del ambiente social que le rodea para utilizar la mano derecha. Pero no puede hacerlo; lo que quiere decir que dispone de una estructura cerebral que le impele a utilizar la mano izquierda.
De manera análoga, el ambiente cultural presiona al ciudadano para no atentar contra su vida o la de los demás, a moderar los impulsos sexuales o las inclinaciones alcohólicas, a respetar la propiedad privada, etcétera; no sólo está amenazado por la presión social, sino también por las leyes penales. Pues bien, si a pesar de todo hay personas que cometen infracciones en esos campos, quiere decir que su comportamiento delictivo responde a una fuerte inclinación congénita y que su libertad está limitada en ese ámbito.

¿Hasta qué punto, por ejemplo, un cleptómano es libre para no robar?





6.2. Podemos muy poco
Desde la cumbre sinuosa de todo lo dicho, el hombre se pone en pie, levanta la cabeza, abre los ojos y se encuentra con que casi todo está consumado; que podemos muy poco, que nuestras zonas de opción son pequeñas, que si la libertad existe y funciona, está, sin embargo, condicionada en amplias zonas de nuestra personalidad, y en algunas circunstancias casi anulada; y que, en fin, somos esencialmente precariedad e impotencia.

La sabiduría consiste en aceptar con paz el hecho de que podemos muy poco y en poner en acción toda nuestra capacidad de entusiasmo para rendir al máximo en ese poco.
Hemos visto al hablar de lo genético que nuestra personalidad es capaz de expandirse en algunas direcciones, que altas murallas le cierran el paso en otras, que, con grandes esfuerzos, puede lograr algunos resultados en determinados campos.

He conocido innumerables personas hundidas en el abismo de la frustración. Por los días de su juventud comenzaron a soñar en los más altos ideales: felicidad conyugal, santidad, éxito profesional, política... Pasaron los años. Por largo tiempo lograron mantener en alto la antorcha de la ilusión. Luego, paso a paso, fueron sintiendo y comprobando la distancia que existía entre sus sueños y la realidad. Vieron cómo sus ilusiones se las llevaba el viento una por una... Hoy, a sus cincuenta o sesenta años, se les ve decepcionados, escépticos. Ya no creen en nada. Su ideal se convirtió en su sepultura. Porque no era un ideal, sino una ilusión. El ideal es la ilusión más la realidad.

* * *

Podemos muy poco. Esta insistencia en nuestro desvalimiento no tiene por qué desanimar a nadie, sino todo lo contrario. El desánimo proviene del hecho de poner la mirada en cumbres demasiado elevadas; cuando comprobamos que son inaccesibles, nos invade el desánimo.

Nosotros, en cambio, decimos: es verdad que podemos poco, y aceptamos de antemano esa impotencia; pero para lograr ese poco pondremos en juego la totalidad de nuestras energías. Aquí no habrá desengaño ni desilusión, porque no hubo engaño ni ilusión. He aquí el secreto de la sabiduría: poner toda la pasión, pero a partir de la realidad.

Supongamos que el ideal más alto se cifra en alcanzar cien puntos. Hay que aspirar a alcanzar esos cien puntos, luchar ardientemente por alcanzar esa cumbre. Pero el hombre debe saber y aceptar de antemano que lo más probable es que sólo alcanzará setenta y cinco puntos, o cuarenta y siete, o veinticuatro, o tal vez solamente cinco.
Debe aceptar con paz esas eventualidades, ya que, de otra manera, el despertar podría ser muy amargo.
Esta es la manera concreta de disecar un manantial inagotable de sufrimiento: saber y aceptar serenamente que tu inteligencia es más limitada que tus deseos de triunfar, que tus posibilidades de perfección humana son relativas, que tu felicidad conyugal o tu éxito profesional pueden fallar, que no siempre serás bien aceptado en la sociedad, que no se concretarán todos tus proyectos, que no te faltarán enemigos, y no siempre por tu culpa, que tu influencia será limitada en tu medio ambiente.

Acepta de antemano todo esto, y tus energías no se quemarán inútilmente, sino que estarán disponibles para la lucha de la vida y acabarás saboreando la tranquilidad de la mente y la paz del corazón.

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La gente no cambia, no puede cambiar. En el mejor de los casos, puede mejorar. Como hemos visto más arriba, toda persona arrastra, grabados y enterrados en sus cimientos primordiales, los trazos indelebles de su personalidad. ¿Nació sensible? Morirá sensible; eso sí, mejorado, esperamos. ¿Nació rencoroso? A los cinco años manifestaba síntomas de inclinación al rencor, y también a los cincuenta, y a los ochenta. Morirá rencoroso, aunque mejorado, esperamos. Nació tímido, sensual, impaciente, primario... Los códigos genéticos le acompañarán porfiadamente hasta la sepultura. ¿Por qué asustarse? Las cosas son así. Deja que las cosas sean como son, y, dentro de tus posibilidades, libra el gran combate de la liberación.

La gente sufre ansiando ser de otra manera, y se des   espera al comprobar que no lo puede conseguir.
Conozco numerosas personas que han hecho y siguen haciendo esfuerzos persistentes para no ser como son, para limar las aristas de su personalidad, y lo que consiguen cambiar es muy poco o nada. Y siempre con el riesgo de caer en una fosa hecha de desaliento, tristeza y frustración. Este es uno de los peores sufrimientos humanos, del que debemos liberamos.

Bajo los efectos de un intenso fervor religioso, por ejemplo, suavizaron los defectos; incluso tuvieron la sensación de haberse liberado definitivamente de ellos, de haber cambiado. Años después, al decaer de aquel fervor religioso, comprobaron con dolor que los defectos reaparecían: no habían cambiado.
He visto demasiada gente quemada por los complejos de culpabilidad al no poder mantenerse dentro del cuadro de valores y virtudes que recibieron en su juventud; y se han transformado en enemigos de sí mismos: se castigan, se ensañan contra sí mismos, se avergüenzan, se hieren. Secretamente, se trata de un instinto de venganza, porque se irritan al sentirse tan poca cosa. En suma, se humillan, y la humillación no es sino un orgullo camuflado: no aceptan sus propias limitaciones.
En último término, se trata del complejo de omnipotencia, pobre muñeco de trapo, destripado y yacente en un rincón.

* * *

Pues bien, ¡basta de sufrir!
Es hora de despertar, de enterrar el hacha de la ira, de sacudirte las ásperas escamas y mirarte a ti mismo con benevolencia y ternura, hasta convertirte en un gran amigo de ti mismo.
A lo largo del recorrido de tu vida fuiste ciñendo tu figura con el cinturón de la hostilidad y tu cabeza con una corona de espinas. Basta de martirizarte.
Como la madre que extrema sus cuidados precisamente con el hijo más desvalido, amarás tú esa frágil vasija que es tu persona, precisamente por lo que y en lo que tiene de quebradiza, y la envolverás con un abrazo de piedad y ternura. Esto puede sonarte a auto-compasión, pero no lo es, sino todo lo contrario.

Las estrellas giran eternamente allá arriba, frías y silenciosas; los acantilados permanecen inconmovibles al borde del océano, con sus raíces hundidas en la arena; el invierno es frío, y el estío, ardiente. Las cosas son como son, y tú eres como eres: te gustaría ser alegre; no lo eres. Te gustaría brillar; no puedes. Te gustaría agradar a todos; no lo consigues. Te gustaría tener la inteligencia de éste, la hermosura de aquél, el encanto de aquel otro.

Te gustaría, en suma, haber nacido de otra manera. ¡ Sueños locos, llamas de fuego! Es inútil. ¿Para qué lastimarte? ¡Despierta!

Los sueños, arrójalos a la basura; las llamas, apágalas, y toma serena y sabiamente en tus manos la fría realidad: eres como eres. Y, de todas maneras, a pesar de tus reticencias y repugnancias, eres una maravilla.
Transforma tus sufrimientos en brazos de comprensión para ti mismo y tus entrañas en un regazo de acogida.
Acéptate a ti mismo, no como te gustaría ser, sino como realmente eres.
Te gustaría tener don de gentes, pero eres tan retraído... Te gustaría alcanzar una estrella con tus manos, pero eres tan bajito... Te gustaría señorear tu propio mundo, pero un cúmulo de instintos sensuales y tendencias negativas te traen a mal traer. No te irrites ni te deprimas por eso. No te entristezcas por nada. No te avergüences de nada. ¿ Una estatua de arcilla? No: eres aurora y campana, arquitectura que, para ser catedral, sólo necesita de tu comprensión y acogida, tu benevolencia y cariño.

Sé feliz, porque son legión los que esperan participar de tu lumbre, contagiarse de tu alegría.
Se vive una sola vez. Nadie vuelve atrás. No puedes darte el lujo de despilfarrar tan bella oportunidad. No puedes permitir que se deshoje inútilmente esta roja amapola. Llena tu “casa” de armonía, y el mundo se llenará de armonía.
Ten siempre presente que la existencia es una fiesta, y el vivir, un privilegio. Hay una planta que debes cultivar diariamente con especial cuidado y mimo: la alegría. Cuando esta planta inunde tu casa con su fragancia, todos tus hermanos, y hasta los peces del río, saltarán de alegría.


7. La angustia
El hombre, digamos así, medieval vivía afirmado sobre un determinado sistema de seguridades. Este sistema estaba, a su vez, constituido por una visión sobre el hombre y su destino y, en general, por una concreta cosmovisión, todo ello basado en la fe cristiana.

A partir del Renacimiento, el esquema de ideas se fue desmoronando lentamente, y, por ende, las escalas de valores y el sistema de seguridades; y mientras se consumaba este derrumbe, el espectro de la angustia fue, paralela y simultáneamente, poblando las entrañas de la humanidad.

¿Es que en épocas anteriores no existía la angustia? Probablemente no en la proporción de los tiempos modernos; pero existía, aunque paliada (¿sublimada?) y absorbida por las convicciones y certezas de la fe.
Es verdad que el hombre se ha liberado de las ataduras de la religión; pero, al esfumarse el sistema de seguridades, el hombre se ha encontrado desplumado e indigente frente a un abismo absurdo, náusea, nada; en suma, la angustia. ¿ De qué le ha servido tal liberación?

Podemos afirmar que el subproducto más característico de la modernidad es la angustia. Si nos asomamos a los horizontes de la filosofía, el teatro, la poesía, el cine, la literatura en general, nos encontraremos con la extraña identificación entre el hombre (moderno) y la angustia.


7.1. Angustia y ansiedad
Frecuentemente se confunde la angustia con otros sentimientos similares, como congoja, aflicción, tedio.

Incluso, aunque clínicamente sean perturbaciones estrictamente diferenciadas, no rara vez se entrañan y se implican la depresión y la angustia; y, desde luego, la obsesión y la angustia se comportan, alternativamente, como madre e hija.

Es conveniente subrayar la diferencia que existe entre inquietud, ansiedad y angustia. En la inquietud predomina la sensación física, sin que, no obstante, se produzca ahogo u opresión. Además, la inquietud es tan sólo una sensación, sin llegar a ser un sentimiento; no llega, pues, a alterar el sistema afectivo.

Sin embargo, lo que importa, en el terreno de las distinciones, es diferenciar netamente la ansiedad de la angustia.

* * *

En la angustia, la sensación de opresión repercute especialmente en la región epigástrica, con dificultades de respiración, y todo envuelto en un halo de tristeza. En la ansiedad, en cambio, el malestar se circunscribe al plano torácico.
Esto es: en la angustia hay una reacción física que se exterioriza como una sensación de apretura, ahogo y encogimiento. Es una sensación profunda que afecta directamente a la zona visceral, pero también se localiza en el plexo solar, en la zona precordial y en la garganta, y siempre con carácter de opresión y apretura. En cambio, la ansiedad es una perturbación más bien psíquica, se experimenta como una impresión de inseguridad y es más bien de carácter cerebral que somático.

La angustia, por lo dicho, tiene un efecto más sobrecogedor y paralizante. En la ansiedad, en cambio, se produce un efecto de sobresalto, con tendencia a la fuga.
Ante un peligro exterior, por ejemplo, en el caso de la angustia, el sobrecogimiento se apodera de la zona profunda de las vísceras, y quien lo experimenta queda acorralado, atrapado, inerte. Tratándose, en cambio, de la ansiedad, el sobresalto impulsa al sujeto a buscar la solución. En suma, la angustia es más profunda, somática y visceral. La ansiedad, en cambio, es más bien cerebral y psíquica.

En la mayoría de los casos coexisten simultáneamente la angustia y la ansiedad, y en una amalgama tan confusa que es difícil distinguir las fronteras divisorias entre la una y la otra o cuál de ellas prevalece. Con frecuencia, sin embargo, existe la ansiedad sin angustia, y viceversa.
Resumiendo, podemos decir que la angustia y la ansiedad son matices diferentes de una misma experiencia.
Por eso, en otros idiomas, como el inglés, existe una sola palabra para designar a ambas: anxiety.

Es fácil también confundir la angustia con el miedo; y, desde luego, no deja de haber en toda angustia una buena dosis de miedo. Aunque, teóricamente, el miedo tiene su propio objeto, del que carece la angustia, sin embargo, en el plano existencial existen transiciones entre ambos. El pueblo usa con frecuencia la expresión miedo angustioso.
Mucho más emparentado con la angustia se halla el temor, por ser un sentimiento ante lo desconocido.
Como se ve, los estados de ánimo se entrecruzan, y se dan frecuentemente transiciones entre la angustia, el miedo, la ansiedad, el temor, la obsesión y la tristeza.


7.2. Angustia vital
Comencemos diciendo que la angustia puede ser, como la depresión, reactiva: un sentimiento ligado a circunstancias exteriores. Y, de hecho, gran parte de la angustia es, como veremos, reactiva.
Pero hay personas que habitan en la región de la angustia sin que hayan tenido estímulos amenazantes ni causas inductoras. Es la angustia vital: nacieron así; están angustiados habitualmente y sin motivo alguno.
Existe, pues, una personalidad ansiosa, genéticamente angustiosa: su estado de ánimo es permanentemente tenso y nervioso. Vive en ascuas, en una atmósfera interior hecha de temor, incertidumbre y preocupación.
Esta personalidad ansiosa coincide generalmente con tipos aprensivos, acomplejados, tímidos y obsesivos.
Se sienten perseguidos por dentro y por fuera. Habitan en un mundo de fantasmas. En sus mansiones interiores reina un caos primordial, como efecto de la desintegración interior o falta de unidad y control. Por eso dicen los existencialistas que el angustiado siente la amenaza de la disolución de la unidad del yo.

Se preocupan de todo. Viven los problemas de los demás, familiares, amigos, como si fueran propios; pero, en lugar de tratar de solucionarlos, se complican cada vez más a sí mismos y a los demás, porque sufren inútilmente.
Sienten miedo de todo. Viven de aprensiones y suposiciones, y, sobre todo, de interrogantes: ¿Qué pasará? ¿Se habrán enterado? ¿Por qué no me habrán llamado? Está tardando demasiado, ¿no habrá tenido algún accidente?
Sienten también un miedo obsesivo por la muerte, por tal o cual enfermedad, por determinada desgracia que les puede sobrevenir.

Desde desconocidos abismos les suben hasta el primer plano de la conciencia temores infundados, les asalta el nerviosismo, la impaciencia y la ansiedad. No son dueños de su propia casa. Todos los enemigos la han invadido y campean a sus anchas.

Así es la angustia vital, que llega al sujeto desde más allá de su nacimiento, desde las urdimbres y combinaciones más remotas de las constelaciones genéticas.

* * *

Dijo Heráclito: “Nadie se baña dos veces en el mismo río”. También en el mundo de las vivencias hay un continuo fluir; pero debajo de ese flujo algo permanece inalterable. Las sensaciones van y vienen, los pensamientos aparecen y desaparecen, los sentimientos crecen y decrecen; pero la persona se siente una sola en todo momento: en medio del fluente movimiento vital se yergue el yo rector y coordinador de todo.

Pues bien, esa unidad del yo, que es el yo mismo, es la que se siente amenazada con quebrarse en una aguda crisis de angustia. De ahí la expresión característica de quienes están profundamente angustiados: “Voy a volverme loco”.
Al hablar de locura, están refiriéndose a la disolución de la unidad del yo, porque loco es quien pierde el control de sus actos. Una persona normal es aquella que mantiene firmes en sus manos las riendas de sus propios actos.
Si ya no puede sujetar las riendas, realizará actos ajenos a su propio ser. Se enajenará.


7.3. Angustia reactiva
Los que sufren la angustia vital son los menos. Por lo general, la angustia es reactiva, provocada por circunstancias exteriores.
Podríamos definirla como una compleja interacción que se produce entre el individuo y su ambiente.
En toda angustia reactiva se da siempre, en primer lugar, una circunstancia exterior, portadora de un peligro eventual. La víbora ha entrado en la casa, pero no sabemos dónde se ocultó. Comienza a temblar la tierra. Se ha producido una fuerte turbulencia en un vuelo de avión. Mañana se decide el pleito. Se ha producido un incendio en la casa. Han secuestrado el avión en el que viajaba nuestra hija.

En segundo lugar, se produce una tensión. El agente exterior impacta en la persona; es decir, el acontecimiento ejerce sobre la persona una fuerza oprimente. Esta presión deja una marca, herida o alteración del estado anímico de la persona, con variados efectos. Eso es la angustia.

Ejemplos. Si recibo una pedrada, la herida será proporcional al volumen de la piedra y a la violencia con que fue lanzada. Sujetamos con una cuerda una piedra de cien kilos y la colgamos del techo. La cuerda se tensa en proporción al peso de la piedra, y a causa de ese peso, en el tejido de la cuerda se produce una tensión de tal magnitud que la cuerda se estira e incluso puede romperse.

De la misma manera, una noticia alarmante o una terrible amenaza puede ejercer una presión tal sobre un sujeto que éste se quiebre, se desintegre, víctima del susto o el sobresalto: es la angustia reactiva.
Si el sujeto en cuestión no tiene una respuesta adecuada para neutralizar la circunstancia amenazante, será víctima de una serie de reacciones psíquicas y alteraciones fisiológicas: se pondrá tenso, temeroso, presa de nerviosismo e intranquilidad ante la incertidumbre, aprensivo y preocupado; el corazón comienza a bombear aceleradamente con palpitaciones irregulares, la respiración se torna rápida y agitada, se dilatan las pupilas, hay gran descarga de adrenalina, la boca se reseca, se trastorna el proceso circulatorio, empalidece el rostro... Es una crisis de angustia.

* * *

Esta situación tiene características muy similares a las del pánico, pero no es éste el caso más frecuente. Más común es que se susciten estados angustiosos de intensidad más benigna y duración más prolongada.

Son aquellos casos en los que el sujeto es víctima de una tensión más sorda y latente. El síntoma típico de estos casos es el aprieto-ahogo que el paciente experimenta particularmente en la zona del estómago-intestinos, de profundo tono menor, sin dejar de repercutir también en la zona cardíaca y en la garganta, con dificultades respiratorias.

Este estado es de larga duración, y, en algunos casos, tiene carácter permanente. La estructura psíquica de este sujeto se podría comparar a la del boxeador que, a fuerza de recibir golpes suaves, se va debilitando imperceptiblemente, hasta que se torna presa fácil de la angustia vital e, inclusive, de una crisis de depresión.

* * *

Decimos, pues, que en toda angustia reactiva hay un agente exterior y una reacción (tensión). Ahora bien, la cuantía de esta tensión depende de una serie de factores.
En primer lugar, del fenómeno mismo, que puede ser poca cosa o puede llevar una notable carga de peligrosidad. En segundo lugar, puede depender también de la interpretación o valoración subjetiva que la persona impactada haga sobre el grado de amenaza o peligrosidad que perciba en aquel acontecimiento. Y esta valoración subjetiva depende, a su vez, de la sensibilidad del sujeto, de su estado nervioso o de los recuerdos del pasado que, por vía de asociación, le evoque el acontecimiento. Por ejemplo, una persona que vivió antaño la experiencia de un terremoto, ante un minúsculo temblor ya entra en pánico.

En el transcurso de la vida nunca faltará la tensión, porque los desafíos están siempre a la puerta. Y no siempre sus efectos serán dañinos. En grados benignos, la tensión puede ser motor de lucha y éxito, condición y causa de progreso, energía saludable y vital. Su perjudicialidad depende de las condiciones del sujeto para una respuesta adecuada:
Ante una misma situación pueden darse reacciones contrarias: un sujeto la contempla como amenaza, otro como desafío, un tercero como una aventura atractiva y aun fascinante.

Como se ve, la angustia es una alteración psicosomática de gran complejidad. En suma: hay siempre un estímulo exterior, y una reacción o resistencia por parte del sujeto impactado; la magnitud del impacto depende de la evaluación del peligro objetivo, de una cierta manera de ser del sujeto y de los recuerdos asociados.

7.4. Las fuentes del mal
La angustia puede tornarse en una situación habitual. Más aún, si los desafíos se suceden unos a otros, la persona afectada puede caer en la angustia vital.
Y ésta es la situación del hombre actual. Demasiadas flechas, disparadas al mismo tiempo desde cien almenas, hacen blanco certeramente en el sistema nervioso del hombre, que, más que herido, se siente ahogado.
Hay dos leyes fatales que son las madres naturales de la ansiedad: la rapidez y la productividad. Tanto vales cuanto produces. Teniendo en cuenta que productividad no quiere decir sentirse pleno y realizado, sino rendimiento constante y sonante, tangible. Al hombre se lo mide por su capacidad de rendimiento; y él, a su vez, valora la vida por el rendimiento que le reporta.

A cualquier profesión se le exige un máximo de productividad, algo que se pueda disfrutar ahora mismo. Existe una psicosis de la prisa. En la escala social de valores, un fracaso económico es peor estigma ante la sociedad que, por ejemplo, el fracaso matrimonial. Por eso, más que tener, lo que hoy interesa es parecer que se tiene.

* * *

¡Cuántos temores e insatisfacciones en el trabajo y la profesión! Duele la competencia desleal de los amigos.
Cada uno busca su medro personal; y, con tal de escalar puestos, no les importa pasar por encima de los demás.
Hay que aguantar también las arbitrariedades de algunos jefes. Es una sociedad fría y hostil.
Triunfar en la profesión y alcanzar una posición elevada es una cosa; más difícil es mantener la altura y el prestigio durante años y años, cuando al lado están los envidiosos y ambiciosos, acechando y suspirando por ese puesto, o, simplemente, cuando todo se gasta y cansa. Para las mujeres, constituye una fuente de ansiedad, sobre todo al comienzo del matrimonio, la necesidad de encontrar un equilibrio entre su profesión y su condición de esposa-madre.

Yendo de la casa al lugar del trabajo, el tráfico está congestionado y hay que apurarse para no llegar tarde. De vuelta a casa, las muchedumbres se agolpan para alcanzar lo más rápidamente posible el metro u otros medios de locomoción en medio de ruidos estridentes; tal vez llueve... Y la gente llega a casa cargada de ira, de nerviosismo, de desagrado.

En la sociedad urbana, las familias cambian con frecuencia de domicilio, en medio de tensiones, incertidumbres y problemas de adaptación. En el seno del matrimonio, entre los compañeros de trabajo, en el vecindario, surgen las desinteligencias, los intereses creados y las incompatibilidades. Los hijos, en plena etapa de desarrollo, pasan de una crisis a otra. Van pasando los años, los entusiasmos disminuyen, comienzan a aparecer las enfermedades.
La jubilación ha resultado menos satisfactoria de lo que se esperaba: es una sensación de impotencia e inutilidad, difícil de explicar. Los viejos son un estorbo en todas partes en esta civilización.
La polución atmosférica ha alcanzado en la mayor parte de las ciudades límites intolerables: se hace difícil respirar, los ojos lagrimean. La tele nos acribilla día a día con tragedias acaecidas en lejanos países del planeta. El desempleo, la pobreza, la desnutrición, las malas condiciones sanitarias y la precariedad de las viviendas constituyen un verdadero martirio para grandes sectores de la población. El estrépito de las calles estimula el nerviosismo y la agresividad.

He aquí las fuentes de la angustia.
¿Cómo no sucumbir ante el pertinaz asedio de tantos estímulos? ¿Cómo salvarnos de tantas fieras como nos acechan y amenazan? Pertenecemos a esta civilización, no podemos evadirnos de ella. Pero ¿qué podemos hacer para mitigar la angustia?


7.5. Vías de liberación
Quienes sufran de angustia vital deberán tener en cuenta varios presupuestos: 
a) no sanarán radicalmente: ya hemos explicado con largueza que la constitución genética acompaña a la persona hasta el final;
 b) pueden, sin embargo, mejorar considerablemente, hasta el punto de tener la sensación de ser verdaderamente felices.

Quienes sufran de angustia reactiva —es el caso de la mayoría— pueden liberarse de ella por completo, hasta llegar a adquirir una completa serenidad interior y el gozo de vivir.
Unos y otros deberán tener presentes y llevar a la práctica las consignas expresadas anteriormente: salvarse a sí mismo; todo será un proceso lento; habrá retrocesos, lo que no debe asustar; perseverar pacientemente en el trabajo de liberación; adquirir el dominio mental; buscar herramientas de liberación en el capítulo siguiente.

Los sedantes o tranquilizantes constituyen el 20 por 100 de los fármacos, lo que es una exageración. Estos depresores, siempre que se tomen por prescripción médica, pueden aportar un alivio temporal en situaciones de emergencia; pero con su uso prolongado e indiscriminado el organismo se habitúa, y se hacen necesarias dosis cada vez mayores, produciendo una completa dependencia.

No es necesario recordar cómo el alcohol y las drogas van deteriorando paulatinamente el sistema cerebral y su normal funcionamiento. Y ya se sabe cuál es el final de estos desarreglos.
Conversar, fumar, tomar café, etc., no son una solución, sino una evasión. Todo es inútil. No hay manera de evadirse. El enemigo está adentro; el problema es cómo enfrentarlo con los ojos abiertos y reducirlo.

* * *

Reevaluación. Cuando una persona se enfrenta con una situación amenazante, por lo general no es capaz de efectuar un correcto juicio de evaluación sobre el grado de amenaza, debido al sobresalto, la sensibilidad del sujeto o simplemente por no tener una perspectiva de análisis suficiente. Por todo ello, no rara vez sobreestima la peligrosidad de la situación, y surge la angustia.

Estas son las reglas de oro para mitigar la angustia: detenerse, pensar que estoy sobredimensionando el volumen exacto de la amenaza; volver a colocar los hechos en una perspectiva más objetiva; contar la situación angustiosa a una persona amiga y equilibrada; aplicar a la situación las orientaciones del capítulo Relativizar y del apartado Despertar.

Abandono. No hay antídoto más poderoso para vencer, casi infaliblemente, toda y cualquier angustia, que la doctrina del abandono. De ella se hablará más adelante. Eso sí, el abandono presupone una fe viva. Quienes la tengan, allí encontrarán la liberación.

Dejar, soltar. En largas páginas de este mismo capítulo hemos visto que gran parte del sufrimiento es de origen subjetivo, y, por consiguiente, la angustia es una resistencia mental. El lector encontrará en esas páginas orientaciones de sentido común para mitigar grandes dosis de angustia.
Relajamiento. En fin de cuentas, la angustia no es otra cosa sino una tensión del sistema nervioso. Un sistema nervioso relajado no conoce la angustia. Todos los ejercicios de silenciamiento y relajación ayudarán de una manera eficaz a mitigar la ansiedad.


8. La depresión
Noche oscura, agonía lenta, soledad desolada, desgana infinita, tedio mortal..., y la letanía podría continuar sin fin. Es la depresión. La llaman también melancolía. No hay sufrimiento que se le pueda equiparar.
Frecuentemente me he encontrado con personas aquejadas de diversos síntomas y grados de depresión. Y he sufrido viendo cómo sufrían. He sentido en mi propia carne el aguijón de la impotencia no pudiendo hacer nada, casi nada, por ellas. Cuatro o cinco personas, excelentes criaturas, a quienes yo había ayudado largamente, en un momento de crisis aguda optaron por renunciar a la vida. A lo largo de los años he ido llenando innumerables páginas con observaciones y apuntes sobre este estigma de la humanidad contemporánea.


8.1. De la angustia a la depresión
La angustia, sea como sentimiento vital, sea como tensión provocada por un entorno hostil, fue tema de actualidad durante largas décadas. Más aún, desde los días de Kirkegaard fue colocada en el pináculo de la moda, y ha sido el tema favorito de los existencialistas, como Heidegger, Sartre, Jaspers, Unamuno.

En las últimas décadas, sin embargo, el tema de la angustia fue abandonando discretamente en primer plano, cediendo el lugar a la depresión. Y hoy existe una coincidencia en que estamos en la era de la depresión. Ambos disturbios son de naturaleza enteramente diferente, si bien, con frecuencia, sus fronteras se entrecruzan.
En la angustia se conserva una cierta afirmación de sí mismo y permanece un tibio rescoldo de esperanza.
Incluso la angustia encierra entre sus pliegues energías reactivas capaces de responder adecuadamente a los estímulos y desafíos exteriores. En la depresión, en cambio, se produce el colapso total, en medio de la desesperanza, el desamparo y la desventura. Es la muerte, la nada insondable y doliente, como veremos en las páginas que siguen.

* * *

De acuerdo con las estadísticas, en los países industrializados, un 25 por 100 de las personas padece algún tipo de trastorno depresivo a lo largo de su vida, aunque, ciertamente, en grados y con matices diferentes.
En cuanto a los suicidas, más de la mitad de ellos ha dado ese paso en un momento de crisis depresiva, cuando a los síntomas ordinarios de melancolía se ha agregado la idea fija de la muerte.
La mujer es más vulnerable y propensa a la depresión que el varón: por cada dos varones, cinco mujeres sufren este trastorno; y según otras estadísticas, cuatro mujeres por cada varón; así como, por el contrario, el infarto de miocardio lo padece una mujer por cada cuatro varones.

Entre los varones, los profesionales son los más propensos a los disturbios depresivos, debido a que son tenazmente presionados por los desafíos de una sociedad terriblemente competitiva. No es difícil encontrarse con profesionales malhumorados, agotados, al borde de la depresión o dentro ya de sus fronteras.

El estado civil es un factor modulador respecto de las crisis depresivas; El porcentaje más elevado de depresión se da entre las mujeres divorciadas o separadas. Lo curioso es que, en contraste, no se da este mayor porcentaje entre los hombres divorciados o separados. Como ya lo hemos apuntado, el nivel depresivo es considerablemente más elevado entre las mujeres que entre los hombres, debido, sin duda, como veremos, a factores endocrinos y bioquímicos.

Tanto en los hombres viudos como en las mujeres viudas, de acuerdo con las estadísticas, se eleva casi verticalmente el nivel depresivo.
En cuanto a la edad, rara vez se dan síntomas depresivos en la infancia. Durante la adolescencia y la juventud, en la mujer hacen su aparición las crisis con un porcentaje considerablemente más alto que en el hombre: doce mujeres por un hombre. En cambio, de los veinte a los treinta años, en la mujer disminuye el porcentaje, mientras que se eleva abruptamente en el hombre: diez mujeres por cada cinco hombres. Para todos, hombres y mujeres, la etapa más depresiva es la que va de los cuarenta a los sesenta años. En la tercera edad, los niveles se mantienen bastante altos.

Las estadísticas demuestran que los factores culturales y sociales pueden alterar los índices de la melancolía.
Las clases media y alta son más afectadas que la clase humilde. Está demostrado que a una mayor prosperidad personal y a una más alta productividad nacional corresponde también mayor número de suicidios; y hay que tener en cuenta que el suicidio constituye el clímax de la depresión, al menos ordinariamente.

Según las estadísticas, el cristianismo ofrece un terreno más abonado para las crisis depresivas que el hinduismo o el mahometismo, por ejemplo, debido a sus insistencias sobre culpabilidad. En efecto, una de las causas más frecuentes de depresión entre los cristianos practicantes son los sentimientos de culpa, cosa enteramente desconocida, por ejemplo, en el budismo.



8.2. Precisiones
En todo hombre normal existen pequeñas alteraciones vitales, pero no pueden ser consideradas como depresión. Una cosa es la tristeza motivada de las personas normales (están tristes porque han recibido una mala noticia) y otra cosa es la tristeza inmotivada de los melancólicos.
Pero también a las personas normales pueden sobrevenirles tristezas no-motivadas. Incluso puede producirse una tristeza motivada, desaparecer el motivo y pasar a convertirse en tristeza vital, típica de los melancólicos.

Hay también personalidades que desde el nacimiento hasta la muerte son genéticamente tristes o melancólicas, y, sin embargo, no tienen propiamente depresiones, porque no hay en ellas alteraciones profundas, si bien se mantienen en un estado permanente de mal humor y pesimismo. No se puede llamar depresión a cualquier tristeza; por ejemplo, a la causada por una profunda desilusión o a una actitud de un tipo hirsuto.
Hasta puede suceder que un temperamento normalmente melancólico tenga una “caída” de ánimo sin que pueda calificarse como depresión, porque falta profundidad, duración o frecuencia en la crisis.

Tampoco hay que confundir la depresión con la opresión. A muchas personas, debido a las características de su estructura somática, un día con nubes bajas o una pesada presión atmosférica les causa un estado oprimente, hipotensión y dificultades respiratorias, todo lo cual no es, ciertamente, depresión.
El misterio del hombre es tan único e inédito, que hay personas a las que unas nubes negras o una baja presión atmosférica les provoca euforia, y los días radiantes, opresión y tristeza. ¡El hombre, “ese desconocido”!

8.3. Depresión reactiva
La depresión puede ser reactiva y endógena.
Endógena significa que se origina y proviene de dentro, de la misma estructura celular. La melancolía endógena hunde, pues, sus raíces en la constitución hereditaria. Reactiva —en cuanto que es una reacción— significa que ha sido provocada por causas ajenas al individuo.
Estas causas pueden ser externas a la persona, como los factores ambientales, acontecimientos, contrariedades.
La muerte de una persona amada, sobre todo cuando, durante el luto, se ha reprimido el dolor con un estricto control sobre los nervios, puede provocar una alteración depresiva. Puede derivar también de un grave fracaso en un propósito fundamental de la vida: se puso tanta ilusión durante tantos años en aquel proyecto económico o profesional, de cuyo resultado dependía el futuro de la familia..., y todo se vino abajo.

Una separación matrimonial, que supone el colapso de una larga historia de grandes ilusiones, días felices, tantos años de lucha para formar un hogar..., y ahora todo se acabó; una considerable fatiga nerviosa; las presiones sociales que desafían y asedian porfiadamente al ser humano, las incertidumbres, el desplome de la escala de valores que cimentaba nuestra seguridad..., pueden determinar la aparición de trastornos depresivos.
Los motivos que originan la depresión pueden ser también interiores: ciertas enfermedades, como la epilepsia, la tuberculosis, hepatitis, gripes prolongadas y, en general, las enfermedades que consiguen acorralar y asestar serios golpes a la vitalidad, pueden desencadenar —y sucede frecuentemente— una secuela de disturbios depresivos, con matices y grados diferentes.

* * *

Hay personas que nacen con predisposición o propensión a la melancolía; y esta predisposición tiene un amplísimo abanico de posibilidades, desde grados mínimos o nulos hasta los más elevados.
Hay sujetos a quienes ni las enfermedades más graves ni los más terribles detonantes ambientales les causan ni el más pequeño disturbio depresivo. Hay otras personas que sólo son presa de una pasajera melancolía cuando se produce en sus vidas algún acontecimiento verdaderamente desgarrador.

Otras, en cambio, han nacido tan propensas que basta un pequeño acontecimiento adverso para que sean arrastradas a la fosa depresiva: un disgusto que a cualquier otra persona no le produciría ningún efecto, e incluso a esta misma, en otras circunstancias, no le impactaría tanto, acaba arrastrándola esta vez a la noche depresiva.

Un estado de tensión constituye un campo abonado para reaccionar depresivamente ante cualquier acontecimiento. El motivo exterior ha podido desaparecer, pero queda la tendencia a reaccionar depresivamente.
Incluso ha sucedido que, después que se comprobó que la noticia que provocó la depresión era falsa, continúa la crisis con la misma intensidad.
“Lo más frecuente es que la alteración de la vitalidad sea puramente autónoma y se presente como un desarreglo intrínseco, no dependiendo de causas exteriores ni tampoco de motivos internos. La posibilidad de tener una crisis depresiva reactiva (por factores externos), con la consiguiente alteración de la vitalidad, radica en la contingencia de cada hombre” (López Ibor).


8.4. Depresión endógena
Hay sujetos que nacieron con inclinaciones tan marcadas hacia la melancolía, que, sin mediar ningún agente exterior ni motivo interno, caen periódicamente en terribles crisis. Son las depresiones endógenas, y, por cierto, las más temibles.

Tienen múltiples variaciones en cuanto a la periodicidad de su aparición, duración, intensidad y otros elementos.
Donde no existe variedad es en lo referente a los síntomas: éstos son notablemente regulares y uniformes.
Estas personalidades genéticamente depresivas funcionan normalmente en el ambiente general de su vida, cuando de pronto, y sin que haya mediado ninguna circunstancia exterior inductora, caen en las garras de un disturbio depresivo, con la pesadez de todos sus síntomas.

Las crisis pueden tener la más variada durabilidad: unas horas, unos días, varias semanas, muchos meses. Si las crisis son prolongadas, los deprimidos sufren —digámoslo a modo de comparación— oscilaciones similares a las del clima: ahora hay nubes bajas, negras y oprimentes; más tarde, continúa nublado, pero con nubosidad alta y débil; luego aparecen pequeños resquicios de azul; horas después el horizonte se cubre de nuevo de nubes plomizas; pero, de todas formas, el cielo está siempre nublado. De manera semejante, durante una prolongada crisis de melancolía los afectados pasan por múltiples fluctuaciones de intensidad.

* * *

En cuanto a la frecuencia, hay sujetos a quienes les sobreviene la crisis una o dos veces por mes, pero con breve duración. Otros la sufren una o dos veces al año, con duración más prolongada. Finalmente, a otros les sobreviene cada varios años, pero con una temible intensidad y duración.
La periodicidad del acceso morboso no se limita a los tiempos de aparición, sino que puede darse un cierto ritmo variado en sus manifestaciones: hay personas que despiertan a ciertas horas de la madrugada con una morbosidad aplastante. Otros experimentan esa intensificación durante las horas del atardecer. Otros, por el contrario, en las primeras horas del día, aliviándose en las horas de la tarde. Y, de todas formas, el nivel de intensidad, en los momentos de crisis, nunca se mantiene en una línea constante, sino que está sometido a continuas oscilaciones de intensidad, según las personas.

* * *

En cuanto cesa la crisis (así como vino sin explicación ni motivo, de la misma manera se va) las personas vuelven a ser completamente normales. Incluso amanece en sus rostros un aire de fiesta, de la misma manera que como se viste el paisaje de alegría después de la tormenta.
Estas personas, genéticamente depresivas, cuyos trastornos aparecen en el momento menos pensado, con periodicidad o sin ella, suelen quedarse temiendo el regreso de la tormenta. No sé si este temor puede precipitar, inductivamente, una nueva crisis. Supongo que sí en algunas ocasiones, y no en otras. Creo que sucede, digamos por vía de analogía, lo mismo que con la jaqueca: para algunas personas, las crisis de jaqueca son inducidas por un disgusto o por el cansancio; pero, para otras, las crisis van y vienen sin causa alguna, al menos aparente.

He conocido también personas permanentemente deprimidas, con ligeros cielos claros, pudiendo respirar por momentos, con espacios más oscuros y menos oscuros, pero cuyo cielo está siempre nublado. Da miedo pensar en el martirio de sus vidas. Son dignas de la mayor ternura y comprensión.
Esta clase de depresiones endógenas, sean o no cíclicas, no aparecen en los años de la infancia ni, por lo general, en la etapa de la juventud, sino más tarde y, como hemos dicho, sin que haya mediado ningún factor externo desencadenante.


8.5. Depresión maníaca
Debe tenerse presente que la palabra manía no significa aquí idea fija u obsesiva, como vulgarmente se entiende, sino que hace referencia a un estado de excitación o exaltación psíquica.
La psicosis maníaco-depresiva es una violenta alteración química, un brusco altibajo de la vitalidad.
Frente a los sentimientos pesados que sufren los deprimidos, los maníacos se encuentran con una alegría explosiva que les viene de la intimidad, sienten la existencia como una fragante primavera, y ninguna desgracia, por terrible que sea, es capaz de ensombrecer su indestructible alegría durante ese período.

Estas personas pasan, en un movimiento circular y cíclico, de la euforia a la melancolía y de la melancolía a la euforia, en un tránsito generalmente brusco.

Estos vaivenes ciclotímicos se suceden como los flujos de una ondulación, como las olas del mar, subiendo y bajando, como la respiración que se tensa (inspiración) y se relaja (aspiración), como el movimiento del péndulo que va de un extremo al otro. La exaltación maníaca es delirante, casi dionisíaca, y la depresión; como sabemos, sombría.

* * *

En un despliegue frenético de juego de pelota, el ánimo va pasando de la tristeza a la alegría, de la inhibición a la exaltación, de la angustia al éxtasis, de la desesperanza a una esperanza invencible, de la desgana a una euforia casi furiosa.

Se trata, en definitiva, de una oscilación circular y violenta de los humores o sentimientos vitales; este tránsito puede efectuarse de la euforia a la depresión, o viceversa. A la manera de todas las depresiones endógenas, también aquí se da una gran variedad en cuanto a la periodicidad, duración e intensidad de los accesos morbosos.

Entre las depresiones endógenas, las ciclotímicas son las más específicamente genéticas. Las circunstancias ambientales no influyen aquí para nada. Se trata exclusivamente de una determinada constitución cerebralglandular.
He aquí una descripción incomparable de Soren Kierkegaard sobre una crisis maníaco-depresiva:
“Un día, al levantarme de la cama, me sentía extraordinariamente bien. Este bienestar creció sobre toda analogía. A la una en punto presentí el máximo de excitación vertiginosa, que no consta en ningún termómetro del bienestar.

Cada función del organismo gozaba de su completa satisfacción. Cada nervio estaba acorde consigo mismo y en armonía con todo el sistema. Cada pulsación atestiguaba la poderosa vitalidad que inunda todo el cuerpo.
Andaba como flotando, pero no como el vuelo del pájaro que atraviesa el aire, sino como las ondas del viento en el sembrado, como las olas anhelantes del mar, como el deslizamiento ensoñador de las nubes.
Mi modo de ser era el de la pura transparencia, como la profundidad del mar, el silencio satisfecho de la noche, como el sosiego monologal del mediodía.
La existencia entera estaba enamorada de mí. Todo lo enigmático se esclarecía en mi bienaventuranza microscópica, que todo lo explicaba.

Como he dicho, a la una en punto estaba en lo alto. Entonces comenzó bruscamente a picar algo en mi ojo izquierdo. Yo no sé lo que era, si una pestaña o un polvillo. Pero lo que sé es que en el mismo momento caí en el abismo de la desesperación...”



8.6. Una visión general
Como dijimos, la tristeza y la alegría son fluctuaciones normales de humor que acompañan y rodean los avatares de una existencia. Incluso la postración puede surgir sin motivo especial, y por eso no necesariamente indica anormalidad.
La depresión, en cambio, posee una naturaleza muy diferente, y se caracteriza por un profundo y prolongado abatimiento. El deprimido pierde, más o menos fácilmente, sus facultades de comunicación. Le acompaña también un intenso dolor moral que los demás, por lo general, apenas comprenden, y una total impotencia para cualquier iniciativa de cara al futuro.

En la mayoría de los casos, los deprimidos reviven los hechos más sombríos de su pasado, lo que les produce sentimientos de culpabilidad. Todo intento o esfuerzo psicomotor está destinado al fracaso.
Lo que más les molesta a los melancólicos es la reacción incomprensiva de los familiares y, en general, de las personas que les rodean: “haz un esfuerzo”, “lo tienes todo para ser feliz”, “convéncete: todo es subjetivo”. Es inútil.
Privado como está de capacidad psicomotriz, el deprimido naufraga fatalmente. No puede levantarse.

* * *

La postración morbosa suprime todo gusto. El deseo de mantener contactos afectivos desaparece. Las funciones instintivas se encuentran alteradas, casi aletargadas.
Desaparece también el sueño tranquilo y reparador. Muchos alcanzan a dormir en la madrugada, y aun en este caso el sueño es superficial e intermitente. En las horas de insomnio se deja curso libre a los recuerdos amargos, y las ideas más negras penetran y se instalan en la mente como moscas, sin poder ahuyentarlas. Son dominados casi obsesivamente por complejos de culpabilidad, debidos a faltas reales o ficticias.

Una ansiedad, que llega como en oleadas, se sobrepone a todos los demás síntomas. En este contexto fácilmente puede nacer el deseo de morir. Y cuando se dan todas las condiciones y todas ellas tocan el techo, el enfermo puede aproximarse a las puertas del suicidio.
La depresión afecta a todo el organismo. Encerrado como en una prisión, en su melancolía, el deprimido vive con amargura una sensación oprimente de inutilidad. Sus gestos son lentos y torpes; su mímica, también torpe, no refleja más que aflicción; su mirada se empaña; su voz, monocorde, expresa pensamientos derrotistas y habla con vacilación.


8.7. Síntomas
Después de esta visión general, vamos a señalar unos cuantos sentimientos dominantes que, a modo de síntomas, ayuden a identificar la depresión.

Tristeza. Se puede sentir tristeza por algo que sucedió; pero en la depresión se trata de una tristeza vital, sin motivo alguno.
Puede ser una tristeza pasiva. En ella subyace un sentimiento de impotencia y desaliento; y, cuando es muy profunda, el enfermo puede tener la sensación confusa de que el cuerpo entero participa de ese sentimiento, como si la tristeza emanara como una secreción—permítaseme la expresión— de los poros del cuerpo. Una tristeza, pues, “encarnada”.

A muchos he oído utilizar esta misma expresión: “tristeza corporal”, como si estuviera consustanciada con el propio ser: la cabeza tiende a inclinarse, los brazos y las piernas “se caen" y todo el cuerpo pareciera desmoronarse hecho pedazos.
Cabe también una tristeza activa. En ella palpita, aunque en forma latente, una reacción de protesta y lamento, sin que, no obstante, exista propiamente agresividad, sino más bien desesperanza, acompañada de resignación, que es hija de la impotencia.

Inhibición. Como si toda la energía vital hubiera sido convocada y seducida por la muerte, todas las manifestaciones vitales son arrastradas, como en un gran movimiento de repliegue, hacia la inmovilidad y la inercia.
Todo se paraliza: la capacidad de pensar, de recordar; todos los resortes de la expresión, todas las facultades de actuación. Es la muerte del sistema psicomotor.
Hay una sensación general de aplanamiento, de desánimo, vacío de impulsos y sentimientos; muerte absoluta de toda capacidad creativa. No hay deseo de emprender nada.
El enfermo se torna incapaz de vibrar con las alegrías y de entristecerse con las tristezas. Todo le resulta indiferente.
Mueren la alegría, el humor, el impulso sexual, las ganas, el hambre. El depresivo no hace plan alguno, no actúa, se sumerge en la pasividad. Su musculatura se hace fláccida, las funciones digestivas se realizan perezosamente, baja la presión arterial y desciende el ritmo cardíaco.
Llorar ya es una catarsis, liberación parcial del sufrimiento. Pero el depresivo, por no tener ganas de nada, ni siquiera tiene ganas de llorar. A lo sumo, llora hacia adentro. Es la melancolía más desoladora, profunda e inefable.

Kierkegaard dice:
“Cuando se está angustiado (deprimido), el tiempo transcurre lentamente. Cuando se está muy angustiado, aun el mismo instante se hace lento. Y cuando se está mortalmente angustiado, el tiempo acaba por detenerse.
Querer correr más deprisa que nunca, y no poder mover un pie. Querer comprar el instante mediante el sacrificio de todo lo demás, y saber que no se halla en venta”
.

Desesperanza.
El deprimido se deja atrapar por los anillos de un misterioso remolino, trágico y temible: ni siquiera tiene ganas de salir de ahí.

Como han muerto las facultades volitivas, llevado en los brazos de la inercia, el deprimido ni siquiera siente deseos de hacer algo para salir de ese estado. Ha habido personas que me han confiado que, debido a esa inercia letal, ni siquiera se movieron para atentar contra su vida.
Una de las experiencias más desoladoras que me ha tocado vivir es ésta: la impotencia para consolarlos; no hay alivio posible para ellos. Poco o nada sirve el recurso a la fe, los métodos de relajación, las consideraciones sobre la transitoriedad de la vida. No hay eco. No hay reacción ni respuesta alguna. Es como poner una inyección de vitaminas a un cadáver.
Dios tenga piedad de estos enfermos y les conceda la gracia de tener paciencia, de esperar a que pase la tempestad.

* * *

No hay persona que, sumergida en la noche de una crisis aguda y prolongada, no piense en el suicidio. Si no pasan a los hechos es a causa de los efectos letales que produce esta enfermedad. Pero, aun así, se sienten seducidos por aquella ventana, merodean por aquel acantilado, aquel rompeolas, el puente sobre el río, las vías del tren...

Y si, finalmente, se ha consumado el deseo fatal, es debido al siguiente mecanismo: a veces, a la depresión se agrega el fenómeno de la obsesión. Ahora bien, si el contenido de esta obsesión es la idea fija de morir (y si la crisis es grave y larga), es difícil evitar un intento de suicidio.

* * *

Y, para peor, los sujetos deprimidos suelen tener, por lo general, un aspecto saludable, no se advierte en ellos ningún síntoma de enfermedad. Todos sus órganos, uno por uno, están sanos. Los electros no señalan nada anormal. El médico dice: no tiene nada. Sus compañeros de trabajo y sus familiares abundan en suposiciones gratuitas: son caprichos, se hace el enfermo, es pura pereza, evasión.

Y así llegamos al colmo del absurdo, que es el siguiente: si la alteración depresiva hubiera sido motivada por un desastre en el que murió su ser más querido, todos le comprenden y le compadecen, y él se comprende también a sí mismo; tiene motivo más que suficiente para sentirse deshecho.

Pero cuando la depresión es endógena, y llega la crisis; y sin motivo alguno ni razón de ser le invaden y se apoderan de él la tristeza, el amargor, el desamparo, la desolación, la desesperanza y, en suma, una agonía de muerte; y, para colmo de desdichas, si los familiares y amigos lo hostigan con incomprensiones e ironías..., es que ya estamos tocando el techo más alto del absurdo y del drama humano. ¿Cabe peor “infierno”?


8.8. Algunos testimonios
“Un viernes de agosto amanecí rara. Pero no tenía ninguna razón para sentirme incómoda, insegura. Traté de olvidar. Pasaban las horas, y cada vez me sentía peor: angustiada, oprimida, asustada.
En la noche fuimos a la fiesta, y el miedo me empezó a desesperar como si algo me fuera a suceder. Tenía el pecho apretado, me faltaba el aire. Fue terrible, porque no tenía ningún motivo personal para sentirme así”
.

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“La depresión me comenzó a los cuarenta años. Entonces diagnosticaron que se trataba de cansancio mental, pero más tarde rectificaron ese diagnóstico. Las crisis me vienen aproximadamente cada cuatro meses.
Es imposible expresar lo que se siente. Para que alguien lo entendiera, tendría que experimentarlo en su propia carne. Se acaba la felicidad, aun del deber cumplido. Se piensa que uno es un estorbo para todos, pues el vigor de la actividad se anula. En la mañana, al despertar, siento gran pavor de pensar que tengo que vivir un día más; no tengo ilusión para nada.

El quehacer, desde el arreglarse y arreglar la habitación, es como una montaña que pesa enormemente. Todo esto resulta dificilísimo, trabajoso, aunque no sea más que coger una escoba para barrer”
.

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“Una tristeza sin límites. Me digo: ¿cómo haré hoy la clase? No puedo dominar a los niños como antes. No sé cómo comenzar la clase, pues toda capacidad de iniciativa, tan necesaria para enseñar, desaparece. Y los niños, como si lo adivinaran, se aprovechan.
Voy al recreo con las profesoras, sin desearlo, y no tengo nada de que hablar. Permanezco en silencio. Contesto con monosílabos. Y en medio de todas mis compañeras me siento sola, infinitamente sola.
El afecto, aun por los seres queridos, desapareció. Me siento un ser raro que no se comunica, pues no merece la palabra de nadie. En realidad, no merecía nada, nada. Si no me saludaban, no me ofendía, porque pensaba: no merezco que me saluden.

A las personas que me rodeaban las sentía como bultos. Entre tanto, iba al médico: un alivio de días y nada más. También me asalta la convicción de que no merezco el cariño de los demás. Si una compañera me pide un favor, eso me parece una gran consideración, y la atiendo muy bien. Me siento un peso para la familia; estarían mejor sin mí.
En la sala de conferencias buscaba ser la última y en el rincón más alejado. En tal situación, me imagino que todos leen mi estado interior, y, por lo tanto, no me desean cerca; y vivo esto como una realidad, y digo: no me quieren, ¿cómo me soportan?


Llamé a la muerte muchas veces. La doctora, creyendo que se trataba de cansancio, me sugirió cambiar de actividad. Lo hice. Pero nada. Todo igual. Yo me consumía sola. Sólo quería morir, y no se podía. La doctora me dijo un día: „que no me vengan a mí esas pruebas‟.

Cada tres o cuatro meses había mejoría; y entonces, sí, era la persona más feliz del mundo...


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“Miedo y deseo de morir. Desaparecer. Preocupación. Tristeza. Tengo aquí dentro un mal que me ha robado toda la vitalidad.
Parece que la gente se da cuenta; intento disimular, pero no lo consigo”.


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Tiene veinticuatro años, casada, sin hijos. Habitualmente alegre, una mañana siente que la melancolía se apodera de ella. Abatida en la cama, no puede asumir las tareas hogareñas.
Desganada, una oprimente tristeza hizo que ni se aseara ni desayunara ese día. Al atardecer, sintiéndose menos débil, comienza a preparar la cena a su marido. Con el pretexto de estar fatigada, se acuesta temprano esa noche.
Despierta hacia las cinco de la mañana, e inmediatamente vuelve a sumergirse en el desfile de ideas negras, con remordimientos por comportamientos pasados, con una sensación aguda de incapacidad. „¿Para qué vivir?”, se pregunta, recordando el intento de suicidio que le condujo al hospital dos años atrás. A las siete de la mañana sigue postrada con la mirada fija, casi paralizada. El médico confirma el diagnóstico: recaída en la depresión.


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Tiene veintisiete años. Trabaja como secretaria, con buena remuneración, en un gran establecimiento comercial.
Tiene excelente entendimiento con su marido y no tiene ningún problema con sus dos hijos. Todo es (era) bienestar y armonía.
Pero desde algún tiempo atrás viene arrastrando una fatiga sin motivo y un tedio insuperable. Duerme poco y mal. Descuida totalmente el reglamento personal, no se maquilla. Lo peor: no se interesa nada por sus hijos. Y sintiéndose completamente inútil para todo, un buen día acabó diciéndole a su marido: “sería mejor que yo desapareciera”.



8.9. La entraña del mal
Las funciones psicológicas, como dijimos, no pueden tener lugar independientemente de los procesos fisiológicos, y éstos, a su vez, siempre están implicados en la estructura orgánica.
Desde que se comprobó un aumento de secreción de adrenalina en situaciones de ira y miedo, se comenzó a buscar un sustrato bioquímico en las diferentes reacciones afectivas, por ejemplo, en la depresión.
Hace pocas décadas, numerosos estudios bioquímicos entregaron, como conclusión, la teoría de la relación entre las catecolaminas y los accesos maníaco-depresivos. Según estos estudios, en la depresión habría un descenso en el metabolismo de las catecolaminas, mientras habría un aumento en la fase maníaca.

Posteriormente surgió la hipótesis que relaciona la serotina con los trastornos depresivos en general.
Efectivamente, se ha comprobado una disminución de la serotina en los suicidas y, en general, en los estados depresivos.

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Ultimamente, nuevas investigaciones bioquímicas han propuesto una teoría dualista que explicaría las distintas formas de depresión. Según esta teoría, el misterio del trastorno depresivo se encontraría en el juego de balanza entre la serotina y la noradrenalina. En las depresiones en que prevalecen las agitaciones, como taquicardias, disturbios gástricos..., habría un aumento de noradrenalina respecto de la serotina. Y en la depresión, en que predomina la desgana, el abatimiento..., habría una elevación de la serotina en relación con la noradrenalina.

Por último, otra hipótesis supone una alteración enzimática en el metabolismo de las catecolaminas que produciría metabolitos tóxicos, que originarían o al menos favorecerían la aparición de los trastornos depresivos.
Todas estas teorías e hipótesis están apoyadas en el hecho de que la mayoría de los antidepresivos actúan aumentando el nivel de las catecolaminas.
Todas las investigaciones, en general, estarían apuntando en dirección a lo que la observación de la vida nos dice y que hemos señalado más arriba, a saber: que existe una íntima relación entre la crisis de depresión y la constitución endocrina; y que, según el funcionamiento glandular, hay personas nada propensas, poco propensas o muy propensas a los accesos depresivos.

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Otros estudios aportan una luz sobre los mecanismos cerebrales relacionados con los disturbios depresivos. En efecto, aproximadamente en un 40 por 100 de los deprimidos se han constatado anomalías en ciertos neurotransmisores, sustancias químicas que aseguran la transmisión de la información entre las células cerebrales.

Al estudiar las depresiones profundas, los investigadores han constatado igualmente que ciertas hormonas participarían en las perturbaciones observadas; el cortisol, por ejemplo, que, segregado por las glándulas suprarrenales, ejerce tantas funciones sobre el organismo que se le ha llamado “hormona para todo”.
Igualmente, la ciencia observa con mucho interés el papel que ejercen las hormonas sexuales. Por ejemplo, se sabe con certeza que las hormonas femeninas juegan un papel importante en la modulación del humor, lo que se hace patente durante el ciclo menstrual y la menopausia, períodos en que aumentan sensiblemente las crisis depresivas y los intentos de suicidio.

La investigación suscita, pues, bastante esperanza de cara al futuro de la depresión, sin olvidar los trabajos que, por su parte, realizan los psicólogos. Porque si en los trastornos profundos predominan los elementos biológicos, en cambio, en los disturbios menos profundos suelen primar los factores psicológicos.


8.10. Hacia la esperanza
La depresión, felizmente, se sana. Son suficientes unas pocas semanas para que el 70 por 100 de los deprimidos sanen. Un 30 por 100 necesitan tratamientos más complejos y prolongados. También existen casos en que los pacientes se reponen, pero no se curan.

Los tratamientos antidepresivos son cada vez más rápidos y eficaces. Una de las áreas en la que más se investiga y en la que más avances se van logrando es precisamente en la psicofarmacología. A ritmo acelerado se están descubriendo nuevos psicofármacos, cada vez más eficaces, para aliviar y sanar los estados depresivos. No hay Congreso de Neuropsicología en el que no se presente un nuevo fármaco antidepresivo, cada vez más poderoso. De la misma manera van mejorando rápidamente las pautas terapéuticas.

Podemos decir que la depresión está acorralada y herida de muerte.

Familia. Entendemos aquí por familia el grupo humano en el que se desenvuelve la vida del paciente depresivo.
Puede ser el hogar, la comunidad religiosa u otra, el lugar de trabajo.
No se necesita tener vista de lince para darse cuenta del siguiente hecho: el ambiente familiar se contagia de los síntomas del paciente, y también se deprime. A veces, la familia sufre tanto como el mismo paciente: hay un aire de tristeza y desaliento en ese grupo humano. Y si la víctima de la depresión, en el hogar, es la madre—lo que sucede con frecuencia—, es la peor desgracia que puede caer sobre los hijos, sobre todo si son pequeños.

Es evidente que quienes rodean al paciente pueden influir decisivamente, para bien o para mal, sobre el curso de la crisis depresiva. Para que la influencia sea positiva, entregamos aquí algunas orientaciones.

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En primer lugar, teniendo presentes las manifestaciones y síntomas depresivos que hemos entregado en las páginas anteriores, los familiares pueden vislumbrar si el mal que aqueja al familiar es depresión. Si hay sospechas de ello —y, sobre todo, cuando sus manifestaciones son realmente serias—, deben conducirlo al médico, y a ser posible, al especialista.

Digo conducirlo porque, según las estadísticas, el deprimido casi nunca va espontáneamente al doctor.

En segundo lugar, los familiares deben cuidar de que el paciente lleve a cabo la medicación con puntualidad y constancia. Siempre existe el peligro de que cuando el paciente se sienta espléndidamente bien, lo que sucede, por ejemplo, en las fases maníacas de las depresiones ciclotímicas, abandone la medicación. Por lo demás, no deben olvidar los familiares lo siguiente: además de la medicación, los especialistas suelen dar otras pautas curativas; pero el paciente depresivo, como ya hemos explicado, se siente frecuentemente como paralizado, incapaz de tomar decisiones y de actuar. Casi es un inválido, sobre todo en las crisis profundas.

En tercer lugar, deben demostrarle mucho afecto, más que nunca. Y, sobre todo, deben tener con él una enorme comprensión y una infinita paciencia. Todo cuanto pueda decirse al respecto, cualquier insistencia en este sentido, todo será poco.

También se aconseja a los familiares no dejar al alcance del paciente los sedantes, sobre todo si éstos son poderosos. Y esto por razones obvias. En las crisis agudas, el depresivo es menos que un niño.

El paciente. En primer lugar, debes identificar el mal. Pueden darse dos clases de crisis depresivas: leve y grave.

Veamos la primera.
Efectivamente, hay depresiones que son benignas, transitorias, exógenas, esto es, que han sido provocadas por “las cosas de la vida”: disgustos, cansancios, secuelas de enfermedades y, finalmente, un no sé qué que puede ser tanto un factor desconocido como una acumulación de circunstancias.
En este caso, aunque el mal sea pasajero, no deja de tener efectos semejantes a una depresión grave, aunque no en intensidad.
No te dejes atrapar por la angustia: todo pasará. Cuando sientas nubes negras sobre tu alma, defiéndete contra ellas. No debes “echarte a morir”, no te dejes llevar. Al contrario, debes reaccionar dinámicamente, sacando energías y entusiasmos de la misma debilidad. Tu interior está lleno de energías, pero ellas están dormidas. Debes despertarlas y ponerlas en pie. Debes luchar resueltamente contra la tendencia primaria de la depresión a la inhibición.

Debes echar mano de técnicas de autosugestión: al despertar, dirás: “hoy será un día maravilloso”. Saldrás a pasear, y sonreirás a la naturaleza, diciendo: todo es hermoso; mi vida es hermosa; gozaré de una inmensa felicidad; yo venceré la enfermedad; ya estoy bien; soy feliz. Convéncete: te salvarás de la melancolía. Y otra cosa: sólo tú puedes salvarte. Dí a tu alma: yo quiero vencer, y venceré. No te olvides de que puedes mucho más de lo que imaginas. En este libro encontrarás varios capítulos que te ayudarán expresamente a superar esa crisis. Búscalos tú mismo.

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Otra cosa es cuando la depresión es hereditaria, te viene de dentro, tiene hundidas sus raíces en la estructura celular genética y, por añadidura, presenta síntomas graves. Para saber si tu mal es de este género, observa un poco a tus familiares más próximos; si descubres en alguno de ellos síntomas depresivos, es probable que tu mal sea congénito.

Aún en el supuesto de que sea endógeno, no te olvides de que las depresiones pueden ser de dos clases: las normales, de una sola fase, la depresiva; y las ciclotímicas, de dos fases, maníaco-depresivas, es decir, exaltación y depresión.

¿Cómo ayudarte a ti mismo? Debes distinguir dos momentos: cuando estás en plena crisis y cuando estás normal.
Cuando te encuentres en plena noche oscura, procura lo siguiente: ten paciencia; recuérdate a ti mismo que todo pasará; no descuides la medicación; no hagas nada contra la vida; recuéstate, impotente, en los brazos de Dios, y descansa. Y espera, porque mañana será mejor.

Cuando estés normal, vete zurciendo un tejido mental con los criterios de fe que encontrarás en la segunda parte de este libro. Pero si tu fe es débil o no existe, unas cuantas consideraciones doctrinales de esta primera parte te ayudarán a asumir con paz y serenidad el misterio de tu vida.


9. El otro
No es el caso del bosque y el árbol: el árbol, solitario en la meseta, crece y vive con la misma gallardía. No es el caso del antílope y la manada: el rumiante, perdido en la estepa africana, no se hace problemas para sobrevivir. Ni tampoco es el caso del cardumen y el pez: éste, solitario en las aguas profundas, no echa de menos para nada a su grupo.
Muy distinto es el caso del hombre.

Como ya lo hemos explicado, el hombre, al tomar conciencia de sí mismo, volvió la mirada hacia sí mismo, se analizó, se midió y se ponderó, y se encontró solitario, indigente, encerrado entre las paredes de sí mismo.

¿Cómo salvarse de esta cárcel? Con una salida hacia el otro.
El ser humano es como un muñeco balanceándose entre dos abismos: la necesidad de ser el mismo y la necesidad de ser para el otro: esencialmente mismidad y esencialmente relación. El otro es, pues, para el hombre necesidad y salvación. Imaginemos, por una hipótesis, a un hombre abandonado para siempre en medio de un páramo: estallaría, se desintegraría mentalmente, regresando probablemente a las etapas prehumanas. El otro—reiteramos— es, pues, para el hombre necesidad y “salvación”.

Pero esa relación, ¡ay!, no siempre es salvación, sino también, frecuentemente, suplicio y dolor, cosa que le llevó a Sartre a estampar aquel acorde desabrido: “el infierno es el otro”.
Habiendo hecho un largo camino por el interior de la vida, he podido comprobar que, efectivamente, el otro es el manantial más importante y temible de sufrimiento humano; del otro le llegan al hombre los impactos más dolorosos. Y henos aquí atrapados de nuevo entre, las tenazas de la contradicción: que lo que es necesidad se nos pueda tornar en infierno.


9.1. Los secretos resortes
La madeja de la relación humana es de tal complejidad que, para desenredarla, se necesitaría escribir Otro libro.
Tan sólo entregaré algunas pinceladas.
Tú te presentas y actúas, supongamos, delante de quince personas; y, al final, cada uno de los asistentes tiene una apreciación diferente —intelectual y afectiva— acerca de tu actuación e incluso de tu persona.
Hay mil factores que influyen en esta apreciación: evocaciones, transferencias, sensibilidades, historias personales. A veces es un simple juego de afinidad: me cae bien” o no. Otras veces, tu presencia les recuerda a otra persona y te transfieren a ti las simpatías o antipatías que sienten por aquélla. Hay días en que todo se ve negro o todo azul, según la presión arterial, los metabolismos u otras alteraciones biológicas.

No es raro que suceda lo siguiente: resulta que ellos tienen sus propios cuadros de valores, y detrás de ellos, naturalmente, y agazapados, sus intereses personales; pues bien, según la mentalidad o la escala de valores que perciban en ti, ellos se sentirán amenazados en sus intereses vitales, y todo ello influirá en la evaluación que hagan y en la actitud afectiva que asuman respecto de ti.

Para unos has sido motivo de estímulo; para otros, de envidia; para otros, de emulación. Aceptado por unos, rechazado por otros, indiferente para la mayoría. Todas esas reacciones, sin embargo, poco dependen de ti mismo, o casi nada. El problema está, más bien, en ellos; pero ni ellos mismos son conscientes de sus propias reacciones; son factores temperamentales e historias personales que, a modo de mecanismos, condicionan su actitud respecto de ti.

He puesto y analizado este ejemplo para que se vislumbren los resortes misteriosos que están en la base de las relaciones humanas.



9.2. Las razones de la envidia
La envidia, amarilla y amarga, es la yerba más frondosa del huerto humano.
Dicen que es la típica reacción de los infantiles. Así será. Y si así lo es, habría que concluir que una buena parte de la humanidad navega todavía en las etapas infantiles.
No rara vez hay brotes de envidia entre los hermanos de un mismo hogar. En el trabajo, en la oficina, en los grupos humanos, en las. comunidades, en la arena de las luchas políticas y sindicales, en el mundo de los artistas, científicos y profesionales..., la envidia saca su estilete a cada momento para atacar por la espalda.
¡Ay del triunfador!, muy pronto las avispas caerán sobre él. Los encantadores, los que brillan, los que se hacen querer, que se preparen para ser acribillados a picotazos.

* * *

La envidia existe en las relaciones humanas en dosis mucho más elevadas de lo que comúnmente se cree.
¿Por qué digo esto? Porque la envidia es —y se sabe— tan fea que hace esfuerzos inauditos para camuflarse.
Es como la víbora que busca cualquier disfraz para ocultarse. Cuanto más fea es su cara, tanto más bonitos son los disfraces que utiliza.

Con otras palabras: la envidia es sumamente racionalizante, esto es, busca “razones” para disfrazarse. Por eso toma aires razonables, poses objetivas. Dice la envidia: aquí les presento cinco razones para demostrar que fulano es un fracasado. Pero las cinco razones son pura fachada; la verdadera razón es la sexta: la envidia. Dice la envidia: fulana no lo está haciendo tan bien como ustedes dicen: no se han fijado en que a su rostro le falta brillo, exagera esto y lo otro, no hay vigor en su entonación... Dice la envidia: fulano no sirve para ese cargo: su pedagogía no está actualizada, su poder de persuasión es relativo, su capacidad de comunicación, mediocre; hoy la sociedad necesita hombres con otras ideas, etc., etc.

Así se disfraza la envidia. Nunca ataca al descubierto, siempre cobijada bajo el alero de las “razones”. Así, al amparo de la racionalización, vegeta y engorda lanzando picotazos, minimizando méritos, apagando todo brillo.
La gente sufre mucho a causa de la envidia.


9.3. Caricaturas y otras espinas
Te vas o no te vas; haces o dejas de hacer; dices o dejas de decir; y la gente, a tu derredor, comienza una retahíla de interpretaciones y suposiciones: vino para encontrarse con tal persona; no vino por no comprometerse con tal o cual cosa; se fue allí con aquella intención; dijo esto, pero quería decir aquello... Y la gente proyecta en ti sus propios mundos, lo que ellos harían, interpretaciones completamente subjetivas y gratuitas, que con frecuencia pisan el terreno de la calumnia. Y así comienza a formarse una imagen distorsionada de ti, que va tomando cuerpo y convirtiéndose en tu caricatura. Es injusto.

Te presentaste por única vez ante determinadas personas. No estuviste feliz: salió a relucir aquel típico rasgo negativo de tu personalidad. Desde entonces, para esas personas, tú eres aquel rasgo, como si todo tú entero fueses ese defecto. Una burda caricatura nuevamente. Peor aún; a veces, ni siquiera se trata de un rasgo, sino de un desacierto incidental. Pues bien: desde ahora muchos te identificarán por aquel incidente, olvidándose de toda la polivalente complejidad de tu personalidad.
Si acaso hubo en ti una tardía maduración intelectual y tus estudios fueron poco brillantes, tus compañeros de estudio conservarán para siempre una imagen mediocre de ti, aquella imagen de tus tiempos de estudiante, aunque ahora ocupes la presidencia del Banco Central.

* * *

El lugar de trabajo, a veces, para mucha gente es un lugar de tortura. De pronto, se trata de un jefe inseguro, y, por eso mismo, arbitrario y prepotente; y hay que aguantarlo, porque de otra manera podrías arriesgar tu empleo.
Otras veces estás rodeado de tipos desagradables, que, por resentidos, no pueden dejar de disparar contra ti dardos envenenados y cuya única satisfacción es molestar y herir. Tampoco faltarán los ambiciosos, que, mediante intrigas y zancadillas, te hagan la vida imposible.
Otras veces, el vecindario es un infierno de chismes, en el que apenas se puede respirar. Llevan y traen cuentos, inventan y aumentan historias. Vigilan, fiscalizan. Siempre el otro.

* * *

Pero el infierno puede estar también dentro de casa. Ahí está ese mar dilatado y profundísimo: el matrimonio. No entraremos, sin embargo, en esas aguas, con la lupa analítica. Las alternativas de la vida matrimonial tienen, en realidad, una complejidad casi infinita, y sólo para hacer un somero análisis necesitaríamos largas páginas.
Tan sólo dejamos aquí, de paso, este apunte: para mucha gente, la vida de matrimonio constituye la fuente principal de sinsabores.

Otras veces, el motivo de preocupación y sufrimiento son los hijos, sobre todo cuanto están atravesando la borrascosa juventud.
Con demasiada frecuencia, lo que distingue a los hijos son esas dos típicas características: el egoísmo y la ingratitud. Los hijos, no raramente, buscan a sus padres siempre y cuando, y en la medida en que los necesitan, por puro interés. No es raro encontrarse con casos en los que las madres, de edad ya un tanto avanzada, acaban transformándose poco menos que en empleadas de sus hijos.
Parece que va en la esencia de padre el dar, y, por cierto, gratuitamente, y en la esencia de hijo el recibir. Por eso, muchos hijos se sienten con todos los derechos para exigir.

* * *

iCómo has deseado, durante años, que tal persona te brindara su confianza y amistad; pero ha sido inútil; ella no te abrió nunca las puertas! El que está a tu lado ha interpretado mal una expresión tuya. Llevas días tratando de dar explicaciones para despejar el equívoco, pero él continúa dolorido.
En el equipo de trabajo te ha fallado aquella persona en la que más confiabas.
Te dominaron los nervios y levantaste la voz. La otra se quedó en silencio. No dijo nada. Le pediste disculpas de rodillas, pero ella continúa con la boca cerrada; y ya han pasado tres meses.
No hay manera de que seas aceptado y acogido en el grupo en el que vives o trabajas. Y te sientes mal.
Nunca hubieras esperado que tu amigo acabara de esa manera.

Pusiste fuego y alegría, luchando durante años para formar ese grupo, un grupo de gente responsable y valiosa.
Han pasado los años, y los resultados están a la vista: todos, casi todos, te han defraudado. ¡ Quién lo hubiera pensado!
No se sabe por qué, pero siempre habías abrigado la ilusión de que tal persona te aceptara y estimara; pero ella continúa distante, con su mirada fría y sesgada.
Siempre el otro...


9.4. El deporte de amar
Me dirás: si yo sufro de dispersión u obsesión, me las arreglaré para superarlas mediante un ejercicio intensivo de relajación y concentración. Pero si el fuego me viene del otro, ¿qué se puede hacer? ¿Quién puede penetrar en el santuario de la libertad del otro? ¿Quién puede abstraerse por completo de la presencia humana y refugiarse en el corazón de la soledad, en el desierto, como un anacoreta? En suma, ¿habrá alguna forma de mitigar o anular los inevitables impactos que nos vienen del otro?
Sí la hay: es el deporte del amor. Pero, antes de entrar a explicarlo, aconsejaría al lector ir adquiriendo, por sí mismo, una sabiduría personal y experimental en base a unas cuantas líneas fuertes de este libro: despertar, relativizar, desasirse, controlarse... Asimismo, me permitiría sugerirle tener presentes unos cuantos apartados de mi libro “Sube conmigo”: respetarse, adaptarse, comprenderse, aceptarse, acogerse, comunicarse...

* * *

El arte que vengo a enseñarte es difícil, casi utópico, pero de milagrosos efectos liberadores. Son muchos los que lo practican; así que es factible. Es un arte eminentemente cristiano, pero no exclusivamente. Cuando uno se siente amado por Dios como hijo único, ese arte de amar no sólo es fácil, sino casi inevitable. Pero también pueden practicarlo los que no tienen experiencia de fe; y, de todas formas, aquí lo recomendamos a título de terapia liberadora.

Se trata de dedicarse a amar precisamente a aquellos de quienes has recibido desilusión o te han traicionado.
Cada vez que recibas un impacto negativo, concéntrate, tranquilízate y dedícate a amar a esa persona, a sentir amor por ella; a transmitirle ondas amatorias, a envolverlo, mental y cordialmente, en ternura y cariño. Fulano te ha insultado. No importa. Retírate y dedícate al deporte de amarlo: piensa en él, transmítele ondas de cariño y benevolencia. Amalo inmensamente, incansablemente.

Te han retirado la palabra, acabas de enterarte de una traición. No importa. Retírate, concéntrate en ellos y envíales fuego de amor, ámalos incondicionalmente, ciegamente; sin hacer caso del amor herido, envuélvelos en dulzura, bondad, suavidad. Ni siquiera tienes que dedicarte a perdonarlos, sino a amarlos. Envíales tu corazón y tus entrañas, traspasados de ternura por ellos.

En fin, cada vez que alguien te haga sufrir, retírate al silencio de tu cuarto, y, en lugar de enviarle ondas agresivas (que sólo a ti te dañan), ínúndalo de dulzura mentalmente, llénalo de cariño, ámalo incansablemente.

* * *

Esto parece, me dirás, una locura incomprensible. Así será. Pero yo estoy en condiciones de afirmar que no hay en el mundo terapia tan liberadora como ésta. Es la más sublime libertad; es, justamente, la Perfecta Alegría.
Y es, por otra parte, el Gran Mandamiento del Señor, pero que yo, en este momento, lo recomiendo como la manera más eficaz de liberarse del sufrimiento que proviene del otro.